6 de Noviembre de 2009
Democracia y lógica Edípica. Joaquín Caretti Ríos (Madrid)

“Cuanto más se apunte a la norma, más se pagará el precio del retorno del amo”
“La democracia no es el régimen parlamentario o el Estado de derecho. Tampoco es un estado de lo social, el reino del individualismo o el de las masas. La democracia es, en general, la forma de subjetivación de la política – si por política se entiende otra cosa que la organización de los cuerpos como comunidad y la gestión de los lugares, poderes y funciones.”
Teología democrática
Carl Schmitt en su trabajo de 1922 titulado “Teología Política” sostiene que “todos los conceptos sobresalientes de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados”. Esto afirmación nos va a servir para orientar lo que quiero trabajar hoy: cómo la lógica edípica opera en la democracia y cómo, a pesar del declive de las funciones de representación y liderazgo, estas siguen siendo parte de la estructura política y de la aspiración de los sujetos. A su vez cómo el quedar preso de esta lógica atenta a la continuidad de cualquier proyecto democrático.
Sabemos que a partir de la Revolución Francesa quedaron deslegitimados los gobiernos que se sostenían en la religión, en la tradición o en la fuerza pasando dicha legitimidad al pueblo que es considerado, desde entonces, el depositario de la soberanía. Se suprime la aristocracia de la sangre y de la familia, construyendo así una nueva legitimidad: la democrática. El soberano no va a ser más el monarca identificado con Dios sino el Pueblo-Nación-Estado, quienes ejercerán dicha soberanía a través de sus representantes. A su vez se sostiene la libertad y la igualdad de los hombres en la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789. ¿Dónde está entonces la teología secularizada de Schmitt si lo que se intenta en democracia es hacer desaparecer del derecho y de la política cualquier idea de soberanía que, de forma inmanente, se encarnaría en una persona?
La norma y la excepción
Para ello debemos entrar primero en el problema de la norma y la excepción. Carl Schmitt aborda el análisis de la soberanía afirmando que el soberano es aquel que decide sobre el Estado de Excepción. Va a plantear de este modo una tensión entre la norma que rige para todos y el Estado de Excepción que es un momento de suspensión de la norma general estableciendo que lo que impera es una ley excepcional. Queda suspendido el Estado de Derecho y las garantías individuales en aras de situaciones que así lo requieren, como pueden ser la guerra, las epidemias, las catástrofes, etcétera; situaciones que ponen en peligro la seguridad y el orden público, casos extremos donde se aspira a dominar una situación de caos. Pueden incluirse también, como modalidades del ejercicio de la soberanía, el derecho a veto de una ley o la potestad de indultar. Esto nos sitúa ante dos cuestiones: en primer lugar, quién decide el estado de excepción y en segundo, la paradoja que exhibe una ley que tiene la potestad de suspenderse a sí misma. Si soberano es el que decide, lo hace, en una democracia, autorizado por la ley y con todos los recaudos necesarios como son que participe el parlamento autorizando al presidente a declararlo. Se trata en la democracia de intentar eliminar la figura del soberano aunque la estructura de la decisión permanece y como sostiene C. Schmitt “decidir si se puede o no eliminar el caso excepcional no es un problema jurídico. Abrigar la esperanza de que algún día se llegará a suprimirlo es cosa que depende de las propias convicciones filosóficas.” Sabemos el valor que, desde el campo psicoanalítico, damos al problema de la decisión como acto subjetivo fuera de cualquier norma; por eso nos interesa como lo piensa Carl Schmitt dentro del Derecho, como un acto que escapa a la determinación general.
El Soberano, al decidir, lo que decide es suspender la misma ley que lo autoriza, lo cual plantea la paradoja de una ley que se anula en el mismo momento de ejercerse, mostrando, de este modo, que no hace falta el derecho para crear derecho: “Auctoritas, no veritas facem legis” dice Hobbes en el Leviathan. Subsiste un orden aunque este no sea jurídico, no es el caos. El Soberano muestra, de este modo, su superioridad sobre la norma jurídica al suspenderla. Quedan delimitados dos campos: el de la norma en el que están incluidos todos y el de la excepción que compete sólo a uno, al que tiene el poder de tomar la decisión de suspender la norma. ¿Pertenece el Soberano al campo de la norma o queda excluido de él? Podríamos pensar que pertenece no perteneciendo o que no pertenece perteneciendo mostrando así la tensión de un imposible de definir, aunque para Schmitt norma y excepción están en el campo del derecho. Por otra parte sabemos que la norma para ejercerse necesita un medio homogéneo, no caótico, siendo el soberano el que decide si la situación es normal o no lo es. Retengamos la palabra homogéneo por las connotaciones actuales que pueda tener.
Otro aspecto que me interesa resaltar en Schmitt sobre la idea de la excepción es que esta perturba la unidad y el orden del esquema racionalista siendo más interesante que el caso normal: “Lo normal nada prueba; la excepción todo; no sólo confirma la regla, sino que esta vive de aquella. En la excepción hace la vida real con su energía saltar la catástrofe de una mecánica anquilosada en pura repetición” y citando a Kierkegaard dice: ”La excepción explica lo general y se explica a sí misma. Y si se quiere estudiar de verdad lo general, no hay sino que mirar la excepción real. Más nos muestra en el fondo la excepción que lo general.” “Es la excepción soberana la que va a definir el espacio mismo en que el orden jurídico puede tener valor”
Pienso que el intento de hacer desaparecer la estructura de la excepción del funcionamiento del Estado de Derecho, limitándolo al máximo posible, es una ilusión, porque dicha estructura -Norma/Excepción- coincide con la lógica subjetiva edípica. En el Edipo opera la ley del padre, el Nombre del Padre, delimitando el campo donde todos son iguales ante una ley que prohíbe el goce de la madre, normativizándolo bajo el semblante del falo. Es el padre, como excepción, el que puede gozar de todas ellas, tal como lo afirma Freud en Tótem y Tabú. Lacan, a su vez, va a formalizar lógicamente al Edipo freudiano sosteniendo que el campo de la excepción y el para-todos es el campo de la sexualidad masculina. Por ello podemos afirmar que es el Edipo masculino el que se verifica en la política: para todos opera una ley menos para uno que no se inscribe en la misma. Esta excepción del Padre delimita, como excepción que confirma la regla, el campo subjetivo masculino. Al igual que en la idea de soberanía, hay uno, el Padre-Soberano, que no se puede decidir si está dentro o fuera del para-todos. Si bien en formas de gobierno anteriores a la democracia, esta lógica estaba más clara, ya que el monarca era el que encarnaba la excepción, en el sistema democrático también está instaurada esta lógica estructural del sujeto. Esto nos podría ayudar a pensar porqué no es posible llevar adelante ningún proyecto emancipatorio sin la figura de un líder que encarne en sí mismo la conducción de un proyecto y aún más, la generación de un proyecto. Pareciera imposible llevar adelante cualquier cambio político sin la figura de un conductor que serviría a las masas de ideal identificatorio. Aquí no hay diferencia entre los fenómenos totalitarios o democráticos; la misma necesidad de liderazgo se verifica en los dos casos. Por lo tanto la ilusión democrática de haber terminado con la lógica del Padre se verifica como eso, una ilusión racionalista. Estamos inmersos en la lógica del Padre.
La agonía de la democracia
La quiebra de los Estados Totalitarios en el siglo pasado, Estados que habían ilusionado a millones de seres humanos, y el triunfo consecuente de la democracia liberal, aliada del mercado y del capitalismo, llevó a creer que se había acabado la historia y lo que comenzaba era el tiempo posthistórico de la humanidad. Sin embargo, diferentes pensadores han advertido de la falacia de esta creencia así como han manifestado su preocupación por los riesgos que corría la democracia de derivar en regímenes totalitarios. Aún más, regímenes que se enuncian como democráticos sólo lo son aparencialmente, manteniendo formas de totalitarismo velado que hace de esas sociedades siervos voluntarios de un amo televisivo. Esto los ha llevado a pensar sobre la cercanía que existe entre la democracia y el totalitarismo. El propio Andrea Greppi, con el cual comparto la mesa hoy, sostiene en su libro “Concepciones de la democracia en el pensamiento político contemporáneo” que “la alternativa a la democracia de los liberales es la quiebra de la democracia misma sostenida en el desencanto democrático. No faltan señales de alarma (…) tan graves como la desigualdad creciente, ante la que naufraga la promesa emancipatoria de la modernidad” Y también: “La agonía de la democracia en tiempos de globalización y de constantes revoluciones tecnológicas no depende de la maldad de los gobernantes, de la voracidad del mercado, (…) como de que ya nadie está en condiciones de gobernar.(…) Se abre así una nueva vía hacia el estado de naturaleza, hacia el totalitarismo, identificado ahora con una nueva forma de negación de la política”
Jacques Rancière afirma a su vez que “El sistema consensual celebraba su victoria sobre el totalitarismo, como victoria final del derecho sobre el no derecho y del realismo sobre las utopías. (…) Sobre las ruinas de los estados totalitarios se desencadenan el etnicismo y las guerras étnicas. Esta amenaza llega a instalarse en el corazón de los estados consensuales”.
Es Giorgio Agamben el que explica esta cercanía sosteniendo que el núcleo de la democracia, el paradigma oculto del espacio político de la modernidad, es el campo de concentración como absoluto espacio biopolítico, del que tendremos que aprender a reconocer las metamorfosis y los disfraces. Este sería la expresión práctica del estado de excepción que reina en las formas de gobierno totalitarias y también en la democracia. Es la atención que toma la política sobre la Zoe, la nuda vida, incluyéndola en los mecanismos y cálculos del poder lo que va a hacer que la política se transforme en biopolítica. El cuerpo del sujeto pasa a ser parte de la política. Este, según Foucault, es el acontecimiento decisivo de la modernidad: ”el hombre moderno es un animal en cuya política está puesta en entredicho su vida de ser viviente.”. Aún más, el ocultamiento de esto constituye el núcleo oculto del poder del soberano. La transformación radical de la política en espacio de la nuda vida, ha legitimado proyectos totalitarios de dominio. “Sólo porque en nuestro tiempo la política ha pasado a ser integralmente biopolítica, se ha podido constituir en una medida desconocida como política totalitaria.” Surge así una politización de la nuda vida, de la sexualidad, de la reproducción, de la salud, de la muerte, del deseo, de los goces, con “la irrupción de principios biológico-científicos en el orden político.”, haciendo que se pierda la definición aristotélica del hombre como un animal viviente y capaz además de existencia política. Es la política democrática la que entra en el terreno de la pura vida poniéndola bajo su control al igual que hacían los Estados totalitarios del siglo XX. Esto favorece la emergencia de nuevas formas de totalitarismo. Para Agamben hay un transitivismo entre Democracia y Totalitarismo.
También Jacques Lacan, adelantándose a Agamben, en “La Proposición del 9 de octubre de 1967” asimila los tres registros -simbólico, imaginario y real- a una colusión del Edipo, la Sociedad Psicoanalítica y el Campo de Concentración. Va a sostener que los campos de concentración son los precursores de lo que se irá desarrollando como consecuencia del reordenamiento de las agrupaciones sociales por la ciencia, principalmente la universalización que esta introduce. Y afirma: “Nuestro porvenir de mercados comunes será balanceado por la extensión cada vez más dura de los procesos de segregación.”
El mismo Tocqueville, citado por Claude Lefort, se preocupa de los peligros que encierra la democracia por el hecho de que los hombres ya no pueden reconocer, por encima de ellos, una autoridad política incontestable, sea por derecho divino, sea respaldada por la tradición, y porque son llevados a dejarse dominar por la imagen de la semejanza y a basar el criterio de sus juicios en el hecho de acomodarse a la opinión común.
El fracaso del Todo
¿Qué podemos intentar aportar a la reflexión sobre la proximidad entre la democracia y su negación?
Lo primero es pensar que la democracia no es un sistema consolidado sino una forma de hacer política en permanente tensión y riesgo de disolución. Aún más, que la democracia es un anhelo que limita con lo imposible y por lo tanto constantemente perfectible. También que no es posible sumarla a una forma de gobierno, ya que si seguimos la cita que abre esta presentación, la democracia es una forma de subjetivar la política, y a su vez es un obstáculo a cualquier consolidación definitiva de lugares sociales “naturales”; es la forma más alta de cuestionamiento político, es el palo en la rueda a cualquier forma de conservadurismo. Por ello no puede estar sujeta a una forma de gobierno: es, más bien, lo que va a cuestionar permanentemente la forma de gobierno. Es lo que impediría que la política se transformara en gestión de recursos.
