19 de Noviembre de 2010
Too Mach! Conclusiones, ideas y problemas. Hacia las IX Jornadas de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis “Los hombres y sus semblantes”. Número 10 Responsable: Gustavo Dessal

EDITORIAL, por Gustavo Dessal
Era muy práctico ser estructuralista lacaniano. Uno daba una charla sobre el Edipo, alguien del público levantaba la mano para preguntar qué pasaba cuando un niño no tenía padre, por ejemplo, y con una sonrisa indulgente le explicábamos que el padre era una función simbólica, que podía cumplirla cualquiera. El abuelo, el lechero, o el vecino de la esquina, sin ir más lejos. Eran tiempos maravillosos, porque con ese truco lo arreglábamos todo, y de paso celebrábamos al Padre Muerto. Qué gran tipo el Padre Muerto, ¿se acuerdan? ¡Y no hablemos del psicoanálisis con niños! Había que enchufarle el padre al niño como fuera. El lema de la dirección de la cura era “Más vale padre cabrón en mano que cien ausentes volando”, o algo por el estilo.
Por suerte, hace unos años Eric Laurent nos sopló un poco el polvo del estructuralismo con una conferencia cuyo título no recuerdo, pero que nos vino de perlas para refrenar nuestra adoración por el significante.
Después vino la época del Padre Síntoma, o el Síntoma Padre. Otro funcionalismo, pero mejor aggiornado a la modernidad. El secreto era el siguiente: uno se puede fabricar un padre con cualquier cosa, más o menos como MacGyver, el personaje de la tele que nos asombraba con sus artilugios. Sólo es cuestión de ser un poco ingenioso, y con dos clavos y un palito alguien se puede armar un padre para ir tirando. Lástima que la cosa no sea tan sencilla. Lean, por ejemplo, el texto con el que encabezamos este número. Andrés Borderías nos invita a recorrer toda la complejidad del padre en la obra de Lacan. Desde luego, no puede decirlo todo sobre un tema tan intrincado, pero no obstante nos da las claves más importantes.
Claro que, gracias a la pluralización introducida por Lacan en el Nombre del Padre, hay otras maneras de inventarse la función paterna. Pero el problema está en la función fálica, es decir, en cómo arreglárselas con un goce que no sea el del Otro. La dificultad del asunto nos beneficia por partida doble: por una parte, porque despanzurrar el Nombre del Padre nos pone a tono con una cultura que no se conforma con matarlo, sino que lo mantiene vivo para degradarlo de mil formas diferentes. Por otra, porque así aprenderemos de una vez por todas (hoy estoy particularmente optimista) a no adoptar recetas, puesto que siempre acabamos soltando alguna prescripción entre dientes.
Y aunque Andrés (imagino que por prudencia) no lo enfatiza en exceso, nos deja abierto un problema que sería todo un programa de estudio sobre el padre: para Lacan, algunas cuestiones sobre los hombres y las mujeres siguen siendo clásicas hasta el último día de su última enseñanza, aunque el mismísimo Thomas Beatie diga lo contrario...
“El padre es el agente de una operación del lenguaje que se realiza por un significante amo, sea el que sea”, afirma Joaquín Caretti. Él toma el asunto por el lado del Seminario XVII, cuando Lacan enfatiza al padre real como agente de la castración. En lugar de la prohibición edípica, la imposibilidad del goce introducida por la marca del lenguaje. Pero queda nuevamente abierto el tema de la orientación: aunque el lenguaje nos castra, es preciso que algo nos conduzca hacia el objeto, más allá de cualquier ideal de normativización. En mis tiempos de universiario, nos hacían tragar la teoría de un analista escocés (dije “mis tiempos de universitario”, con lo cual espero que nadie pretenda que recuerde el nombre del autor) quien aseguraba que el “instinto” era “object-seeking”, o sea, “naturalmente” buscador de objeto. La SAMCDA (Sociedad de Asistencia Mutua Contra el Discurso Analítico) siempre ha tenido miembros eminentes, incluso entre los escoceses.
En su libro “Mi siglo”, Gunther Grass se pregunta si los padres todavía sirven para algo. Desde luego, sirven para que uno se busque algún apaño donde ubicar la libido. Con el significante solito no basta, como creíamos antaño, y Joaquín nos refresca la importancia de “un deseo que no sea anónimo”.
La inmortalidad, ¿es un fantasma masculino por excelencia? Ellas quisieran ser siempre jóvenes, ellos más bien inmortales. Un tema que, casi inadvertidamente, nos introduce Oscar Ventura contándonos todo lo que uno se puede hacer a sí mismo con el pretexto de una vida sana. Incluso descubrir una nueva patología: la lumbalgia del higienista, un avatar del superyo moderno, ese que ha convertido la salud en una obligación y la enfermedad en una vergüenza, como en “Erewhon”, la novela que tanto le gustaba a Freud, y en la que estar enfermo era castigado como un delito.
Que los italianos son unos genios, no cabe ninguna duda. Nadie mejor que ellos para convertir el catolicismo en una fuente inagotable de perversión. Allí se admite cualquier cosa, menos ser gay. Eso sí que no está nada bien, según parece. Lo dijo el propio Berlusconi hace unos días: mejor pederasta que maricón. Maurizio Montanari nos habla de la Italia perversa y oscura, donde el sexo con transexuales es moneda corriente entre los “ni-ni”, los que ni se atreven con las donnas, ni tampoco se animan asomar la nariz del armario. Una magnífica contribución de nuestro colega italiano, y un verdadero gesto de cordialidad hacia nuestra ELP.
El paciente de Liana Velado no sabe con cuál de todas quedarse. Por las dudas, no descarta ninguna, pero al final elige el ordenador. Qué encanto la debilidad mental del macho. Va al análisis porque no entiende qué les pasa a ellas, que lo aman tanto, pero acaban dejándolo plantado.
Muy oportuna la clasificación del discurso masculino con la que Fernando Martín Aduriz cierra este número: los hombres hablan de una manera entre ellos, mientras que ante ellas lo hacen por lo general de manera diferente. Pero hay un tercer modo de hablar que, por supuesto, sólo puede suceder en la soledad de un psicoanálisis.
Esa soledad tan especial de la que, entre todos, hombres y mujeres, tratamos de extraer un saber con el que marear un poco lo real, ahora que hasta la verdad se vuelve líquida.
Con este número concluye Too mach!, del que he sido su principal irresponsable, pese a la seriedad con la que su antónimo pretendía disimular los irreverentes editoriales que trataron de animar a nuestra Comunidad. Doy las gracias a todos los colegas que contribuyeron con sus textos, sus sugerencias, y sus mensajes de simpatía. También a nuestros queridos Marta Davidovich y Oscar Ventura por asegurar la rápida difusión del boletín. Y, desde luego, una mención superespecial a Ariane Husson, colaboradora insustituible, que no solo ha realizado una tarea extraordinaria con la página de Facebook, sino que resolvió todos los problemas técnicos de maquetación y transformación de archivos que mi torpeza cibernética jamás habría logrado vencer.
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NUEVAS MODALIDADES DE LA PATERNIDAD, por Andrés Borderías
La nuestra es la época post-patriarcal, qué duda cabe, época posterior al declive del padre antiguo, en la que se suceden múltiples transformaciones de los semblantes del hombre y la mujer. En este tiempo del postpadre, coinciden las apelaciones del Papa Benedicto XVI al retorno a la familia tradicional en el que la mujer debe regresar al hogar para procrear, con las noticias incesantes que dan cuenta de continuas transformaciones en las ficciones familiares, como la reciente noticia que anuncia la introducción del pacto democrático en la elección del orden de los apellidos y que viene a enterrar definitivamente la prevalencia simbólica del nombre del padre en la filiación, al menos desde el punto de vista de su inscripción civil.
Todos estos cambios son manifestaciones del final del régimen de El Nombre del Padre, entendido éste como un universal consistente y único, es decir del final del padre-hombre como figura de excepción, y del estallido del Uno-solo paterno en una multiplicidad de unos. Este Uno-solo fue aislado por Lacan como operador estructural, responsable de efectuar las restricciones y regulaciones de las relaciones de los sujetos con el goce, en el tiempo del Padre-Dios, y abordado por Freud con las envolturas del mito edípico y posteriormente en su texto Totem y Tabú. La bibliografía que hemos podido todos consultar para la preparación de las jornadas dan cuenta de ello, especialmente el artículo de JAM titulado “La lógica del gran hombre”, en el que examina la transición de la figura del padre de excepción del campo de la religión al de la lógica, y en el de Eric Laurent, titulado “Un nuevo amor por el padre”, que continua interrogando las consecuencias de este planteamiento.
El final de este Uno-solo sería la causa del declive del Hombre, y ha dado paso a la pluralización de los unos, modelos y rasgos por los cuales se identifican y agrupan los sujetos, pero también las prácticas de goce que estos nuevos significantes delimitan. Podríamos decir que esta transición lo es también del régimen de “El Padre” al de “un padre” particular, y aún más, de las múltiples formas en la que un sujeto puede apañárselas sin un padre efectivo para suplir con un síntoma esa carencia. Otra cosa son las consecuencias para la virilidad y para lo que se juega en la relación de los sexos que se deduce de esta variación.
Una de las cuestiones que se ponen en juego y que podemos considerar es si en este nuevo contexto, aquellos semblantes que se constituyen fuera de la lógica fálica, permiten constituir relaciones familiares que transmitan a la descendencia una posición viril o femenina, desde la perspectiva de la sexuación, es decir de la diferencia del goce fálico y el goce Otro, más allá de su estatuto imaginario.
Se trata pues del destino de la lógica fálica en este nuevo régimen, y de la incidencia sobre el goce de los nuevos semblantes.
Los debates internos que mantienen los diversos colectivos de gays, lesbianas y transexuales, sobre las nuevas formas de conformación familiar y del ejercicio de la paternidad y maternidad, dan cuenta de ello, sin obviar la aparición de nuevos conjuntos Rusellianos, los grupos Queer, formados por aquellos sujetos que no quieren ser ubicados ni ubicarse bajo ningún tipo de rasgo identificatorio sexual, sujetos que rechazan definirse bajo un género, o que rechazando la oposición masculino-femenino, consideran que el género es un continuum.
Tampoco debemos olvidar el surgimiento de otras manifestaciones sintomáticas actuales, vinculadas a esta cuestión, como es el caso de aquellos en los que se desvanece su posición sexuada, o que pasan de los vericuetos del encuentro entre los sexos ante una práctica de goce auto, más cómodos por ejemplo bajo una identidad vinculada a un videojuego o una marca comercial, que bajo una posición sexuada.
El fenómeno de los Otaku en Japón, jóvenes encerrados en sus casas en la dedicación exclusiva al goce de un objeto, práctica o personaje acotado, al que investigan hasta sus más ínfimos detalles y en cuyo culto se sumergen, da cuenta de ello, así como algunas prácticas toxicomaníacas, y casos en el campo de la anorexia. ¿Sabían que se celebra ya un día del orgullo Geek? -los Geek son los Otaku especializados en el mundo de los aparatos electrónicos. Todas estas nuevas nominaciones dan cuenta de la extensión del “nommer à”, del “nombrar para”, que se deduce de un nuevo régimen de nominación del ser del sujeto, cuando el NP queda fuera de juego, y en el que éste se ubica bajo su determinación como individuo del capitalismo funcional y contable. Por otro lado, tal y como formula Eric Laurent, en este nuevo régimen del padre cada cual habrá de inventarse el padre que lo reconozca. Toda comunidad humana comporta un límite al goce, y este límite puede tomar la forma de una demanda de reconocimiento de la regla sexual que cada uno sigue. Las invenciones más radicales quieren ser reconocidas en su particularidad –escapando así al “ser nombrado para”- y en esta demanda de reconocimiento tenemos una autorización y una barrera, es decir, un modo particular de invención del padre.
En lo que atañe a las nuevas formas de agrupación familiar, conviven los adeptos a “la familia tradicional” (ya sea esta cristiana o no, se trata básicamente de aquellas en las que coincide sexualidad, procreación y filiación en dos personas de sexo distinto, que contraen matrimonio) en su esfuerzo por preservar la utopía del Padre-Uno, con las nuevas formas y ficciones familiares, basadas en el pacto y el contrato democrático. Como relata Anne Cadoret, en su ilustrador libro “Padres como los demás”, en las nuevas ficciones jurídicas de la familia se consagra la sexualidad desligada de la reproducción y ambas a su vez lo están de la filiación, el linaje y las múltiples formas de alianzas, de hecho y de derecho.
El surgimiento de la contracepción introdujo la separación entre sexualidad y reproducción. La reproducción asistida introdujo la separación entre el cuerpo y la maternidad/paternidad -con la figura de las madres de alquiler, la inseminación por donación y la gestación embrionaria extrauterina. Las nuevas formas de matrimonio y coparentalidad han introducido, finalmente, una separación entre los semblantes y las filiaciones, desligando las funciones de paternidad y maternidad del sexo genético y civil por parte de aquellos sujetos que han decidido responsabilizarse de un niño. Por ejemplo, una pareja homosexual que adoptó un hijo, o que se hace cargo de un hijo anterior de uno de ambos componentes de la pareja, puede negociar adoptar (o no) los semblantes de padre o de madre, y cómo se nombran para ello. O una pareja aparentemente “gay”, compuesta por una antigua mujer transexual que ha tenido un hijo antes de transformarse en un hombre, y un hombre, deciden distribuirse los roles de padre y madre negociando.
Por otro lado, los desarrollos en el campo de la genética nos colocan ya en las puertas de la posibilidad de generar nuevos seres por clonación a partir de los núcleos cromosómicos de las células sin necesidad ni tan siquiera de la inseminación, es decir, que incluso los restos imaginarios de la relación hombre-mujer en lo que respecta a la sexualidad y a la paternidad-maternidad tienden a borrarse de modo impensable hace 3 décadas, y colocan al sujeto contemporáneo muchas veces ante un abismo en lo que respecta a la significación de lo masculino, lo femenino, la paternidad y la maternidad.
Por su parte, los hijos nacidos de estos nuevos y múltiples deseos habrán de encontrar su manera de ubicarse ante la vida, ante la cuestión sexual, ante la diferencia sexuada, y ante su relación con el goce fálico y el Otro goce, en condiciones diferentes de las que hemos conocido, y en las que el lugar del padre y la madre queda reducido a su estatuto imaginario, y la heterogeneidad de los goces, fuera del campo de la significación fálica.
Un ejemplo reciente nos llega con la noticia sobre el nacimiento del tercer hijo de Thomas Beatie, mujer transexual que tras someterse a una operación de masectomía y hormonación masculina, y obtener el reconocimiento por las autoridades de los EEUU sobre su identidad civil masculina, contrajo matrimonio legal con una mujer, madre ya de dos hijos, y con la que posteriormente tuvo tres hijos más. Con la salvedad de que fue él, Thomas Beatie, quien se hizo inseminar artificialmente por su esposa, tras haber adquirido por internet el semen de un vendedor anónimo. Thomas Beatie, padre de tres hijos engendrados por él gracias a que conservaba los órganos precisos para ello, mantiene junto con su mujer Nancy desde hace unos años una nueva lucha que ha dividido a las organizaciones consolidadas de Gays y Lesbianas en los EEUU, para obtener el reconocimiento de esta nueva forma sintomática de conformación familiar, muy tradicional en cierto sentido. Batalla así para producir una nueva forma de perversión paterna, que se muestra tanto en el rechazo como en el reconocimiento.
Pues bien, en este contexto conviene interrogar la supuesta relación existente entre el declive del padre y el declive de la posición masculina. Desde esta perspectiva, la época del declive de la virilidad sería correlativa a la del Hombre sin atributos, al hombre contable y evaluable; el declive de lo masculino correspondería al “todos juntos, todos iguales” de la democracia y del final del padre-hombre de excepción, es el régimen del “ser nombrado para” al que aludí anteriormente.
Nos invitan a ello, al menos dos momentos en la enseñanza de Jacques Lacan, distantes 20 años entre sí. El primero corresponde a los desarrollos que realiza sobre el caso Juanito, en su seminario IV, seminario en el que examina las consecuencias para la posición sexuada de Juanito de la debilidad de su padre. O dicho de otro modo, el vínculo entre declive del padre y declive de la posición masculina. El segundo pertenece a su seminario RSI, en el que aborda la père-versión paterna, el modo particular y las condiciones en las que un hombre-padre aborda a una mujer y sus hijos. De uno a otro momento, hay una serie de variaciones que trataré de precisar.
Juanito manifiesta una angustia ligada al goce del órgano. Como afirma Lacan, hay un defecto de “encarnación” del NP. El padre de Juanito está poco presente para su mujer. El defecto de encarnación es para Lacan la marca de un deseo no orientado por una mujer, lo que deja a Juanito sin opciones para humanizar “su acceso sexual”.
En el seminario IV, cito, Lacan afirma: “Juanito se sitúa en determinada posición pasivizada, y cualquiera que sea la legalidad heterosexual de su objeto, no podemos considerar que agote la legitimidad de su posición. Se acerca en este sentido a determinado tipo que no les parecerá ajeno a nuestra época, el de la generación de cierto estilo que conocemos, el estilo de los años 45, esa gente encantadora que esperan que las iniciativas vengan del otro lado- esperan, por decirlo todo, que les quiten los pantalones. En este estilo veo dibujarse el porvenir de este encantador Juanito, por muy heterosexual que parezca.” Ustedes conocen la tesis de Lacan: Juanito, debido a la insuficiencia paterna con respecto al deseo de y por su mujer, queda a los pies de los caballos, identificado al falo materno, aparentemente heterosexual en cuanto a las elecciones de objeto, sin embargo no asume plenamente la castración y por ello, con su pene vilipendiado e inservible, Juanito devendrá “hija de dos madres”. No por ello Juanito dejará de ser “un padre en potencia, capaz de engendrar niños indefinidamente en su imaginación y de satisfacerse por completo con sus creaciones, que al igual que su madre, vive en su imaginación”. Legalmente, pero ilegítimamente, hombre.
En el caso Juanito, Lacan avanza en la desustancialización del padre al que descompone en las funciones imaginaria, simbólica y real, para precisar la lógica particular de su fracaso.
El extraordinario análisis del caso Juanito que Lacan realiza en este seminario es solidario de un momento particular en la elaboración de la función del padre en la enseñanza de Lacan, casi contemporáneo de la “Significación del falo”, “Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina” y la “Cuestión Preliminar”, -en este último escrito examina las consecuencias clínicas para la función fálica en el campo de la psicosis, correlativas al fracaso del NP en la metáfora paterna.
Según la tesis freudiana, el niño accede al ideal de su sexo por el Edipo. Es por identificación al padre y a causa de la castración como se asume la virilidad.
El padre en esta época tiene para Lacan cierto carácter normativo, en la medida en que este es presentado como vehículo de la ley y como representante del modelo ideal de identificación, vía el Ideal del yo. Este carácter normativo alcanza a la concepción que Lacan tiene sobre la pareja heterosexual y la función del padre con respecto a la madre y los hijos.
A lo largo de varios años, en sus seminarios, Lacan descompone el personaje paterno en su cara imaginaria, simbólica y real, transformando el mito en una función, separando en un primer momento su operatividad –que localiza en la función del NP- del personaje concreto del padre, puesto que la esencia del padre ha devenido una función simbólica asustancial universal. Cuando hablamos de NP nos referimos a la función simbólica que permite abrochar la significación de la cadena simbólica y localizar el goce, negativizándolo, introduciendo una pérdida sobre el mismo. Su puesta en juego en la MP otorga una significación fálica al deseo materno y localiza el goce para el sujeto. Con esta fórmula, Lacan extrae del mito edípico su arquitectura funcional, separa la figura del padre de su función y localiza la operatividad del padre en la incidencia del significante sobre el sentido y la libido.
El segundo momento se encuentra en una conocida cita del seminario RSI, del año 75, en el que plantea la per-versión paterna como aquel que da el modelo de una solución –no quien lo impone-, ante “el problema” de la castración materna. Se trata pues de un padre-solución. En ese momento Lacan afirma: “Un padre sólo tiene derecho al respeto, si no al amor, si dicho amor, dicho respeto está perversamente orientado, es decir hecho una mujer, objeto a que causa su deseo. Nada tiene que ver en este asunto lo que una mujer acoge de este modo. De lo que se ocupa es de otros objetos a, que son los niños, ante los cuales sin embargo el padre interviene –excepcionalmente en el caso favorable- para mantener en la represión, en el justo medio, la versión que le es propia de su perversión. Pere-versión, única garantía de su función de padre, la cual es la función del síntoma tal como la he descrito. Basta con que sea un modelo de la función. Eso es lo que tiene que ser el padre, en tanto solo puede ser excepción. Sólo puede ser modelo de la función realizando su tipo. Poco importa que tenga síntomas si le añade el de la perversión paterna, es decir, que la causa sea una mujer que le pertenezca (le sea adicta) para hacerle hijos y que a los mismos, quiéralo o no, de cuidados paternos”.
En este texto del 75 Lacan desarrolla una idea ya presente en el 55, en la Cuestión Preliminar, que el factor determinante se encuentra al nivel de la pareja sexual, no al nivel de las características imaginarias del padre o de la madre. Por otro lado, en el 75 Lacan no habla ya del Nombre del Padre, sino de “un padre” y se pregunta si la existencia de “un padre” favorece o no la forclusión en la filiación, lo que constituye una inversión de la tesis de la Cuestión Preliminar, y si se quiere de la conceptualización del caso Juanito. En estas afirmaba que lo importante es la presencia del significante del NP que no se confunde con “un padre”, pues el NP es compatible con la ausencia del padre. Y era la emergencia de “un padre en lo real” el factor desencadenante de una psicosis. Aquí, en el 75, Lacan no habla del padre muerto, del NP, habla de un padre vivo para decir qué es un padre que cumple su función, qué le permite ser modelo de la función síntoma para sus hijos.
Es el padre perversamente orientado, es decir, el que hace de una mujer objeto causa de su deseo. Lacan afirma aquí que el padre que puede cumplir con la función paterna, es decir, de un padre no forcluído, es de entrada, el hombre heterosexual. No es sin embargo, suficiente con ello, pues añade varias condiciones más.
No es cualquier heterosexual, sino aquél que elige una mujer. Ello no impide que tenga otras, no es el asunto, sino que elija una lo que no siempre es evidente, pues la sintomatología masculina nos presenta muchos casos de heteros que no pueden elegir una.
Se trata, además, de que acceda a hacer de una mujer que consiente a ello, una madre. Y sabemos de las dificultades de muchos heteros que pueden elegir una, pero no consienten con los hijos. Lacan sigue aquí toda una sintomatología, pues aún añade a las condiciones el que pueda soportar la presencia de los hijos, es decir, que pueda soportar además que la mujer sea una madre, no sea toda para él, soportar la división del deseo de una mujer entre mujer y madre.
Por último, este hombre debe asumir cuidados paternos sobre estos hijos. ¿Qué entendemos por cuidados paternos, a diferencia de los cuidados maternos? Podemos pensar en la transmisión del nombre con su reconocimiento, su inserción en un linaje, en la historia de una familia y la transmisión de sus bienes. Podríamos pensar que se trata nada más que de hacer vivir, otorgar las condiciones materiales y las discursivas para crear la posibilidad de subsistencia subjetiva y real de los niños. Todo esto está justificado, pero habría que resaltar la indicación de Lacan cuando apunta a la dificultad de intervenir excepcionalmente entre la madre y los hijos, para mantener la represión en el justo “medio-decir” de su propia perversión.
Si en las versiones sobre el padre de los años 50 se trataba de la función represiva del padre, junto con su función de transmisión de la castración a los hijos, aquí Lacan dice, más bien al revés, que un padre debe mantener cierto silencio, cierto velamiento sobre su goce, no poner en la escena lo que él es como hombre. Es decir, que la función paterna no tiene nada que ver con ningún magisterio, ni con ninguna exhibición.
Y bien, cuando no es así, cuando no se dan estas condiciones, no es que no sea posible la paternidad, sino que nos encontramos ante una paternidad que abre las condiciones de la Verwerfung y los efectos psicotizantes.
Este “un padre” que soporta la función, es modelo de la función padre como función de síntoma. Un padre que tiene un síntoma, que es el síntoma mujer, madre, niños, es modelo de la función borromea del síntoma, es decir, de un síntoma que inserta el goce sexual en el lazo social, que es un lazo significante también entre hombre y mujer, y el goce de la vida reproducida también en el lazo entre las generaciones.
Lacan no suprime aquí la función Nombre del Padre, la reformula primero como una función- síntoma, y después establece la conexión entre la función borromea con un padre de la realidad en su función real. A partir de aquí se abre la posibilidad, que JAM introdujo en los textos clínicos sobre las psicosis ordinarias, de considerar que si el NP es un síntoma, entonces un síntoma puede ser un Nombre del Padre para un sujeto.
Nos encontramos en el punto mismo de la psicosis generalizada, de la forclusión generalizada, en el que tenemos entonces que prestar atención a las diversas formaciones sintomáticas que permiten a cada sujeto rectificar el fracaso particular en la constitución de su anudamiento, siendo la “per-versión” una de ellas.
La cuestión, en lo que atañe a nuestro debate, es si hay algo más que figuras imaginarias del varón cuando un sujeto ha quedado fuera de las condiciones marcadas por Lacan en este seminario, y si los nuevos semblantes le permitirán a los nuevos sujetos construir una manera vivible de hacer con el goce.
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NUEVOS SEMBLANTES DE LA PATERNIDAD: LA ERA POSTPATERNAL, por Joaquín Caretti Ríos
Vivimos en una época del mundo donde el semblante del padre ha sido fuertemente conmovido: estamos en la era postpaternal. Desde fines del siglo XIX su figura ha ido perdido fuerza, imponiéndose, paulatinamente, un igualitarismo en la relación entre los sexos que convierte en ridícula la figura de un amo en el seno de la familia. Como un ejemplo mas de estos cambios tenemos, en estos días, en España la propuesta que se ha realizado de modificación de la ley de 1999 de quitar definitivamente cualquier preeminencia al apellido paterno sobre el materno, pudiéndose poner a un hijo el nombre de cualquiera de los progenitores usando el orden alfabético en caso de conflicto. El debate se instala entre los que quieren seguir aferrados a la tradición -como el Papa, que con una encendida propuesta de reevangelización de España y de la familia tradicional, muestra la preocupación de la iglesia ante los cambios que se están produciendo- y los que piensan que, en este caso, la modificación de la ley profundiza en la igualdad entre hombres y mujeres, ya que nada justifica que tenga que prevalecer el apellido del padre.
Por otra parte, los avances técnico-científicos junto con las modificaciones legales, han llevado a generar diferentes posibilidades en la concepción de un hijo y en las formas de la familia. Así tenemos familias heterosexuales, monoparentales, homoparentales, pluriparentales y paternidades por adopción tanto para parejas hetero como homosexuales, por inseminación artificial del semen del padre o de donante anónimo, por fertilización in vitro, mediante úteros de alquiler, por donación de esperma o de óvulo, por adopción de embriones… Estos cambios se acompañan de una feminización del semblante del padre al producirse una igualación entre los sexos. Así, como efecto de la democratización en el seno de la pareja, asistimos a una “maternización” del padre al pasar este a ocuparse de los hijos y de la casa de una manera nueva, mas cercana a los cuidados que ejercía la madre. El padre se ha democratizado en un para todos que pone en cuestión el lugar de su excepción. Por ello lo que nos interesa trabajar es qué efectos tiene esto sobre la función paterna, sobre su función estructural, es decir qué efectos discursivos, si los hubiera, se producen. En este sentido Lacan en “La Familia” de 1933 va a señalar que “no somos de aquellos que lamentan un supuesto debilitamiento del vínculo familiar. (…) Un gran número de efectos psicológicos, sin embargo, están referidos, en nuestra opinión, a la declinación social de la imago paterna. (…) Cualquiera que sea el futuro, esta declinación constituye una crisis psicológica. Quizá la aparición misma del psicoanálisis debe relacionarse con esta crisis.”
Sabemos que la pregunta ¿qué es un padre? está en el corazón de la estructura subjetiva. Freud dio dos respuestas a esta pregunta: la del padre del Edipo y la del padre de la horda que articulan en el sujeto la relación entre Ley y deseo. Sin embargo dejó de algún modo anudado el psicoanálisis a la religión del padre. Lacan, siguiendo la huella de Freud, va a tomar inicialmente el complejo de Edipo en la línea freudiana para realizar posteriormente un pasaje de la función mítica de este a lo que de estructural tiene la función del padre y proponiendo un más allá del padre que rescata al psicoanálisis del impasse freudiano. Lacan, en su prolongada enseñanza, llegó a situar la función del padre de diferentes maneras siendo la versión del seminario XVII la que me interesa destacar. Allí dice que “el padre real es el agente de la castración” y que “la castración es la operación introducida por la incidencia del significante, sea el que sea, en la relación del sexo (…) y de la que resulta que solo hay causa del deseo como producto de tal operación. Y es obvio que determina al padre como ese real imposible que hemos dicho.” Es decir que el padre es el agente de una operación del lenguaje que se realiza por un significante amo, sea el que sea. Va a situar al padre como un real que operará como agente de una operación del lenguaje que la hará cualquier significante sobre el sujeto en su relación a la sexualidad y que producirá como efecto la posibilidad del deseo. El padre, entonces, es el que se encarga de realizar una transmisión de la condición deseante para el hijo. Al llamarlo padre real lo aleja de cualquier semblante que podamos colocar para articular esta operación. Pareciera que, por una parte, está el semblante del padre y, por la otra, el padre que hace un acto de transmisión. Este padre no es imaginario, no es simbólico, sino que es real, a pesar de ser el agente de una operación simbólica que opera en lo real del goce.
Hay otro texto de 1969 -“Dos notas sobre el niño”- que aclara más las cosas. Allí dice: “La función de residuo que sostiene (y a un tiempo mantiene) la familia conyugal en la evolución de las sociedades, resalta lo irreductible de una transmisión -perteneciente a un orden distinto al de la vida adecuada a la satisfacción de las necesidades- que es la de una constitución subjetiva, que implica la relación con un deseo que no sea anónimo.” Esta función de residuo, de lo que queda a pesar de las modificaciones que sufre la familia, pone en primer plano que en ella se juega algo irreductible que tiene que ver con una transmisión que hace a la constitución del sujeto. Y cómo se posibilita para Lacan esto, hay que escucharlo bien: por la relación con un deseo que no sea anónimo. Es decir que tiene que haber alguien que se comprometa en un deseo, alguien que desee. Esto nos recuerda lo que va a sostener en RSI donde afirma que un padre conseguirá el respeto y si acaso el amor en función de hacer de una mujer la causa de su deseo.
Podríamos ir un poco más allá y pensar que este deseo que no sea anónimo comprende, en un mismo movimiento, tanto un deseo de los padres por el hijo como que en sus progenitores se escuche una posición deseante en la existencia. No importaría entonces la ausencia física del padre o el engendramiento sin el mismo o la homosexualidad parental si en el texto donde ese niño habita encuentra operaciones deseantes que lo incluyan. Es hijo de un deseo y una ley, más allá del sexo de sus padres. Esto, por un lado, pone patas arriba la especificidad de la familia heterosexual como normativizadora y, por el otro, generaliza, mas allá del semblante, la operación paterna como una operación significante, cualquiera sea este.
De este modo se puede sostener que si bien los semblantes del padre han variado y se constata que hay un declive de los mismos el problema no estaría situado en la inexistencia de la familia heterosexual o en los semblantes maternizados de los hombres o en los riesgos de la familia homoparental. Pienso que el verdadero problema es la colusión del discurso capitalista con la técnica que genera, en el lazo social, un rechazo generalizado de la castración obstaculizando a que el significante cumpla su función a través del agente paterno. Es un discurso que pone al sujeto ilusoriamente en el puesto de mando impulsándolo a un movimiento de goce sin freno con el objeto técnico, es una voluntad que opera a favor del malestar en la cultura. No se trataría, en el discurso capitalista, de prescindir del padre a condición de valerse de él, como sugiere Lacan, sino, por el contrario, de dificultar la puerta de entrada de su operatividad. Entonces el riesgo no está, como dije, en los nuevos semblantes que adopta la paternidad sino en un discurso que tiende a anular cualquier posibilidad de lazo social. Por ello los efectos sobre la función de transmisión que realiza el padre deberán se analizados uno por uno y no dar por supuesto que las modificaciones del semblante afectan a su función estructural. En todo caso, como sugiere Jacques-Alain Miller, la era postpaternal podría abrir en cada sujeto la vía de su invención.
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RESTOS DE UNA CONVALECENCIA, por Oscar Ventura
Conductas Higiénicas (Ex-cursus)
Estoy en otra ciudad, hace frío, viento y lluvia y arrastro un nuevo síntoma (el superyó no es nuevo) se trata de una “lumbalgia del higienista”. Me duele la garganta, y mí rasgo hipocondríaco hace de las suyas ante la inminencia vaya uno a saber de que... No hay interpretación que alivie la cosa. La lumbalgia de tipo higienista suele ser un síntoma masculino contemporáneo. Sucede, por ejemplo, en los casos de hombres fieles a las obsesiones modernas, piensan que la salud existe, y que reside en hacer con los cuerpos las cosas más disparatadas. Probablemente esta época ilustre como ninguna la deslocalización del falo, los hombres son protagonistas privilegiados de la cuestión, su estatuto de condensador se diluye en beneficio de una proliferación inaudita, donde el cuerpo mismo es sacrificado a la esperanza de gozar del bienestar.
He encarnado en estos últimos tiempos un experimento. Un día de esos, en los que me sentía “cansado”, decidí empujar al día siguiente, hacerlo más laxo “no trabajar demasiado”, abrirle algunos agujeros para “descansar”, un poco. Pensé que la actividad física me devolvería la vitalidad menguada por algo de falta de sueño y esas cosas. Me dediqué pues a ofrecerle al cuerpo un tratamiento que lo relajara. Resultado del higienismo: Lumbalgia, tomé frío y la garganta, que no estaba tan mal, empeoró. En el gimnasio la calefacción no funcionaba, y cuando por último salí del sauna, creyendo que eso era beneficioso, un viento helado atravesó mi espalda, mi cintura y mi garganta. Ahora padezco de Lumbalgia del higienista, (tal vez el DSM V nos dé la sorpresa) y del cabreo consecuente.
L/a Mujer La Muerte y los hombres
No está mal para la época del debilitamiento masculino que un hombre esté cabreado, al fin y al cabo es un rasgo de virilidad, un poco de violencia contra sí mismo, en dosis razonables, nos devuelve la buena hombría. Puede encarnar ese “toque de lo real”, como decía Lacan, que conviene a la cotidianeidad. Y seguramente es de gran utilidad para la relación con los otros, la vuelve más auténtica, el buen cabreo nunca se confunde con la agresividad.
No estaría mal tampoco que los hombres puedan estar un poco más cabreados, ignoro si eso sería posible, pero sería una brújula para soportar por ejemplo las formas que el deseo femenino toma en la época, atravesada ya definitivamente por las “conquistas”. Por lo menos, tal vez sea un recurso para diferenciarlo de ese Amo absoluto que es la muerte. No es cuestión banal. Tanto La muerte como La Mujer son dos significantes de lo imposible, pero ¿son lo mismo? no suele ser infrecuente que los hombres la confundan. El colmo es el asesinato.
Sin duda tienen cosas en común, su falta de representación si partimos de lo más básico, observamos también su coalescencia en las distintas formas que desencadenan la angustia de castración. Sus semblantes recorren la poesía y la literatura y la fascinación que provocan sólo es medible en función del goce que encarnan. No hay instrumento que lo mida.
No obstante no son una pareja simétrica, una no es el espejo de la otra, y aunque vistan disfraces similares no se confunden. Metaforizar que ellas suelen convertirse, con frecuencia, en el partenaire del hombre es una forma de localizar su diferencia. Si ambas despiertan el horror, otro rasgo en común, el tratamiento que el sujeto hace de ese horror está ligado a muy diferentes formas del infortunio masculino.
Con la muerte no hay nada que hacer, su inmutabilidad no permite perderla, entre otras cosas, porque no estuvo nunca, la temperancia del horror que provoca responde más bien a encontrar la forma de olvidarla, a no hacerla un partenaire.
No pasa lo mismo con L/a Mujer y el tipo de horror que ella despierta, cabe aquí pensar la posibilidad de una pérdida del susodicho horror a L/a mujer.
La escena del mundo ilustra con bastante precisión la resistencia que esta posibilidad encuentra. Su fortaleza es solidaria, entre otras cosas, con el declive de los semblantes masculinos. En realidad la pérdida de satisfacción de cualquier tipo, al fin y al cabo, es vivida como una injusticia hoy en día. Este modo de subjetividad es una via regia abierta al evidente debilitamiento de los semblantes masculinos. Y seguramente una causa de su deslocalización.
Pero lo interesante de la cuestión a diferencia de la muerte es que lo imposible de L/a mujer, abre sin embargo el espacio a una maniobra, permite una pérdida. L/a Mujer a diferencia de la muerte no es un Amo absoluto, el horror puesto en juego allí puede franquearse. Esto nos permite conservar cierto optimismo. Dosis de principio del placer en las raíces del malestar de la cultura.
Freud consideraba lo transitorio como una condición del goce. Negar esta intermitencia es una de las ilusiones de la modernidad, podemos contemplar su efecto como la amplificación a gran escala del fantasma de inmortalidad, no pocas veces cercano al delirio en el discurso contemporáneo. No vale la pena empecinarse. El cuerpo, ese que lo acompaña a uno, más allá de los beneficios a los que se le invita, va produciendo su propia vida y su propia muerte, a pesar del sujeto que lo habita.
Una lectura distraída de una revista de cine hizo que un recuerdo retornará. Tuve una gran pena cuando murió Marcelo Mastroianni, aquí, muy cerca de donde estoy ahora, rodeado de sus amigos. Cuando le preguntaban en esos días aciagos de su enfermedad algunas cosas de la vida, el respondía que lo que más iba a extrañar era el ritmo de sus intercambios, la charla serena… Pero sobre todo la belleza de las mujeres, que dice nunca haber entendido, pero que tampoco le interesaba entenderla, ¿para qué? Se preguntaba.
Es verdad, no hay nada más que entender en un cierto nivel de la reflexión, sino más bien darse la oportunidad de encontrar las fórmulas de tratar la vida sin empecinarse en deshacerse de ella/s, demasiado de prisa. Cuando uno elige ser hombre no puede dejar de tener en cuenta que el tiempo de La/ mujer no es el de la muerte, sino que justamente es en esa inexistencia que reside la vida misma.
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LA SEXUALIDAD TOLERADA. ITALIA Y LAS PERVERSIONES OCULTAS, por Maurizio Montanari
“¿Dónde están los hombres?” se queja una joven que acaba de descubrir que su novio frecuenta a los transexuales de las zonas de prostitución de la ciudad.
Se lo pregunta en sesión, mientras en Italia estallaba el escándalo estival del gobernador de una región, el Lazio, que se vio obligado a dimitir por el chantaje al que le tenía sometido el transexual con el que mantenía relaciones y otras figuras sospechosas que lo rodeaban. El gobernador ha dimitido aun sin haber cometido ningún delito, empujado por los medios y las acusaciones de “inmoralidad”. La condena proviene tanto del ámbito de la derecha católica como de la izquierda heredera del Partido Comunista que no lo defendió. Su “culpa” ha consistido en haber sido descubierto, es decir, haber mostrado públicamente aquello que tantos saben: muchos hombres italianos buscan los servicios de transexuales. La clínica nos dice que esta “pasión” es transversal: interesa a políticos, a la burguesía y a los obreros, a los hombres del espectáculo.
Con frecuencia, recibimos en nuestras consultas a hombres que tienen contactos con transexuales. Algo que no constituye ni un enigma, ni un sufrimiento en tanto que se mantiene oculto, pero que desemboca en una crisis cuando este tipo de relaciones son descubiertas (por los familiares, colegas de trabajo, por la prensa). Son hombres comunes, padres de familia, estudiantes. Durante el análisis, surge de manera recurrente una frase: “¡no soy homosexual!” Ese es el miedo más grande. He constatado que declinar la sexualidad prescindiendo de la mujer no constituye casi nunca una interrogación para el sujeto, inmerso, sin embargo, en la angustia de ser etiquetado como “gay” cuando estas relaciones son descubiertas.
Este es el momento en que el individuo pide ayuda: “Doctor, tengo relaciones con transexuales, pero no soy gay”.
Muchos provienen de diferentes zonas de Italia, sur y norte, ambas áreas muy católicas y conservadoras. Tierras de un Otro que no contempla la homosexualidad, ni siquiera como forma de desviación aceptada. En el sur profundo se habla del fenómeno del “tarantismo” (1) (estudiado en profundidad por Ernesto de Martino), como síndrome específico que estaría aceptado por el Otro, a diferencia de la homosexualidad, ya que le ofrece a la mujer una especie de “rescate” frente a una posición subordinada. Pero la homosexualidad no, es un tabú absoluto. La fuerza de este Otro se propaga a través de los miembros de esta comunidad emigrados al norte, entre los que persiste la prohibición de infringir el tabú. Este Otro plasma un lazo social entre aquellos que pertenecen a los grupos, donde la homosexualidad está prohibida, pero las visitas a transexuales constituyen un elemento no clasificado, no previsto, una modalidad de expresión de la sexualidad no codificada. Y, por lo tanto, no sancionada. Esto convence a muchos de ellos de que se trata de un “pecado” menos grave. Se definen, así, “bisexuales”, sin que ello implique que mantengan relaciones sexuales con hombres o mujeres, sino sólo con transexuales.
Recorriendo en sentido inverso sus historias relatadas en sesión, se observa que el encuentro con la mujer siempre ha sido motivo de angustia, nunca han podido enfrentarse al enigma: “¿Qué quiere de mí?”, ¿Qué lugar ocupar para ella? Para responder a este enigma es necesario el uso de herramientas simbólicas que resultan ineficaces, pobres, inadecuadas.
Estos hombres eligen no negociar con la mujer, prefieren la retirada y “enjaulan” su sexualidad en una zona que les permite, por un lado, garantizarse una distancia de seguridad respecto del mundo femenino, y por otro, no caer en una zona prohibida por el Otro, la de la homosexualidad.
Buscar los servicios de transexuales es una invención para hombres débiles, que los sostiene garantizando la posibilidad de no plantearse la cuestión de cómo relacionarse con una mujer. Una zona franca, un “no man’s land” sin Ley, donde no hay mujeres, pero tampoco se corre el riesgo de ser etiquetado de homosexual.
En Italia, ahora más que nunca padecemos el eclipse del Nombre del padre, una Ley en vía de evaporación que ha dejado paso al “goza” generalizado. Un “goza” que impregna nuestro sistema político y mediático que no se manifiesta completamente porque está moderado por la fuerza del catolicismo. Esto ha acarreado la normalización de la prostitución y el uso estimulado del cuerpo femenino como objeto de intercambio. Sin embargo, no le ha le permitido a la homosexualidad encontrar un lugar. En Italia acudir a transexuales es un tabú violable, una infracción tolerada, siempre que se mantenga invisible. El mensaje es un “goza, pero sin ser descubierto”.
(1)Nota del traductor: Se trata de un fenómeno convulsivo que, según la tradición popular de la zona de Apulia, estaría provocado por la picadura de la tarántula cuyo tratamiento recomendado es una danza purificadora que incluye movimientos obscenos.
Traducción: Constanza Meyer
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COSAS DE HOMBRES, por Liana Velado
El amor ha sido cosa de mujeres desde antiguo, sin embargo hoy los hombres hablan mucho de sentimientos, alardean de la prioridad que tiene en sus vidas los cuidados y el tiempo de estar con los hijos, de la importancia de los sentimientos de sus parejas y el respeto por ello, incluso de la admiración por ello.
Amar es dar lo que no se tiene, dice Lacan, por eso son las mujeres situadas en la falta por la penuria significante las que pueden dar lo que no tienen, mientras que para el hombre es una posición más complicada, ya que él tiene y daría lo que tiene, y eso no es estar en el registro del amor. Amar exige la castración y esto no lo acepta bien el hombre ya que atenta contra su virilidad , lo feminiza, y no es por eso una situación fácil. El acceso al amor para el varón supone aproximarse a lo ilimitado del goce femenino. La sociedad del No-todo de hoy introduce lo ilimitado de los objetos contables de goce, objetos que suman en el tener y también en el temor a dejar de tener. ¿Ha habido un cambio en la relación de los hombres con el amor ? Parece que no, parece que el varón se ha vuelto hacia los objetos de goce que sí suman uno tras otro, la mujer es ilimitada en su goce pero no suma, ese goce no se registra en el tener. Tal vez es más difícil en la actualidad el amor para un hombre por lo ilimitado de la oferta de objetos de goce, que le facilitan evitar lo ilimitado del Otro goce.
Algo de esto cuenta en las primeras sesiones. Un paciente en la cuarentena consulta por dificultades sexuales que no siempre le permiten el desempeño “adecuado”. Tiene relaciones sexuales con tres de las muchas amigas que tiene, y por internet con otras dos. Eso le gratifica mucho porque el sexo le divierte. Ha tenido tres novias y ha convivido cuatro años con una, siete con otra y dos con la última. Las tres lo han dejado, no sabe bien por qué ya que él valora y cultiva todo eso que las mujeres dicen querer. No las entiende, él tiene detalles, las escucha, es delicado, y no es por presumir, puesto que ellas lo dicen también. Sólo se podría achacar que pasaba mucho tiempo en el ordenador, pero no más que otros amigos suyos, cree. No comprende qué pasó, a él le parecía que las cosas discurrían bien, ellas decían quererle, y siempre lo creyó. Con las tres ex se lleva muy bien, y siguen queriéndole. Suma “amores “que le mantienen a distancia de las mujeres. Les da mucho y, dice, pide perdón antes, que cree que las mujeres desean “que se les haga alguna putada” . Hay muchas mujeres en su vida que le quieren.
Colecciona unidades de amor.
El da mucho, sí, de de lo que tiene para dar: tiempo, regalos…pero no se pone en falta para alojar a la pareja, y las mujeres se alejan.
Notas:
Miller,J-A : Intuiciones Milanesas .Cuadernos de Psicoanálisis nº 29
Miller,J-A : Conferencia concedida a HW
Lacan,J.: Seminario XX Aún. Paidós. Buenos Aires
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HOMBRES, HOMBRES, por Fernando Martín Aduriz
Un mundo más feminizado produce paradójicamente una creciente demanda: hombres. ¿Dónde están los hombres? se preguntan algunas mujeres. ¡Ya no quedan hombres! exclaman ellas y, lo que es sorprendente, también ellos. Se constata que ya no hay más hombres como los de antes, pero en la misma proporción en que ya se han terminado los niños de antes, los ancianos de antes, los pueblos de antes.
Ocurre que el hombre se encuentra en medio de una aporía, en medio de una indefinición, en una travesía incierta y sin mucha visibilidad. Exigido como siempre, pero en el punto de mira de una mujer actual que desea hacer de él un varón más acomodado a sus exigencias de realización, ora más servicial, ora auténticamente viril.
¡Ay, la virilidad! ¿Cómo desplegarla sin parecer demasiado femenina, tal cual precisamente cuando se muestra ostentosa?
Todo apunta a que buenos tiempos para los hombres no son. Descerebrados al margen, los hombres asisten perplejos al salvajismo criminal de unos, a la silenciosa violencia de otros, y a la posesividad celoso-patológica de no pocos.
Antes que por el ser, preocupado por el tener, repleto de miedo a perder, cuida de que su mujer siga siendo parte de sus posesiones, de su particular patrimonio, pero sobre todo tiene que disimular ese semblante de propietario. Y le cuesta encontrar el artificio adecuado, el relato correcto a transmitir a sus propios hijos, a su vez más pendientes del goce que del amor, y sin paciencia para el deseo.
Es entonces cuando entona dos discursos, uno, el entre-hombres, y dos, el ante-ellas. El primero, privado. El segundo, público. Ambos, semblantes masculinos bien caracterizados, pero aún resta un tercer discurso, el de la propia intimidad, misteriosa incluso para el propio sujeto, discurso que expulsado de otros lares, ya sólo parece ser bien recibido en un diván.
Ineliminable el malentendido entre los sexos, son apuestas del hombre actual la soltería, la aventura sin fin, el hombre femme, la adolescencia perpetua, o el varón domado.
Mientras, el hombre en función de padre, encima se topa con una época que declara abierta la veda: todos contra el padre, ningún privilegio, función plural, cerviz doblada.
17 de Noviembre de 2010
BIBLIOGRAFIA RAZONADA (3) X JORNADAS ELP. Comisión Referencias Bibliográficas: Julio González, Gracia Viscasillas, Luis Seguí.

MADRID
20 Y 21 DE NOVIEMBRE DE 2010
Círculo de Bellas Artes Sala de las Columnas
TEXTO: JACQUES-ALAIN MILLER. UNA REPARTICIÓN SEXUAL. CAPÍTULO XIV. EL PARTENAIRE-SÍNTOMA. PAIDÓS 2008, por José Rubio
En el apartado titulado El goce de cada sexo, en la página 314, J.-A. Miller dice lo siguiente, cito: Las estructuras de la sexuación tal como las dispuso Lacan, fueron hechas especialmente para permitir articular el goce propio de cada sexo. Voy a hacer un comentario, entre otros posibles, de esta frase que me parece clave para situar la relación que, hay y no hay, entre lo masculino y lo femenino.
En realidad esta frase, para mí, ha sido la respuesta a una pregunta que me surgió muy pronto respecto al tema de las Jornadas: ¿En qué consiste lo masculino? Puede parecer una pregunta de parvulario en la escuela lacaniana, puesto que sabemos de sobra la respuesta a partir de las fórmulas de la sexuación, pero llegar a esa respuesta en el Seminario XX supuso, en la enseñanza de Lacan, un importante viaje, que consiste a este respecto en diferenciar F de S de A tachado, encontramos en el Seminario XXIII en página 121 el siguiente comentario de Lacan: “En mi seminario Aún formulo una protesta, que había olvidado totalmente, pero sobre la que algunos se preguntan qué significa, contra la confusión del S de A tachado con la función de phi. No digo j minúscula, sino F mayúscula, es una función, como implica lo que indiqué, a saber –existe un x para que esta función, $x Fx. es negativa” .
La pregunta por lo masculino se plantea sobre el fondo de la no relación sexual, donde la cópula no es la correspondencia entre los dos sexos. Es decir que no hay correspondencia ni complementariedad entre le lado macho y el lado hembra, cada posición sexuada del ser de lenguaje no se constituye respecto del otro sexo, sino respecto a un tercero: el lugar del gran Otro. El hombre se dirige a la mujer, no por ser mujer como tal, sino por representar aquello que le falta a sí mismo como sujeto de goce, bien le llamemos el falo, o más concretamente, el objeto pequeño a.