La lógica democrática que aspira a la igualdad y cree haber suprimido la excepción soberana y la decisión consecuente, tiende a desnivelar la balanza edípica del lado del todos iguales, del lado de la norma, olvidándose de la excepción necesaria para que cierre el conjunto del Todos. Este declive del Uno es lo que va a mostrar que es la propia dinámica democrática, con su amor por la norma, la que encierra el germen de su desaparición. Esto se verifica en cómo la revolución democrática junto con el auge de la Técnica y de la lógica capitalista, provocan el declive actual de la autoridad, la futilidad de los ideales y los semblantes, la desaparición de los grandes relatos ordenadores de la modernidad, la pérdida de valor de las estructuras de representación, su deslegitimación y el consecuente fracaso de los partidos; el “que se vayan todos” de Argentina en el 2001 ponía en acto la desaparición de los semblantes: la sociedad no lograba ser representada por los políticos ni construir una alternativa, con el consecuente volver sobre una vida altamente individualizada donde el goce se hace norma. A su vez, constatamos un rebrote de los proyectos nacionalistas y segregacionistas en distintas partes del globo, junto con la emergencia de señales totalitarias en la forma que tiene la política de pensar la nuda vida de los ciudadanos. Podríamos decir que la lógica norma/excepción, el Nombre del Padre, fracasa, no alcanza para que la democracia perdure. El totalitarismo es la nostalgia de un Padre que ordene, imponiendo un cierre de la sociedad sobre sí misma. En el corazón de la democracia está, entonces, el riesgo de un llamado al totalitarismo. Afirma Jacques-Alain Miller en “De la naturaleza de los semblantes”: “Y es que para que las cosas funcionen como corresponde tienen que funcionar un poco mal, tiene que haber bastantes fallas; es preciso que la norma se afloje lo suficiente como para hacer lugar a lo anormal y evitar el retorno… (del Amo), a menos que se lo desee.”
Hay una tensión estructural entre el anhelo democrático del para todos la misma ley, el para todos la igualdad, y la presencia de la excepción bajo la forma de la ley paterna. Cuanto más se convoca a la igualdad, cuanto más se hace masa de los sujetos, cuanto más se invoca a la norma y más se intenta hacer desaparecer la excepción, más se convoca a la otra cara de la ley, a su faz obscena, más se dejan de lado las vidas singulares, más se actualiza la necesidad de un amo. La lógica del padre normativiza, homogeniza, socializa a los hombres pero a su vez, su declive, que pareciera abrir las puertas a un goce sin límites, en realidad abre la puerta a la presencia de un superyó feroz que exige más y más. Hoy, en el orden del goce, no sólo hay un derecho al goce sino un deber de gozar universal. Esta ley ambivalente, bifásica, hace de la democracia un sistema inestable a punto de su disolución permanente.
Aliada la ley con la pulsión de muerte, impone la otra cara de la ley pacificadora paterna y libera lo que De La Boétie llamó la servidumbre voluntaria, tan sorprendente para él: ”(…) tratemos de conjeturar, si podemos, cómo esta obstinada voluntad de servir se ha enraizado tan profundamente que ya parece que el amor mismo a la libertad no es tan natural.” Y concluye que están los hombres “no forzados por una fuerza mayor, sino de algún modo como encantados y fascinados por el solo nombre de uno.” Un nombre, un significante, ocupa el lugar del ideal quedando los sujetos identificados, protegidos por la encarnación del Amo y a su vez sometidos voluntariamente a una voluntad despótica. Esto, efectivamente, no podría haber sido hecho sin el consentimiento voluntario de los sujetos tal como sostiene Freud en Psicología de las Masas: “La masa quiere siempre ser gobernada por un poder irrestricto, tiene un ansia extrema de autoridad: según la expresión de Le Bon, sed de sometimiento.”
El no-todo
Según lo que venimos analizando, algo le falta a la democracia que le permita salir de una lógica que convoca a su disolución. Algo le falta a la democracia que, en cuanto puede, toma la vía totalitaria y avanza sobre los rieles de una servidumbre anhelada. Algo tiene que ver la subjetividad tal como sostienen La Boetie y Freud. Alguna responsabilidad recaerá sobre los ciudadanos de aceptar al tirano.
Sabemos que hay vida más allá de la lógica de la norma y la excepción. Es la lógica del no-todo norma y excepción, la lógica de lo femenino tal como la denominó Lacan, la que nos introduce en un lugar donde la excepción no opera y por lo tanto no es posible cerrar ningún conjunto. Los sujetos que se ubican de ese lado no se ordenan haciendo grupo, se cuentan de uno en uno. Este campo es el de la serie, el de la singularidad radical del síntoma de cada uno, de lo ilimitado, el de la invención. Es el campo de la creación posible. Es el campo donde contando con la norma y la excepción, se puede ir más allá de ello. Es el terreno de la soledad subjetiva donde cada sujeto se encuentra con su síntoma singular, es decir, con la forma en la cual gestionó el desencuentro radical con la palabra, la sexualidad y la muerte. Si encuentra el saber hacer con su singularidad ya no le será necesario identificarse y hacer grupo. Podrá compartir con otros un nosotros lúcido, agradecido. Podrá participar en el proyecto de un conjunto desde la soledad creativa.
Desde el campo psicoanalítico venimos sosteniendo que el momento civilizatorio actual se inscribe en esta lógica, que ha habido un pasaje de la lógica del Todo a la lógica del no-todo, lo que implicaría una feminización de lo social. Sin embargo, lo que constatamos es que este no-todo tiene un punto de invivible, de insoportable: esto lo podemos verificar en lo que representa para la subjetividad la exigencia imperiosa de felicidad, la deslimitación del goce, el fracaso de los lazos sociales, la falta de un proyecto político que permita trabajar por una vida mejor, la ausencia de palabras verdaderas, la carencia de significantes amos que faciliten la lectura de la realidad, las crisis globales, la falta de potencia de los Estados, el sometimiento de Occidente a la lógica del capital y de la explotación, el enaltecimiento de la salvación individual, el crepúsculo del deber, la deriva en la que parece haber entrado el mundo. Todo esto sitúa a los sujetos en una posición angustiada y sin futuro. Como dijimos, la civilización ha sido tomada por el discurso capitalista y emplazada por la técnica a convertirse en mercancía, ambos operando sin límite alguno. Son ellos quienes pervierten la lógica no totalizante, homogenizando el goce y obstaculizando la singularidad, habiendo suprimido la excepción. Es un retorno sobre el “para todos” pero ahora proponiendo un mismo goce sin límites -una norma universal- que convoca a la faz mortífera del superyó. Es decir, que no habría tal feminización del mundo sino una apropiación radical por parte del capitalismo de una sociedad globalizada y sin referencias, lo que impide el compromiso subjetivo a través de una acción política. Sería una forma nueva de hacer masa sin contar con la excepción, en la profunda soledad de un goce señalado y exigido. Más que lógica del no-todo lo que encontramos es la ausencia de la castración con un paratodismo exacerbado: todo goce es posible y exigido.
Algo esta pendiente en el ejercicio democrático que le permitiera ir más allá de la lógica edípica, lógica del Uno-Todo, haciendo uso de ella, para encontrarse con la lógica emancipatoria del no-todo.
A modo de conclusión
¿Sería posible una democracia donde la excepción no haga masa y se abra al terreno de la serie, del uno por uno, una democracia sin amos?
¿Es posible para un proyecto emancipatorio la apropiación de lo común sin caer en la anulación de la subjetividad?
¿Es posible un proceso democrático emancipatorio sin que lleve necesariamente a una deriva totalitaria?
¿O es inherente a cualquier proyecto político la estructura del Uno-Todo que pretende cerrar el campo a las apuestas singulares?
¿No muestra la lógica femenina, que no hace grupo, la presencia en cada uno de la excepción bajo la forma de la decisión singular y el síntoma propio?
¿Entonces, una democracia de singularidades que no hagan masa?
Finalmente, quiero completar la cita con la que empecé, donde J. Rancière nos da su concepción de la democracia: “Más precisamente, democracia es el nombre de una interrupción singular de ese orden de distribución de los cuerpos en comunidad que se ha propuesto conceptualizar con el empleo de la noción ampliada de policía. Es el nombre de lo que viene a interrumpir el buen funcionamiento de ese orden a través de un dispositivo singular de subjetivación”
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*Este trabajo cobró su inspiración de las clases IV y V del seminario “De la naturaleza de los semblantes” dictadas por Jacques-Alain Miller el 11 y el 18 de diciembre de 1991.
Referencias:
Rancière, Jacques. El desacuerdo. Nueva Visión, Buenos Aires, 2007, p. 125
Schmitt, Carl. Teología Política. Editorial Struhart y Cía., Buenos Aires, p. 57
Greppi, Andrea. Concepciones de la democracia en el pensamiento político contemporáneo. Trotta, Madrid, 2006, p. 169
Rancière, Jacques. El desacuerdo. Nueva Visión. Buenos Aires, 2007, p. 154
Agamben, Giorgio. Homo Sacer. Pre-Textos. Valencia, 2003, p. 151
Miller, Jacques-Alain. De la naturaleza de los semblantes. Paidos, Buenos Aires, 2002, p. 62 (El entre paréntesis es nuestro)
De La Boétie, Étienne. Discurso de la servidumbre voluntaria. Trotta, Madrid, 2008, p. 231
Freud, Sigmund. Obras Completas, Tomo XVIII. Psicología de las masas y análisis del yo. Amorrortu, Buenos Aires, 1979, p. 121
5 de Noviembre de 2009
La soledad del analista. Luis-Salvador López Herrero (León)

Acabo de aterrizar. Me piden que participe para la reflexión bibliográfica con celeridad. Lo pienso y dudo -porque no va con mi estilo tanta rapidez-, pero lo acepto y escribo, porque reconozco que me interesa la temática acerca de la soledad del analista y su articulación con la Escuela, como promotora del trabajo analítico.
La soledad siempre me ha parecido un estado afectivo necesario para la creatividad y, no me cabe duda que la Escuela ha sido para mí, un buen instrumento para este logro. Pero no es fácil, sin embargo, articular soledad y Escuela. Al menos, a priori, no van de suyo. Entonces, ¿cómo pincelar todo este asunto?
Siempre me ha llamado la atención ese comentario que Miller rescata de Lacan, en su texto, La Escuela y su psicoanalista(1999). Lacan está esbozando, con tormento, la creación de su Escuela. Pero no en cualquier momento, sino en esa encrucijada crucial en donde se ve obligado a tener que abandonar la IPA y fundar su Escuela.
“En aquel momento había un grupo de alumnos suyos que querían salvarlo y formar una escuela de notables. Sin embargo, semanas después, Lacan dio a conocer ese texto donde dice ‘fundo solo’. En aquel contexto, era decir que no estaba fundando con ellos. Lacan se planteaba como el ‘más uno’ de la Escuela, sin estar incluido en la serie. Y el performativo, así como el ‘más uno’, comportan la soledad. Es un tema para reflexiones infinitas; además, invita a pensar qué le llevó a esa soledad” (1).
A qué apunta esa soledad de Lacan. Un paciente me dice: “Me siento solo”. Su supuesta soledad remite a las diferentes sensaciones vertidas, en su mente, acerca del alejamiento del Otro a partir de una enfermedad. No le llaman las amistades, el médico no se preocupa suficientemente de su estado, su mujer sigue haciendo su vida mientras él se ve postrado con su rumiación pertinaz… Le interpreto al hilo de su historia: “Más que soledad, usted se siente abandonado”.
La palabra abandono tiene aquí una connotación francamente diferente a la de soledad. Mientras “abandono” remite a la espera del Otro, bien sea a su demanda o a su deseo, la soledad, bien entendida, apunta a un modo de estar en la vida mucho más íntimo –y quizás más consustancial con la condición del ser parlante-, que tiene como efecto estelar el acto creativo. La soledad, aunque parezca todo lo contrario, no sólo sería uno de los aspectos más verdaderos de la condición del sujeto, sino también el acicate de la creación. Así puede ser para todos; así fue siempre. Pero hay que descubrirla, “de la buena manera”, para precipitar junto a ella ese acto que verdaderamente hace corte con el Otro y permite crear. Justamente la experiencia analítica permite iluminar esa parcela de soledad y de respuesta creativa que bordea el agujero particular de cada uno, permitiendo la presencia del acto creativo como efecto o respuesta a “eso”.
Por eso la soledad, bien entendida, no es el abandono del Otro ni siquiera su alejamiento momentáneo, sino más bien la plena aceptación de la singularidad, y de la particularidad más íntima, que marca la diferencia y tensiona cualquier lazo. Es, en cierto modo también, una forma de aceptar esa condición particular de goce capaz de instrumentalizar ese malestar inherente que despierta lo real.
En este sentido, creo que la creatividad lleva a la soledad y también a la responsabilidad de un acto que brota a partir de lo más singular de uno.
Entonces, ¿qué le llevó a Lacan a esa soledad? La soledad del analizante que busca y encuentra, en su recorrido particular, su propio objeto, su invención. De este modo, la invención de Lacan, el objeto a, necesitaba para su desarrollo posterior la presencia de un nuevo marco, una nueva Escuela que pudiera albergar su descubrimiento, libre ya de los anclajes oxidados y maniatados de la IPA. Por eso, en rigor, Lacan no es abandonado por la IPA, sino que es él quien abandona a esa institución para poder ir cerniendo, de un modo mucho más singular, su propio descubrimiento.
De ahí que a la pregunta que se le realizó, una vez pasados los cuatro años de fundación y dirección de la Escuela: “¿Y ahora qué pasa con la dirección? Lacan miró para otro lado y continuó con otros dieciséis años” (2), para proseguir así, solo, pero no aislado, con su labor singular creativa.
Notas:
(1) Página 252, Introducción a la clínica Lacaniana, Jacques-Alain Miller, RBA, Barcelona, 2006
(2) Ibid. Página 253.
4 de Noviembre de 2009
Del aislamiento a la soledad. Susana Brignoni (Barcelona)

Tomaré del artículo de Philippe La Sagna (“De l’isolement à la solitude”) aquellas cuestiones que muestran un movimiento bascular en la subjetividad entre aislamiento y soledad. Así como hay una tensión entre lo social y lo subjetivo, o entre el individuo y el grupo, también en la historia de nuestra civilización, y en nuestra época más reciente se manifiesta una tensión entre el aislamiento y la soledad.
En la clínica con niños y adolescentes recibimos demandas de padres angustiados por no saber cómo comunicar, cómo dialogar con hijos que, a sus ojos, están encerrados con un nuevo partenaire al que ellos en general no tienen acceso o les cuesta comprender. Este partenaire, el ordenador, según los padres aísla al niño en un mundo donde las interacciones no son posibles. Sin embargo, cuando escuchamos a estos niños y adolescentes las versiones que ellos narran de esta relación nos indican a menudo que el ordenador es un medio que han encontrado para poder trabajar una cierta separación. Se trata de un trabajo que el mismo sujeto desconoce pero que va haciendo en su experiencia a partir de los objetos que él escoge de la oferta social.
Respecto a los objetos que el sujeto escoge, La Sagna hace una distinción: el objeto puede ser sólo una fuente de estimulación o excitación, como un tóxico, y el sujeto puede gracias a él aislarse. Es decir, que no se trata del objeto escogido sino del tratamiento que se le da. La soledad es un modo de poder separarse de ese tratamiento del objeto. Es decir, que estos niños apoyarían la distinción que La Sagna nos propone entre aislamiento y soledad. La tesis es doble: por un lado, “la soledad no es el aislamiento”, y por otro, “el aislamiento evita la soledad”.
En esta distinción aparece de entrada la relación al Otro: mientras en el aislamiento se trata de su exclusión, en la soledad lo que está en juego es la separación. El aislamiento aparece como una maniobra de evitación del sujeto respecto a la falta. La soledad en cambio adviene cuando nos confrontamos con la falta en el Otro y con la falta en nosotros mismos. Pero esta confrontación es producto de una elaboración. Por eso, nos señala La Sagna, en la soledad hablamos de la existencia de una “frontera” entre unos y otros. Metáfora, no banal, desde el momento en que la frontera es lo que se puede traspasar, abrir y cerrar de acuerdo a ciertas reglas. En cambio, en el aislamiento, dice, se trata de un muro, de un cierre, que convoca a la ruptura. Vemos entonces que el par aislamiento/soledad puede correlacionarse con el par de ruptura/separación.
Pero, ¿qué acogida dar a estas modalidades de presentación del sujeto? ¿Cómo el analista puede orientar al sujeto hacia lo que es el encuentro con la soledad real y que implica la verificación de la inexistencia del Otro? La Sagna nos dice que el analista se acerca al aislamiento del sujeto para que él pueda construir una nueva soledad a partir de la cuál salir del aislamiento. Es decir, que de lo que se trata allí es de la operación de separación: ha de caer el objeto del aislamiento para que se ponga en juego la noción de falta y aparezcan las condiciones para la transferencia. De hecho, La Sagna nos dirá que estar aislado socialmente es a menudo el signo de una soledad que no ha sido construida. La construcción de esa soledad abre la puerta al vínculo, que nunca es adaptativo, y así podemos observar cómo individuos aparentemente adaptados en sus colectivos en realidad están profundamente aislados.
Finalmente, el encuentro con la inexistencia del Otro ¿adónde nos conduce?, ¿qué afectos puede provocarnos? ¿Qué cierra y qué abre? Puede provocarnos un vacío profundo, puede producirnos un dolor que nos conducirá a un trabajo de duelo, o tal vez puede despertar el entusiasmo de aquel que separado, toma a su cargo su propio deseo. Esta soledad construida es una “solución” a la versión de la inexistencia del Otro que deja “colgado” al sujeto. Es por eso que para el psicoanálisis de orientación lacaniana, concluye La Sagna, no se trata de la comunicación, no se trata de la empatía o de las técnicas profesionales para sacar al sujeto del aislamiento, sino más bien se trata de la transmisión de que en ese lugar donde el Otro está ausente, puede haber otra cosa como efecto de su ausencia: se trata de un saber, no cualquiera, el saber inconsciente que hace que el sujeto se encuentre con su verdadera soledad, ya no precaria.
LA SAGNA, PHILIPPE. “De l’isolement à la solitude”. En La Cause freudienne nº 66, 05/2007.
3 de Noviembre de 2009
Soportar la transferencia. Concha Carretero (Valencia)

“Toda clínica analítica depende enteramente de la transferencia y la transferencia despliega toda la gama de la pasión: el amor, el odio y la indiferencia. Todos los días el psicoanalista se confronta con la densidad de la experiencia de la pasión. Es su práctica cotidiana, una actualidad siempre nueva”.
La transferencia, descubierta por Freud, ha sido estudiada por muchos autores a lo largo del movimiento psicoanalítico. El propio Freud habló de ella como motor y dificultad en la cura.
Los primeros analistas tuvieron que enfrentarse con la transferencia como insoportable, teorizando ampliamente sobre el análisis de la transferencia negativa y la contratransferencia, a partir de que no se daban los éxitos en la cura como en los inmediatos discípulos de Freud.
Lacan nos habla de las pasiones del ser en el Seminario I, justamente cuando está trabajando sobre la transferencia: “El análisis no es más que una serie de revelaciones particulares para cada sujeto... la novedad freudiana es la revelación en el fenómeno de esos puntos vividos, subjetivos, donde surge una palabra que sobrepasa al sujeto discursante”.
En el análisis trabajamos con la palabra. “Las palabras, los símbolos introducen un agujero, un hueco gracias al cual todo tipo de pasajes es posible. Las cosas se vuelven intercambiables... Ese agujero en lo real se llama según el modo de abordarlo, el ser y la nada. Ese ser y esa nada están vinculados esencialmente al fenómeno de la palabra. La tripartición de lo simbólico, lo real y lo imaginario- categorías elementales sin las cuales nada podemos distinguir en nuestra experiencia- se sitúa en la dimensión del ser. Sólo en la dimensión del ser y no en la de lo real, pueden inscribirse las tres pasiones fundamentales”.
La pasión tiene un lazo particular con el saber. El amor de transferencia se desencadena a partir del supuesto saber del psicoanálisis sobre el inconsciente. Lacan radicaliza el lazo, se ama cuando se supone un saber al Otro. Hay un lazo, del lado del analista entre aquello que soporta de la pasión transferencial y su relación con el saber. Las pasiones del ser son las pasiones de la relación con el Otro.
Las pasiones del ser se inscriben cuando Lacan define al sujeto del inconsciente como en falta en ser, es desde esta falta lo que le hace buscar en el Otro aquello que le va a colmar y a calmar esta falta en ser.
Estas pasiones del ser se manifiestan, sobre todo a partir de que el sujeto entra en análisis. La puesta en juego de la transferencia comienza cuando el analista es colocado en el lugar del significante de la interpretación por el lado del paciente.
“La práctica lacaniana de la interpretación tiene que ver con la manera en que el cada analista soporta la pasión de transferencia, cada vez que es tomado como objeto de la pasión no responde por el lado de la sugestión, por el lado de la interpretación sugestiva sino buscando siempre reabrir la vía de la interpretación del inconsciente, ensayando concentrar sobre sí mismo la “mala” pasión, pero a condición de abrir la vía de la relación al inconsciente”.
La lectura del texto de Laurent, me ha llevado al caso de una joven cuyo malestar se relaciona con la dificultad que encuentra en establecer lazos sociales con los otros, con sus iguales. Si les considera que son más que ella ya que siempre se compara, la admiración que le producen le genera envidia y mutismo porque considera que no tiene nada valioso que aportar, entonces se eclipsa y se va.
Si los considera menos, aunque se encuentra más tranquila y relajada, los desprecia y se desprecia a sí misma por ser incapaz de superarse. Esto le hace tener la sensación de que siempre está fuera, que es una espectadora del mundo en que vive, pero que lo vive en los otros. Choca frente a su ideal de llegar a ser una mujer independiente y admirada por los demás, “especial”.
Por una cosa o por otra siempre está en falta. Culpa de todo a sus padres, sobre todo al padre, cuya muerte, dice es lo mejor que le ha podido pasar. Ha sido objeto del maltrato paterno físico y moral porque nunca la ha valorado, desautorizando todas sus decisiones, lo que le ha hecho indecisa y “sin personalidad”.
Se queja del autoritarismo de este padre terrible, Otro consistente, que puede castigar y pegar, a veces sin razón, apelando al ejercicio de su función. Dice odiarlo, a pesar de estar muerto este odio se proyecta en la madre y en los que quieren ejercer autoridad sobre ella.
Este hecho ella lo ha ocultado desde la infancia a todas sus amigas para poder aparentar que en su casa reinaba la tranquilidad y ella llevaba una vida normal en el seno familiar. Dice haberse pasado la vida haciendo teatro y no sabe en realidad quien es si la mala y la loca que dicen sus padres o si hay alguna otra posibilidad para ella. Este “gran secreto” lo ha tenido escondido hasta llegar a la consulta del analista lo que le ha producido un cierto apaciguamiento.
No es fácil soportar su transferencia, a menudo desde la angustia y la desesperación, otras veces desde la queja de que su análisis no sirve para nada, es decir de la impotencia del analista -“ no cambia nada a pesar de venir aquí tanto tiempo”. Sigue asistiendo puntualmente a las sesiones , en las que lleva cuatro años.
Aunque no sea demasiado dócil al inconsciente, me ha dado un lugar en la transferencia: el de testigo casi mudo de sus males, Gracias a ello le ha sido posible obtener algún beneficio. Cierta rectificación subjetiva al admitir su responsabilidad en sus actos, lo que le ha permitido dejar las drogas, acabar el bachiller y una carrera de grado medio, una beca en el extranjero, desde donde me ha llamado alguna vez cuando le invade la angustia.
El silencio del analista, como el que rinde homenaje a la cadena significante lo ha permitido. Esto ha sido posible, siguiendo a Laurent, gracias al “adiestramiento” que adquiere un analista a lo largo de la penosa experiencia que es su propio análisis.
Bibliografía
Eric Laurent. “ Los objetos de la pasión”, Editorial Tres Haches
Jacques Lacan “ El Seminario I, Los Escritos Técnicos de Freud”
1 de Noviembre de 2009
“Novedades sobre el inconsciente freudiano”* Vilma Coccoz (Madrid)
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Este ciclo de cinco conferencias realizado en el Nucep de Madrid, se dedicará en este curso 2009/10, a los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis articulados por Jacques Lacan, aunque tomados del corpus freudiano: inconsciente, repetición, pulsión y transferencia, auténticos pilares del edificio psicoanalítico, sin los cuales éste no podría sostenerse.