Primero, Lacan -lo vemos expresamente en el Seminario XVIII-, define lo masculino y lo femenino respecto al significante fálico (semblante), por lo tanto la cuestión consiste en cómo definir dos posiciones sexuadas a partir de un solo goce significante, lo masculino como el que tiene (+), lo femenino del lado que no tiene (-). Con esto todavía no se ha llegado, en la elaboración lacaniana, a lo que indica Miller en la cita anterior: articular el goce propio de cada sexo, para ello hay que diferenciar el goce fálico de la existencia de Otro goce, la cuestión no es simple.
Veamos cómo lo plantea Lacan en ese momento de viraje, en el Seminario XX en la página 93 dice: “Ese goce que se siente y del que nada se sabe ¿no es acaso el que nos encamina hacia la ex-sistencia? ¿Y porqué no interpretar una faz del Otro, la faz de Dios, como lo que tiene de soporte el goce de la mujer? Como todo eso se produce gracias al ser de la significancia, y como ese ser no tiene más lugar que el lugar del Otro que designo con A mayúscula, se ve el estrabismo de lo que ocurre. Y como también se inscribe allí la función del padre por referirse a ella la castración, se ve que con eso no se hacen dos dioses, aunque tampoco uno solo”.
La cuestión es que en un mismo lugar –la estructura significante- se produce una diferenciación al nivel del goce, por un lado la función del padre pero además, por fuera d ela castración, otra existencia se hace presente, e ineliminable. Es un problema teórico de primer orden, problema que Lacan lo formula así: con eso no se hacen dos dioses, aunque tampoco uno solo. El lado macho se sitúa en el goce del Uno (estructura del Todo), el lado hembra se sitúa como goce Otro (estructura del Uno No es Todo). Por lo tanto cada ser sexuado tiene su propia modalidad de goce, no hay relación sexual entre los sexos, el goce es goce –según su modalidad- del cuerpo que cada uno tiene.
Al mismo tiempo que decimos esto, a otro nivel –relación de objeto- se produce una relación entre los sexos, es importante que situemos, dentro de la modalidad autística estructural del goce de cada posición, la abertura a la relación sexual con el otro sexo. Creo que esta diferencia es clarificadora, me refiero a distinguir el modo de goce propio de cada sexo, donde se comprueba que no hay relación sexual, diferenciarlo del teatro de los sexos, donde por mediación del semblante se producen encuentros sexuales con el otro sexo tomado como forma de objeto apropiado al modo de goce. Miller, un poco más delante de la cita antes transcrita, dice: ¿Qué indican estas dos formas distintas –de goce? (...) un sexo va a buscar en el otro, la forma que impone a su objeto (...) hay dos objetos: el objeto fetiche y el objeto erotómano.
Es clarificador, por ejemplo sobre lo que plantea el texto de presentación de las Jornadas acerca de la crisis de identidades masculinas respecto a lo femenino actual. Más allá del falo, si se puede hablar así, la relación entre los sexos se produce en primer lugar si la mujer accede a sostener el objeto pequeño a del fantasma masculino, y el hombre se presta a hablarle de amor. Y también se requiere que, a nivel estructural, en el discurso contemporáneo se descomplete el lugar del Otro: a // S(A) y F // S(A). No obstante, esto daría pie a otra lectura razonada.
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SOSTENER UN DESEO VIRIL, por Mª Eugenia Insua
Tratándose de sexualidad ir a Freud, es camino obligado. Tras la lectura de cuatro textos freudianos propuestos en la Bibliografía razonada de las IX Jornadas me ha parecido que hay un hilo que los atraviesa, tomando la expresión de Lacan, “un hilo conductor que los perfora” podríamos nombrarlo “de las dificultades de sostener un deseo viril”. Primero el texto de 1910, “Sobre un tipo especial de elección de objeto en el hombre”, Freud concluye que algunos hombres eligen a una mujer “ligera” para “redimirla” o “salvarla” y eso la hace equivalente a “hacerla su madre” si ponemos esta conclusión en relación con un texto del 33, “Femineidad”, podemos también leer que “solo la relación con el hijo procura a la madre satisfacción ilimitada, la más acabada (...) el matrimonio mismo no queda garantizado hasta que la mujer ha conseguido hacer de su marido su hijo y actuar con él como madre”. La garantía del funcionamiento la sitúa en una posición de hijo frente a las demandas de una madre. Sueño edípico de Freud.
En el texto de 1912 “Sobre una degradación general de la vida erótica” la dificultad de sostener un deseo viril la situará en relación a la supervaloración de la mujer, o al excesivo respeto hacia ella.
En el texto de l9l7, “El tabú de la virginidad”, la dificultad masculina vendría dada por la “envidia, hostilidad y venganza” hacia el que la desfloró. El tabú de la virginidad estaría justificado por el temor a la mujer que vendría de la mano de “ser debilitado y castigado por su feminidad” y así “incapacitado para la hazaña viril”.
Virilidad unido a hazaña, es lo que ya venía anunciado en los anteriores, pero es en el texto de l927 “Fetichismo” donde expondrá más claramente este asunto del arduo esfuerzo. El fetiche muestra ser una denegación lograda de la falta de pene en la mujer. El fetichista logra lo que a otros les cuesta grandes esfuerzos. ¿Por qué es difícil sostener un deseo viril? ¿Cómo lograr salir airoso pasando por el trance de la amenaza de castración? Berenguer ante esta cuestión avanza: “en el niño, la creencia en el pene de la madre es extensiva de la creencia en el valor fálico del propio miembro... la caída de aquel semblante que es el falo imaginario de la madre, corre el peligro de dar al traste con la creencia del hombre-niño del valor fálico de su miembro...lo difícil es esta pérdida coordinada de dos creencias enlazadas. ¿Cómo hacer si ya se sabe que el falo era una ilusión, cuando gozar con el miembro supone cierto tipo de creencia en el falo? La masturbación infantil celebra esa coexistencia”. La propuesta de Berenguer, entre otras, es no hacer de la madre una y toda, sino acceder a otro uso de su emblema de goce, pasando por la contingencia, por el deseo y por el goce Otro.
Lo viril se situaría en este riesgo de pasar o no pasar por ahí, aceptar el riesgo de la contingencia, o como apunta Ana Lía Gana, iría pareja con “no reclamar un goce para sí y pasar por el goce Otro”.
La virilidad sería no sentirse amenazado por la castración del Otro, no sentirse amenazado por el goce de la mujer, lo que permitiría una cercanía con el propio deseo, sin pedir permiso, sin temor a la venganza, capaz de la hazaña pero sin la necesidad de salvar ni redimir al Otro. Esto también puede ser el final del recorrido de un análisis, que no deja de ser una hazaña, donde la virilidad, articulada a la ética del bien decir, se encarnaría en la enunciación.
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LOS HOMBRES Y EL AMOR: AL FINAL DEL ANÁLISIS, por Patricia Tassara
El amor ideal
Una de las funciones del amor, es velar lo real. Cuando cae el velo, y adviene el desamor, el agujero del Otro se hace patente, la angustia hace su aparición mostrando la inexistencia del Otro y el agujero que se pretendía velar en su nombre.
“El amor es un laberinto de malentendidos cuya salida no existe” (l). El amor vela la relación sexual que no existe. Esto no significa que dos amantes no puedan intentar deshacer malentendidos con la palabra, pero cuando desconocen que el verbo no cubre la diferencia ineludible entre ambos, el goce del partenaire puede tornarse insoportable, haciendo de ese amor una ilusión que les conduce al estrago.
El amor ideal es ciego de esa diferencia. Dice Lacan: “En el amor hay que aprender indefinidamente, la lengua del otro, a tientas, buscando las claves siempre revocables” (2). Indefinidamente..., es decir, que esas claves nunca se encuentran, están perdidas estructuralmente o en todo caso, cuando se cree encontrarlas, éstas cambian, no son las que creíamos haber hallado, porque han quedado sin efecto o deslucidas. Es el engaño en el que se puede caer con el amor pasión. Si “el amor no es estático, se mueve de lugar” (3), el amor ideal pretende la fijación, siempre fallida. Un hombre algo inquieto, decía de su mujer mientras ella sonreía: “¡Ella es siempre como una caja de sorpresas! ¡Nunca sabes por dónde saldrá!”. Las sorpresas no siempre son agradables, pero de alguna manera él consentía a la tyché, a no hacer Uno. Si la naturaleza del amor es la movilidad, eso hace que se tenga que inventar.
Si el amor no cambia de lugar, no muta, no inventa ni crea, entonces es fijeza, repetición y angustia. Es el encuentro con: “otra vez lo mismo” “no cambia nunca”, “siempre igual”, “me aburre”. La invención que da lugar al deseo siempre particular, es lo que hace a un amor más digno.
Si en la historia, el amor sintomático es satisfacción, en la obsesión el amor es imposible. Ellas hablan del amor, se esfuerzan en ser amadas, se preocupan cuando no encuentran los signos de amor en el partenaire. Ellos no saben si son capaces de amar, si amaron alguna vez, o se preguntan si las aman cuando solo pueden amar en otro lugar.
Espejos y distancias
Lo imaginario del amor es el amor narcisista que busca complementarse. Es la ilusión de Aristófanes que creía encontrar la mitad de su naranja. Es el amor “a los tríceps”, un amor autoerótico en el que copulan con la propia imagen que les devuelve el espejo. Otros lo hacen con las múltiples imágenes de internet: eróticas, de singles que buscan supuestamente “una amistad”. Internet es la manera de colocar el goce del Otro a distancia segura. Estas distancias sintomáticas son fáciles de observar en las infinitas horas de trabajo, en puestos de trabajo a largas distancias de casa, en las reuniones interminables, vidas en casas separadas en la misma o diferente ciudad, son nuevas formas de mantener el amor, en tanto se ama más a la distancia y también de evitar la proximidad del goce Otro que lo haría trastabillar el delicado equilibrio sintomático.
El amor simbólico, hace suplencia al “no hay” de la relación sexual. Crea lazos simbólicos, lazos sociales, compromisos, matrimonios, noviazgos, familias. Semblantes de lo que no tiene nombre que permiten a los sujetos encontrar un lugar en el mundo. Las dificultades para dar palabras de amor, quizás entrarían también en ese terreno.
El odio
El amor real es el amor ligado a la pulsión de muerte, al estrago, a la repetición y a la fijación. Este no es el amor síntoma sino el amor estrago. Es el amor alienante, simbólicamente débil, que aleja al Otro. Es el amor vivido como obturación, ahogo y que puede fácilmente transmutarse en odio, un odio basado en el temor al goce del Otro, al Otro femenino, porque el no-todo los inquieta. Y si reprimen el odio, entonces las reducen al modo de gozar fetiche, como forma de alejarse del peligro. En el peor de los casos, lo actúan con el golpe. Creer que cuando se ama no se odia, es la manera de taponar con el ideal la dimensión del odio siempre presente. Por ello, es fundamental que el análisis permita al sujeto abordar esa dimensión hasta sacar un saber de él.
El amor con condiciones
El amor incondicional, es otro nombre del amor ideal. El amor incondicional es velo de un amor condicionado por el fantasma. Es el amor que pone condiciones al otro para que se ajuste a su libreto fantasmático conduciendo al apego e incluso al masoquismo. Son los casos en los que escuchamos los infructuosos intentos del sujeto para “cambiar” al partenaire, desconociendo que “Eso que se rechaza es lo que ha motivado su elección” (4). En todo caso, de lo que se trata es de hacer del amor, un amor con condiciones pero para ello, es necesario haber llegado a cernir cuál es la propia condición, qué ha sido el sujeto para el Otro. Al no ser ignorantes del propio fantasma, y cernir el circuito pulsional que encierra, se podrá amar más dignamente, consintiendo a un amor no-todo, disimétrico, incompleto, con un punto de sinsentido, un amor que tenga en cuenta lo real.
Recorridos particulares: el pase
Revisando los testimonios de AE masculinos, descubro algunas soluciones particulares en aquellos que han abordado este punto a cielo abierto. ¿Cómo se ama después del pase? “Un análisis transforma la pasión amorosa en decisión sobre el deseo. De la misma forma que se transforma la pasión de la ignorancia en un deseo de saber” (5). Mauricio Tarrab habla de la transformación de la pasión por un deseo decidido.
En el Seminario Aún, Lacan escribe: “El amor al ser una pasión puede tener como consecuencia la ignorancia del deseo. Dicho estrago resulta de la sustitución de la angustia en deseo”. El deseo es clave para entender los entresijos del amor. Cuando falta la falta adviene la angustia indicador de lo real. El amor pasión es entonces aquél que nada quiere saber sobre el deseo, ese tercero siempre presente en la pareja, prefiriendo la ignorancia y la cobardía. Todo depende del arreglo que hagan con el falo, con la castración. Ignorar esta terceridad, conduce indefectiblemente al estrago amoroso. Es común constatar, los diversos síntomas de las parejas en relación al manejo del dinero. Ellas reivindican la igualdad, la semejanza, quejándose del “no tener”, incluso de sentir la pérdida de amor como una castración, o de sufrir de soledad en tanto la confunden con una falta de amor o la equiparan al abandono cuando creen que una mujer sola es una mujer abandonada. Ellos se quejan del amor en términos de temor a la expropiación, miedo a la pérdida fálica, miedo a que el amor les haga perder su posición viril, su goce propietario.
En el testimonio anteriormente mencionado, verifico que para ese sujeto, el amor tiene la función de un nuevo anudamiento en la medida que la posición del sujeto deja de sostener su ser de gocesentido asegurado en su fantasma. Para él el amor fue una forma de tratar la inexistencia del Otro, de allí su función de nudo. Tratar esa inexistencia no equivale a taponarla. El amor ideal, su cuento de incondicionalidad, es lo que da consistencia al ser del sujeto. Por esta razón, puede intentar retener, aunque sea a partir del sufrimiento, al Otro, haciendo de ese Otro el lugar que asegure su funcionamiento pulsional: “retener al Otro, haciendo del Otro un agujero donde soplar” (6). Pero ¿qué sucede cuando el partenaire ya no funciona para asegurar la exigencia del goce? Esto deja al sujeto ante el agujero. ¿Qué solución encontrar para no ser tragado por él, para no abandonarse a la pulsión de muerte?
Podemos avanzar en la elucidación de este punto en el testimonio de Sergio Caretto (7) en el que “Fare la cacca per l´Attro”, darle al Otro el objeto anal, se revelaba como el semblante del amor ideal, ofreciéndolo diligentemente a la demanda del Otro, ese objeto al que había estado primariamente identificado. De esta manera, ocultaba el odio hacia el Otro pero también hacia sí mismo. Cuando cae el semblante al amor ideal -no sin sufrimiento (8)- al haberse vaciado del deseo, puede cernir que esa era la forma perfecta para hacerse expulsar por el Otro sino que también descubre la condición de elección amorosa, en la que el color morado condensaba amor y muerte. Seguramente en las próximas jornadas Sergio nos transmitirá algo más acerca de cómo la separación de la defensa permite acoger mejor la contingencia de lo real.
Mauricio Tarrab ha situado el amor como nuevo anudamiento, por el que logra hacer de “su partenaire de siempre”, otra mujer. Esto es diferente a reducir una mujer al objeto que conviene al fantasma. Podemos decir entonces que ellos han transmitido que solo a partir de un drenaje del goce y la consecuente separación de su significación, ese goce, ahora vaciado, se transmuta en un nuevo régimen que anuda de manera distinta: amor-deseo-goce y partenaire sinthome. Son soluciones particulares que han encontrado estos hombres para bordear el agujero del goce del Otro.
Notas
(l) J.-A. Miller. Entrevista a Jacques-Alain Miller. “Amamos a aquel que responde a nuestra pregunta: ¿Quién soy yo?”. Registros. Tomo Blanco. Amor y psicoanálisis. Colección Diálogos. Año l0, 20l0.
(2) J. Lacan. Seminario l8. De un discurso que no fuera del semblante.
(3) Alicia Arenas. “El amor nómade”. Registros. Tomo Blanco. Amor y psicoanálisis. Colección Diálogos. Año ñ0, 20l0.
(4) Hebe Tizio. X Conversación Clínica del Instituto del Campo Freudiano. Tres preguntas a Hebe Tizio.
(5) Mauricio Tarrab. “El reverso del amor y una solución a la angustia”. Jornadas de la ELP en Málaga.
(6) Ibíd.
(7) Sergio Caretto. “L´uomo retto”. Testimonio presentado en el VII Congreso de la AMP. París, 20l0. Publicado en la Revista de la ECF Nº 75.
(8) “Nello stesso periodo cadde il vestito dell´amore ideale: la moglie, dopo tre anni di matrimonio, congedò Ergi perché insoddisfatta del loro rapporto di coppia. Disperazione, vuoto di senso, vertigine e angoscia. Eppure Ergi aveva seguito anche qui le orme del padre sposandosi alla sua stessa età e con gli studi ancora in corso e portando all´altare la donna che era stata la sua animatrice in parrocchia e con la quale aveva consumato le sue prime esperienze amorose. Fare l´uomo Retto conduceva il soggetto, ancora una volta, all´espulsione. Gli ci volle tempo per cogliere come un amore concepiito sull´ideale non poteva che svuotarse in breve tempo del desiderio, rendendole un legame ripetitivo e privo di vita”.
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REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA IX JORNADAS ELP, por Iván Ruiz
Los discursos sobre la identidad homosexual muestran cada vez un nuevo forzamiento entre la igualdad y la diferencia. El combate por el reconocimiento se desplazó de la inserción del homosexual en la cultura, pasando por el tercer sexo propuesto por Genet, hasta la inclusión en el terreno político de un nuevo modo de afirmación del síntoma social de la homosexualidad: el gay. Los impasses producidos por esta identificación colectiva en una comunidad de goce han hecho que, muy rápidamente, aparezca un nuevo significante que prima de nuevo el reconocimiento sin tener que cuestionar cualquier funcionamiento particular del fantasma de la homosexualidad. Se trata del queer. El orgullo gay ha tomado la forma en los Estados Unidos y en Inglaterra de un debate alrededor de la queer-nation. Al gay, que afirma su diferencia, se opone el queer, que es capaz de ocupar de manera exitosa las mismas funciones sociales que cualquier otro ciudadano. El debate que queda abierto, entonces, es el de la voluntad de fundirse en la norma.
Gran parte de los estudios queer actuales contribuyen a este debate aunque es posible encontrar autores que critican esta voluntad de hacer nación a partir de un estándar identificatorio. Un claro ejemplo es Leo Bersani, profesor de la Universidad de Berkeley, desde su último libro, Homos (l), publicado en castellano por Manantial en l998, y que es citado con interés por Eric Laurent en una de las clases que, junto a Jacques-Alain Miller, dictó en el curso El Otro que no existe y sus comités de ética (2), del año l997.
Laurent subraya que “en nombre de esta nueva norma, el queer puede ostentar sus opiniones políticas de derecha o de centro derecha, y pretender borrar o abolir la diferencia. Se quiere reencontrar en el curso de la historia los momentos en que la homosexualidad era considerada no sólo cosa reconocida, ejemplos tan conocidos y complejos de la homosexualidad griega y árabe, sino de una legitimidad igual y simétrica a la heterosexualidad” (3).
El libro de Bersani parte de la desconfianza del autor hacia la “elaboración y transformación de ciertas preferencias eróticas en un “carácter” -en una especie de esencia eróticamente determinada- que nunca son una empresa científicamente desinteresada” (4). Para el autor, las diferentes formas de esencializar la homosexualidad caen bajo la sospecha de esconder intereses políticos y de control social. Sus argumentos se apoyan en los estudios de Foucault sobre sexualidad y política y se ayudan de las investigaciones de Freud, en concreto de los “Tres ensayos sobre una teoría sexual”. De hecho, el interés, que tampoco escapa a Bersani, de este texto es que Freud rechaza desde el inicio la hipótesis instintual de Westphal de l870, describiendo entonces la homosexualidad en términos de identificaciones y de elección de objeto.
A partir de este punto, el libro Homos se convierte en un interesante diálogo entre el autor y sus lecturas freudianas. Critica las investigaciones etiológicas, que tienden a reducir la noción de identidad a una cuestión muy específica: cómo explicar el deseo sexual desde lo sexual; y recurre a Freud para reconocer en él “al primer pluralizador de la homosexualidad” (5). Advierte del riesgo de hacer de ella un “modelo privilegiado de mismidad” y del intento de estabilizar una identidad, que conduce siempre en sí misma a un proyecto disciplinario, pues dice: “la visión panóptica depende de lograr la inmovilización de los sujetos humanos que estudia” (6).
Leo Bersani reivindica la diferencia fundamental de la homosexualidad. Retorna a Genet, Gide y Proust por su inmoralismo, por su gusto por la traición y por la búsqueda de la marca que constituya una contra-sociedad. La aportación de Bersani es hacer de la homosexualidad, no una nueva identificación sino la posibilidad de pensar algo nuevo: “un sujeto que rechaza la diferencia”, comenta Laurent. Para él, lo que hace falta es hacer una filosofía de lo mismo, y concluye en “el esfuerzo de pensar lo mismo que no consigue ser su semejante. Toda diferencia debería pensar a partir de la imposibilidad de la homosexualidad de ser semejante a sí misma” (7).
Pero para ello, sería necesario que el autor incluyera en sus lecturas el elemento operador de la diferencia en el interior de lo mismo, de lo hetero en lo homo, esto es el concepto lacaniano de goce. Es lo que hace comentar a Miller, en el diálogo con Laurent que se produjo en esa misma clase, que el reconocimiento significante “tiende a borrar cierto número de rasgos fundamentales de la perversión. Y Bersani está ahí para decir: la perversión es la perversión. Al querer normalizarla en la ciudadanía, se pierde el verdadero sentido de la perversión, que es la inmoralidad, la traición, el no respeto a la palabra, lo contrario de la fidelidad –el goce primero” (8).
Homos resulta ser un interesante trabajo crítico que consigue superar las críticas feroces provenientes de otros discursos culturales y estudios de género hacia la supuesta homofobia del psicoanálisis. Sin embargo, lo que persiste es la dificultad de adentrarse en el campo del deseo como pregunta y la constancia del goce como respuesta, una respuesta que ya estaba allí, y que el psicoanálisis propone, en este caso, para el abordaje de la homosexualidad.
¿Cómo reintroducir hoy en este debate estas cuestiones a las que se convoca al psicoanálisis a responder? ¿Es suficiente para los analistas suspender cualquier deseo de normalizar en la función que cumplen para sus pacientes, cuando la perversión clínica –plantea Miller- “pone en cuestión los juicios más íntimos del analista y el punto hasta el cual él mismo ha llegado en la huella del goce sexual”?
Notas
l) Bersani, Leo. Homos, Ed. Manantial. Buenos Aires, l998.
2) Miller, J.-A. Et Laurent, E. El Otro que no existe y sus comités de ética. Ed. Paidós. Utilizamos aquí la traducción existente de esta clase en la revista Freudiana nº 27. Pág. 36, Barcelona, l999.
3) Laurent, E. “Nuevas normas de la homosexualidad”, revista Freudiana nº 27, pág. 36.
4) Bersani, Leo, op. cit. Pág. 15.
5) Íbid. Pág. 123.
6) Íbid. Pág. 15.
7) Laurent, E. “Nuevas normas de la homosexualidad”, op. cit. Pág. 43.
8) Íbid. Pág. 44.
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UN TIPO DE AMOR EN LA NEUROSIS OBSESIVA
(A PARTIR DE LA LECTURA DEL SEMINARIO LAS FORMACIONES DEL INCONSCIENTE Y EL SEMINARIO DE LA ANGUSTIA), por Mercedes de Francisco
I. El deseo en la obsesión
Antes de entrar en el tema del amor es necesario hacer un recorrido sobre el deseo. Y lo primero que abordaremos es la forma distinta de encarar el deseo según se trate de una histeria o una neurosis obsesiva. El deseo nunca puede satisfacerse. Por el propio hecho de ser deseo cada vez que avanza hacia su objetivo, el objeto ha pasado a estar en otro lugar.
El deseo de un sujeto histérico está siempre en relación con el deseo del Otro, con los signos del deseo del Otro y el sujeto obsesivo lo que hace en relación al deseo es defenderse de él.
Si en la histeria el sujeto necesita ver los signos del deseo del Otro para vivificarse, en la obsesión lo que ocurre es que cada vez que el sujeto desea está en juego la desaparición del Otro, está en juego su destrucción.
Jacques Lacan nos muestra que en la histeria se pone de manifiesto el deseo como insatisfecho, una de sus características estructurales. En la obsesión encontramos también algo que caracteriza al deseo para cualquier sujeto: que llevado al extremo –a su realización absoluta- implica la anulación del Otro. Un deseo llevado hasta último término –en el sentido más drástico- implica la destrucción del Otro. El obsesivo, cada vez que se enfrenta con el deseo, en el horizonte se da esa posibilidad, entonces ¿qué hace?: se defiende de su deseo. Se defiende deseando un objeto prohibido o inhibiendo el deseo. Así el deseo aparece como imposible.
II. El fantasma del sádico en la obsesión
Lacan plantea que el fantasma del obsesivo es un fantasma sádico. El obsesivo que se presenta tan oblativo, dispuesto a satisfacer las demandas, cercano, simpático, solidario, filantrópico, encubre bajo ese amor al Otro su fantasma sádico inconsciente. Y para seguir desconociéndolo ese fantasma sádico de destrucción, el sujeto va a hacer todos esos montajes. Por tanto, en la clínica, esto nos debe orientar.
Como dice Lacan, el obsesivo es muy complicado y hay que darle mucho tiempo para que al final llegue a poder enfrentar esta cuestión de la agresividad y del fantasma sádico con el Otro. Y que ese tratamiento de la cuestión le permita tener una vida un poco mejor, un poco menos torturada, porque es un sujeto que se tortura. Y todo esto ¿cómo se sintomatiza? Bajo la duda, bajo la sensación de estar muerto en vida, es decir, la muerte como un elemento fundamental.