Amanda Goya, coordinadora de este espacio diseñado para un público profano, pero interesado por conocer la posición del psicoanálisis de orientación lacaniana en los temas candentes de la subjetividad de nuestro tiempo, introdujo el ciclo con un comentario sobre el valor del número cuatro en la enseñanza de Lacan: cuatro conceptos, cuatro pulsiones, cuatro discursos, el sujeto estirado en cuatro esquinas, y un largo etcétera. La recurrencia de una estructura cuaternaria como medio de proporcionar un ordenamiento subjetivo de la experiencia analítica, se extiende de cabo a rabo a lo largo de esta enseñanza. Pero esta recurrencia no es un artificio didáctico, sino que responde a la estructura misma del inconsciente, que exige el cuatro.
Aristóteles, Apuleyo, Averroes, son solo algunos de postularon la estructura cuaternaria de las proposiciones lógicas. En esa misma línea Lacan, construye su cuadrado psicoanalítico, un cuadrado un tanto barroco, porque se compone de elementos heterogéneos: el sujeto hablante, el lenguaje, simbolizado por las letras S1/S2 (significante uno y dos), y el objeto de goce, el petit a, en la nomenclatura lacaniana.
Después de algunas observaciones sobre el cuadrado propio de la relación entre analizante y analista, y sobre las consecuencias que en la dirección de la cura se derivan del mismo, A. Goya concluyó su introducción con una pregunta formulada a Vilma Coccoz (directora del Departamento de Estudios sobre el Inconsciente del Nucep): Algo más de un siglo de psicoanálisis ¿ha modificado el concepto freudiano de inconsciente?
1.- El inconsciente implica que se lo escuche.
Si aceptamos una de las definiciones del inconsciente que propone Lacan en el Seminario XI: el inconsciente es la suma de los efectos de la palabra en el sujeto se hace evidente que el inconsciente existe desde que el mundo es mundo, es decir, desde que hay seres para nombrarlo, seres hablantes, fabricantes de mundos. Los hombres soñaban, cometían lapsus, se regocijaban con chistes, padecían síntomas, pero fue necesario el surgimiento del discurso analítico para que estos hechos de discurso, estas producciones, obtuvieran, por fin, un destinatario: el psicoanalista a quien revelaran su sentido. Sigmund Freud, cuando era aún un joven neurólogo fue capturado por un interés científico muy preciso, el de resolver el enigma constituido por los síntomas histéricos, ¿cuál era su causa? Movido por esta inquietud Freud se desplazó a París, para escuchar a su maestro Charcot, de cuya mano comprendería que el origen de estos síntomas no se encontraba en un desarreglo neurológico ni en una artera representación teatral por parte de malignas simuladoras. Los síntomas histéricos demostraron ser sensibles a una curación a través de las palabras, y Freud volvió a Viena con la firme decisión de explorar este terreno incógnito. Se dispuso a escuchar a los sufrientes, sin prejuicios, y fue entonces cuando advirtió que, en el discurso de sus pacientes, aparecían sucesos traumáticos, otros sin importancia aparente, y, también, los sueños. El encuentro, feliz azar, con este material, le llevó a interesarse por sus propios sueños.
El interés de Freud por su propio inconsciente fue el acicate para llevar a cabo su llamado “autoanálisis” que constituye una pieza fundamental de su gran obra La interpretación de los sueños. En el prólogo a la edición de 1908, reconoce que además de haber constituido la via regia para el conocimiento del inconsciente; este libro tenía una segunda importancia, subjetiva: la reacción frente a la muerte de su padre, que consideraba como “el más significativo suceso, la más tajante pérdida en la vida de un hombre”. Tal afirmación se ve confirmada en un apartado del libro, dedicado a los Sueños de muerte de personas queridas, descifrados con la clave del Complejo de Edipo, la clave de un deseo inconsciente que constituye, para Freud, el nódulo de la neurosis, por girar en redondo en torno al tema del padre.
El inconsciente, pues, no existe en el discurso, sin su interpretación, sin una teoría de su interpretación y podemos decir que las diferentes orientaciones que existen en el mismo ámbito del psicoanálisis no son sino distintas interpretaciones del inconsciente. Freud comparaba el sueño con un jeroglífico inscripto en el desierto, significantes sin significado, mensajes escritos en una lengua desconocida.
Lamentablemente su advertencia fue reiteradamente desconocida: siendo el inconsciente estrictamente particular, el valor de la clave de interpretación depende de conseguir encontrar el dialecto del soñante, es decir, de acceder a su modo singular de atribuir un sentido. Pero la interpretación no es una mántica sino que comporta una satisfacción. El sueño es un texto disfrazado, responde a las exigencias de la censura del sujeto respecto de sí mismo, funciona a la manera de un discurso político, es decir, toma en consideración los imperativos del discurso del amo, de lo que puede o no decirse: revela una intencionalidad que Freud vinculó al mecanismo de la represión. Ello significa que ¡el primer intérprete es el inconsciente mismo! Dice Freud: La elaboración del sueño suele hacer caso omiso del sentido que las palabras poseían en las ideas latentes, atribuyéndoles un sentido completamente nuevo.
Para ilustrar esta tesis del inconsciente intérprete que Jacques-Alain Miller difundió hace unos años, tomemos el sueño de Freud: “Non vixit”. Este sueño ilustra muy bien el carácter de jeroglífico de toda formación onírica y le sirve a Freud para ilustrar el uso del discurso oral y la presencia de los afectos en los sueños.
En él aparecen varios colegas y amigos de Freud, varios de ellos, muertos. Su secuencia reúne dos partes y su contenido manifiesto constituye un verdadero nudo: distintas cadenas se entrecruzan y desenredar su maraña hasta alcanzar las ideas latentes, requiere un gran trabajo analítico por parte del soñante. Extraemos una línea argumental porque revela el cemento, la argamasa a la que accede el intérprete al final, aún a sabiendas de que es imposible decir la última palabra respecto al sueño, ésta falta y ello debido a la existencia del ombligo del sueño, al agujero estructural por medio de la cual toda formación onírica se vincula a “lo desconocido”, a lo real: un foco de convergencia de las ideas latentes, un nudo imposible de desatar.
En el sueño “Non vixit”, José no entendía lo que Fl. le decía. Este le pregunta a Freud qué es lo que le ha contado (Freud a José.) sobre él (Fl.): … Embargado entonces por singulares afectos quiero decir a Fl. que José no puede saber nada porque no vive. Pero dándome perfecta cuenta de que me expreso mal, digo Non vixit (la expresión correcta era non vivit). Luego miro penetrantemente a P. que palidece hasta desaparecer bajo su mirada, lo que le causa una extraordinaria alegría…, haciéndole comprender que Fl. también era una aparición, un revenant, un semblante, diríamos actualmente… y -concluye Freud- que tales personas (apariciones) no subsisten sino mientras uno quiere, siendo suficiente nuestro deseo para hacerlas desaparecer.
Freud considera que este último pensamiento constituye el centro del sueño: en él se hace presente la captura narcisista, la pasión imaginaria y ambivalente que despiertan colegas y amigos así como la presencia del valor pulsional de la mirada (“miro penetrantemente”) ligada a la propia falla (“me expreso mal”). La primera asociación le condujo a una escena vivida en la que, siendo un joven investigador, quedó paralizado ante la mirada fulminante, superyoica, de su jefe, al increparle éste por llegar tarde al trabajo. En el sueño era Freud quien hacía desaparecer a un colega con su mirada, lo que le provocaba una intensa satisfacción. La solución del sueño tardó en entregársele hasta que pudo caer en la cuenta de que non vixit no remitía a palabras dichas u oídas sino vistas: la inscripción en la estatua del emperador José: Saluti patriae vixit, non diu sed totus (por el bienestar de su país no vivió mucho tiempo pero intensamente). La relación de este pasaje con la inauguración del monumento a Fl. que se produjo en los días previos al sueño le llevó a pensar con dolor (Freud aclara que tanto el pensamiento como el dolor sucedían en lo inconsciente) en la temprana desaparición de P. que le privó de ocupar un puesto entre los hombres de ciencia. En este punto reconoce que en torno a su colega P. confluyen ideas hostiles y cariñosas cuya habitual yuxtaposición en la relación al semejante queda patente en un pasaje de la obra Julio César de Shakespeare en la que Bruto explica su acción criminal: Porque César me amaba le lloro, porque era valeroso le honro; pero porque era ambicioso, le maté. Esta cadena asociativa le retrotrae a la matriz infantil de la relación con el semejante derivada de la relación con su tío John, un año mayor.
En una ocasión, el padre de Freud le preguntó porqué había pegado a John a lo que él respondió en la lógica transitivista, propia de esos años: “le pego porque él me ha pegado antes”. Y al conseguir arrebatar a la represión toda esta cadena de asociaciones y recuerdos se reveló al analítico el dialecto con el que se ha tramado su sueño: Wicsen es la palabra familiar que designa la zurra. En el jeroglífico onírico se destacaba el significante Wic (la falla, el lapsus que hizo aparecer non vixit en lugar de non vivit) presente en wicsen y vixit. Y es interpretado por Freud como uno de los aspectos de su peculiar modo de goce que tuvo origen en la complicada relación afectiva con su sobrino: un íntimo amigo y un odiado enemigo han sido siempre necesidades imprescindibles de mi vida sentimental y siempre he sabido procurármelos.
2. Formaciones del inconsciente
Una vez que Freud consiguió formular las leyes del pensamiento inconsciente que dan lugar a la formación de los sueños, pudo demostrar que los actos fallidos, los chistes y los síntomas responden a la misma estructura. En estos últimos supo encontrar la subjetividad amordazada que, unidos a la angustia y a las inhibiciones, inundaban las penosas vidas de los neuróticos. Sin embargo, la relación de cada quien con su inconsciente no es sencilla, Freud mismo testimonia de la lucha interior a la que se vio sometido en el curso de su análisis: momentos de escepticismo, desencanto, pereza, frustración, alternaban con la alegría y el entusiasmo por los descubrimientos. El dispositivo del análisis debía tomar en consideración estas resistencias para poder avanzar.
En la histeria esta fuerza toma la forma de amnesia, de olvido, en el semblante de la belle indiférence que afirma no sé, no me acuerdo. La memoria inconsciente se refugiaba en los síntomas conversivos: en ellos aparecía, reprimida y cifrada, la insatisfacción del deseo, resultante de la incertidumbre acerca de la identidad sexual: ¿soy hombre o mujer? Sin embargo, la docilidad al deseo del Otro llevaría a las histéricas a ser las primeras analizantes de Freud, quien les otorga un lugar privilegiado en la Interpretación de los sueños: son las autoras de los sueños negativos de deseo, destinados a contrariar a Freud, las tentativas oníricas de que él no tuviera razón, de que se equivocara al proclamar a los cuatro vientos que los sueños constituían una realización de deseos. Allí se perfila la forma particular del diálogo analítico: Freud no responde desde el lugar del amo del saber, acepta la dialéctica abierta con el deseo del Otro en la transferencia con el discurso histérico, y ofrece la solución: sólo el análisis del sueño tiene la palabra, la única manera de admitir la realidad del inconsciente, es hacer la experiencia.
La neurosis obsesiva presentaría a Freud una problemática distinta respecto al inconsciente: la separación entre pensamiento y afecto. El paciente recordaba, pero sin afecto, sin estar presente como tal, en lo vivido. La defensa había logrado sustraer hasta tal punto los afectos con su “control mental” que el paciente llegaba a formularse: en realidad, ¿estoy vivo o muerto?
El inconsciente, máximo enemigo del obsesivo, de su conciencia, le producía horror. Sin embargo, el afecto, reducido a la angustia y a los temores hipocondríacos, infectaba su pensamiento e imponía paralizantes inhibiciones. Por este motivo el análisis de la neurosis obsesiva no tiene más remedio que el atravesamiento del doloroso camino de la transferencia negativa para conseguir reconciliar la subjetividad “momificada” con el inconsciente.
Porque no basta con sospechar del inconsciente, -sería demasiado fácil, afirma Lacan en Televisión -, hace falta “sudar la gota gorda” para extraer de esos pensamientos no pensados un saber para orientarse en la vida. Esa es la razón de que sea un saber tan valioso, porque vale lo que cuesta obtenerlo.
Freud logró contagiar el entusiasmo y el interés por el inconsciente a muchos de sus contemporáneos. Fue una época de oro. Pero el inconsciente cerró sus puertas a la interpretación edípica y sobrevino una época de constatación de dificultades clínicas: el descubrimiento de la pulsión de muerte, el sentimiento inconsciente de culpabilidad, la necesidad de autocastigo, la reacción terapéutica negativa,… nuevos retos, nuevos enigmas de la subjetividad a los que se añadiría el enigma del deseo de la mujer. Contrariamente a lo que suele decirse, Freud era el hombre menos machista del mundo, lo demuestra la coherencia de su conducta en su vida privada y en su relación con las mujeres psicoanalistas, a las que sin dudarlo, animaba a instalarse como tales, concediéndoles una simetría intelectual nada evidente en otros campos, en aquellos tiempos. Con ellas inició el gran debate sobre la sexualidad femenina en los años '30 que impugnaba la importancia del falicismo y la importancia del Edipo en la mujer. Cuando Freud murió quedaban abiertas muchas e importantes vías de investigación clínica y teórica.
3.- La enseñanza de Jacques Lacan
Pero la IPA, la asociación fundada por Freud con el propósito de hacer avanzar el psicoanálisis, no cumplió su cometido. Al contrario, funcionó como un suck -palabra inglesa que Lacan pescó en Joyce- y que designa el ruído que hace el tanque de agua en el momento en que es accionado y eso es englutido por el agujero.
Lacan volvió a interesar a la gente en el inconsciente freudiano al traducir la novedad del descubrimiento sirviéndose de todos aquellos saberes que se habían forjado en el curso de las épocas. Y así se fue construyendo la interpretación lacaniana del psicoanálisis en la que distinguimos con Jacques-Alain Miller, tres épocas.
La primera, que responde al axioma de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje y se complementa con una teoría del sujeto y de los efectos del significante según dos órdenes: la significación y las pulsiones.
La segunda, que representa una revisión conceptual de la anterior con el suplemento de un nuevo concepto: del ser hablante (parlêtre) que da lugar a una nueva definición del inconsciente: el inconsciente implica que el ser, hablando, goza y no quiere saber nada.
El centro de la problemática que explora el psicoanálisis se perfila como siendo el problema de la satisfacción, del goce, que Freud llamó libido. Desde que el mundo es mundo se han propuesto recetas para resolver este problema, las sabidurías antiguas no tenían otro objetivo que intentar su regulación con el justo medio. Pero hasta la llegada del psicoanálisis, sólo un discurso, el religioso, afrontó la falla del goce, con su mito de la manzana maldita que daba razón de este desarreglo estructural con la doctrina del pecado. A juzgar por la influencia que ha tenido, es evidente que esta interpretación de la falla del goce consiguió interesar a mucha gente con la historia de un cuerpo sufriente, de un cuerpo mortificado por el goce.
Pero el psicoanálisis es el único discurso que toma a su cargo esta falla, este desarreglo del goce, como una consecuencia de los efectos del lenguaje desde una perspectiva realista.
Esta constatación masiva daría lugar a lo que se conoce como la tercera, la ultimísima enseñanza de Lacan, en la que el lenguaje es concebido como un parásito, como un chancro y el ser humano como un enfermo de lenguaje. En esta época cobra un privilegio notable el cuerpo: el modo en que las palabras afectan al cuerpo: lo sacuden, lo emocionan, lo paralizan, lo angustian, lo hacen gozar. Este aspecto que Freud había formulado como el punto de vista económico que rige el aparato psíquico y que gira en torno a los conceptos de fijación, regresión, inercia. Pero para Freud ahí reinaba el silencio, y para Lacan es intrínseco a la palabra. Recientemente Jacques-Alain Miller ha estudiado la diferencia entre el inconsciente simbólico y el inconsciente real, lo que ha permitido abrir las puertas de la experiencia analítica a la subjetividad no neurótica, propia de los tiempos que vivimos.
La falla del goce podemos detectarla en nuestro murmullo interior en el que podemos constatar nuestro disco rayado, siempre pensando en lo mismo, en el irresistible atractivo de la falta propia, o la del otro, en definitiva, el pensamiento gira en torno a un goce que haría falta que no fuese. A este goce se vinculan las automutilaciones, los sacrificios, las renuncias, el odio contra sí mismo, los autocastigos: las tentativas fallidas para desprenderse del goce que haría falta que no…
4.- La falla del goce: el gran problema de la vida.
Mientras Lacan construía el sólido edificio del psicoanálisis la civilización avanzaba hacia la licuefacción de las instituciones, que diera paso a la llamada sociedad líquida y cuyas olas alcanzarían también al psicoanálisis. El naufragio de los valores, los ideales, los saberes, se acompañaba con la producción acelerada de los objetos engañabobos que nos han transformado en desaforados consumidores. Según la interesante tesis de Serge Cottet, el amor se ha vuelto indecente por carecer de destinatario, a medida que avanza, irrefrenable, el mercado del sexo.¿Dónde sostenernos? ¿Cómo no ser arrastrados por el desvarío, por la errancia del goce?
Retomando con Lacan, el gran problema de la vida, el problema del goce, en el que nos embrollamos, nos complicamos, nos perdemos. Lacan afirma que la invención del psicoanálisis es un hecho de caridad increíble. En primer lugar, porque otorga a los sujetos un lugar en el que decir sus miserias, en el ámbito privado e íntimo de la sesión, evitando de esta manera la infección de la abyección por todas partes, el desparrame en actuaciones que degradan las cosas más importantes de la vida. No hay más que ver el patético caso de Belén Esteban para darse cuenta que ese camino no tiene retorno.
Y a esta dificultad se añade el tormento que implica el imperativo de ser normales, un ideal de homogeneidad que imponen la psiquiatría organicista y las psicologías embrutecidas, que intentan domesticar lo extraordinario, lo singular que habita en cada uno de nosotros.
De ahí que lo que nos enseñan los avatares de la subjetividad psicótica en relación a la mutación que se está operando en la civilización sea apasionante. El psicoanálisis de orientación lacaniana lleva años explorando y tratando las psicosis en el ámbito clínico e institucional, pero que recién ahora, y poco a poco, comprobamos cómo se impregna la cultura con curiosos personajes fuera de la norma. De la misma manera que los héroes de Dostoievsky y Flaubert anticipaban las crisis interiores de la subjetividad neurótica: el conflicto entre el deseo y los ideales, unidos a la inevitable decadencia del nombre del padre; hoy en día, muchos de los personajes literarios de mayor éxito, que suponen mayor verosimilitud, no son neuróticos.
El héroe de El curioso incidente del perro a medianoche, la pareja de La soledad de los números primos, la heroína Lizbeth Salander de Milenium, nos están familiarizando con seres cuya problemática con el goce no se rige por el sentido edípico. La subjetividad psicótica nos enseña que la humanización del deseo, en los tiempos que corren, no responde a la matriz neurótica que Freud encontrara en el análisis de sus sueños y en los síntomas de sus pacientes.
Veamos qué nos dice Daniel Tammet, diagnosticado de síndrome de Asperger, de genio autista, en su precioso testimonio: Nacido en un día azul. Su capacidad extraordinaria para realizar operaciones matemáticas con la velocidad del rayo (es objeto de admiración y estudio) proviene, como decíamos, de sus necesidades más humildes: (…) siento una necesidad casi obsesiva por el orden y rutina que afecta virtualmente a todos los aspectos de mi vida (…) cuando me estreso demasiado y no puedo respirar bien, cierro los ojos y cuento. Pensar en números me ayuda a calmarme. Los números son mis amigos y siempre han estado cerca de mí. Ello revela un uso de lo simbólico, del lenguaje, en este caso, de los números, muy personal, al servicio de calmar la angustia que Daniel conoció desde su nacimiento, y de una manera exagerada. El ha formado un dialecto de goce con los números al que considera “su propio vocabulario visual y numérico”: (...) siempre que multiplico con el 11 experimento la sensación de que las cifras caen dando tumbos en mi cabeza. Los seises son los números que me resulta más difícil recordar porque los experimento como diminutos puntos negros (…) como intervalos o agujeros. Igual que un poeta elige sus palabras, para mí algunas combinaciones de números son más bellas que otras.
Admite que algunos números le producen escalofríos de excitación y placer, otros le incomodan y le irritan cuando no se ajustan a su manera de sentirlos por ejemplo, cuando observa un anuncio en el que un número que para él es azul aparece en otro color. Daniel considera que son los números y no la lengua materna su primer lenguaje, con el que suele pensar y sentir.
Las dificultades extremas con las que tuvo que lidiar demuestran el grado de desamparo frente a la angustia que padece alguien cuando no dispone de un diccionario interpretativo para responder a la realidad mediante el sentido. El lenguaje aparece en su dimensión real, no simbolizada: lo que parecía afectarme tanto era lo inesperado del sonido. Ello implica que la relación al otro es amenazante, inquietante, y el sujeto debe refugiarse en defensas extremas para resolver situaciones aparentemente sencillas de la vida diaria.
Aprender en clase no me resultaba fácil. Tenía dificultades para concentrarme cuando otros niños hablaban de sí mismos o cuando alguien andaba o corría por los pasillos. Me resultaba muy difícil filtrar el ruido externo y solía taparme los oídos con los dedos para concentrarme. El esfuerzo titánico para permanecer vinculado no respondía a razones de orgullo o reconocimiento, sino a la insondable decisión de encontrar su sitio: nunca me preocupó que la profesora pudiera considerarme perezoso o inútil y nunca se me pasó por la cabeza lo que los demás niños pensasen al respecto.
Gracias a una tenacidad incomparable, construyó un mundo en el que ha conseguido inscribir su individualidad a partir de un uso particular de lo simbólico con el que supo resolver el problema del goce de una manera singular; con esa apoyatura construyó el Otro y los otros. Daniel Tamet llevó a cabo un autotratamiento del gran problema de la vida. No se trata de un funcionamiento extraño del cerebro sino de un uso peculiar del lenguaje como medio de goce, lo que llamamos el sínthoma. El psicoanálisis hace posible que estas soluciones de la subjetividad no sean tan escasas y extraordinarias, que ellas sean más accesibles y que, en menor tiempo, con menos trabajo y sufrimiento, se pueda alcanzar su operatividad. El dispositivo analítico toma en cuenta esta dimensión real del inconsciente que no se vincula a su desciframiento sino a un uso lógico que le permite funcionar como sostén de la subjetividad. Este descubrimiento lacaniano constituye la mayor novedad respecto al inconsciente freudiano, del que Freud mismo tuvo una intuición cuando afirmó que en el inconsciente está formado por restos de cosas vistas y oídas. Lo que Lacan, en la Conferencia sobre el síntoma dice de este modo, poético: en el mar del lenguaje somos sumergidos y en él escogemos unas maderitas a las que nos aferramos para no sucumbir.
* Conferencia pronunciada en el NUCEP-Madrid, en el ciclo EL PSICOANÁLISIS EN LA ÉPOCA DE LA GLOBALIZACION.
30 de Octubre de 2009
Jacques-Alain Miller. Cosas de finura en psicoanálisis (2008-2009). Clases del 10 y 17 de diciembre. José R. Ubieto (Barcelona)

“El analista, confrontado a lo singular, que es insostenible, se refugia en lo particular”.
Esta es una de las tesis que, a propósito de lo singular, desarrolla Jacques-Alain Miller en estas dos clases de su último curso.
Destacar lo singular como nombre de lo propio, del modo de goce irreductible, le permite definir al analista de la clínica del sinthoma como un sujeto que ha percibido su modo de gozar como absolutamente singular, fuera de sentido.
En su curso “La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica”, diez años atrás (1998-1999), Jacques-Alain Miller ya había planteado cómo frente al abismo de lo singular la ciencia propone una nominación vía la etiqueta, como una modalidad de localizar eso que queda como resto en la operación del NP: el goce del cuerpo. Y de hecho hoy asistimos a un revival de la etiqueta por la vía postmoderna de las nuevas taxonomías sociales del síntoma como una modalidad de tratar el goce fuera de la experiencia analítica.