Donde hay un agujero fálico, el sujeto obsesivo plantea una condición absoluta.
Este es uno de los puntos también fundamentales para la clínica. Y, en ese aferrarse a esta condición y a esta necesidad absoluta está en juego tapar ese agujero fálico, velar “que hay algo que es imposible entre un hombre y una mujer”. Y, a la vez, mantener intacto ese fantasma inconsciente de destrucción del Otro. ¿Porqué intacto?
Él se defiende de su deseo manteniendo su deseo a raya, tornándolo imposible, haciendo venir al lugar del objeto del deseo cualquier condición necesaria absoluta que no le interesa, para que no se produzca esa destrucción del Otro. Pero todo esto lo desconoce.
III. El deseo de retener
¿Cuál es el objeto pulsional privilegiado en la neurosis obsesiva? El objeto anal, el excremento. Cuando se trata de la época del control de esfínteres ¿qué se produce? La educación del control de esfínteres, tiene que ver con la demanda del Otro, se le pide que retenga, que retenga el excremento.
Pero lo que explica Lacan magníficamente es: “se le pide que retenga, pero al rato, se le pide que lo dé”. No lo puede retener todo el tiempo. El obsesivo, queda en relación a esa demanda del Otro, primero “no la sueltes” y después “suéltala”. Y luego, cuando el niño lo da en el momento adecuado la gente adulta se lo celebra y pasa a tomar el estatuto de don.
Es en este período de lo anal donde se construye el don, la posibilidad del don, por eso, para el obsesivo que está su deseo muy sostenido en este objeto que es el excremento, el tema de la oblatividad es fundamental. ¿Qué va a decir Lacan? Que muchas veces el sujeto obsesivo, con la mujer, la llena de regalos y sobre todo caros ¿para qué? Para eliminar la disimetría, para tapar el agujero, para que este agujero de lo fálico no aparezca. Entonces ¿qué dice aquí Lacan? Muy interesante: “En este vaivén, lo doy, no lo doy, el sujeto entra en la ambigüedad”. Y dice: ¿qué le ocurre al obsesivo? “El obsesivo está conectado con el retener, retener su deseo, retiene su deseo, se sostiene en la retención”. Pero qué pasa con su sintomatología expresada en la compulsión. Lo que trata el sujeto con la compulsión es dejar de lado el deseo retentivo. Estos fenómenos compulsivos son, de alguna manera, un velamiento del verdadero deseo en que se constituyen, que es de retener, retener el deseo, retener el objeto, porque si lo da, si lo expulsa, ese objeto incluso es uno mismo y además supone la destrucción del Otro. Fijaros la importancia de toda esta cuestión para pensar la clínica y los síntomas en el cuerpo.
La cuestión del don en la que el obsesivo está, no le sirve para la relación sexual. Por eso el sujeto obsesivo tiene muchos problemas porque cuando consigue el objeto de su deseo, en ese mismo momento empieza ya a perder su valor. Un hombre que anhela a una mujer, la conquista, la tiene y se acabó.
Es decir que el sujeto obsesivo tiene un problema con lo fálico que está conectado con lo anal, lo anal en este sentido, con todos estos mecanismos de retención, de freno del deseo, etc. Entonces ¿cómo pensar el amor? Porque visto esto, visto esta cuestión de condición absoluta ¿qué tipo de amor para el obsesivo? Lacan dice algo interesante: en realidad lo que está en juego en un momento dado es esta cuestión de lo sucio dentro de la escena.
IV. De qué objeto se trata para el obsesivo en el amor
Y ahora nos preguntamos cuál es la otra cara del objeto excremencial. El otro lado de este desperdicio, es el ideal. Para no decir que es una mierda, para tapar esta cuestión de la podredumbre, de lo sucio, ¿qué se hace? Aparece el ideal para encubrirlo.
Si hemos dicho: que el deseo suyo está retenido en relación al objeto porque significa la destrucción del Otro; que para mantener esa retención y defenderse del deseo se dirige a un objeto prohibido o, si no, lo mantiene como inalcanzable; que su objeto privilegiado es el objeto anal que nos permite explicar la lógica que sostiene su ambigüedad, esta ambigüedad del deseo, si y no, lo doy no lo doy, lo retengo, lo doy, en este enganche con la madre, donde se sostiene el obsesivo; entonces, cuando del amor se trata ¿qué objeto se pone en juego?
El escópico. La mirada y la imagen. Es interesante esto porque el obsesivo encuentra en la mujer que idealiza su propio yo. Es decir que el obsesivo en esa mujer que idealiza está buscándose a él mismo, la imagen de él. Ese salto en el amor ya es un tratamiento de lo excremencial, ya no es esa mierda o recubre de alguna manera su fantasma sádico con lo especular.
En la Dama de Shangay, de Orson Wells, hay una escena, la última escena. Es la historia de una pareja, ella (Rita Hayworth) y su marido un hombre mayor, muy duro, millonario y está Orson Wells, que es un joven que la ama y está cautivado por ella. La voz en off es de Orson Wells contando la historia de él como “la de un pobre tonto, un icauto”. El matrimonio en la escena final se destruye. La última escena es un parque de atracciones donde están, él y ella, frente a un juego de espejos, una sala donde se multiplica la imagen. Empiezan a dispararse el uno al otro pero lo único que se ve es a cada uno disparando a su propia imagen en el espejo. Es una escena magistral para ejemplificar el punto máximo de destrucción en este tipo de amor. Y el que se salva es Orson Wells que la amaba profundamente y que no se retuvo.
¿Qué podríamos ver en esto? Esta manera de amar del obsesivo tiene estas derivaciones. Hay algo de esta especularidad, de esta imagen propia en otro, que al obsesivo le lleva a la actuación del fantasma sádico. A través de este tipo de amor se mantiene y se presenta ese fantasma inconsciente del obsesivo que con tanto empeño trata de desconocer.
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JACQUES-ALAIN MILLER. “EL FLECHAZO DE ADÁN Y EVA”*. LOS DIVINOS DETALLES. PAIDÓS, 2010, por Marcelo Curros
En esta clase J-A. Miller irá a buscar el divino detalle en los textos sagrados, donde lo divino adquiere una especial relevancia, dejándose guiar por los comentarios de Rashi sobre el Pentateuco para hacer una relectura de los textos freudianos sobre la vida amorosa.
Tomará en el tema del flechazo que Adán tuvo por Eva, al que califica de primer flechazo de la historia.
Se va a detener en la interpretación de Rashi sobre lo que dice Adán en el Génesis, “Ésta, esta vez...” (l), palabras que enuncia en el momento que conoce a Eva y a partir de estas palabras de Adán, Rashi deducirá que Eva no había sido la primera en tener un encuentro con Adán, sino que “ya había mantenido relaciones con todos los animales salvajes y domésticos” (2). En este punto Miller destaca que Adán no había experimentado satisfacción alguna hasta que conoció a Eva y que ese encuentro también le trajo algo de tranquilidad. Y también que la sexualidad masculina comienza por la perversión.
Esto permite a Miller guiado por Rashi, leer el encuentro de Adán y Eva como una elección de objeto en sentido freudiano, donde lo determinante es lo que tienen en común, este “aire familiar que es lo que está según Freud, destinado a constituir, para todos, los impasses de la vida amorosa” (3).
Continúa con el ejemplo de los “Tres ensayos...” aludiendo a la idea del prototipo de toda relación amorosa y repara en una frase que Freud dice “...un niño saciado adormecerse en el pecho materno (...) este cuadro sigue siendo decisivo también para la expresión de la satisfacción sexual en la vida posterior”. A partir de este punto retomará el tema de la elección de objeto y sus condiciones, problemática que atraviesa el texto.
Aborda el ejemplo del fetichismo que trabaja Freud, el brillo en la nariz y que Miller nos aclara que más bien se trataría de una “mirada” en la nariz y destaca que aquí Freud utiliza el mismo término que emplea cuando se refiere al amor, que es “condición”, condición de amor, condición fetichista, lo que implica una condición sine qua non. La importancia de ésta es que “domina la elección de objeto, la determina” (4).
El texto nos muestra la importancia clínica de este detalle, el punto de banalidad con el que se presenta se debe a que es un desplazamiento, “... la única nariz interesante en este asunto es la que se encuentra debajo de las faldas” (5).
Este pene al que se hace referencia no es un pene cualquiera, es el pene que no existe, lo que nos permite siguiendo a JAM hablar aquí de falo porque no se trataría del órgano.
En relación al ejemplo del fetichismo destaca las dos lecturas que podemos hacer del mismo, si destacamos el hecho de que se pueda ver, que se trata de un brillo, es un objeto, pero también muestra su lado significante porque se trata de un hecho, de un hecho de dicho.
La lectura de JAM nos despeja como todo el tema gira alrededor del falo, de una falta. En la relación amorosa se trata de reencontrarlo en calidad de objeto perdido y en el fetichismo podemos decir que es un objeto que se encuentra, se trata de mantener la existencia del pene pero desplazada.
Por esta razón aunque Freud destacará durante algún tiempo que la satisfacción oral era la clave de la relación amorosa, en lectura del texto que hace J-A. Miller se puede apreciar como la cosa gira alrededor de una falta y que es la precisa razón por la que Freud puede enunciar una ley que es la ley de elección de objeto, “El encuentro del objeto es propiamente un reencuentro” (6).
Por medio del concepto de condición se pregunta por el equivalente en Freud de la causa del deseo en Lacan, y nos dice que no hay nada mejor que lo denominado por Freud como condición de amor, condición susceptible de ser fetichizada. Cuando Lacan se refiere al deseo habla de condición absoluta y absoluto “... quiere decir separado, que se vale solo, y que esto es sine qua non; hace falta eso, si no no hay nada que hacer” (7).
En el último punto del capítulo destaca el interés que muestra Freud por las condiciones que determinan esa elección de objeto, lo que causa esa elección. Freud llevó adelante esta investigación en los “Tres ensayos...” y es de donde se desprende que esta elección está seriamente forzada porque existe un determinismo desde el inicio que llamamos sujeto, la cuestión no se vincula a lo biológico.
Nos va a mostrar cómo tanto la libido, el placer y la satisfacción, son huellas del goce en Lacan que podemos encontrar en Freud y como estas se presentan con una particularidad que no es tan evidente, como puede suceder entre la satisfacción y el amor. Muy al contrario de lo que podemos suponer, cuando hay satisfacción nos alejamos del terreno del amor, y es el punto que nos señala Miller que Freud captó, que cuando aparece la satisfacción el efecto que se produce sobre la libido es mas bien deprimente. Si hay satisfacción sexual, ésta va acompañada de una reducción de la estimación sexual del objeto.
Usando los términos de Lacan, JAM nos dice que esto “(...) evoca el pasaje, el metabolismo, o la trasmutación, del goce en significante” (8). Mostrando y remarcando que el amor está directamente vinculado a la demanda.
Retomando a Freud en “Tres ensayos...” con respecto al tema del sexo para el psicoanálisis nada está establecido. La elección de objeto se realiza independientemente del sexo del objeto para ambos sexos y tiene la misma libertad. Es más tarde que se presentan las restricciones, de donde se desprenderá la condición de amor. El amor que sienten los hombres por las mujeres no se nos presenta como una evidencia nos dice JAM, más bien esto se presenta como un problema.
El capítulo termina con el matema de la condición freudiana de amor, la cual se presenta con dos vertientes, la vertiente causa y la vertiente saber. JAM lo escribirá a sobre S2. Y se preguntará por quien está dividido el sujeto, ¿por el significante o por el objeto? Pregunta que podemos comenzar a responder con un párrafo que encontramos en la pág. 52 “.(...) Freud comienza su investigación sobre la vida amorosa, a saber, que precisamente hace falta otro hombre. He aquí un tipo de condición de amor –que la mujer sea la de otro- susceptible de restringir la libertad de elección, una vez que quedó fijada en la relación con el otro sexo.
Desde el punto de vista $ también quiere decir que como sujeto del deseo no sabe la causa de su deseo” (9).
* Clase del 8 de marzo de 1989
Notas
(l) Jacques-Alain Miller. “El flechazo de Adán y Eva”. Los divinos detalles, Paidós, Buenos Aires 20l0.
(2) Íbid. Pp. 36.
(3) Íbid. Pp. 38
(4) Íbid. Pp. 43.
(5) Íbid. Pp. 43.
(6) Íbid. Pp. 46.
(7) Íbid. Pp. 47.
(8) Íbid. Pp. 50.
(9) Íbid. Pp. 52
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EL HOMBRE CUBIERTO DE MUJERES, por Eugenio Castro
Este libro, esta novela de Pierre Drieu La Rochelle es el último libro que Lacan cita en sus seminarios, en D´Ecolage (ll de marzo de l980).
Dice Lacan que “El hombre cubierto de mujeres” es el mote que le pusieron sus compañeros de la Sala de Guardia de Sainte Anne. No sin razón porque allí lo visitaban las dos mujeres que tenía entonces; “no tenía más que dos (mujeres) como todo el mundo, para ocuparse de mí, y discretamente les ruego creerlo”. Esas dos mujeres eran Marie-Thérèse Bergerot a quien dedicó su tesis doctoral y a la que nombraba como “Princesa” y Olesia Sienkiewicz, “Agua Fresca” con un punto de andrógina (a la que Lacan en una carta la pone en masculino), ex-segunda esposa de su camarada Drieu que según se dice estaba encantado con que Lacan fuera su amante pues él ya estaba con Victoria Ocampo. Drieu había sido camarada de Lacan en la época en que sendos habían coqueteado con “Acción Francesa” de Charles Maurras.
La novela de Drieu publicada en l925 contiene gran parte de lo que Lacan más tarde le llevó a su paradigma de la no relación de proporción sexual entre el hombre y la mujer. Lacan se nombra a sí mismo como “El hombre cubierto de cartas” haciendo referencia al montón de cartas que le enviaron cuando la disolución de la Escuela. Lacan toma a los psicoanalistas como a las mujeres, una por una puesto que en su acto los psicoanalistas funcionan como una mujer, como causa de deseo. Conociendo tan bien a las mujeres y sus imposibilidades, podía ocurrir que algunos analistas se le escaparan de la lista.
Leerán en esta novela cómo un hombre, Gille, pasa de mujer en mujer cuya condición erótica tiene que ver con la degradación (“ese estrago perpetuo que la mujer lleva en sí”) y con un objeto fetiche que es el seno que causa su deseo. Es un deslizamiento de mujer en mujer sin quedarse con ninguna porque como lo dice la viuda Finette “tú las quieres tener todas”. Gille parece un analizante que trata de encontrar en sus recuerdos infantiles las marcas de su elección erótica. Es como si hiciera un pase avant la lêttre. Gille no encontraba suficientes las mujeres que encontraba: “Desde el fondo de mi infancia, he deseado a la mujer ... la mujer es la bisagra, esa pieza esencial en la economía del hombre, es el nudo profundo entre la tierra y el cielo”.
Su deslizamiento de mujer en mujer es de donde viene la palabra lapsus, del verbo latino “labor” (Labor, laberis, lapsus sum). Tanto lapsus repetido, tanto deslizamiento, tanto resbalón con las mujeres que se capta cómo se convierten las mujeres para él en un síntoma y hasta en un sinthome porque mal que bien se las arregla bastante bien teniendo dos a la vez. No ha dejado a una y ya tiene la segunda. Hombre en fuga por no encontrar-La.
Gille es un obsesivo dubitativo y clarividente que dice: “yo sé el daño que debo infringirme para hacerme amar” o “... las mujeres en marcha hacia mí en la sombra de la habitación no las alcanzaré, no las sobrepasaré”. De su amante Jacqueline dice “esta mujer ha sido mi madre, me agarró de mí mismo tan fuerte que viví que nunca antes había existido”. En sus brazos ella cree que yo me arredro y que gozo como ella misma pero yo me asusto ante ese vaso cerrado en donde el mundo se abisma y se convierte en no-ser (néant). Si esto no es el no-todo femenino que venga Dios y lo vea. “Gille no podía creer que Jacqueline, como Dios, fuera una y múltiples”.
Todas estas maravillas podréis leer en esta novela que, más allá de los semblantes de nuestro tiempo de hombres aturdidos, nos muestra el meollo mismo de la imposible relación entre los sexos y nos pone en la vía de hacer el duelo por el macho perdido en occidente. Los que lo añoran todavía lo pueden encontrar en Méjico y quizás en Sicilia bajo la forma de “i padrón”.
13 de Noviembre de 2010
Too Mach! Conclusiones, ideas y problemas. Hacia las IX Jornadas de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis “Los hombres y sus semblantes”. Número 9. Responsable: Gustavo Dessal

EDITORIAL, por Gustavo Dessal
“La identificación sexual no consiste en creerse hombre o mujer; es una situación real”. La frase es de Lacan, pertenece al Seminario XVIII, y Carmen González Táboas la recuerda en su libro “Mujeres. Claves místicas medievales en el Seminario XX de Lacan”, que en breve llegará a España. Y apunta la autora “Es decir: se trata de lo que le pasa a cada uno. ¿Qué le pasa a cada uno? Lo que sus semblantes le permiten”. Poco a poco, y a medida que las contribuciones a Too mach! se van sucediendo, vemos surgir el contorno del problema: por un lado, hay un núcleo duro, la “situación real”, el modo macho o hembra de gozar, y allí están esas fórmulas, esa lógica con la que Lacan buscaba atrapar algo de ese real, algo que no fuese fácil de disolver en la fluidificación general de la historia.
Por otro, los semblantes: los travestidos de las modas, los tránsfugas de la cultura, las ficciones de cada época. Es que una cosa es el modo en que se goza, y muy otra lo que, a falta de un lenguaje que hable como querría la ciencia, se requiere para “conocer” mujer, poniéndonos ahora en el caso del varón. Eso puede variar un poco más según los tiempos. El camino es largo y tortuoso, y en el medio hay que pasar por toda clase de vicisitudes, como en los mitos antiguos, incluido el corte de la castración. A esta, algunos prefieren hacerle pito catalán, y entonces abrazan el destino de la soltería, el culto del Uno solo. José Luis Chacón lo indaga en su revisión sobre la ética del soltero. Hay diversos modos de cultivar esta pasión del Uno, incluyendo ciertas formas que no son incompatibles con “tener pareja”.
R., esquizofrénico, me asegura no tener la menor duda de ser un hombre. Suerte para él. No obstante, reconoce que no sabe cómo hacer para transmitirlo a las mujeres. De solo pensarlo, se pone enfermo. Eso no impide que, como a San Bernardo de Claraval (lo sé por el libro de Carmen), la sola visión de las mujeres le provoque unas erecciones que darían envidia el mismísimo Priapo. Todo le iría de maravillas si no fuese porque el órgano solito no vale para gran cosa.
Para ser, hay que dejarse. Rellenen ustedes este pequeño acertijo como quieran: la lógica lacaniana encaja allí a la perfección. Es una manera de decir lo que el sujeto del inconsciente le debe al efecto feminizante de la estructura. Lacan no cesó de repetirlo, para enredar aún más las cosas. Nos dejó eso en herencia, en lugar del protestantismo de Ernest Jones, quien se quedó tranquilo con la concepción bíblica de que Dios los creó hombre y mujer.
José Luis Rosario no se deja amedrentar por la alarma social que alerta sobre la virilidad en peligro. Es buena su reflexión, porque nos ayuda a protegernos contra la pendiente del culturalismo, riesgo que siempre nos acecha cuando intentamos una lectura clínica del malestar en la cultura.
“Un hecho de dicho”, califica Lacan al sexo. Y si no teníamos de ello suficientes muestras, vean lo que nos recomienda amablemente Andrés Borderías como documento imprescindible para nuestras Jornadas: "What is a man, What is a woman?" es el título del reportaje emitido en la cadena ABC de los EEUU y que se puede seguir en Youtube (http://www.youtube.com/watch?v=jho1UCPDqXg) a lo largo de cinco episodios.
En este excelente reportaje se relatan algunos fragmento de la vida de Thomas Beatie, anteriormente Tracy, una mujer transexual devenida hombre desde el punto de vista de su identidad civil y de su aspecto físico, casado posteriormente y que algún tiempo después quedó embarazado-a por inseminación artificial. Al día de hoy, "padre" (según afirma en la entrevista) de tres hijos a los que ha dado a luz.
No he visto el documento, pero es evidente que algunas personas se toman un gran trabajo para arreglárselas con la relación que no hay. A veces demasiado. Incluso, ¡ay!, ponen el cuerpo para lo que haga falta...
Otros, en cambio, lo ponen para distintos fines. Nos lo explica Patricia Tassara en su bella semblanza sobre el tango, “cosa de hombres”. De hecho, en sus comienzos sólo se bailaba entre ellos: las mujeres vinieron después, cuando se descubrió que ese truco podía servir para fallar la relación sexual. “Es la puesta en escena del coraje masculino para franquear, al menos durante un breve lapso, algo del horror a la feminidad, con los buenos semblantes”, escribe Patricia. Una observación rotunda, que de paso me da la clave de por qué jamás pude aprender a bailarlo. Gracias Patricia: nunca es del todo tarde para saber algo más sobre el síntoma.
Y, por favor, no dejen de prestar atención a lo que se está organizando para los que, a diferencia de mí, no retroceden ante horror semejante. Sólo tienen que escribirle a Ariane Husson entrar en la pista y bailar el tango. (ariane.husson@gmail.com)
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SOBERANOS SOLTEROS: COSA DE HOMBRES, por José Luis Chacón
De las muchas frases enigmáticas de Lacan en la transcripción de Televisión (1973), hay una que me interrogaba de manera incesante. Es la que se refiere a la ética del célibe, contestando a las tres famosas preguntas kantianas que la entrevistadora le hacía. Frente a ¿Qué debo hacer? Lacan responde aludiendo a la ética del psicoanálisis que extrae de la clínica. «En tanto la ética es relativa al discurso (...) la ética del psicoanálisis es la ética del bien-decir»y, unos parágrafos después opone la ética del psicoanálisis a la ética del soltero, aludiendo a Montherlant.
El soltero, según el diccionario de María Moliner, es el que anda suelto o va solo. Etimológicamente proviene de solvere (desatar) y, en cierto modo, está libre, desatado a veces. Popularmente, y así lo recoge de manera simpática en otro contexto Pedro Almodóvar, es el que «vive como vaca sin cencerro».
El célibe es una figura muy presente en la cultura moderna y contemporánea. En el campo literario con mitos por todos conocidos que van desde el Don Juan a Brummell, de Casanova al Johannes de S. Kierkegaard, de Pickerton a Sherlock Holmes. También en las artes plásticas Dalí, Duchamp o Damien Hirst, como muestra, lo han abordado. En la historiografía del cine, por supuesto, son muchos los personajes caracterizados como solteros. Pero lo que nos resulta inquietante, y solo lo apunto, es la aparición de un subgénero cinematográfico relativamente reciente surgido a partir de los «Teenpic» o género juvenil, que toma un cariz gamberro y freakie y cuyo segmento más amable puede apreciarse en series de TV como “Dos hombres y medio” o “Big Bang: Locos por la ciencia”. Incluso esa especie de soltero que pierde a su pareja... masculina, representada por la serie “A single man”.
El soltero es para Lacan una figura que en Televisión la opone al analista. Aún participando de la posición masculina, ¿se diferencia de la homo? ¿Y de la hetero? Quizás la interpelación más pertinente, a una cierta edad en la que ya nada es prematuro, sería: ¿qué coloca el soltero en el lugar en que La mujer falta? La respuesta apunta a la segunda parte de la fórmula de la sexuación masculina, en donde prima el todo, todos juntos, todos lo mismo,...
Esto excluye una puesta en juego de la castración que afronte el goce femenino suplementario, más allá del falo, pero también el del lado macho. No obstante, las mujeres (puesto que ellas sí existen) tienen un papel fundamental en las fantasías masculinas, como lo ha reflejado recientemente Javier León de la Riva, alcalde de Valladolid. Y ni siquiera ellos se hacen el chocolate.
Kant, como se sabe y ha puesto de manifiesto recientemente en Too Mach! Analia Gana, fue un soltero que murió virgen sin haberse acercado nunca sexualmente a una mujer. No es extraño -en ese contexto de Televisión y a las preguntas de la entrevistadora- que Lacan, vía Crítica de la Razón práctica y Aristóteles, lo relacionara con Montherlant.
Montherlant -se sabe- contemporáneo de Lacan, director de la Academia francesa, al que tanto le entusiasmaba la figura de Don Juan como la del soltero, le atrajo de manera especial el suicidio. Lacan lo asocia en ese texto a Kant. Pero, no obstante, el partenaire de Kant es Sade y el de Monteherlant el soltero. En ambos se trata del Uno fálico y la exclusión del Otro sexo. En el caso de Kant como sacrificio. En el de Montherlant en la difamación. Lacan opone a esta ética del soltero la del biendecir... ¿ qué? El amor. Un nuevo amor.
En el mundo contemporáneo, caracterizado por la crisis de lo Real, el deber ético del Psicoanálisis no es ni puede ser ambiguo, señala Leonardo Gorostiza en la reseña de “El Otro que no existe y sus comités de ética” (1996). En los primeros capítulos de ese Seminario, J-A Miller y E. Laurent dedican un par de sesiones al internado y el Joven Törless. Allí remarcan que hemos pasado de las Tribulaciones de un joven en la escuela, a las de la Opinión pública. No solo de los internados a las Residencias y los pisos de estudiantes, sino que éstos han tomado a Montherlant por montera: la misoginia, la difamación de la mujer, como en el caso de Francisco Javier León de la Riva, alcalde de Valladolid, pasa de la una al Uno fálico.
Es insidioso, y no podemos más que subrayarlo, el sesgo que ha tomado ese género cinematográfico de comedia juvenil en los últimos tiempos. De las películas adolescentes de los años setenta (American Grafitti) y ochenta (La chica de Rosa, Admiradora secreta…) en las que se amplificaba el conflicto con los padres, el primer amor o la rebelión juvenil, hemos pasado, a partir de los noventa, a éste subgénero de película gamberra y soez de inadaptados sociales, freakies en los que se convierten los solteros.
Los títulos de estos films a los que nos referimos son elocuentes por si mismos: Juerga de solteros, A los trece, 17 otra vez, Tres colegas y una salchicha, Lío embarazoso, De boda en boda, Dos colgaos muy fumaos, Resacón en las Vegas, Supersalidos o, en España, Pagafantas o Fuga de cerebros, lejos, desde luego, de los atrevimientos de Hollywood.
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PRINCIPIO MACHO: ACERCA DE LOS HOMBRES QUE NO HAY, por José Luis Rosario
En un texto de la EBP de 1998, que se inicia haciendo eco de expresiones como “la angustia del varón”, “el macho perdido”, etc., nos encontramos con la pregunta ¿qué es la desaparición de la virilidad en el mundo? Pero tal vez la primera interrogación debiera ser bajo qué condiciones parece posible hablar de ello. Todavía un poco antes, quizá vale la pena recordar todas las precauciones de las que va premunido Lacan cuando ingresa en este campo.
Una revisión somera de lo que sostiene Lacan en su elaboración sobre la sexualidad nos conduce de entrada a la necesidad de diferenciar los elementos de estructura de los fenómenos históricos. Añade que el territorio de la sexualidad es un campo plagado de metáforas o ficciones.
Desde cierto ángulo, según Lacan, hay una gravitación fundamental que va de la diferencia sexual a la producción cultural, “en la raíz de toda díada está la díada sexual, lo masculino y lo femenino”, que se justifica porque “hay una oscilación alrededor de la expresión el macho y la hembra”, no en el sentido de una repartición (para lo cual habría que tener las cosas claras), sino determinado por las “ambigüedades en la lengua”; de ahí que, parafraseando a Pichón, antes que de una definición precisa Lacan hable de sexualatence, agregando que de la oposición sexual “no sabemos nada”. De un modo más radical, no hay referente: “En el psiquismo no hay nada que permita al sujeto situarse como ser macho o ser hembra”. A falta de ello, el sujeto sólo dispone de “sus equivalentes”, esto es, actividad y pasividad, pero que no sólo “nunca lo representan exhaustivamente”, sino que además, tal “representación no es ni tan coercitiva ni tan exhaustiva”. Cómo ser hombre para una mujer o cómo ser mujer para un hombre queda en última instancia librado a la contingencia de un encuentro y un hallazgo. En la referencia obligada a Freud, Lacan trae a colación que la oposición sexual se presenta en términos equivalentes que califica como metáforas (“activo-pasivo, ver y ser visto, penetrante-penetrado”). Pero no sólo el objeto se resiste. Además, el sujeto se define por una elisión, un rechazo: “El sujeto del inconsciente es el sujeto que evita el saber del sexo”.
Los juegos de Lacan son aleccionadores. Para dar cuenta de aquello relacionado con el valor de uso, lo vemos entonces acudiendo a la lengua inglesa, propicia para el caso, para hacer la suposición de ver al hombre reducido a “la función de patrón entre los animales domésticos”, un she man, concebible “instrumentalmente” pero no realizado “institucionalmente”, para oponerle el par que le sería correlativo, una homelle, también introducida con cierta prevención, “con pinzas”, papel para el cual una mujer, dice Lacan, “no carece jamás de recursos”. Casi diríamos que constituye un juego de espejos que responde a la denuncia neurótica que indica que ya no hay hombres. La subjetivación del sexo encierra siempre una incógnita. Lacan es tajante al respecto: “No hay ningún medio para decir en qué dosis son ustedes masculino o femenino” (…) “es imposible dar un sentido analítico a los términos masculino o femenino”. La teoría del sujeto no resuelve el asunto ya que constituye una formalización a otro nivel: “Si un significante es lo que representa un sujeto para otro significante, eso debería ser el terreno elegido” (…) “Como ven las cosas estarían bien, serían puras si pudiéramos darle alguna subjetivización al término macho”. La ficción macho que resulta de ello apunta a la lógica del ser y el tener.
La lógica de la sexuación orienta en el plano de la estructura, que constituye propiamente un invariante estructural ahistórico. En la cuestión del semblante, en cambio, se discurre, por definición, sobre el plano de la diacronía histórica. En lo que atañe al caso, se refiere a las subjetivaciones históricas de la sexualidad. En este campo, puede constatarse que han periclitado diversos estereotipos de lo masculino encarnados usualmente no por casualidad precisamente por actores -término del que habría que extraer todas sus resonancias-; y ahí están según el gusto: James Bond (a quien da vida sobre todo Sean Connery), Marlon Brando, Humphrey Bogart, Rock Hudson (en este caso con gran esfuerzo por parte de él dado que era homosexual), etc., personajes en los que suele reposar la nostalgia femenina. También descansan en el museo las figuras del Don Juan, el Dandy o el héroe del amor cortés.
Todo ello, desde luego, pertenece al campo del ideal, representan construcciones que intentan taponar una pérdida, “El hombre, el macho, el viril, tal como nosotros lo conocemos, es una creación del discurso”. Como señala Lacan, por estar irrevocablemente atrapado en el lenguaje, el sujeto pierde “la función imaginaria en la medida en que responde por el acuerdo del macho y la hembra” . Debido a ello, “todo lo que se designa como macho es ambiguo” e incluso “revocable”, y que “no hay en el nivel del sujeto reconocimiento como tal del macho por la hembra ni de la hembra por el macho”.
A esta caracterización que sanciona la ambigüedad consustancial a la oposición masculino-femenino Lacan agrega aún datos de la experiencia: “Toda exploración algo profunda de la historia de una pareja demuestra que en ella las identificaciones han sido múltiples, que se recubren y que siempre forman al final un conjunto compuesto”, esto es, que identificaciones o atributos migran indistintamente de un campo al otro, de una mitad a la otra, “hasta tal punto que, si se establecieron en la teoría muchas parejas de oposiciones, activo-pasivo, voyeur-visto, etc., nunca se promueve allí como fundamental ninguna oposición que designaría a la pareja macho-hembra.”
Lo que es esencial para Lacan en este plano de la relación sexuada es poner en claro la función del falo, que “representa ya sea lo que se define en primer lugar como lo que falta, esto es, estableciendo el tipo de la castración como lo que instituye el sexo de la mujer, ya sea, por el contrario, lo que del lado del varón indica de manera muy problemática lo que se llamaría el enigma del goce absoluto”, asunto que, como sabemos, se resuelve como una cuestión de lógica, no de un juego de semblantes, y que se presenta en su forma más acabada en las tablas de la sexuación del seminario Aún.
En su lugar, en este mismo campo, aparecen otras figuras no necesariamente feminizadas. A nadie se le ocurre considerar a la falda escocesa como un ejemplo de travestismo o como signo flagrante de feminización. Por el contrario, en una secuencia de la serie Sexo en New York, por ejemplo, el novio de una de las protagonistas de la serie que debe cumplir con un rito familiar danzando con tal indumentaria, ve realzados sus atributos masculinos a través del tamiz del velo fálico. Del mismo modo, ningún hombre que lave pañales o colabore con las tareas domésticas del hogar ha perdido por ello su masculinidad, virilidad o condición de macho a los ojos de su pareja. Incluso se podría decir que ese hombre debiera ser lo suficientemente hombre para consentir a la demanda de amor de su partenaire sin aplastarla por el afán de reivindicación viril.
Dejando a un lado el fenómeno de la psicosis, hay al menos dos momentos en la enseñanza de Lacan donde la cuestión de la feminización se asienta sobre terreno más seguro. Uno de ellos implica una elección del sujeto, mientras que el otro concierne a efectos de estructura.
Para el primer caso, disponemos de la observación princeps del caso Hans. Haciendo el balance de las perspectivas de esta cura, Lacan presenta sus reservas del siguiente modo: “Así se explica lo que causa problemas al final de la cura de Juanito, como ya señalé. Es preciso, por supuesto, que desemboque, él como todo neurótico, en la fórmula que, para volverme un hombre, No tengo el pene en calidad de símbolo, porque es esto, el complejo de castración. Pero es preciso observar que esta frase puede cortarse de dos maneras. No tengo el pene, que es lo que se quiere decir cuando se dice que el final del análisis es la realización del complejo de castración, rechazando así afuera la función pura y simple del pene tal como este funciona, es decir, fuera del registro simbolizado. Pero también puede cortarse de otro modo, a saber, No tengo en calidad de símbolo al pene, no es el pene lo que me califica como significante de mi virilidad. Eso no se obtuvo de Juanito, sino que se escurrió a través de las mallas de la red.”
“Juanito, que no cesó durante todo este tiempo de jugar con las niñas el papel de quien lo tiene, conserva sin embargo de las relaciones sexuales una concepción que pone en primer plano el pene como función imaginaria. Esto fue lo que en su momento motivó mis reservas sobre el final de esta cura. En otras palabras, por heterosexual que pueda manifestarse, él está exactamente en el mismo punto en que se encuentran los homosexuales –me refiero a quienes se reconocen como tales, porque cuando se trata de las relaciones del sexo no sabríamos extender lo suficiente, en el campo de las relaciones en apariencia normales, lo que responde estructuralmente a la homosexualidad.” “De allí la importancia de sondear y de enunciar esta unión que, entre lo imaginario y lo simbólico, pone en su justo lugar la función, o más exactamente las vertientes, de la función que definimos como complejo de castración”
No tengo el pene realiza la castración porque implica la asunción de que eso no está bajo dominio sino “fuera del cuerpo”, como indica J.-A. Miller en El Hueso de un análisis. Por otra parte, No tengo en calidad de símbolo el pene implica que no es por tener el órgano pene que se es viril, sino por afrontar el goce de la mujer, puesto que es allí cuando un hombre se encuentra con la hora de la verdad. En cambio, Juanito, compartiendo una posición de estructura con los homosexuales, le otorga al pene una función imaginaria.
En el segundo caso, opera un olvido de la mano de la infatuación del amo, desde que puede hablarse del discurso de la ciencia, en el plano en que el sujeto es un efecto del discurso. Lacan lo plantea en estos términos: “Cuando hablo del principio macho (…) el efecto de la incidencia del discurso es que es en tanto que ser hablante que se ve forzado a dar razón de su "esencia" irónica, es precisamente por el efecto de discurso, a saber, es precisamente en tanto que recibe ese efecto feminizante que es el pequeño a, y solamente por allí que reconoce lo que lo constituye, a saber, la causa de su deseo”. Y prosigue: “es importante captar, si queremos comprender algo (…) del olvido de ese efecto mismo, a saber, que todos, tanto como somos, a medida que se extiende el campo de lo que la ciencia hace ser función del discurso del Amo, no sabemos hasta qué punto (…) cada uno de nosotros está determinado de entrada como objeto a.”
En fin, tal vez conviene cuidarse de la generalización apresurada que instaura el sintagma discutible fin de la virilidad, de donde exhala una atmósfera enrarecida condescendiente con un lugar común del discurso femenino contemporáneo: no hay hombres disponibles, o son gay o están casados.
En realidad, dado que es dudoso que se trate de fenómenos independientes, tal vez lo más productivo sea considerar el desplazamiento combinado de los semblantes, tanto los que conciernen a la posición masculina, todo él marcado por la lógica fálica, como de la posición femenina, que enfrenta las dificultades de consentir en ocupar la posición de objeto del deseo y soporte del discurso amoroso. No debe ser baladí que en el propio discurso de las mujeres, por ejemplo, circule el término hombrear, para referirse a la decisión de ocupar un lugar activo en el mercado del sexo.
Referencias:
1 Síntomas contemporáneos de lo masculino. Informe de la Escuela Brasilera de Psicoanálisis (EBP) al Encuentro del Campo Freudiano. Barcelona, 1998.
2 Jacques Lacan, Seminario 12. Problemas cruciales para el psicoanálisis.
3 Jacques Lacan, Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales.
4 Jacques Lacan, Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales.
5 Jacques Lacan, Seminario 12. Problemas cruciales para el psicoanálisis.
6 Jacques Lacan, Seminario 14. La lógica del fantasma.
7 Jacques Lacan, Seminario 14. La lógica del fantasma.
8 Jacques Lacan, Seminario 14. La lógica del fantasma.
9 Jacques Lacan, Seminario 17. El reverso del psicoanálisis.
10 Jacques Lacan, Seminario 16. De un Otro al otro.
11 Jacques Lacan, Seminario 16. De un Otro al otro. .
12 Jacques Lacan, Seminario 16. De un Otro al otro. .
13 Jacques Lacan, Seminario 16. De un Otro al otro. .
14 Jacques Lacan, Seminario 17. El reverso del psicoanálisis.
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EL TANGO: UN CANTO MASCULINO A LO IMPOSIBLE, por Patricia Tassara
Esta emoción que traigo yo,
nació en mi voz cargada de nostalgia.
latir de rebelión cuando a este son
sus versos le disfrazan.
Si es tan humilde y tan sencillo en sus compases,
porque anotarle un mal ejemplo en cada frase.
muy fácil es llegar al corazón (*)
Me encuentro ante esta página en blanco y surge la pregunta: ¿Qué ha sucedido para que el tango se introduzca en los intersticios preparatorios de estas Novenas Jornadas, en su estupenda oferta de participación de Facebook, en la organización de la Gran Fiesta Aniversario de una Escuela ubicada en España, y ahora en Too Mach?
Sólo tras hacerme esta pregunta encuentro la brújula de lo que, creo, es una posible respuesta. Permítanme conducirlos a ella invitándolos a entrar en ‘una milonga’.
La Milonga
La milonga es el lugar donde se puede ir a bailar tango, pero también es un rítmico y divertido género musical que se pone en serie con el tango y el vals. Los tres géneros suenan en pequeñas tandas de cuatro o tres temas. Estas tandas se separan por una pequeña “cortina” musical de un género totalmente distinto, con una duración de apenas 30 segundos. Con ella no solo se indica por ejemplo, la separación de una tanda de Troilo con otra que empieza a sonar de Di Sarli, sino que tiene una función fundamental. En ella, ¡los semblantes comienzan su acción!
Pero vayamos de a poco. Tras saludar a los organizadores que nos reciben a la entrada, nos dan un numerito para el sorteo de la noche y nos conducen hacia la mesa. Las luces son cálidas, hay una pista central, con piso de madera donde bailan muchas parejas al son de Una Emoción. Las mesas son pequeñas y están colocadas alrededor de la pista. Una vez ubicados, nos ponemos los zapatos de tango que traemos en una bolsita. Pedimos al camarero una bebida, y ya estamos listos para disfrutar la noche.
Mujeres y hombres no se mezclan en las mesas. Se sientan solos, o con los de su género, generalmente nunca mezclados, salvo si un conocido cae de visita a la mesa para saludar, pero rápidamente regresará a su ubicación. El tango terminó, y suena la cortina dejando la pista totalmente vacía. Es entonces cuando, durante esos 30 segundos, brotan por todas partes las miradas que invitan a bailar la tanda siguiente. El caballero mira fijamente a una bailarina con la que quiere bailar. Si a ella le place, responderá mirándolo, sino, seguirá atenta hacia otros lados hasta encontrar -si hay suerte- la mirada del bailarín que le interesa. Si ella responde mirándolo, será cuando él realice lo que se llama “el cabeceo”, que consiste en un leve y rápido movimiento de cabeza, como un “¿Sí?” que invita. Ella debe responder con otro sutil y rápido cabeceo si quiere bailar con él. Seguidamente el bailarín se levanta, camina hacia ella, y sólo cuando llega a su mesa la dama se incorpora y ambos se dirigen a la pista junto a muchas otras parejas que han hecho lo mismo que ellos. El tango empieza a sonar, se saludan, y cruzan algunas palabras. ¡Nadie se pone a bailar inmediatamente que empieza un tango! Es importante esperar a que suenen algunos compases mientras se habla con la compañera, y sólo entonces, con tranquilidad, se la abraza para comenzar a bailar.
El abrazo es el primer contacto. Es más importante que cualquier destreza milonguera. Allí descubriremos si nos sentimos cómodos, seguros y tranquilos, incluso “protegidos” de posibles embestidas de algún incauto o novato. Los cuerpos se acoplan. Es un abrazo “cerrado”, es decir, que el hombre dirigirá todo el tango con su pecho. Es el momento en el que leemos el título del libro que el bailarín nos propone, y con el abrazo sentiremos si nos puede interesar o no leerlo. Si antes sabemos algo del género de lectura que nos gusta y lo anduvimos observando bailar entre los otros muchos textos, es probable que nos lo pasemos bien. Con las primeras quejas del bandoneón, el bailarín nos va contando una historia particular con sus movimientos, sus invitaciones, y la bailarina va leyendo, generalmente con los ojos cerrados para disfrutar más, pasando las páginas de esa lectura que él propone en cada compás. Su escrito tendrá un estilo único y personal, con puntuaciones y espacios entre un párrafo y otro que ella irá leyendo y embelleciendo con su baile. Si él no monologa sólo ese texto, sino que se lo da a ella a leer con su cuerpo, entonces ella podrá enriquecerlo con los adornos que él le sepa aceptar y otorgar en el tiempo del compás. De esa forma, ambos terminan escribiendo, con un cuerpo de emoción.
Cuando la tanda termina y suena la cortina, él la acompaña hasta la mesa, ambos sonríen, se agradecen el baile, y se despiden. Luego todos se vuelven a sentar, a la espera de una nueva oportunidad.
Los tangos
Se suele decir que los tangos son pura tragedia. Pero ¿qué reflejan sus letras? Me ayudaré aquí de la conversación que tuve antes de este escrito con un “milonguero viejo”, que en el argot argentino es un piropo, en tanto alude a su experiencia y destreza en estos asuntos de tango. Este milonguero dice: “No hay un semblante prototípico del hombre en las letras del tango, sino una infinidad de ellos. Lo que sí podemos decir es que los miles de tangos compuestos, desde Mi noche triste de 1917 en adelante, son letras sentimentales, es decir, de sentimientos, eso que Lacan señala con el senti-miente”. Podemos pensar entonces que las letras de los tangos, como los sentimientos, mienten. ¿Sobre qué mienten? Sobre la castración. “El tango es un canto a la castración”, dice este milonguero(1). Es el canto mentiroso que vela con los versos la ausencia de proporción entre esas dos razas danzantes, su imposible relación, la falta.
Tenemos tangos que hablan de la mujer que no se tiene: “No estás, te busco y ya no estás, espina de la espera…” (Que falta que me hacés, de Armando Portier y Federico Silva). “Llorar por una mujer, es quererla y no tenerla, llorar por una mujer es tan hondo padecer” (Llorar por una mujer, de Enrique Rodríguez y Enrique Cadícamo). Tangos que cantan el barrio que ya no está o la juventud que se perdió: “Pesadumbre de barrios que han cambiado y nostalgia de un sueño que murió” (Sur, de Anibal Troilo y Homero Manzi). “Dónde estará mi arrabal, quién se robó mi niñez” (Tinta Roja de Sebastián Piana y Cátulo Castillo). También es un canto a los malevos y guapos que ya no existen, “Amainaron guapos junto a tus ochavas, cuando un cajetilla los calzó de cross, y te dieron lustre las patotas bravas, allá por el año novecientos dos” (Esquina Porteña de Francisco Pracánico y Celedonio Flores).
No se trata de quedarnos en la cuestión barroca –trágica del tango argentino, como puras canciones dolientes, puro sentido de goce. Porque este sentido se transforma cuando el tango atraviesa el cuerpo, haciéndolo vibrar hasta convertirlo en movi-miento.
Tangos y semblantes
Estas letras, son semblantes simbólicos que bordean con sus versos lo real de todo encuentro. "Alguna vez -no sé si tendré tiempo algún día- habría que hablar de la música, al margen" nos indica Lacan(2). La música, no es sin escritura, es esta misma escritura la que se sitúa en el margen. “La música agujerea el duro mutismo de lo simbólico y, al sobrepasar esa frontera, cosquillea al cuerpo en su acto de transmisión”(3) La música resuena y hace vibrar el cuerpo. Ella no es sin el cuerpo. Música y cuerpo son el velo que con las diversas formas y movimientos bellos envuelven eso que no hay.
El tango es una forma de lazo social que incluso convoca masas. El tango bailado puede ser una forma que permite mantener distancia con el estrago del goce de cada sujeto (4), durante los compases que suenan al son de un bandoneón.
Los tangos, son cosa de hombres. En ellos, ellas también son cosa de hombres. Todo el juego de códigos milongueros, que se siguen a rajatabla y se respetan, es una bella forma masculina para bordear la falta: el cabeceo, el ir a buscarla y luego dejarla en su sitio, con el abrazo, los movimientos, las invitaciones, la sutileza, la sorpresa de un paso, donde los pies de ambos dibujan en el piso. En la milonga, se respetan los semblantes. El tango bailado es un uso masculino del semblante que vela, de la buena manera, la ausencia de proporción sexual. Es la puesta en escena del coraje masculino, para franquear, al menos durante un breve lapso, algo del horror a la feminidad, con los buenos semblantes.
El tango bailado es un modo de hacer con el semblante, allí donde hay vacío. Es un saber-hacer con el no hay anudado a los márgenes del cuerpo. Un instante de “accord” (5) con la propia satisfacción pulsional sostenida en un lazo, un abrazo con el Otro, que lo sabe no armónico, dividido, agujereado, con acordes disonantes, pero es justamente eso lo que le permite, con el placer del tango, encontrar una manera casi sublimada, donde el goce pulsional suple la inexistencia de relación, dentro la pista, circundando una y otra vez el vacío, entre tango y tango, para volver a comenzar una vez más.
Espero haber empezado a contestar la pregunta. Les dejo con uno de mis tangos preferidos. “Una Emoción” y, para el que guste, un vídeo con una magnífica pareja de bailarines, dibujándolo.
http://www.youtube.com/watch?v=cAZ9_ywdIhQ&p=E5FACD27FA232715&playnext=1&index=2(*)
Una emoción
Tango 1943
Música: Raúl Kaplún
Letra: José María Suñé
Vengan a ver que traigo yo
en esta unión de notas y palabras,
es la canción que me inspiró
la evocación que anoche me acunaba.
Es voz de tango modulado en cada esquina,
por el que vive una emoción que lo domina,
quiero cantar por este son
que es cada vez más dulce y seductor.
Envuelto en la ilusión anoche lo escuché,
compuesta su emoción por cosas de mi ayer,
la casa en que nací, la reja y el parral,
la vieja calesita y el rosal.
Su acento es la canción de voz sentimental,
su ritmo es el compás que vive en mi ciudad,
no tiene pretensión,
no quiere ser procaz,
se llama tango y nada más.
Esta emoción que traigo yo,
nació en mi voz cargada de nostalgia.
Siento un latir de rebelión cuando a este son
sus versos le disfrazan.
Si es tan humilde y tan sencillo en sus compases,
porque anotarle un mal ejemplo en cada frase.
Con este resto de emoción
muy fácil es llegar al corazón.
Bibliografía
1. Juan Carlos Tazedjián. Psicoanalista miembro de la ELP
2. Jacques Lacan. Seminario libro XX “Aun”.
3. Graciela Esperanza "La música al margen", Colofón nº 18, Buenos Aires, 2000
4. Philippe Lacadée. “Los fundamentos del lazo social” Par Lettre nº6 Bulletin de L’ACF Rhône-Alpes. Octubre 1997
5. Iván Ruiz Acero. Encuentros, en el margen, entre la Música y el Psicoanálisis. Ensayo
Sección Clínica de Barcelona .Instituto del Campo Freudiano. Noviembre 2002.
http://www.scb-icf.net/nodus/177EnsayoIR.htm
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¡SE BUSCAN MILONGUER@S!
En la Gran Fiesta Aniversario, además de música disco, también sonarán con algunos tangos! Para poder organizar adecuadamente el “Espacio Tango” (ideado por Margarita Álvarez y Patricia Tassara), invitamos a todos aquellos que esa noche quieran disfrutar de este baile: milongueros, apasionados, deseosos y curiosos con ánimo, envíen un email a su coordinadora, Ariane Husson, ariane.husson@gmail.com con plazo hasta el 13 de noviembre, para que nadie se quede con ganas de bailar con un buen abrazo! Ánimo!
7 de Noviembre de 2010
Too Mach! Conclusiones, ideas y problemas. Hacia las IX Jornadas de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis “Los hombres y sus semblantes” Número 8 Responsable: Gustavo Dessal

EDITORIAL, Gustavo Dessal
¿La muerte es un semblante? Una colega que no quiere ser identificada (no veo por qué, pero a cada uno su singularidad), me hace notar la sorprendente ausencia del semblante de la muerte (sin duda tan caro al imaginario masculino) en las contribuciones a Too mach!
Yo diría que existen semblantes (en plural) de la muerte, para conjurar esa falta que Freud emparentó en el inconsciente con la negación y el genital femenino. Cierto es, como nuestra enmascarada colega nos lo señala, que se echa en falta ese significante amo en los textos, cuando en verdad es una representación favorita de la angustia de castración que no suele faltar en el discurso de los hombres, y aun cuando la invoca de mentirijillas, el obsesivo hace de ella su leitmotiv.