La respuesta del discurso de la ciencia apunta a la reducción del sujeto a un cálculo estadístico que implica su categorización previa en clases establecidas a partir de un rasgo de goce elevado a la categoría de identidad subjetiva (anorexia, trastornos de conducta, toxicomanía). Ian Hacking (Rewriting the soul) y Nelson Godman (Maneras de hacer mundo) nos han mostrado el proceso actual de fabricación del semblante mediante el surgimiento de clases. Una clase es relevante cuando consigue incluir muchas clases de comportamiento diferente. Su eficacia radica, pues, en ocultar su uso como metáfora para parecer natural: así el semblante se “naturaliza” por la genética, la bioquímica,... Esta fórmula plantea un tratamiento de lo real por el S1 bajo una doble formula: el sin sentido vía la química y el sentido a través del semblante de la escucha o de la reeducación. La cuestión para el último Lacan y para nosotros es como abordar ese real por el sinthoma: una forma de renovar el sentido del síntoma freudiano que ya no se toma en su vertiente de mensaje cifrado sino de sustancia gozante, cuerpo-supuesto-gozar.
Jacques-Alain Miller señala dos recursos del analista a lo particular: la clase diagnóstica donde lo singular se vela por aquello que es común a otros y el grupo analítico tomado como SAMCDA, Sociedad de Asistencia Mutua Contra el Discurso Analítico.
¿Cómo sostener entonces la orientación hacia lo singular? Jacques-Alain Miller concluye su última clase con una referencia de Lacan que merece desarrollarse en el trabajo de estas próximas Jornadas: “Como Lacan había podido invitar a ocupar el lugar del objeto a minúscula, en su Seminario del Sinthoma formula: El analista es un sinthoma. Está soportado por el sin sentido, entonces se lo exime de sus motivaciones, no se explicará. Más bien jugará al acontecimiento de cuerpo, al semblante del traumatismo. Y le será necesario sacrificar mucho para merecer ser, o ser tomado, por un trozo de real”
28 de Octubre de 2009
Orgullosa soledad (com) partida. Luis Seguí (Madrid)

Recuerda Lacan en Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista que Sigmund Freud siempre se mantuvo firme en la defensa del mito desplegado en Tótem y tabú, ese “drama inaugural de la humanidad” en el que se representa la paternidad “más allá de los atributos que aglutina y de los que el lazo de la generación no constituye más que una parte”. En efecto, la conexión padre verdadero-padre simbólico-padre muerto, la relación en suma de la paternidad con la muerte, son algo más que significantes que resuenan constantemente en el ámbito del trabajo psicoanalítico. Remiten -por así decirlo- a la función del psicoanalista en su relación con la soledad en la que desarrolla su tarea, que tiene, paradójicamente, la característica de ser una soledad compartida. Al Padre Freud le preocupaba el destino de su invento, como se interrogaba acerca de si los analistas “en su conjunto satisfacen el estándar de normalidad que exigen de sus pacientes”, aspecto por otra parte siempre bajo la amenaza del exceso de identificación. Lacan llama la atención sobre la perspicaz anticipación freudiana a la emergencia de los modelos totalitarios, al abordar los fenómenos de identificación vertical y horizontal en su Psicología de las masas tomando como ejemplo al Ejército y la Iglesia. Sin duda, intuía los riesgos de establecer un orden jerárquico consolidado mediante el investimiento de las Suficiencias y las Beatitudes cuando fundó la Asociación Internacional de Psicoanálisis, unos riesgos que Lacan vio plasmados y en acto desde antes incluso de su “excomunión”.
¿En qué momento un sujeto decide romper el orden establecido -nunca mejor dicho- que le condena al sometimiento burocrático al estilo del “kominternismo”? La referencia no es caprichosa: independientemente de la brutalidad criminal de Stalin, a quien no por casualidad se llamaba el padrecito, a él de debió la congelación de las ideas de Marx en un corpus oficialmente sancionado como ortodoxo de una vez y para siempre, excluyente de cualquier reflexión crítica. En palabras de Lacan, en referencia al estalinismo jerárquico construido por quienes se erigieron institucionalmente en albaceas de Freud, “la comunión de grupo (...) a expensas de toda comunicación articulada”, enalteciendo el yo autónomo ... identificado con su analista.
El que rompe elige la soledad, con la que paga tributo a la heterodoxia. Lacan aceptó el desafío, siendo plenamente consciente de que “el psicoanálisis es una obra exquisitamente colectiva” y, por lo tanto, aquella soledad debe ser necesariamente compartida. Tan consciente era, que desde la exclusión de la Iglesia hasta después de la disolución de su Escuela, estuvo ocupado en buscar el modo de combatir el significante amo y lograr que los analistas lo desterraran de sí para desplazarlo y depositarlo en una institución, cuyo funcionamiento fuera radicalmente diferente al de aquella de donde fuera excluido.
En un cuento titulado Historia de Tadeo Isidoro Cruz, escribe Jorge Luis Borges del personaje:
(“Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche en que por fin escuchó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia, mejor dicho un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro símbolo”).
“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”.
El personaje borgiano, que no había conocido a su padre y que en su azarosa existencia parecía destinado a no escuchar su nombre, a no poder identificar ese momento en el que le sería desvelado quién es, halló sin embargo esa “lúcida noche fundamental” en forma de un acto de rebelión que le apartó para siempre de aquellos que hasta entonces parecían ser los suyos, y que le abrió el camino (incierto) hacia el encuentro con el padre.
“Cuéntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en la fabulosa historia de Aquiles; Carlos II de Suecia, en la de Alejandro. A Tadeo Isidoro Cruz, que no sabía leer, ese conocimiento no le fue revelado en un libro; se vio a sí mismo en un entrevero y un hombre” (*).
“Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro (...) Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él”.
(*) El hombre era Martín Fierro, el personaje literario de José Hernández en su poemario del mismo nombre; y el entrevero, el episodio en el que Tadeo Isidoro Cruz ve en aquél la imagen de su padre.
26 de Octubre de 2009
Anticristo de Lars Von Trier. Mercedes de Francisco (Madrid)
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Es sorprendente comprobar como la publicidad de esta película y las críticas vertidas sobre ella, han hecho que provoque un rechazo “a priori” injustificable.
Hasta los que la han defendido de los ataques furibundos de los críticos, entre otros, el de “nuestro” peculiar “enfant terrible” Boyero, caen en la ceguera del que prefiere seguir desconociendo lo que se nos da a ver. Aunque consideré a Lars Von Trier, desde sus comienzos, como un cineasta inquietante, distinto y, a la vez, gran director, en muchas ocasiones no estuve de acuerdo con su recurso a una salida religiosa (Rompiendo las olas). Sin embargo, esta es una película plagada de metáforas con alusiones bíblicas en las que el sentido religioso estalla cuando se abordan estos goces tan dispares del hombre y de la mujer.
La mostración en algunas escenas de una violencia explícita, tan denostada por los críticos, sirve de pantalla; es el velo que permite a los espectadores seguir ignorando lo que cada uno sabe por su propia experiencia.
Nadie quedará indiferente frente a este film, sentimientos de angustia, asco, rechazo, etc, resultarán en sí mismos inquietantes; y aunque se quieran despachar a la manera “chabacana” de Boyero, habrá algo que no terminará de dejarnos tranquilos. Envueltos en la música y en la belleza de la secuencia del comienzo ya estamos atrapados, contemplamos la caída por la ventana de un niño de un año, casi sin inmutarnos y a partir de aquí comenzará el despliegue de la tragedia.
Que en la mujer anide el mal y esté anudado al goce, es un tema ya descrito y tipificado por los griegos a través de sus dioses. Fue Tiresias -castigado durante años a ser mujer-, el que les hizo saber que la mujer goza diez veces más que el hombre. En Tiresias encontramos intacta esta aspiración, preferentemente masculina, a la contabilización de un goce incontable, no localizado que se experimenta en todo el cuerpo y que esta actriz nos logra transmitir magistralmente. Si algo me parece que fue justo en Cannes, fue el premio que le dieron a Charlotte Gainsbourg por esta interpretación.
No sabemos si Lars Von Trier conoce los desarrollos de Jacques Lacan en lo que se refiere al goce femenino y al masculino, y la imposibilidad de que se complementen, pero desde luego podemos decir que si no lo conoce “sabe sin él, lo que él enseña”.
En el prólogo, ya nos muestra que la feminidad y la maternidad no son la misma cosa para la mujer y que esto implica una desgarro fundamental. El papel de la naturaleza en esta película es un “engaño”, a la manera de una alegoría casi “infantil”, -el bosque se llama el Edén, la película el Antricristo, etc.-, que la protagonista se encarga de despejar. Se trata de la maldad como intrínseca a “la naturaleza humana”, en donde las mujeres están incluidas. Y si somos rigurosos, y seguimos las escansiones que el mismo Lars Von Trier nos propone, encontraremos que a partir de un momento el mal se nos da a ver como uno de los nombres que a lo largo de la historia de la humanidad se le ha dado al goce femenino. Tan extraño e incomprensible para los hombres como para ellas mismas, a diferencia que ellas los experimentan, o por lo menos algunas, y no es un goce ni parcial, ni localizado, ni contabilizable como el que responde al goce del órgano.
Esta mujer en algún momento lo describe, algo que les recorre el cuerpo y que las domina...; incluso la ablación que podría pensarse innecesaria, tiene su pertinencia por lo que ella nos dice después “esto tampoco sirve”; la mutilación no sirve para parar este goce que la “enloquece”.
En las mujeres no se trata de un goce localizado, aunque las “técnicas sexuales”, las terapias focalizadas sobre este tema lo promuevan, e incluso Freud incurrió en este error, como nos lo advierte Lacan, cuando trató de diferenciar dos goces en la mujer: el clitoridiano y el vaginal, intento fallido de dar un nombre a este goce suplementario que no tiene órgano que lo sostenga. ¡Quizás, no sea muy bueno que esto se sepa pues entonces se puede correr el riesgo de volver a las hogueras! Momento en la película que Lars Von Trier no se ahorra, aunque por lo menos ella ahí ya está muerta...
Este hombre, que en la primera escena aparece en el “esplendor” de una erección, y luego padre dolorido cuando entierran a su hijo, se transforma en un ser frío y casi maquínico cuando pasa a ser el psicólogo conductista de su mujer y comienza con la aplicación sistemática de sus técnicas. Trier ha elegido esta transformación para decirnos algo.
Según avanza el “tratamiento”, podemos comprobar como él la desconoce, es incapaz de escucharla en su singularidad y prefiere abordarla como un caso “típico”. Ya antes de la pérdida del hijo, él no estaba allí. Incluso ahora su dedicación enmascara el sadismo explícito en la película cuando se trata de “curarla” de su mal. Y nos preguntamos ¿cuál es su mal, que ella una y otra vez quiere decirle y que él con su semblante de “bienintencionado” corta permanentemente? Se trata de este goce que la arrastra, hasta el punto de “sacrificar” al hijo, y más tarde ir ella al sacrificio.
Es muy interesante cómo por un momento el director nos hace creer que ella lo que pretende es matarle, pero no, ella lo podrá torturar para que no la abandone, le exigirá que haga algo para “encauzar” ese goce sin cauce, y comprobará una y otra vez que ni el coito ni la ablación terminarán con esto y sólo encontrará la muerte como solución.
¿Hubiera sido, quizás, el amor una vía posible?. ¿Y por qué no el amor de transferencia que el psicoanálisis propone?.
Es cierto que Lars Von Trier, nos da un pequeño respiro, nos muestra que es una mujer que padece una psicosis desencadenada con la maternidad. Ha ido dando signos de ello, cuando calzaba a su hijo al revés infringiéndole un daño, cuando interpreta que el niño tenía la intención de alejarse de ella, cuando alucina en el bosque el llanto de su hijo, etc. Psicosis que el marido -que se presenta tan experimentado como psicólogo- no logra ni atisbar. Esta madre que, en un principio, parece bastante dedicada al hijo muestra esta otra faz. Pero, qué decir de los “sueños extraños” que él comienza a tener, de sus alucinaciones que no son menos que las de ella. No nos servirá de coartada el diagnóstico, aunque en otro contexto pueda ser de mucha utilidad, pero aquí se trata más bien de la locura que les afecta a ambos y que le lleva a él a matarla y, después, quemarla en la hoguera. No hay nada nuevo en esto, ella considera eso que experimenta como el mal, y él con su aparente promoción de lo cognitivo termina matándola.