Debe de ser que tanta modernidad nos hace olvidar los grandes temas de siempre. Por mi parte, lo que me llama la atención es que nadie haya hablado hasta ahora del dinero, otro semblante masculino por excelencia. No es que a las mujeres no les incumba, por supuesto, pero lo gozan de otro modo, como todo lo que concierne en ellas al tener. A lo mejor el dinero merece unas Jornadas propias. Sería un éxito rotundo, si alguna vez nos atrevemos a levantar ese velo de Maya.
Como algunos me reprochan demasiado humor, me pondré esta vez un poco trágico: que los modernos hayan olvidado el sentido de la tragedia (eso decía Lacan), no es excusa para que nosotros los imitemos. ¿Es que acaso el Edipo y el complejo paterno han desaparecido de nuestro inventario? Discutimos sobre cómo el hombre deviene padre, o el padre conserva al hombre, pero ¿no habremos olvidado que, además, el hombre tiene un padre (o no lo tiene, por diversos motivos que inciden cada uno a su manera), y que su función sigue siendo decisiva, aunque gritemos su ocaso a los cuatro vientos? Desconocerlo, es caer en el emanatismo de la elección del sexo: la decisión del sujeto no es libre, no emana de sí mismo, está regida por esa elección forzada con la que Lacan anudó el determinismo del deseo del Otro al sujeto como respuesta de lo real. Habrá que volver a los orígenes, a la “muy primera enseñanza de Lacan”, para refrescarnos la memoria. Si la pulsión es “el eco en el cuerpo de un decir”, ese decir es siempre de la “lalengua”, o sea, del Otro, con lo cual no nos libramos de que el inconsciente sea aquello de lo que gozamos, en tanto “nos determina”.
Gracias a Dios (ya que viene el Papa a visitarnos, mejor estar a buenas con los Grandes Poderes), al menos una de nuestras colegas está dispuesta a romper una lanza a favor de los maltrechos y maldecidos hombres de hoy en día. Margarita Álvarez refuta la doxa de que no quedan hombres. Unos cuantos todavía subsisten como mejor pueden o les dejan, aunque ya no se lleve el estilo napoleónico o goethiano. Lo que no hay son hombres a la carta, que satisfagan los sueños de ellas según cada momento. Malos tiempos para estas pobres criaturas, acorraladas por la creciente ferocidad femenina que, como lo dice graciosamente Margarita, los consideran descendientes directos de los excesos del padre mítico. “Estamos embarazados”, balbucea el sufrido varón posmoderno ante la mirada complaciente de ella. A no quejarse luego, amonesta Margarita a las Notodas, que de estas costumbres el deseo no suele salir bien parado.
Con su acostumbrada e irónica erudición, Eugenio Castro nos regala una magnífica semblanza de una obra de Lope de Vega, que trata de una ciudad en la que solo habitan mujeres. Todo un visionario este Lope de Vega, genio donde los haya, que se adelantó más de 300 años a lo que hoy es evidente: las mujeres, haciendo uso de su “fraternidad universal”, como decía Saramago, se juntan cada vez más entre ellas y, si no dominan ciudades, al menos lo hacen en espacios donde los hombres menguan. Según el fantasma “gore” del varón, a las mujeres le crecen los dientes en la mandíbula vaginal, y hay que derribar la fortaleza como sea: a lo bestia, o con la astucia de las palabras. A Lope de Vega no le faltaba verbo para dirigirse a las mujeres, y nuestra compañera Olga Montón nos envía unos versos de amor de este genio que acaban:
“...huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que el cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño,
esto es amor: quien lo probó lo sabe.”
“Amar el daño”: nadie podría definir mejor el goce en tres palabras.
Agustín García Calvo, uno de los primeros intelectuales españoles que le abrieron la puerta al psicoanálisis, es evocado por Amanda Goya a propósito de una serie de artículos que este notable filósofo reunió en 1999 bajo el título “De mujeres y hombres”. En este tema, Agustín no podía dejar de encontrar una vena generosa para aplicar su picante ingenio. Y no solo encontraremos en dicho libro divertidas reflexiones en torno al Viagra, cuya promesa de goce ilimitado trasciende las edades, los sexos, y desde luego su originaria función de enderezar el honor viril, sino también otras invenciones, más antiguas y exitosas, como la de la maternidad, muy socorrida a la hora de maniatar el deseo femenino. Qué oportuno este recordatorio de Amanda, trayéndonos de nuevo este manantial de lucidez llamado Agustín García Calvo.
Las Jornadas se acercan, las inscripciones se colman, aumentan las expectativas de caballerosos lances en la arena de la dialéctica, y nuestras bellas lacanianas afilan sus armas: no serán dentadas, como en la mitología kleiniana, aunque tienen lo suyo. Son notódicas, pero sobre los hombres se lo saben todo.
O casi.
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¿YA NO QUEDAN HOMBRES?, por Margarita Álvarez
Hace tiempo que algunas mujeres se quejan de que ya no quedan hombres, a veces en el sentido de que “ya no hay hombres como los de antes” y, otras, en el sentido de “ya no hay hombres disponibles”, dispuestos a implicarse en una relación: o ya están casados o son solteros “incurables”, es decir, sin remedio, empedernidos. No voy a tomar aquí este segundo sentido que ya exploré un poco en un texto reciente sobre la ética del soltero en el hombre contemporáneo (1), y me limitaré a considerar el primero.
¿Es esto cierto? ¿Ya no hay hombres como los de antes? Probablemente no, los tiempos han cambiado y seguramente los hombres, como las mujeres, los niños, los jóvenes, la sociedad entera, también. El hecho de que las identificaciones ideales, con su contrapartida de exigencias, se hayan suavizado para los hombres, ha posibilitado que la expresión de la impostura viril también se suavice.
Pero, ¿es esto es un problema? ¿Es algo a reprocharles? ¿Queremos las mujeres tener hombres como los de “antes”, por ejemplo, los hombres de hace cincuenta años? Seguramente, por lo general, no, porque nosotras tampoco somos como entonces.
Pero quizás aunque la sociedad haya cambiado, las mujeres no hemos cambiado tanto nuestras exigencias hacia la pareja y seguimos esperando en alto grado que ellos respondan siempre de manera inmediata y completa, incluso telepática, a nuestras menores exigencias. Quizás, incluso, estas exigencias se hayan multiplicado: los queremos ahora muy fálicos, ahora muy poco fálicos, a medida justa de nuestros necesidades del momento.
¿Cómo siempre? Pues quizás no. Es probable que en los últimos años la ferocidad femenina hacia la pareja, y hacia los hombres en general, haya aumentado. Es una hipótesis que planteo al debate.
Parecería que una de las malas consecuencias del discurso de igualdad entre los sexos, y de la influencia de los discursos feministas del siglo XX sobre nuestras vidas, sea que muchas mujeres se sientan autorizadas a exigir todo al varón, considerándolo un descendiente directo del padre originario de la horda y responsable de todas sus tropelías míticas. El hombre sería culpable solo por el hecho de ser hombre, como si el final del patriarcado deslegitimara completamente la virilidad. ¡Se acabó la diferencia sexual! ¡Ahora todos femeninos!
La masculinidad está en apuros, los hombres, en un brete. Y, así escuchamos a algunos, por ejemplo, terminar diciendo que están embarazados –cuando su pareja lo está-, para que ella no le reproche que no se implica, o ejercitando extrañas posturas para estar lo más próximos posibles de su mujer e hijo durante el amamantamiento, “para participar en él” como ellas les piden -esto se escucha más a los que tienen menos de treinta y cinco que a los de mayor edad, más afectados por lo general por el fantasma de feminización que adopta, según Freud, el temor a la castración en el varón.
Parecería darse un nuevo fenómeno, que afecta también a los más jóvenes, pero no sólo: muchos hombres esconden su virilidad en el armario, porque el menor signo de ella desencadena la agresividad de sus parejas y con facilidad son acusados no ya del tradicional desamor, sino directamente de maltrato.
Pero, ¿son ahora los hombres menos viriles? No lo creo. Como dije en el texto antes citado, la feminización del hombre contemporáneo es lógica y no fenomenológica, acorde con la feminización generalizada de nuestra época regida por la inexistencia del Otro.
En la actualidad, los hombres no son más femeninos o no lo son al nivel que para el psicoanálisis se plantea la feminidad, como una posición subjetiva ante el goce. Podemos decir que encontramos los mismos matemas en el lado macho de las fórmulas de la sexuación: ellos no sufren ahora más por amor, como las féminas, ni gozan con él, siguen gozando privilegiadamente del objeto, cuya variedad sí, ahora se infinitiza; continúan con la tendencia a la infidelidad, favorecida además ahora por las tecnologías: pornografía por Internet, chats, etc.. -el otro día escuché en un programa de televisión que un altísimo porcentaje de los hombres apuntados a empresas de búsqueda de pareja por Internet están casados, quizás el setenta por ciento, no recuerdo bien.
Pero sí, siguiendo la lógica de la época, la relación con el goce aparece regulada de otro modo, con menos límites, más infinitizada y, a veces, también, más salvaje. En este sentido –de ilimitación-, se aprecia cierta feminización, que paradójicamente los deja más solos con su goce, pasando menos por el Otro, ¿too mach?
Por otro lado, los estudios queer no dejan de atacar la virilidad. Un estudio como Masculinidad femenina, de Judith Halberstam (2), continuador a su pesar de la querella del falo, reivindica la distinción entre masculinidad y virilidad y defiende acudir a las mujeres para estudiar la masculinidad moderna, a partir de las diferentes grados de masculinidad, o masculinidades, que presentan (transexuales mujer a hombre, lesbianas butch) porque en los hombres, la masculinidad, es decir, cuando se une la masculinidad con la virilidad, ¡siempre es solidaria de poder político y cultural!
¡En fin! ¡Malos tiempos para los hombres! Pero afortunadamente ellos resisten, a nosotras y a la época, y lo hacen quizás uno a uno, como pueden: solos, silenciosos, por lo general un poco, o mucho, atribulados, a veces enfadados, por lo general pacientes, o solo algunos, quizás otros estén meramente resignados. Aunque algunos empiezan a asociarse y a quejarse de ser víctimas de discriminación homófoba (en el sentido que Lacan precisa este “homo” en L’étourdit, como referido a "hombre" y no como partícula de igualdad). Y no les faltan ni razones ni razón.
Notas:
1. “La feminización lógica del hombre contemporáneo”. En: Bibliografía razonada de las Jornadas de la ELP nº 9, publicada el 18.10.2010.
2. J. Halberstam. Masculinidad femenina (1998). Madrid: Egales Editorial, 2008.
3. J. Lacan. “L’étourdit” (1972). En: Autres écrits. Paris: Seuil, 2001, p. 467.
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MUJERES SIN HOMBRES, MUJERES EN FUGA, por Eugenio Castro
“Las mujeres sin hombres” es una obra de teatro de Lope de Vega poco conocida. Ha sido editada pocas veces, recientemente por la Universidad de León . Las mujeres deciden hacer una ciudad de mujeres en donde ni siquiera se pueda nombrar a los hombres bajo penas diversas según la gravedad de la falta. Las mujeres eligen ginecocráticamente a una de las amazonas que “reina varonilmente”, dicta las leyes de la ciudad e impone para cada violación de la ley una multa en doblones correspondiente a su gravedad. Non dum natus erat Montesquieu.
No eran estas varonas como Semíramis, la que Lacan denomina “vagina dentada” que vestida de guerrero asaltó y conquistó la ciudad de Bactres. El rey Nino que tal vió se casa inmediatamente con ella quitándosela a su primer marido. El tal Rey Nino inició la dinastía de los Reyes Holgazanes, el último de los cuales, Sardanápalo, se disfrazaba de mujer y se entregaba como sus esposas del harén a las labores femeninas. Semíramis mandó asesinar a su esposo Nino , fortificó Nínive ( ver el cuadro de Degás citado por Lacan), fundó Babilonia y se ocupó de su pueblo siendo una gran reina. A su hijo el heredero, tan holgazán como su padre, le usurpó el trono.
Los verdaderos hombres, los del deseo decidido por las mujeres, como Jasón, Hércules, Aquiles, Teseo, Fineo, Tíndaro…, se enteran de esta ciudad en donde los hombres están excluidos, tan prohibidos que las mujeres siempre acaban castigadas por hablar de ellos: “son celosos, locos, esquivos, avarientos y descuidados en el amor”. Rechazando ser la causa del deseo de los hombres, toda la ciudad se convertía en deseo de los hombres por conquistarla. Al contrario de Las Preciosas, se les prohíbe ser bachilleras o inventar vocablos exquisitos, antes bien habían de hablar pareciendo “hombres robustos” y no ser “melindrosas” para no ser desterradas. Hacían al hombre y hacían de hombre (faire l’homme), es decir, histéricas intrigantes.
Los verdaderos hombres, toda una vida haciendo hazañas para ser unos héroes, se quejan de los disgustos que ellas les dan con celos, voces, pérdida de respeto, destruyendo la hacienda en galas y atrevimientos.
Las mujeres tiene la habilidad de hacer semblante de que les importan tres bledos, pero no dejan de hablar de ellos. Con una mano levantan la falda, y con la otra la bajan (Freud dixit).
La tensión es máxima en esta ciudad, y las mujeres no soportan las propias leyes dictadas por el despotismo ilustrado de la presidenta de esta República de las Mujeres. Y hablan a escondidas de los hombres.
Los verdaderos hombres deciden una estratagema para asaltar la ciudad, enviscados por esa ficción de genocidio femenino. Deciden una estratagema para abrir las murallas de esa ciudad. Los verdaderos hombres saben que las mujeres, en su “notodía”, tienen un punto flaco que les puede abrir las puertas de la ciudad, y en lugar de raptarlas aprenden a seducirlas por las palabras de amor, se rinden a la feminidad. El final está cantado, las mujeres consiguen ser amadas, la ciudad acaba siendo una ciudad de las mujeres “no sin los hombres”, como termina la obra.
Carmen Laforet. Una mujer en fuga, es la biografía de la escritora, Premio Nadal de 1945 y Premio Nacional de Literatura, escrita por Anna Caballé e Israel Rolón. Es la historia del goce femenino errante que no se deja engañar por el goce sexual ni la maternidad a los que tiene por escasos.
Han pasado trescientos años desde la obra de Lope de Vega, y pocas mujeres en la España de la posguerra han logrado salir de los fogones y de la “economía doméstica”. Carmen Laforet y otras mujeres de su generación (Ana Mª Matute, Carmen Martín Gaite, Elena Fortún, Rosa Cajal, Carmen Conde, Rosa Chacel…) se incorporan a la literatura. Casada con Manuel Cerezales, periodista y editor, natural de Vilar de Cervos (Orense). El bueno del gallego Cerezales trató de encaminar el tipo de literatura de su esposa en donde se excluyera precisamente la implicación de su ser en la letra. Como buen obsesivo del noli-me-tangere, forzaba a que Carmen Laforet no pusiera su vida en la obra que tantos desaires le habían ocasionado por parte de su familia.
Cerezales quiso forjarla a su imagen y semejanza “por su bien”. Pero Laforet tenía su estilo, y por nada cedió a su goce con la letra. Buscó, entonces, compañía a la soledad de su goce en la amistad de las mujeres y en la religión, de la mano de Lilí Alvarez y Miret Magdalena, cercanos al misticismo. Intentó, como las preciosas francesas, la fundación de un salón elegante sólo para mujeres de la cultura que nunca llegó a abrirse. Era una mujer sobre todo del goce femenino, en fuga siempre por la inconsistencia misma del goce imposibilitado para cerrarse como conjunto. Su “notodía” le llevó a no tener un hogar, andar con sus maletas en casa de sus amigas, de alguna hija, o de una criada fiel que se la llevó a vivir a Ávila. Describe en una de sus novelas una experiencia cuasi psicótica de goce femenino similar a la de Joyce, en donde se desprende de su piel pero en su lugar aparece una flor. Algún psiquiatra la diagnosticó de esquizofrenia, como suele ser frecuente en casos de mística y otros goces femeninos.
El bueno de Cerezales no logró interesarse por la relación de su mujer con el amor y la feminidad, quiso que fuera más madre y acabó siendo un estrago para Carmen Laforet, extraviada trotamundos o trotaconventos, sin encontrar un aceptable lugar en el mundo salvo la historia de nuestra literatura.
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DE MUJERES Y HOMBRES*, por Amanda Goya
El libro que así se titula vio la luz en 1999 y lleva la firma de Agustín García Calvo, gramático, filósofo, poeta, dramaturgo, traductor de lenguas clásicas, hombre extravagante y célebre ácrata ilustradísimo que trata de dar voz a un sentir anónimo, popular, que rechaza los manejos del Poder que emanan del Estado y del Capital (las mayúsculas son suyas).
Se compilan en este libro una treintena de textos breves, “articulillos”, según su autor, en los que éste explora “...nuevos recovecos y conexiones, hallazgos de las interminables falsedades que en torno a esos misterios (las cursivas son nuestras) se reproducen constantemente, para intentar dejarlos con el culo al aire”. Publicados semanalmente por un rotativo en aquel año de gracia de 1999, así los definía nuestro respetado Agustín en la presentación de la serie, que recomiendo leer, y de la que solo expondré aquí alguna pincelada.
¿Con qué gancho pretendía el editor (el propio G.C.) captar el interés de un posible lector que, movido por su curiosidad, hojeara este libro que promete decir lo que García Calvo piensa sobre Mujeres y Hombres? A propósito leemos en su contratapa: “Esta serie de ensayos recientes (1998-1999) ataca desde muy diferentes sitios la cuestión del lugar de las mujeres o Sexo sometido en el mundo de la Historia, regido por el Sexo dominante, y alrededor de ello muchos problemas tocantes a Sexo y guerra de Sexos que a cualquiera se le presentan y que la Cultura al uso trata de encubrir o falsificar”.
Convendrán conmigo que su contenido promete ser jugoso, cuanto más para los psicoanalistas lacanianos que se preparan para conversar sobre los hombres y sus semblantes.
Con la docta ironía que lo caracteriza, G.C. nos introduce a sus andares por estos espinosos temas, con una chispeante caricatura del llamado “medicamento de la virilidad”, al que define como “...un producto que ha elaborado y lanzado al Mercado alguna Empresa, destinado a remediar y a sostener las deficiencias de la potencia viril, del Aparato del Poder”, como bien lo retrata el patético personaje encarnado por Anthony Hopkins en la última película de Woody Allen “Conocerás al hombre de tus sueños”.
Con una gracia no exenta de un descaro que refleja muy bien su estilo, G.C. declara no desconocer la pasión y la cruz que pesan sobre la masculinidad, no solo por el apremiante anhelo de penetrar, sino por el trago de verse sometido el hombre a un “certamen de la potencia”, habida cuenta de que “en esto de empalmar, no se puede mandar”. Y resulta que ahora quieren vendernos un medicamento que termina degradando la cosa a una cuestión casi de trámite, de trabajo, quitándole toda la gracia que le quedaba. A sus declarados 72 años cuando publica estos artículos, G.C. se sorprende de que dicho medicamento no hubiere despertado en él, ni el más leve interés ni la curiosidad, salvo el que nos dedica en estas afiladas reflexiones.
Las huellas de Freud se delatan en algunos de sus pasajes (a veces lo cita), cuando se refiere por ejemplo al “complejo del falo péndulo, y a las angustias que con tal motivo les entenebrecen y magullan al Yo a muchos individuos del sexo fuerte...”. También las de Marx se dejan ver en su muy original interpretación sobre la Historia, a la que considera nacida con la sumisión de las mujeres al Poder, que gracias a esa sumisión se erige y establece. Allí sitúa precisamente la primera división de Clases, que es para él la división de los Sexos, y con ella la primera división del Trabajo, y la primera Guerra, cuyo casus belli fue naturalmente las mujeres, y la primera forma de Dinero que consistió, no en el gozo, sino en la posesión y conversión de las mujeres en Capital.
Pero no es menos cierto que las huellas de Lacan también se descubren cuando se refiere a los “bichos parlantes”, o cuando adjudica la dominación de las mujeres a una “sabiduría sin ideas, eso que todavía en el Génesis deja asomar la Biblia por vislumbre en la figura de Eva y sus tratos con la serpiente”. Y en una sorprendente vuelta de tuerca añade: “Cierto que desde siempre (es truco viejo) los señores han querido reducir eso, tan desconocido como amenazante, la mujer, a la condición de madre, que es lo que el Poder podía reconocer sin miedo, comprenderlo dentro del Orden, y hasta, en premio por ello, hacer a una mujer Señora y colaboradora del Poder”.
Para esa “sabiduría sin ideas” (parece aludir a lo que trasciende al falo), para ese oscuro poder que “los señores han temido y adorado en las mujeres, y también en los adentros y en lo hondo de sí mismos (a todos nos queda algo de mujer por ahí abajo)...”, en una inesperada cabriola, Agustín hace aquí un inusitado uso del neutro, al referirse a lo mujer.
Aunque reconocemos en este pasaje una evocación del No-Todo fálico, dilucidado lógicamente por Lacan, intuido por los artistas, la lectura de Agustín en definitiva, encuentra su punto pivote en el postulado del falo como significante de la potencia. “¿Será posible que la clave y el fulcro del amor de hombres y mujeres consista en una demostración de la potencia y respectivamente sumisión con que la desgraciada Historia arranca y el Régimen se sostiene erecto?”
Pero afirmar el falo como significante de la potencia comporta su ubicación en el registro de lo imaginario, aproximándonos a la ecuación que Lacan adjudicaba al obsesivo en su neurótica estrategia de negar la castración, con la consiguiente “lucha a muerte” por su imposible posesión.
Lejos de que esto pueda interpretarse como una clasificación clínica de su autor, se trata solo de resaltar que el falo es más que el significante de la potencia, mal que les pese a los políticos y a algunas feministas, es el significante del deseo y del goce, y para colmo, no todo el goce pasa por el falo, algo que es posible aprender en la experiencia de un análisis comme il faut.
*Edición Agustín García Calvo. Editorial Lucina. Zamora. 1999.
30 de Octubre de 2010
BIBLIOGRAFIA RAZONADA (2) X JORNADAS ELP. Comisión Referencias Bibliográficas: Julio González, Gracia Viscasillas, Luis Seguí
MADRID
20 Y 21 DE NOVIEMBRE DE 2010
Círculo de Bellas Artes Sala de las Columnas

NUEVAS MODALIDADES DE LA PATERNIDAD. Jacques-Alain Miller: “De la naturaleza de los semblantes”. Ed. Paidós, 2002, Buenos Aires, por Antonio García Cenador
La ciencia ha hecho posible nuevas formas de reproducción (todas las variantes de la reproducción asistida y la clonación en el horizonte) que ponen de manifiesto la disyunción entre la paternidad y el genitor. Esto permite percibir (por si no estaba claro) que la paternidad es siempre de adopción. Depende de un decir. Se trata del padre simbólico instalado en la cultura y que permite al niño encontrar el significante NP en el discurso de la madre.
En este sentido el padre es un semblante como señala Jacques-Alain Miller en la pág. 58.
Miller hace un comentario sobre el Seminario “Los nombres del padre”. Este seminario anulado ha dejado sus marcas, sus huellas en la enseñanza posterior de Lacan.
Lo que se desprende de este título: “Los nombres del padre”, es que hay otros nombres del padre. Se trata de la pluralización, de la relativización. No es el NP absoluto, es uno entre otros.
¿Dónde encontramos las huellas del Seminario inexistente?
Pondré dos ejemplos:
1.- En el Seminario XVII leemos: “El significante amo no sólo induce sino que determina la castración”. En este sentido todos los significantes equivalen entre sí, ya que cualquiera de ellos puede venir a ocupar la función del significante amo en su función de representar al sujeto para otros significantes.
Miller lo expresa así: “En el Seminario XVII Lacan nos presenta la logificación del NP que reconocemos en el S1, heredero del NP y de los Nombres del Padre, pero como una función lógica, sin nada de lo mítico” (Jacques-Alain Miller: “Conferencias porteñas, 2”, pág. 94).
2.- En RSI Lacan se pregunta: “¿Es indispensable esa función suplementaria del padre?” (función de anudamiento de los tres registros). Y responde: “Podría ser forjada” (Clase del ll/02/75).
Se puede afirmar que la función NP(x) puede ser sostenida por diversos enunciados.
¿Qué función?
“Metaforizar el deseo de la madre DM. Deseo con D, que no es el deseo del Seminario V correlativo a la demanda. Aquí se trata del deseo de la madre como mujer, correlativo no a la falta en ser sino a la falta de un objeto” (Jacques-Alain Miller: “Conferencias porteñas, 2”, pág. 2l6).
Función, por tanto, de metaforizar el goce.
Según esta lógica, la pregunta clínica es esta: ¿Qué desempeña el papel del Nombre del Padre?
Sabemos que Lacan llega a los Nombres del Padre a partir de la psicosis, que Jacques-Alain Miller define como “el fracaso del semblante” (pág. 38).
Como ya hemos visto, Lacan concluye en el Seminario XXIII que los sujetos de estructura psicótica pueden construir, inventar otros semblantes que sustituyan la función NP.
Como señala Miller (pág. 72), “el semblante no es vana ilusión, sino que, si me permiten, opera (opère) (au-père)”.
Así, en la época del desmantelamiento de los semblantes de la virilidad, de la disociación entre padre y masculinidad, padre y autoridad, encontramos sujetos que inventan y construyen trabajosamente y con rigor, un semblante de padre que se puede definir como el empeño en hacer padre.
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EL HOMBRE AVATAR, por Mario Izcovich
Un joven me cuenta en su sesión: “(...) para poder hablar con una chica en la discoteca, antes necesito beberme 3 cubatas, si no, me es imposible”.
Otro hombre encuentra en el ritual de aparcar en la calle su coche, dando vueltas y vueltas antes de volver a casa luego de una larga jornada, la forma perfecta para evitar a su mujer.