Hay creo, varios avisos para navegantes. A ellos, que parecen proclives a sintonizar con esta psicología “moderna” a la que no le interesan los sueños y que considera a Freud muerto, les muestra cómo el sueño de la razón engendra monstruos y que desconociendo y alejándose de este goce femenino, y no pudiendo tratarlo con otros recursos que no sea la promoción del órgano y la técnica psicológica, -pues no debe ser casual que ninguna de las escenas sexuales estén tocadas por la mano del dios Eros- termina en el callejón sin salida del asesinato, que puede ser real o metafórico.
A ellas, que pretenden creer que la maternidad es la “buena salida” de lo femenino y confunden lo femenino con lo maternal, Trier da a ver -eso sí, en blanco y negro, a cámara lenta y envuelto en una maravillosa música, es decir, envuelto por el velo de la belleza-, cómo ella es capaz de seguir gozando mientras su hijo cae por la ventana. Trier nos lo da a ver en el epílogo, cuando ella, justamente antes de decidir su ablación, recuerda ese momento. Son dos imágenes que transcurren en milésimas de segundo y que el espectador podrá seguir ignorándolas si así lo decide.
Es evidente que no he leído todas las críticas que se han hecho de esta película, pero desde luego en ninguna de las que he leído he encontrado comentado o expresado este punto, ¡tan insoportable resulta! No se trata de buenos y malos, locos y cuerdos, se trata de un real que seguirá insistiendo y que atraviesa todas las épocas. Un real que ni el más de los desaforados capitalismos podrá domeñar con su psicología esbirra.
Trier nos muestra con su final que en lo esencial no hay nada novedoso con respecto a otras épocas. Este hombre se queda solo con sus propias alucinaciones y comiendo unas moras del bosque, y en la escena final las mujeres pasan a su lado y en todas ellas está borrado lo irrepetible del rostro.
Sin embargo, lo inédito es en sí la película y el tratamiento de este real sin promover ningún juicio maniqueo, ni proponer ningún sentido religioso, salvo enfrentarnos con los que anidan en nosotros mismos.
Es como si Lars Von Trier nos dijera: ustedes pueden seguir en la ignorancia y el final de la historia será “la muerte del niño, la muerte de ella y esta salvación de la vida para él; vida que ha olvidado los motivos que la hacían digna de vivir”.
23 de Octubre de 2009
Octavas Jornadas ELP. Valencia. 14 y 15 de Noviembre de 2009
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Sería difícil negar que la soledad, esa experiencia mayor de la existencia, evoca en la lengua un rasgo de negatividad. La declinación del discurso de hoy en día denuncia, como una especie de maldición, la soledad a la que el sujeto contemporáneo parece verse sometido. Y ve con impotencia, como en el imparable repliegue sobre sí mismo, el hombre de la modernidad se enfrenta a la paradoja de no querer sentirse descartable, abandonado a sus propios recursos y demanda la compañía del semejante. Al mismo tiempo que experimenta la amenaza que suscita el encuentro con el Otro. El empuje a huir de la soledad, hace retornar al sujeto al inevitable exilio de sí mismo. Mostrándole que, de una u otra forma, la subjetividad está inexorablemente atravesada por un encuentro siempre fallido.
Es un hecho que el psicoanalista, en su práctica, está solo. Freud, en la laxitud con la que enmarcaba la praxis, dejaba al psicoanalista dirigir la experiencia con su propio estilo, previniéndolo de los riesgos de la identificación. Dicho de otra forma, lo remitía a la buena forma de la soledad, aquella que solo se orienta en la relación del analista con su propio inconsciente. "Lo colectivo no es nada más que el sujeto de lo individual", escribía en 1923. Y de la misma forma que remitía a cada Psicoanalista a su propia soledad, no dejaba de afirmar que el Psicoanálisis “es una obra exquisitamente colectiva” se lo decía en una carta a George Grodeck, siempre refractario a hacer de las soledades una serie.
Pero es sin duda Jacques Lacan, quien al fundar su Escuela hace resonar, con la precisión adecuada, una interpretación que conmueve el edificio del movimiento analítico: “tan sólo como siempre he estado en mi relación con la causa analítica”. Tan solo, podemos afirmar, como cualquier analista está en relación con aquello que lo causa.
Lejos estamos de entender la soledad del Psicoanalista como una forma de dramatismo. Más bien nos inclinamos a inscribirla como una de las satisfacciones del encuentro con la diferencia absoluta. Es el resto de buen humor que puede desprenderse de lo singular, y de lo imposible. La disociación entre causa e ideal, reenvía al practicante al esfuerzo por discernir, de que manera, la soledad de cada uno, está sostenida por el efecto de vivificación que ha sido extraído del propio análisis.
Kazimir Malevich, al que hemos elegido para ilustrar el afiche que nos acompaña en esta VIII Jornadas de la Escuela, supo, sin duda plasmar el sin semblante de una soledad compartida pero infinitamente extranjera.
En uno de sus escritos más interesantes, publicado en 1927 por la Bauhaus en Dessau, supo transmitir, con una claridad meridiana la buena posición del sujeto con la verdad: “Cada hombre quiere sobre todo conocer la Verdad, cualquier impresión de lo Verdadero no le satisface, más que eso, quiere conocer las causas de todas las causas, y es por ello que construye una cultura entera con diversas llaves maestras para, con ellas, abrir la cerradura de la silenciosa naturaleza, que para ocultar su auténtico secreto ha escondido la llave, por eso es poco probable que alguien un día llegue a encontrarla.”
Efectivamente la llave está perdida y todo indica que para siempre. De ahí que la soledad, más que una maldición de la existencia, es para el analista el buen partenaire cotidiano, aquel que inaugura, de una manera inédita, un discurso sin palabras. Donde la inescrutable opacidad del origen tiene la posibilidad de transmutarse en entusiasmo por la vida.
COMISIÓN DE ORGANIZACIÓN: Gabriela Alfonso, Carmen Carceller, Emilio Faire, Concha Lechón, Patricia Tassara, Oscar Ventura, Miguel Angel Vázquez (Responsable).
COMISIÓN BIBLIOGRÁFICA: Carmen Garrido, Julio González, Gracia Viscasillas.
COMITÉ CIENTÍFICO: Lucía D’Angelo (más Uno), Marta Davidovich, Hebe Tizio, Francesc Vila, María Navarro.
21 de Octubre de 2009
Entrevista a Gustavo Dessal a propósito de Las Ciencias Inhumanas. Fernando Martín Aduriz (Palencia)

Acaba de aparecer un nuevo libro de la Colección ELP que dirige Vicente Palomera. Editado por Gredos, en la buena línea estética de anteriores números, se titula Las Ciencias Inhumanas. Se trata de una compilación de artículos efectuada por Gustavo Dessal, psicoanalista en Madrid, y escritor.
Son 23 artículos de otros tantos autores, en su mayor parte psicoanalistas, aunque también filósofos y científicos. Es un libro para desmentir que la ciencia se equivoque con el cientificismo. O que el psicoanálisis como disciplina pueda dejar de tener interés, incluso para los científicos, comprometidos ellos mismos con su subjetividad en las investigaciones que emprenden, en la razón de su empresa, en la verificación de sus efectos. Científicos a quienes les importe que el significante científico pueda sobrevivir a todo fracaso.
Hemos entrevistado para dar a conocer este libro a su compilador, Gustavo Dessal.
Fernando Martín Aduriz: En primer lugar, enhorabuena por este acierto. ¿De quién fue la idea de publicar este libro?
Gustavo Dessal: Hace algunos años que vengo considerando la necesidad de este libro. Los psicoanalistas no podíamos seguir de brazos cruzados frente a la creciente colonización que el discurso científico viene llevando a cabo en el terreno de la subjetividad. Se imponía una denuncia importante del cientificismo, que es -por así decirlo- una desviación innoble de la ciencia, que por desgracia se reproduce con gran facilidad en las últimas décadas. Un buen día, de repente, se me impuso el título "Las ciencias inhumanas", y a partir de allí me puse en movimiento para concretar el libro. Reunir veintitrés trabajos en distintas lenguas no ha sido una tarea fácil, pero el resultado me ha dejado realmente satisfecho. Todos los autores supieron captar muy bien la idea, que consistía, entre otras cosas, en poder llegar a un público que no fuese necesariamente especializado en psicoanálisis, y al que poder sensibilizar sobre los efectos deshumanizantes de ciertas discursos y prácticas que se amparan en el método "científico". Escribo este término entrecomillado, para dejar bien claro que no basta con anunciar el carácter científico de una afirmación, para que ésta necesariamente lo sea.
Fernando Martín Aduriz: El artículo titulado “Hablemos de la locura”, de nuestro colega José María Álvarez pone de manifiesto cómo en lo tocante a las enfermedades mentales la ciencia se ha puesto de lado del mercantilismo, de la invención de enfermedades mentales y ha abandonado la clínica clásica, la historia, el psicoanálisis...
Gustavo Dessal: Sin duda, a medida que la industria farmacéutica ha penetrado en al campo de la enfermedad mental, la psiquiatría ha entrado en la pendiente de la desaparición como práctica clínica. El psiquiatra se ha convertido en un técnico que correlaciona un listado de síndromes creados a la medida de esa industria, con los medicamentos que esta produce.
Fernando Martín Aduriz: Rosa López hace un relato extraordinario sobre un hecho histórico que pudo cambiar la historia, el encuentro de Heisenberg y Bohr. Quizá algunos puedan ver en este encuentro el momento álgido del libro: dos científicos frente a frente ¿se detendrán ante los avances científicos y las posteriores consecuencias? Dejemos que el lector lo descubra, pero no le parece Dessal que esta entrevista es muy actual...
Gustavo Dessal: Absolutamente. Lo que no es tan seguro es que abunden los científicos dispuestos a interrogarse por su papel en el mundo, y por la función que la ciencia debe tener. Cada vez se cuestiona menos la alianza entre ciencia e industria.
Fernando Martín Aduriz: El largo artículo “La reducción cientificista de lo humano”, de Peteiro, un médico experto en análisis clínicos y Manuel Fernández Blanco, psicoanalista, finaliza con una llamada a nuestro deber ético: denunciar a las falsas ciencias. ¿Este libro es un libro-denuncia?
Gustavo Dessal: Lo es sin disimulo. Algunos colegas me han criticado el título, por considerar que podía herir la susceptibilidad de los científicos. Desde luego, el psicoanálisis no es un discurso que se opone a la ciencia. Pero este libro es el testimonio de que no estamos dispuestos a que en nombre de la ciencia se pueda justificar cualquier cosa.
Fernando Martín Aduriz: Jacques-Alain Miller en “El futuro del Mycoplasma Laboratorium” define sorprendentemente al psicoanálisis como “una nueva forma de discurso, el producto artificial de la logotecnología más avanzada”. Y añade que no es seguro que sus practicantes aún se hayan dado cuenta del discurso inédito al que sirven. ¿Está de acuerdo?
Gustavo Dessal: A los psicoanalistas nos resulta difícil tomar conciencia cabal de lo que el psicoanálisis significa. De allí que a lo largo de la historia del movimiento analítico no ha dejado de producirse permanentemente una tendencia a la psicologización de la doctrina y la praxis. Ha sucedido con Anna Freud, y ha sucedido incluso en nuestra Escuela. Es la prueba de que hay algo imposible de soportar en ese discurso, más allá de la pasión con la que los psicoanalistas intentamos sostener nuestra experiencia.
Fernando Martín Aduriz: Vd. mismo dice en el Prefacio que “el querer de la ciencia, su pasión y su deseo de saber, está causado por una ignorancia que le es inherente”.
Gustavo Dessal: Es, en síntesis, la tesis de Lacan sobre la ciencia.
Fernando Martín Aduriz: Guy Briole se pregunta por el lugar del médico cuando sabe que el paciente sólo quiere obtener de él un objeto-medicamento...
Gustavo Dessal: Su ensayo es muy fino. Desarrolla con mucha pertinencia lo que Lacan señaló a propósito de las relaciones entre el psicoanálisis y la medicina, y cómo el discurso analítico puede servir para reconducir la práctica médica hacia sus fundamentos no sólo clínicos sino también éticos.
Fernando Martín Aduriz: Y por último, una referencia al trabajo breve pero muy clarificador del doctor Santiago Castellanos, y que se titula “Acerca de la impostura científica de las terapias cognitivo-conductuales”. Afirma: “Ninguna de las revisiones sistemáticas otorga evidencia científica a las terapias cognitivo-conductuales ni a sus ensayos publicados”. En la batalla que sostenemos con quienes desprecian al psicoanálisis, este dato es muy revelador, y puede dar muchas pistas a los psicoanalistas y los debates que mantienen...