Otro paciente, luego de vivir varios años en pareja, se queja de que su mujer quiere tener un hijo con él y que aún no está preparado.
Otro hombre, le dice a su mujer que él no puede ganar más dinero y que cuando tengan un hijo él se ocupará de su cuidado y ella trabajará, ya que está más preparada.
Estos son tan sólo algunos de los ejemplos salidos de la consulta del analista y podríamos enumerar muchos más, que nos llevan a preguntarnos si es igual el hombre de hoy en día, en esta sociedad hipermoderna y líquida, que el hombre de hace 20 años.
Constatamos que en la actualidad, ante el empuje de cierto tipo de mujer, la FAP (femme à pastiche) (1), según la expresión de Jacques-Alain Miller, el hombre busca protegerse. Tal cual lo señala Jacques-Alain Miller: “... El semblante del lado del hombre consiste en proteger el tener...” (2).
Las mujeres se quejan de la falta de compromiso por parte de los hombres. La falta de compromiso, evidentemente no es una categoría clínica, sin embargo lo que hay detrás en esta posición masculina, son estrategias muy variadas y muchas veces obsesivas, para evitar la angustia que puede emerger, tal como lo señala Lacan (3), en la medida que la mujer quiere el goce del hombre. Por tanto no hay deseo realizable que no implique la castración.
En esta línea, Jacques-Alain Miller (4) señala que lo que hace ser hombre y mujer siguiendo la tesis de Lacan en La significación del falo es la relación con la castración, es decir, con el lenguaje y no con la relación sexual.
Podríamos pensar tomando significantes de nuestra época que el hombre de hoy en día, de este principio de siglo, persigue hacer existir la relación sexual sin la presencia de La mujer y de esta forma ciertamente negar así la castración.
La ciencia en su relación con el capital viene a su auxilio. Lo vemos con el uso extendido del Viagra o fármacos similares. Leemos en la prensa estos días acerca de la existencia de una red de prostitución masculina cuya producción era sostenida a través de la ingesta de Viagra y de drogas.
En efecto, si se sigue en esa dirección, vemos cómo se hace necesario el uso de un artificio, que puede ser químico o tecnológico. Artificio que se manifiesta en un semblante de esta época: el Avatar.
Se trata por un lado de una representación, una imagen que representa podríamos decir a un sujeto en la red. Un semblante del sujeto. Esto se ve en videojuegos como, por ejemplo, Los Sims o en los videojuegos en los que el jugador tiene que crear una figura que lo represente usando ciertos rasgos propios.
Por otro lado, la función del Avatar la vemos de otra forma, a través de la película del mismo nombre.
El Avatar sería un artificio que pone en cuestión la castración, más bien que la niega, en cierta forma podemos decir que sería la solución a los dolores de cabeza masculinos. Funciona como una pantalla que se separa de su cuerpo. En esta película, el Avatar es pura potencia. Es el cuerpo artificial que todo lo puede en el que se mete el personaje protagonista de la película, llamado Jake Sully, un marine tetrapléjico que casi nada puede y por tanto se presta al experimento.
El artificio, sea el Avatar o una sustancia química le hace al sujeto ser otro para sí mismo y así le evita comprometer su subjetividad.
No es la única película en la actualidad en la que el cuerpo queda separado y de esta forma se evita la castración utilizando diferentes engaños. Se ve claramente también en Origen, en la que se viven sueños que no se sueñan y en otra un poco menos reciente llamada Los Sustitutos, en el que los seres humanos tienen dobles que viven su vida de la forma más feliz, mientras ellos quedan recluidos en una caja.
El futuro no es tan lejano. Precisamente el objetivo de la ciencia será el de evitar la falta, hacer existir la proporción sexual y para eso creará los artificios necesarios.
Notas
(1) De la naturaleza de los semblantes. Jacques-Alain Miller, Ed. Paidós.
(2) De la naturaleza de los semblantes (pág. 140), Jacques-Alain Miller, Ed. Paidós.
(3) Seminario de La angustia (pág. 196). J. Lacan, Ed. Paidós.
(4) De la naturaleza de los semblantes (pág. 292). Jacques-Alain Miller. Ed. Paidós.
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DE HOMBRES Y SEMBLANTES. Jacques-Alain Miller “De mujeres y semblantes II”. Conferencia pronunciada en Buenos Aires, el 10 de marzo de 1992*, por Patricia Heffes
“...¿dónde están los hombres? Podría ser que fuesen ellos quienes están más cautivados por los semblantes que las mujeres? Esta, que podría considerarse una pregunta provocadora, se convierte -no dejando de serlo- en unos apuntes notables acerca de los avatares de la masculinidad.
La pregunta por el lugar puede suponer que no se los encuentra en el sitio esperable o bien, y muy radicalmente, que no se los encuentra. Nos inclinaremos por la primera proposición, entendiendo que en estas épocas algo ha variado en su posición.
El hombre “lacaniano”, es el que ha hallado Jacques-Alain Miller en su recorrido por la enseñanza de Jacques Lacan. Atraviesa los escritos y los seminarios. Está allí, buscando qué hacer con el “tener”. Eso le molesta. El que tiene puede perder y esto es lo que lo que lo condena a la cautela. Él tiene miedo de perder; entonces, “se cuida” resguardando su pequeño tener e través de los semblantes. Múltiples resonancias actuales, el siglo XXI llegó acompañado de este hombre “lacaniano”.
El hombre “lacaniano” hace uso de semblantes; sin embargo, hay que distinguirlos de los semblantes propiamente femeninos, aquellos que sirven de máscara a la falta. Los semblantes sirven al hombre para proteger su tener. ¿Cómo explicar esta diferencia? Miller recurre a la subjetivación del órgano genital y en esta ocasión lo nombra “El tengo”.
El hombre “lacaniano” cuida “el tengo”, lo oculta, lo escamotea... y al final, es como si no lo tuviese. Paradoja del tener: para no perder lo que tiene, hace como si no lo tuviese y por lo tanto no goza de las consecuencias de tener. Superioridad de propietario y cobardía de temeroso. Todo lo contrario de lo ilimitado del goce femenino. Para no perder, conviene no arriesgar; hasta el punto de protegerse, a veces, con la impotencia. La masturbación ocupa en esta lógica un lugar de refugio: un goce para sí mismo. Clara consideración que nos remite a la cuestión del fantasma en el hombre.
La orientación de Lacan, a propósito del fantasma, enseña que en el deseo masculino los objetos están incluidos en el paréntesis que define la función F ; haciendo operar al objeto a como objeto parcial, pulsional $ losange F(a). La fórmula del fantasma masculino escribe precisamente esa relación del sujeto con los semblantes, falicizados. En la actualidad, disponemos de numerosas variantes de esa relación, representadas en los productos de la cultura a través de la publicidad, el marketing, los objetos de consumo, etc... Privilegiar al objeto más que a la persona es un modo de decir el fetichismo. Casi podríamos afirmar que uno de los efectos de la sociedad contemporánea sobre el sujeto es hacer prescindir de los velos en el encuentro con el objeto, lo que da -en el caso del hombre- una fórmula más concentrada en la que la función F queda aún más subrayada.
En la conferencia de la que se trata, Miller afirma que “hay una muy especial pregnancia del fantasma en la sexuación del hombre; a veces, lejos de que el fantasma permita un atravesamiento del lado del deseo masculino, se observa, al contrario, como una compresión del mismo”. Se refiere a los resultados posibles de la experiencia analítica cuando el atravesamiento del fantasma produce la emergencia del significante del goce al desnudo. Cuando han sido reducidos los semblantes hay uno que queda haciendo de pantalla al A (tachado) -dice Miller-; la función fálica por lo tanto, permanece.
La conferencia culmina con unas valiosas consideraciones sobre los finales de análisis, estableciendo las diferencias para los hombres y las mujeres: “el final (para los hombres) tiene que ver efectivamente con reconocer el falo como semblante, que es semblante (...). Sin duda, una clara indicación clínica.
* J.-A. Miller, “De mujeres y semblantes II”, en De mujeres y semblantes, Cuadernos del Pasador Nº l, Buenos Aires, 1993.
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LA FEMINIZACIÓN LÓGICA DEL HOMBRE CONTEMPORÁNEO, por Margarita Álvarez
En uno de los textos de la bibliografía de estas Jornadas, el informe de la EBP titulado “Síntomas contemporáneos en lo masculino” (1), los autores parten de la observación de que cada vez son más los que desayunan solos y, se preguntan, “si el anhelo de soledad del hombre llamado moderno no será un síntoma contemporáneo de la condición masculina”. En ese punto, hacen referencia a la ética del célibe, expresión que Lacan introduce en “Televisión” (2) y que, según consideran, “caracteriza el modo de goce solitario del hombre moderno”. Me propongo seguidamente explorar un poco esta referencia para interrogar después esta última frase.
El Uno y el Otro
El término “célibe” hace referencia a la relación con el Otro. “Célibe” quiere decir “no casado”, e implícitamente “libre” o “suelto”, significaciones que el Diccionario de la RAE nos da explícitamente, en segundo término, para su homónimo “soltero”.
Alguien dijo con humor que el soltero es alguien que no sabe con quién está casado. Si leemos esta frase con la teoría de las parejas de Miller (3), entendemos que, al nivel del goce, el sujeto del inconsciente nunca está solo, siempre está, mejor o peor, sólidamente “casado” con su modalidad de goce. Al nivel del sexo, dice Lacan, hay falla (4): tenemos el Uno y el Otro, pero esto no hace dos. En el inconsciente sólo encontramos el Uno fálico, que inscribe el sexo masculino, pero no encontramos ninguna representación del Otro sexo. La Mujer es siempre heteros, inaccesible. Hay disyunción entre el Uno y el Otro.
Al nivel sexual, no hay relación significante, la relación pasa por el goce. La relación sexual, al nivel de la pareja, implica que el Otro se convierta en síntoma del sujeto, un medio de su goce, es decir, un medio de goce del propio cuerpo (5).
Así, si miramos el cuadro donde Lacan reparte las fórmulas de la sexuación que nos da las posiciones subjetivas frente al goce, femenina y masculina, vemos cómo en la segunda, donde el goce es solo, y todo fálico, es goce de órgano cerrado al Otro, el sujeto puede franquear la línea divisoria entre ambas posiciones y situar a una mujer como causa de su deseo. Del lado macho de las fórmulas, el único acceso posible del sujeto a su partenaire sexual, que es el Otro, es a. Pero como señala Lacan, el hombre no goza del cuerpo del Otro sino de su órgano (6).
La ética del célibe
En “Televisión”, Lacan define al célibe como aquel que se toma al pie de la letra la inexistencia de la relación sexual con el Otro (7). La solución del célibe a la cuestión de la no relación sexual sería evitar el encuentro con el Otro. El célibe se consagra al Uno fálico. En este sentido, la posición del célibe sería homosexual, tal como define este último término Lacan en “L´étourdit”, remarcando en francés el “homo” con dos “m” para poner de relieve que no se trata tan solo de la partícula de igualdad, sino de “hombre”. “El héteros –señala- erige al hombre en su estatuto de homosexual”(8).
En tanto solo hay inscripción del sexo a través del Uno fálico, Miller señala que el inconsciente es homosexual (9). Esto es algo estructural. Pero lo que define al célibe no es esta cuestión de estructura sino una posición, una opción de goce definida por su consagración al Uno fálico. Y, como toda opción de goce conlleva una ética.
Cuando se refiere a ella, Lacan la ejemplifica en Kant. No se trata sóo de que Kant permaneciera soltero toda su vida ni de que, según se dice, no tuviera relaciones sexuales con ninguna mujer. Se trata de que la máxima kantiana impone la renuncia a todo deseo particular. Como anota Miller en el margen del escrito, “sólo se pregunta ‘¿qué debo hacer?’ quien ha extinguido su deseo” (10).
Seguidamente, Lacan afirma que una ética del célibe es también la que encarnó, más cerca suyo, el escritor Henri Montherlant -autor entre otras muchas obras de “les célibataires” (l934)-, cuyo ejemplo, dice, “estructuró Lévi-Strauss en su discurso de recepción a la Academia Francesa” (11).
En relación a este discurso, que tuvo lugar en l974, sólo señalar que en el homenaje que este último le hace a Montherlant, cuya vacante en la Academia pasa a ocupar tras su suicidio, le describe como a los personajes de sus novelas, un “hombre adamita” –el adamismo preconizaba una estricta abstinencia sexual y el rechazo del matrimonio, en tanto sería una consecuencia del pecado original. Los personajes de sus novelas se consagran a destruir encarnizadamente a las mujeres que aman, por lo que el encuentro, como en la tauromaquia -la comparación es suya-, conlleva la muerte del partenaire. Si el acto carnal provoca la muerte, la vida sólo puede surgir de la renuncia a él. Montherlant, señala Lévi-Strauss, fue “el último en dar prueba de una independencia absoluta” a todos los niveles.
Los casos de Kant y Montherlant son muy distintos, pero si Lacan los pone como ejemplo de la ética del célibe es porque la posición de ambos segrega la dimensión del Otro. Podemos entender por qué Lacan opone esta ética en “Televisión” a la ética del “bien decir” (12), que al esforzarse en decir lo real del goce tiene en cuenta la dimensión del Otro.
Una feminización lógica
Retomando el informe brasileño, trataré a continuación de responder a la pregunta de porqué los autores relacionan la ética del célibe con el hombre contemporáneo.
El declive del Padre, como Padre de la excepción o, lo que es lo mismo, como figura de la existencia del Otro, es solidario del declive de la virilidad o lo que se ha llamado la crisis de la misma, en tanto esta tiene como condición la existencia de un Padre: el límite de la castración sustenta la posición masculina.
La solidaridad entre el Padre y la posición viril es, para el psicoanálisis, fundamentalmente lógica y no ideológica. La inexistencia del Otro conlleva una feminización generalizada, que no puede dejar de afectar a los hombres. Seguramente podrían citarse distintas manifestaciones fenomenológicas de cómo esto ocurre al nivel de los enunciados, de la relación con el cuerpo, de los semblantes, etc.
Pero lo que me interesa subrayar aquí es que esta feminización debe entenderse, para ambos sexos, fundamentalmente en un sentido lógico. No se trata tanto de si los hombres son más femeninos o no, sino de que la falta de límite que la inexistencia del Otro introduce en la posición masculina comporta una regulación distinta en la relación con el objeto, cuya serie se infinitiza. No es que la feminización introduzca en el hombre una mayor relación con el amor. Más bien lo contrario.
En el contexto contemporáneo, según concluye el informe, “prevalecen las estrategias que recurren a los atributos fálicos quedando el hombre a menudo atado a formas de satisfacción propias de una relación anónima e indiferente con los gadgets”.
El hombre contemporáneo cada vez se entretiene más con la serie infinita de objetos que la época provee y, por tanto, cada vez tiende a encerrarse más, a solas con su goce, es decir, sin pasar por el Otro.
Notas:
(1) VV.AA. “Informe de la EBP”. En: Cita de Barcelona l998. AMP. Inédito. Ver cap. V.
(2) J. Lacan. “Télévision”. En: Autres écrits. París, Seuil, 200l, p. 54l.
(3) J.-A. Miller. El partenaire-síntoma. Buenos Aires, Paidós, 2008. Ver cap. 12.
(4) J. Lacan. “L´étourdit”. En: Autres écrits, op. cit., p. 467.
(5) J.-A. Miller. El partenaire-síntoma, op. cit., p. 408.
(6) J. Lacan. Aún. Buenos Aires, Paidós, l98l, p. l5.
(7) J. Lacan. “Télévision”, op.cit. p. 542.
(8) J. Lacan. “L´étourdit”, op.cit., p. 467.
(9) J.-A. Miller. En: Brochure de Paris l996-97 – Instsitut du Champ freudien.
(10) J. Lacan. “Télévision”, op.cit. p. 542.
(11) Réception de M. Claude Lévi-Strauss. Discours prononcé dans la séance publique le jeudi 27 de juin de l974 en Paris, Palais de l´Institut.
(12) J. Lacan. “Télévision”, op. cit. p. 541.
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BIBLIOGRAFÍA SOBRE UN MISMO TEMA: UN NOMBRE MEDIÁTICO PARA EL HOMBRE, por Myriam Chang
Hasta hace relativamente poco tiempo, el hombre en la clínica psicoanalítica era considerado únicamente por su diagnóstico: neurótico obsesivo mayormente, histérico muy de tanto en tanto, generalmente perverso por su estructura o por sus rasgos y en un buen número psicótico. Es así, más bien como medio ausente, como encontramos representada la parte masculina, en el Documento de trabajo preparatorio del XII Encuentro Internacional del Campo Freudiano: La clínica de la sexuación. Imposible y determinación, en el que encontramos un solo artículo -“La forma fetichista del amor”, escrito por Alfredo Zenón- dedicado al lado macho de la tabla de la no proporción.
No por ello es descartable el artículo de Luis Erneta titulado “Sin subsumir, un debate vivo” en el que hace un exhaustivo recorrido de los textos freudianos desde “Los tres Ensayos” hasta “Análisis terminable e interminable”; desde el sexo anatómico como encuentro, pasando por la elección del sexo en el Edipo, hasta el rechazo de la feminidad al final del análisis.
Por su parte, la prensa de hoy en día, hace saltar cada tanto a primeros planos, otro nombre para el hombre; llevado de manera contable la cuenta de los casos en los que él se hace con el nombre de maltratador y ella con el de víctima. Se puede tener una idea de estas cifras en el artículo de Manuel Fernández Blanco, “Porqué las siguen matando”, que encontramos en el Blog-Elp.
Manuel Fernández Blanco aborda el tema a partir de los diferentes tipos de dependencia en el hombre y la mujer. Esta última pendiente de los signos de amor de su pareja puede verse arrastrada a la situación de maltrato al creer que celos es igual a amor y en la espera persistente de una ocasión en que todo sea diferente. Posición que tendría relación con sus vínculos de amor y de dependencia más primarios en su historia.
Para el hombre la dependencia estaría en relación a una infantilización generalizada de la sociedad, en la que para el “hombre-niño” la pérdida y el abandono resultan insoportables llegando hasta el asesinato y posterior suicidio “como la expresión de la dependencia infantil más radical”.
Mercedes de Francisco, en “Una perspectiva diferente sobre la violencia de género”, aborda el tema por la tensión agresiva que la uniformización de los sexos impone en la relación. Una relación entre parejas presidida por lo imaginario en la que el amor queda degradado a una identificación donde la diferencia “ha quedado reducida al mínimo y la dependencia mutua es extrema”. En esa tesitura, si la historia del sujeto aporta un campo abonado, el contragolpe agresivo está asegurado. Y nos recuerda la advertencia de Lacan: “en una civilización en la que el ideal individualista ha sido elevado a un grado de afirmación hasta ahora desconocido, los individuos resultan tender hacia ese estado en el que pensarán, sentirán, harán y amarán exactamente las cosas a las mismas horas en porciones del espacio estrictamente equivalentes”, que líneas después advierte que a partir de cierto aumento de esta tendencia, las tensiones agresivas uniformadas se precipitarán a puntos de ruptura y polarización. Por lo que convendría -dice M. De Francisco- tener en cuenta que esta “uniformidad” puede favorecer el “carácter epidémico” que parece estar tomando este tipo de violencia.
Tal como nos recuerda José A. Naranjo, en sus “Notas sobre la violencia doméstica”, la violencia en general, y ésta en particular, no son nuevas en el mundo. Son tan antiguas como la existencia misma del hombre. Es la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y el reconocimiento de estos mismos derechos para la mujer, la que va perfilando el maltrato en la pareja con un nombre propio: “violencia de género” o bien, “doméstica” que no hacen sino señalar que entre el hombre y la mujer sigue habiendo un muro imposible de domesticar, por muchas leyes integrales que se dicten.
J.A. Naranjo trata el tema de esta violencia masculina desde un aspecto clínico concreto como es la relación sadomasoquista, para lo cual se apoya de manera exclusiva en el Lacan del Seminario VIII, La transferencia.
La relación con el deseo para determinados hombres es de tal manera problemática que sólo mediante una maniobra peculiar puede reubicarse en éste, en palabras de Lacan: “Lo sexual sólo puede reintroducirse aquí de un modo violento”. Lacan analiza la relación anal como aquella en la que el otro en cuanto tal adquiere dominancia de una manera plena. Esto haría que lo sexual se manifestase en el registro propio de dicho estadio. “Hablar de estadio sádico-oral -continúa diciendo Lacan- es recordar que la vida es en su fondo asimilación propiamente devoradora”. El tema de la devoración -en el estadio oral- es lo que está situado en el margen del deseo, y que Lacan iguala con la figura llena de connotaciones de “la presencia de la garganta abierta de la vida”.
“Hay -dice- en el estadio anal, como un reflejo de este fantasma. Al estar planteado el otro como el segundo término, tiene que aparecer como abierta a esta hiancia. ¿Llegaremos a decir que el sufrimiento está aquí implicado? Es un sufrimiento bien particular. Para evocar una especie de esquema fundamental que les dará en el mejor de los casos la estructura del fantasma sadomasoquista, diría que se trata de un sufrimiento esperado por el otro. La suspensión del otro imaginario sobre el abismo del sufrimiento es lo que constituye el extremo y el eje de la erotización sadomasoquista. En esta relación es donde se instituye en el plano anal lo que ya no es tan sólo el polo sexual, sino que será el partenaire sexual”.
J.-A. Miller nos da un nuevo aspecto a considerar, que de alguna manera confluye, pero que al mismo tiempo nos da -a la manera de una foto tomada desde otro ángulo- nuevos datos sobre el tema.
J.-A. Miller habla de la “rabia del deseo”, en el capítulo XIII de su Seminario El partenaire-síntoma. Fuera de la perversión, explica, “el macho fetichiza su objeto imponiéndole ciertas condiciones tipificadas, como el deber vestirse de cierta manera, por ejemplo. Sin pasar ciertos límites que lo situarían más bien del lado de la perversión, sin llegar a ésta, son los señores -dice J.-A. Miller- “quienes se ocupan de saber cómo debe presentarse el cuerpo del Otro y, cuando eventualmente eso derrapa, son exigencias que se hacen escuchar con toda la rabia del deseo, ante la mayor o menor buena voluntad que se encuentre del otro lado”. Algo como una voluntad de uniformizar, una voluntad de poner el uniforme del deseo en el cuerpo del Otro.
Podría decirse tal vez que lo hace para volverlo “familiar”, eludiendo así el agujero insondable de un deseo distinto, sobre el que no hay dato alguno que lo pueda preparar, ni a él ni a ella.
No es ésta una bibliografía extensa ni demasiado desarrollada, únicamente tiene como objetivo reunir pequeños datos sobre el tema mediante los cuales se puede acceder a una clínica de la violencia en la pareja.
No obstante, se hace necesario recalcar algo más, el punto en el que todos los autores citados coinciden. Punto que es el centro angular de la clínica psicoanalítica. Y es que no hay estadística alguna que dé las razones de este fenómeno social. Y que no es sino en el caso por caso donde se pueden despejar las causas de esta violencia. Y en este punto tanto los hombres como las mujeres tienen su propia implicación. Margarita Álvarez, bajo el título “Mujer y violencia” comenta los cortometrajes de Itziar Bollaín y de Belén Macías, que ilustran este modo de relación de pareja, haciendo una reflexión interesante “casi casuística”, al respecto.
Algo que además, sin entrar en interpretaciones silvestres, se puede leer entre líneas en las viñetas con las que Rosalind B. Penfold, una mujer canadiense, narra su historia como maltratada.
En el momento del encuentro, él le dice, le promete, que nunca encontrará a otro hombre que la quiera tanto como él. A lo que ella replica que no quiere un hombre la quiera más. Quiere un hombre, ¡que la quiera mejor! ¿Podemos escuchar acaso en ese “mejor” la búsqueda en toda mujer de El Hombre, que Lacan dice en Radiofonía ella sólo puede encontrar en la psicosis?
Mientras arremete contra ella en la primera ocasión, sacudiéndola por los hombros, él le grita: “¡Me pides que te traiga la cena como si fuera tu criado! Te pasas la noche coqueteando con Steve... ¿¡Y luego me preguntas qué pasa!?” Primer momento de la pérdida de sí mismo ante la demanda del otro, cuando verdaderamente sorprendido le pregunta luego: “¿Qué ocurre, porqué tienes los ojos hinchados? ¡Yo he hecho eso! ¡Perdóname, te lo compensaré!”.
Así, con nuevas promesas, ella continúa a su lado y cuando se encuentra con sus amigas les repite las frases que él le dirige: “Dice que nunca creyó que podría tener una mujer como yo... Piensa que no es lo suficientemente bueno para mí... ¿Por qué será?” Palabras que acaso la ubican en el lugar de una, única, una mujer de excepción, aunque sea para lo peor.
Y cuando al cabo de muchas visitas al Hospital, una mujer mayor, tal vez su madre, le recrimina su falta de decisión a la hora de abandonar tal posición, tal aguante, diciéndole, “el amor debe alimentar, no extinguir”, ¡gran sorpresa! Ella responde: “Pero..., él me hace sentir viva”. Paradójico, en efecto, porque en realidad la está matando.
Así, tratar el tema de la violencia “de género” no es sólo hablar de él sino también de ella. Pero cada uno a su modo particular, que hay que entrar a diferenciar.
Bibliografía
VV.AA. La clínica de la sexuación. Imposible y determinación. Documento de trabajo preparatorio del XII Encuentro Internacional del Campo Freudiano.
Alfredo Zenoni, “La forma fetichista del amor”, en La clínica de la sexuación. Imposible y determinación, op.cit. pp. 31-37.