Gustavo Dessal: El doctor Castellanos ha realizado una excelente investigación sobre este tema que valdría la pena proseguir. Sería fundamental que algunos psicoanalistas estuviesen dispuestos a profundizar en la teoría de las TCC. Su carácter "científico" es otra de las grandes estafas que gozan de la aquiescencia del los poderes universitarios y sanitarios.
Fernando Martín Aduriz: Muchas gracias Gustavo y mucho éxito de ventas. Y de lecturas.
18 de Octubre de 2009
Crónica: Acto de Presentación “Plataforma Psicoanálisis Siglo XXI: a favor de la subjetividad”. Carmen Grifoll (Barcelona)
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El 3 de Octubre en la Casa del Mar de Barcelona, tuvo lugar el acto de presentación del “Manifiesto a favor de la subjetividad”, con gran afluencia de profesionales de diferentes ámbitos.
La primera parte del acto se desarrollo con dos mesas redondas en las que participaron profesionales del ámbito sanitario, de la sociología, filología, psiquiatras, psicólogos clínicos y psicoanalistas y se cerró con un debate de la sala.
En la segunda parte se dio lectura al “Manifiesto a favor de la subjetividad”. En las participaciones se destacó en primer lugar el esfuerzo de Freud, desde los inicios, por captar la singularidad, los detalles, dejando de lado los grandes ideales y poniendo un límite al “furor sanandi”.
La Plataforma y los que suscriben el manifiesto defienden la apuesta por la subjetividad, destaco J. R. Ubieto (psicoanalista), como modo de ocuparse del malestar y no solo del ideal puesto en la cifra, rápido y económico.
La Plataforma no quiere crear un movimiento paralelo a otros modos de tratar el malestar, ni una nueva Institución. Pretende ser un Foro abierto, que cree opinión, y en el que también participen profesionales del mundo de la cultura.
En las áreas básicas de Salud los médicos asisten a la proliferación de demandas y por lo general existe una visión poco integrada del paciente. Si se responde sólo a la demanda, según A. Aymamí (médica y neuróloga), se favorece que los pacientes se desresponsabilicen, sean sujetos pasivos. Por ello, no sólo hay que responder a la demanda sino que hay que ir más allá del síntoma que se manifiesta ya que el cuerpo es también interlocutor del malestar.
En la actualidad hay un exceso de protocolos que borran la particularidad y van en detrimento del “rol de escucha del paciente”. Pero los médicos de primaria no pueden sustituir al psicoanalista. Es por ello que remarca la vigencia incuestionable del Psicoanálisis en este siglo XXI.
V. Barenblit (psicoanalista), manifestó la adherencia al manifiesto. El objetivo sería desarrollar un dialogo constructivo con profesionales afines, administración y comunidad poniendo a prueba la capacidad para dialogar. El eje del futuro de la Plataforma es la ciudadanía.
L. Kait (psicoanalista) coincidió también en el carácter político de la iniciativa. En la siguiente intervención, M. Collell (psicoanalista), se refirió al momento actual de la técnica basada en la evidencia y de nuevos sistemas de etiología confusa. El punto de dialogo seria “la defensa de la subjetividad” y el psicoanálisis nos da herramientas para ello.
LL. Farré (psicoanalista) destaco las teorías de Marx, Darwin y Freud y su influencia en la evolución del pensamiento humano así como las aportaciones del Psicoanálisis. Por tanto, siguiendo a nuestros predecesores nos toca seguir trabajando tozudamente añadió.
El psicoanálisis en el ámbito de la educación, nos dijo E. Julià (educadora), da herramientas para que el profesional se pueda situar frente al malestar, inventando y pensando formas de abordaje desde la responsabilidad y la ética.
En la actualidad el “exceso de medicación” o “la medicación fácil” como sucede con el síndrome de TDAH, conlleva mantener sujetos “pasivos” “que no molesten” y favorece la des-responsabilización.
F. López Aranguren (sociólogo), destacó la dificultad de llegar a la propia subjetividad, cómo forma de encontrarse el individuo y la sociedad. Hay un empuje al control de masas y a la manipulación y la Plataforma puede ser un medio de expresión.
¿Qué nos lleva a manifestarnos? De esta manera abría su intervención J. Monseny (psicoanalista): “La defensa de que nuestra condición sea verdaderamente humana”, es decir “la condición de seres de lenguaje y de deseo y por tanto seres divididos, únicos y responsables”. Los protocolos universales, una salud mental basada en la farmacología y una enseñanza que borra cada vez más al sujeto bajo “el curriculum”, van en contra. Queremos hacer saber que hay otro modo de vivir y curar nuestros malestares.
J. Mª. Panes (psicoanalista) introdujo la apuesta por la dignificación del sujeto, con su goce, con pérdidas y ganancias. En la actualidad la Religión y la Política han sido sustituidas por “el discurso científico”. La apuesta por el Psicoanálisis del siglo XXI es una orientación que va más allá de los ideales.
R. Pinto (filólogo) destacó la incidencia del psicoanálisis en otras disciplinas.
Por último A. Soler (psicoanalista) destacó que defender la subjetividad es una apuesta “ética y política”. El campo de la Salud excede al Psicoanálisis. Se trata de reconocer la capacidad de la persona, reconocer una interioridad operante, la responsabilidad de cada sujeto, el derecho a ser reconocido en la particularidad, dando sentido al malestar y a las formas de malestar. Por ello este acto añadió, deviene un encuentro político.
Acabadas estas intervenciones se leyó un comunicado de la Fundació Catalana Congrés de Salut Mental adhiriéndose al manifiesto y planteando algunos matices que sirvieron de prólogo al animado debate sostenido por los 250 asistentes.
15 de Octubre de 2009
Crónica: III Jornadas de ADEAMED: Sufrimientos adolescentes. Carmen Campos (Sevilla)
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La Asociación de Escucha a Menores en Dificultad, ADEAMED, se constituyó en Jerez de la Frontera en el año 2004, encontramos esta fórmula ágil para poder estar en el ámbito local, en diálogo con las instituciones y haciendo un trabajo de extensión del discurso psicoanalítico.
La asociación está formada por dos miembros de la ELP que residen en Jerez, dos socios de la sede de Sevilla de la Comunidad Andaluza de la ELP que residen en Cádiz, y seis personas más que participan en actividades del ICF en Sevilla y residen en Jerez.
El curso pasado Adeamed tomó a su cargo integrarse en la Red Cereda con el Grupo de investigación del niño y el adolescente en el discurso psicoanalítico con el tema “Las Adolescencias y el Lazo Social”, realizando distintos talleres de los que ya dimos cuenta en este Blog*.
En este mes de octubre hemos realizado nuestras III Jornadas: Sufrimientos Adolescentes, con un formato de dos actividades.
La primera actividad consistió en una mesa redonda sobre “Adolescencia y exclusión social”, planteada cómo un diálogo entre distintas instituciones. Frente a una sala con más de cincuenta personas, los invitados a la mesa desarrollaron sus intervenciones.
Miguel Ángel Fernández Caballero, psicólogo del equipo de tratamiento familiar del Ayuntamiento de Jerez, expuso cómo la exclusión comienza cuando hay menores que pasan el 70% de su tiempo expulsados del sistema escolar y del núcleo familiar. Entre los factores de riesgo que detectan son la monoparentalidad, la falta de recursos en la familia, la no intervención con los menores, la excesiva penalización y judicialización, y el ser varón. Defiende que hay que crear redes de apoyo a la familia y trabajar en la detección y prevención de situaciones de riesgo de exclusión.
Remedios González Pérez, educadora del equipo técnico del Juzgado de Menores de Cádiz, nos explicó que la actuación del equipo técnico es preceptiva en los menores de 14 a 18 años, que hayan cometido faltas o delitos. Siempre que sea posible se prioriza trabajar con el menor en medio abierto. Explicó los distintos tipos de medidas que pueden adoptarse.
Paloma Larena Colom, psicóloga clínica, psicoanalista, miembro de la ELP, coordinadora técnica del Centro de Internamiento por Medidas Judiciales Juslibol, en Zaragoza, expuso una experiencia inédita de un centro orientado por el psicoanálisis.
El proyecto comenzó hace cinco años cuando personas procedentes del ámbito de salud mental fueron llamados por la administración para actuar en una situación de crisis de un reformatorio con múltiples problemas y entre ellos el nivel de violencia.
Los cambios se realizaron progresivamente, lo primero que se modificó fue aplicar la ley, no el reglamento interno del centro, ya que observaron que la ley era más democrática, esto permitió rebajar considerablemente los expedientes disciplinarios a los menores.
El sistema de funcionamiento es mixto entre lo público y lo privado, de forma que el control que debe ejercer la administración sobre este tipo de centros se convierte en un trabajo en común, ya que están presencialmente en el mismo espacio en diálogo permanente. Se trata de un buen encuentro que ha permitido una buena escucha e intervención.
José Chamizo de la Rubia, Defensor del Pueblo Andaluz, se lamentaba de lo poco que pintan políticamente los menores y lo importante que es para la institución que representa escucharlos, el dentro de su comité asesor tiene incluido a un grupo de menores y al menos tres veces al año conversa con ellos, y se mantiene en contacto permanente con el correo electrónico.
Puso ejemplos interesantes de cómo detrás de la agresividad de un menor a sus padres había escuchado un sentimiento de no creerse querido o el tener demasiado dinero cómo un problema que cierra el deseo de acercarse al saber o al trabajo.
Le preocupa especialmente la descoordinación entre recursos que atienden a los menores y especialmente las Unidades de Salud Mental Infanto- Juvenil, ya que con respecto al diagnóstico de determinados adolescentes con trastornos de conductas dice “nadie dice ná”, y falta la orientación que proporciona un diagnóstico.
Cree que los padres hoy necesitan mucha ayuda ya que, aunque la brecha generacional siempre ha existido, la ruptura actual es muy grande y se dificulta el diálogo entre generaciones, hay una desconexión que el nombra como “Brecha Digital”.
La segunda actividad realizada fue un taller de formación sobre “La clínica del acto en los adolescentes” impartido por Paloma Larena con treinta y cuatro inscritos.
La docente explicó qué es un acto cómo límite o frontera, sin posibilidad de retroceso, es sin sujeto, sin pensamiento, y el sujeto podrá hacerse cargo o no, dependiendo de las consecuencias.
Desarrolló las diferencias entre el acting out y el pasaje al acto. Mientra que en el primero hay una llamada al Otro y pide una interpretación, en el segundo hay un separarse del Otro perseguidor, intrusivo, de aquel que debería haber cumplido una función de sostén y humanización.
Ilustró las dos vertientes del síntomas cómo malestar y cómo goce, y que el trabajo con los adolescentes se inicia pasando del acto a construir un síntoma, para ello hay que entender que tienen que decir "no" muchas veces para que puedan decir "sí".
Muchos de los menores que están en un centro de internamiento tienen vidas fragmentadas hechas de retazos, y hay que promover la construcción imaginaria de uno mismo, construirse un personaje. El orden del cuarto y el cuidado de su cuerpo es un elemento de orden en sus cabezas.
Se hace necesario un acompañamiento verdadero y no preocupado. Lo cómico, la risa, que no la ironía que tiene una intención agresiva, son elementos que ayudan, desdramatizando y usando el humor. Hay que ayudar a historizar a partir de los retazos.
Con respecto a la agresividad hay que entender que en la autoagresión que implica por ejemplo el golpe en la pared, puede estar la lógica de no golpear al otro. El acto se presenta sin sujeto y no hay un cálculo.
En este tipo de centro se trata de elaborar un proyecto educativo individualizado que conjugue lo particular y lo colectivo.
Sobre el encuentro con el otro sexo, en su experiencia, cuando no hay el significante fálico se responde a la pregunta que es un hombre haciendo de padre, una cuarta parte de los chicos entre 15 y 16 años que atienden ya tienen u n hijo o más de uno.
Otros frente al agujero que produce la sexualidad responden con el consumo de tóxicos.
El taller se ilustró con diferentes casos clínicos aportados por Paloma Larena y Carmen Campos.
* Se pueden encontrar estos artículos de referencia en este BLOG-ELP en el apartado de "Búsquedas" escribiendo la palabra "adolescencias".
«Pero lee sobre todo tu propio inconsciente, ese libro con una tirada de un solo ejemplar cuyo texto virtual llevas por todas partes contigo, y en el que está escrito el guión de tu vida, o al menos su rough draft»