Luis Erneta, “Sin subsumir, un debate vivo”, en La clínica de la sexuación. Imposible y determinación, op. Cit. Pp. 31-37.
Manuel Fernández Blanco, “Porqué las siguen matando”. Blog-Elp, publicado en la sección de opinión del diario La Voz de Galicia.
Mercedes de Francisco, “Una perspectiva diferente sobre la violencia de género”. Blog-Elp.
José Antonio Naranjo, “Notas sobre la violencia doméstica”, en “Razón del psicoanálisis”, RBA-ELP, Barcelona, 2006, pp. 39-47.
Jacques Lacan, Seminario VIII, La transferencia. Ed. Paidós, Buenos Aires, 2003, Capítulos XIV y XXVII.
J.-A. Miller, “El partenaire-síntoma”, Ed. Paidós, Buenos Aires, 2008, Capítulo XIII, p. 288.
Margarita Álvarez, “Mujer y violencia”, en Blog-Elp. Intervención en la mesa redonda “En nombre del amor”, en las Jornadas nacionales sobre “Mujer y violencia”, organizadas por el Colegio Oficial de Psicólogos de España, Tarragona.
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LA PROTESTA DE ADLER, por Vilma Coccoz
Una de las páginas más interesantes del movimiento psicoanalítico en cuanto al tema que convoca las próximas jornadas de la ELP es, sin lugar a dudas, la referida a la primera segregación que sufriera la joven comunidad freudiana. En ella destaca, en primer plano, la concepción que Freud fue extrayendo de la experiencia psicoanalítica acerca de lo masculino.
1) Un pedazo de la historia
Nos hemos acostumbrado a despachar con desdén cualquier comentario referido a Adler. Sin embargo, a la luz de nuestros conocimientos actuales y de los retos de la clínica de orientación lacaniana, cobra todo su valor revisar las causas de la disensión de uno de los primeros discípulos de Freud, “sin duda el más enérgico entre los miembros del pequeño círculo”(1). De hecho, Freud no liquidó tan rápido el asunto: los comentarios respecto a las teorías de Adler ocupan un lugar destacado en varios textos en los que explora la dificultad estructural para establecer la diferencia de los sexos en el campo analítico, esto es, a partir del inconsciente. Hemos de reconocer que a ningún analista se le ahorra afrontar esta “roca” en la cual se nutren los prejuicios y en los que se motivan muchos errores de la práctica. Las resistencias del discurso ante lo real de la estructura cambian de nomenclatura pero su lógica permanece inalterable. ¿Cómo estar seguros de que no resucitamos cierta simetría sexual cuando hacemos uso de los adjetivos sustantivados “feminidad” y “virilidad”? ¿Somos lo suficientemente rigurosos como para diferenciar las categorías de real y semblante lo cual, según Miller, distingue la práctica del analista lacaniano? ¿No tropezamos con la misma piedra que Freud a pesar de tener a nuestra disposición los avances de la doctrina?
Como veremos, el nervio que recorre el debate de Freud con Adler concierne a la nociva tendencia a sexualizar los motivos de la represión, cuyo peligro advierte Freud como una desviación hacia otros discursos, pero que, por momentos, parece imponérsele a él mismo como consecuencia de ciertos postulados. Razón por la cual se sirve de esta polémica como un medio de progresar en sus deducciones sobre la estructura.
En su biografía de Freud, Peter Gay deja constancia de las dificultades que acarreaba la presencia de Adler en la Sociedad psicoanalítica de Viena. Jones lo describe como “malhumorado y continuamente en pleitos por cuestiones de prioridad en las ideas”, lo cual, según Gay, contrasta con la opinión que de él se tenía fuera del círculo psicoanalítico, donde se lo consideraba relajado y bromista. Gay aporta un dato sustancial al afirmar que la influencia que ejercía en sus colegas sólo se podía comparar a la de Freud. “Pero -afirma- Freud no temía a Adler, ni lo trataba como a un rival. Por el contrario, durante algunos años le otorgó un crédito intelectual prácticamente ilimitado.”(2)
Freud admiraba la inteligencia y la osadía de sus colaboradores, a sabiendas de que el psicoanálisis era una joven ciencia, y que avanzaban a tientas, acogía sin prejuicios las ideas que se exponían en la Sociedad de los Miércoles. La tesis adleriana respecto a la “influencia de la inferioridad de los órganos” en la etiología de la neurosis, fue admitida, con pequeñas reservas, como un complemento de las tesis freudianas.
Adler era un comprometido activista político, -estaba casado con una rusa socialista que propició la amistad con el matrimonio Trotsky-, valoraba también la influencia del medio y la educación en la génesis del malestar subjetivo, y en este aspecto la coincidencia con las ideas freudianas era evidente. Durante esos primeros años, Freud puso en práctica sus habilidades políticas “para navegar en fuerzas opuestas y proseguir con su programa”(3). Hasta el congreso de Nümberg, en 1910, durante el cual se enfrentó públicamente a Adler evidenciando divergencias irresolubles que acabarían, poco tiempo después, con la ruptura. Esta sobrevino durante los meses de enero y febrero de 1911. A instancias de Hichmann, quien le animó a presentar sus teorías ante la Sociedad vienesa, Adler expuso su estudio sobre “la protesta masculina como problema nuclear de la neurosis”. Freud reaccionó con vehemencia discutiendo punto por punto los planteamientos que alejaban tales postulados del campo del psicoanálisis.
2) Política y discurso
En 1914, luego de haberse producido otra importante deserción, la de Jung, Freud asume una posición tajante en defensa del discurso analítico: “El psicoanálisis es, en efecto, obra mía. Durante diez años fui el único en ocuparme de él (…). Todavía hoy, no siendo ya el único psicoanalista, me creo con derecho a sostener que nadie sabe mejor que yo lo que es el psicoanálisis, en qué se diferencia de los demás procesos de investigación psíquica y qué es lo que puede acogerse bajo su nombre o debe ser excluído de él.”(4)
Esta ejemplar manifestación de la responsabilidad que se asume, en soledad, en relación a la Causa analítica, nos hace recordar las decisiones que hubo de asumir más tarde Lacan, cada vez que se jugaba la suerte del discurso analítico.
Freud siempre se abstuvo de polemizar con sus adversarios y detractores. Sin embargo, se vio en la necesidad de esclarecer las razones de la defección de dos destacados colaboradores, Adler y Jung: “Callar sería comodidad o cobardía y perjudicaría más al psicoanálisis que revelar públicamente los daños sufridos.”(5)
Freud inicia su razonamiento con una partición de aguas: la primera labor de psicoanálisis ha sido la explicación de la neurosis tomando como punto de partida dos hechos derivados de la experiencia clínica: la resistencia y la transferencia, cuyos resortes se vinculan a un tercer hecho, la amnesia subjetiva. Esta evidencia clínica ha propiciado la génesis de la teoría de la represión, debido a la acción de las pulsiones sexuales y del inconsciente. Pero el psicoanálisis “no ha aspirado nunca a ofrecer una teoría completa de la vida psíquica humana (…)”(6). En tal limitación, básica, del campo analítico, asienta Freud la primera crítica a Adler, quien pretende “hacer comprensibles la conducta y el carácter de los hombres al mismo tiempo y por el mismo medio que sus enfermedades neuróticas y psicóticas.”
Freud admite haber “estudiado al doctor Adler” y “reconocido sus importantes dotes, sobre todo en el orden especulativo”, haciendo constar que, aún habiendo detectado sus limitaciones para la comprensión del inconsciente, confiaba en los aportes que podría realizar al estudio del sustrato real de las pulsiones a partir de los valiosos trabajos sobre la inferioridad orgánica. Pero Adler acabó apartándose de este camino y ello en razón de su más personal “protesta” ante la autoridad de Freud, confesada por el propio Adler a sus colegas vieneses: “¿Cree usted que es un gran placer para mí permanecer toda mi vida bajo su sombra?”.(7)
Freud no reprueba la ambición de un hombre joven ni su franca confesión, dado que “de todos modos se pondría en evidencia como uno de los móviles de su labor”. Lo que Freud condena es la ausencia de límites de su “indómita manía de prioridad y la mezquina malevolencia que deforma su labor científica”.
Freud expone con detalle las razones de la ruptura con la teoría adleriana a la que califica de “sistema”: una “categoría que el psicoanálisis ha evitado siempre cuidadosamente”(8). Considera que se trata de un síntoma, un ejemplo neto de “elaboración secundaria”, es decir, una interpretación errónea y deformada por acción de la defensa del material del que se ocupan los estudios analíticos. La teoría de Adler -argumenta- se caracteriza más por lo que niega que por lo que afirma. “(…) se compone de tres elementos de valor desigual: las excelentes aportaciones a la psicología del yo, las traducciones -superfluas, pero admisibles- de los hechos psicoanalíticos a la nueva jerga adleriana, y las deformaciones y disociaciones de tales hechos en tanto no se adaptan a las hipótesis del yo”. (9)
Sólo la tercera parte de la teoría adleriana, la “protesta masculina” está “constituída por la deformación y del cambio de sentido de los hechos analíticos” (10): Según esta proposición el carácter y la neurosis derivan del propósito de autoafirmación del individuo, de su “voluntad de poderío”. Freud considera que este motor, la protesta masculina, no es más que la represión, desligada del mecanismo psicológico y sexualizada.
3) “La protesta masculina existe” (11)
Desde luego, tal protesta existe, admite Freud, pero “al constituirla en el motor del suceder anímico se le ha adjudicado a la observación el papel de trampolín utilizado para tomar impulso, pero totalmente abandonado al elevarse”(12). En este punto se inicia una difícil puesta a prueba dialéctica con la tesis adleriana que no concluirá hasta Análisis terminable e interminable.
¿Cuál es el telón de fondo de esta discusión? ¿Qué considera Freud como “masculino”?
La primera respuesta figura en Los tres ensayos. No encontramos ninguna definición, ni tampoco ninguna consideración de los valores morales de la hombría clásicos, ni de los promovidos por la cultura decimonónica, sino la constatación de que el descubrimiento del inconsciente ha venido a sacudir los referentes biológicos y sociológicos de la polaridad sexual. Freud propone, a partir de la tesis sobre la bisexualidad, una traducción de los términos masculino-femenino por el par pasividad-actividad. Esta tesis no supone la resolución cómoda de ningún “hermafroditismo psíquico”: tal es así que, en los hombres, puede coincidir con la inversión la más completa virilidad psíquica.” (13)
Como lo constata Paul-Laurent Assoun (14), en vano buscaremos un equivalente a los estudios sobre La feminidad, en los que resalta el carácter de enigma, de roca sobre la que se topa y se estampa el saber inconsciente. La expresión “enigma de la masculinidad” se prestaría al ridículo, sería sintomática de lo cómico fálico, afirma. Como inadecuadas se muestran de inmediato expresiones tales como “un eterno masculino”, apto para suscitar alguna pasión faústica. De ahí que Assoun prefiera distinguir el “enigma femenino” del “problema masculino”. Lo masculino y lo femenino, continúa este autor, lejos de redoblar la diferencia hombre/mujer va a “introducir una extraordinaria complicación que sólo el arte metapsicológico permitirá extraer de la confusión. Una vez hecha la traducción de masculino por activo, se trata de descifrar la vertiente psíquica inconsciente con ayuda de esta clave: no debe entenderse que el hombre sería activo y la mujer, pasiva. La pulsión es siempre activa, incluso cuando su fin es pasivo. La dualidad activo/pasivo referida a la vida pulsional concierne al fin de la pulsión, en ningún caso a su esencia.
Retomando la argumentación que figura en Historia del movimiento analítico. Freud propone, con el fin de rebatir la tesis de Adler, examinar las consecuencias de un fantasma primordial, la visión del coito parental. Ante esta imagen “…se apoderan del infantil espectador masculino dos impulsos: el activo, de ocupar el lugar del hombre, y el contrario, pasivo, de identificarse con la mujer. Sólo el primero puede ser subordinado a la protesta masculina si hemos de conceder un sentido a tal concepto. Pero, precisamente es el segundo, ignorado por Adler o indiferente a él, el que entraña mayor importancia para la neurosis posterior.” (16)
Esta reflexión está en consonancia con los problemas clínicos que le planteara el caso del Hombre de los lobos: en quien no encontró “ninguna tendencia sexual masculina victoriosa”. Y es que a la distinción activo/pasivo debe añadirse otra dualidad, derivada del orden fálico y de la castración: el par castrado/no castrado. La posición masoquista del joven ruso respecto al padre y las tendencias sexuales pasivas encuentran una repulsa por parte de la virilidad narcisista del sujeto, pero Freud no consigue explicar el resultado sintomático por la acción de la represión y por la eficacia de la angustia de castración. ¿Cómo conjugar, en efecto, estas dos afirmaciones, que “ninguna tendencia sexual masculina saliera victoriosa” con la acción, en el sujeto, de una “repulsa por parte de la virilidad narcisista” ante las tendencias pasivas? Dicho en otros términos, ¿por qué una probada posición pasiva respecto al padre no determina una elección homosexual? ¿En qué se sustenta el sostén de un semblante varonil si el sujeto “no quiso saber nada de la castración en el sentido de la represión”? ¿Cuáles son, entonces, los otros sentidos posibles ante la castración? Estos problemas dan lugar a la indagación freudiana sobre el goce en los años 20.
La crítica de Adler en Historia del movimiento… se extiende a otros aspectos que no consignaremos aquí. Sólo retenemos el argumento que afecta a la etiología de la neurosis: Al colocar su protesta por fuera de la órbita de la castración, Adler deja de lado la impronta de la neurosis infantil como matriz causal de la neurosis, de tal manera que los sentidos “biológico, social y psicológico de lo masculino y lo femenino quedan fundido en un estéril producto mixto” (16). Esta valoración es muy útil a la hora de valorar los estudios sobre las identidades que se han venido realizando a partir de los años ‘70. Consideradas en su estatuto de meras construcciones simbólicas o discursivas, estas teorías desconocen aquello que el psicoanálisis sitúa en el corazón de la práctica y la teoría: lo real de la sexualidad.
4) El fantasma de flagelación
Las preguntas abiertas gracias al caso del Hombre de los lobos se despliegan en el estudio del fantasma. La discriminación de tres fases en la constitución del fantasma fundamental da la oportunidad a Freud de ordenar sus diferencias en los niños y en las niñas y, también, extraer un nódulo común que desconoce la diferencia sexual, esto es, la posición inconsciente, pasiva y masoquista ante el padre. Las sutilísimas transformaciones y transmutaciones pulsionales en un intricado juego de inversiones, transposiciones y regresiones dibujan una complicada topología cuyo resultado será el fantasma Pegan a un niño: “un resto legatario de la libido y sustentáculo de la culpabilidad” (17) que deberá descifrarse palmo a palmo en el análisis.
Freud estudia la tendencia masoquista derivada del fantasma de fustigación y la compara con la del sujeto en posición perversa -que es la “masoquista propiamente dicha”- para quien el goce sexual con una mujer resulta imposible. En las fantasías, a veces confesas, el sujeto “se atribuye el papel de la mujer de tal manera que su masoquismo coincide con una actitud femenina” (18). Assoun habla de la “efigie de la mujer” mediante la que el masoquista construye la escena cuyo guión propone a los actores del “teatro de la pasividad” (19).
En cambio, el análisis revela la causa de la impotencia “simplemente psíquica”, neurótica, en una “refinada actitud masoquista, hondamente arraigada”. Esta raíz se puede reconstruir siguiendo los avatares de la formación del fantasma sustitutivo, consciente, a través de los cuales el niño, cambiando el sexo del fustigador (20) (Soy pegado por mi madre) escapa a la homosexualidad mediante la represión y la transformación de la fantasía inconsciente. De ello resulta una actitud femenina sin una elección homosexual de objeto. La fantasía consciente, egosintónica, sostén del semblante viril, le permite conservar su propiedad: tiene algo con lo que satisfacer a la madre, más tarde, a las mujeres. ¿No es precisamente esta fantasía consciente la causante de la servidumbre amorosa que el sujeto puede llegar a admitir sin tapujos?(21) ¿No se obtura así la división del sujeto y se abona el contrabando por el cual el sujeto verá brillar, hipnotizado, la falla en el objeto (madre, dirne)? La misma que formará parte de la degradación estructural de la vida amorosa por hermanarse a la condición fetichista de la elección de objeto. Se esboza en este laborioso trabajo de la defensa la disposición a la neurosis obsesiva, que coloca la Demanda en el lugar del Deseo, salvaguardando la identificación imaginaria con la que el sujeto cree cubrir los gastos que el superyo le reclama por una actividad “ilegítima”, por la secreta impostura.
En cambio, la niña, en la formación de la fantasía sustitutiva, conserva la persona del padre y, con ella, el sexo de la persona que ejerce el papel activo. Pero elude en el mismo proceso las exigencias de la vida erótica; imagina ser un hombre, aunque sin desarrollar actividad alguna masculina y se limita a presenciar, como simple espectadora, el acto de fustigación, sustituto del sexual. Esta fantasía sustitutiva podrá conjugarse con el fantasma histérico que se nutre en los dramas del deseo: “imagina ser un hombre”, juega un semblante fálico (“sin desarrollar actividad alguna masculina”) privándose de la satisfacción erótica. La condición de espectadora le aporta un goce sustitutivo del goce sexual que cifra el rechazo del cuerpo.
En ambos casos el fantasma inconsciente determina en el sujeto una posición pasiva, masoquista, y la actividad, lo masculino, se atribuye al padre imaginario o real. El mito del padre de la horda se corresponde con estos hallazgos de la clínica del fantasma. Con lo que vuelve plantearse el espinoso asunto de la relación de la represión con el carácter sexual porque, según estos resultados, lo que distingue al niño de la niña son los fantasmas conscientes, sustitutivos -construidos mediante la acción de la represión- del fantasma fundamental y resultado de una compleja alquimia y cinética del goce. En un refinado ejercicio dialéctico Freud ¡contrasta estas conclusiones con las teorías de Fliess y Adler! (22)
“La primera se apoya en la constitución bisexual de los individuos humanos y afirma que la lucha de los caracteres sexuales es en todos y cada uno de ellos el motivo de la represión” (23). El sexo predominante relegaría al inconsciente sojuzgado. Esta teoría tiene sentido, afirma Freud, “si consideramos determinado el sexo de un individuo por la estructura de sus genitales, pues de lo contrario resulta difícil precisar cuál es el sexo predominante en un ser humano” (24).
La segunda teoría, la “protesta” también considera que en los motivos de la represión es decisiva la lucha de los sexos aunque los argumentos no son biológicos sino sociológicos: según ésta, el individuo se resiste a permanecer en la línea femenina, inferior, y tiende a la masculina, única satisfactoria. Así se explica tanto la formación de las neurosis como del carácter. Según esta idea, el síntoma, retorno de lo reprimido, sería un resultado de un impulso femenino.
Freud demuestra la incorrección de estas teorías poniéndolas a prueba respecto del núcleo inconsciente del fantasma fundamental: “yo soy amado (maltratado) por el padre”. Si aceptáramos la primera teoría no se entendería porqué el niño, una vez efectuada la represión, en la fantasía consciente, muestra nuevamente la actitud femenina, aunque referida a la madre. Tampoco se comprendería porqué, la fantasía consciente de las niñas que corresponde al sexo predominante debería sucumbir a la represión. Podría objetarse que los sujetos que forjan estas fantasías son niños afeminados o niñas hombrunas. Pero la relación afirmada entre el carácter sexual manifiesto y la selección de lo destinado a la represión continuaría siendo insostenible. Lo cual permite establecer una primera conclusión: “Tanto en los individuos masculinos como en los femeninos se dan a la vez impulsos masculinos y femeninos, que pueden igualmente ser relegados al inconsciente por la represión” (25).
Freud admite que la teoría de la propuesta masculina parece resistir mejor el contraste con los fantasmas de flagelación. Ambos sexos intentan librarse de la permanencia en la línea femenina (pasiva) por medio de la represión. La protesta masculina alcanza un éxito completo sólo en las niñas. (¡!) En los niños no queda completamente abandonada la línea femenina, pudiera ser que fuera un síntoma nacido de un fracaso de la protesta masculina. Pero es preciso admitir que la fantasía de la niña, nacida de la represión, tiene el valor y la significación de un síntoma. Si la teoría fuera correcta debería faltar la oportunidad para la creación de síntomas. Además, es preciso reconocer que existen deseos y fantasías masculinos, activos, que sucumben también a la represión. La protesta masculina permite explicar la represión de las fantasías masoquistas pero es inutilizable para explicar el caso inverso.
Con esta argumentación Freud concluye: “La teoría basada en la observación sostiene que los motivos de la represión no deben ser sexualizados” (26). La selección de lo que caerá bajo la represión se vincula con aquello que, en el recorrido de la estructuración subjetiva, debe ser dejado atrás por tratarse de un goce “inútil, incompatible con lo nuevo o perjudicial (…). La sexualidad infantil vencida por la represión es la fuerza impulsora principal de la formación de los síntomas”(27).
5) El verdadero nombre de la protesta
Podríamos pensar que lo anterior constituye la estocada final a la teoría de Adler. Sin embargo, la vemos reaparecer en Análisis terminable e interminable.
En el final del texto, Freud admite que la dificultad esencial con la que tropieza el psicoanálisis se enlaza a la diferencia de los sexos. Una es propia de los hombres, la otra, de las mujeres: “algo que los dos sexos tienen en común ha sido forzado (…) a expresarse en distintas formas”. La envidia de pene y la lucha contra la actitud pasiva frente a otro hombre tienen en común una actitud frente al complejo de castración. En este caso, Freud declara que el término “protesta masculina” de Adler se acomoda al caso del varón. Aunque no deja de advertir que lo rechazado “no es la pasividad en general, sino la pasividad frente a un varón” (28). Por tal motivo introduce otro término, “repudio de la feminidad”, más preciso para describir “este notable hecho en la vida psíquica de los seres humanos” (29).
Este nuevo nombre del rechazo a la castración , “algo común a los dos sexos” va más allá de la represión, que sólo conoce el lenguaje simbólico de la libido: los pares actividad-pasividad y castrado-no castrado con cuyos argumentos inconscientes se escribe el “error natural” de la sexualidad (30). En cambio, ese mismo lenguaje inconsciente repudia o rechaza, no escribe, -porque no es una defensa “en el sentido de la represión”- la feminidad, la cual es, por definición, la “roca viva”, un real imposible de escribir (que Freud denomina “territorio biológico”). Esto es, “el gran enigma de la sexualidad” (31).
La diferencia “natural” de los sexos en los seres que hablan recibe, en el discurso analítico, un tratamiento distinto porque en éste se descubre una diferencia lógica: La disimetría entre los sexos escapa a cualquier dualidad porque en ella están implicados registros diferentes, no se trata sólo de una diferencia significante. Lo decisivo para resolver este gran escollo del goce será la maniobra con la resistencia “que evita que aparezca cualquier cambio” (32).
Entendemos que el cambio necesario es el que debe operar el pasaje del discurso del amo al discurso analítico, donde con ayuda del analista, el sujeto puede encontrar “los ánimos necesarios para reexaminar y modificar su actitud” hacia este imposible de la estructura. Y gracias a lo cual se accede al uso alegre de los semblantes. Aligerados de las penosas hipercompensaciones, aliviados del trabajo defensivo, los hombres en análisis pueden recuperar la capacidad de acción, de tal modo de conseguir disolver las inhibiciones que gravitan sobre su “actividad”. Para ello es preciso que sean resignados “los encantos de la impotencia”, signos de un goce de la pasividad que hunde sus raíces en lo que queda de la falla del padre.
Notas:
[1] Jones, E. Vida y obra de Sigmund Freud. Tomo II LUMEN-HORMÉ. 1997. Pág. 14
[2] Gay, P. Freud. Paidós. Barcelona. 1989. Pág. 253
[3] Idem, pág. 255
[4] Freud, S. Historia del movimiento analítico. Obras Completas. Tomo II. Madrid. 1973 pág. 1895
[5] Idem, pág. 1920
[6] Idem, pág. 1921
[7] Citado por Freud. Idem, Pág. 1921
[8] Idem, Pág. 1922
[9] Idem, Pág. 1922
[10] Idem, Pág. 1923. El subrayado es nuestro.
[11] Idem, Pág. 1923.
[12] Idem.
[13] S. Freud, Tres Ensayos para una teoría sexual. Obras Completas. Tomo II. Biblioteca Nueva. Madrid. 1973. pág. 1176
[14] P. L. Assoun: L´Être-homme inconscient. En Trames Nº 28
[15] S. Freud, op. cit. Pág. 1923
[16] Idem. Pág. 1924
[17] S. Freud: Pegan a un niño. Obras completas. Biblioteca Nueva. Tomo III. Madrid 1973. Pág. 2473
[18] Idem. Pág. 2476
[19] P. L. Assoun. op. cit. Pág. 24
[20] “El niño cambia la persona y el sexo de la persona activa de la fantasía, sustituyendo el padre por la madre y conserva su propia persona, de forma que al final la persona que golpea y la que recibe los golpes son de sexo diferente.” Freud, op. cit. Pág.2477
[21] “soy un calzonazos” decía tranquilamente un paciente. Las chanzas sobre “la patrona“: “en mi casa manda mi mujer” o “es ella la que lleva los pantalones”, son habituales y no escandalizan a los oyentes.
[22] Dos autores que plantearon una teoría sexual alternativa a la freudiana.
[23] S. Freud: Pegan a un niño. Obras completas. Biblioteca Nueva. Tomo III. Madrid 1973. Pág. 2478.
[24] Idem Pág. 2478. El inconsciente reprimido estaría formado por pulsiones femeninas en el hombre y por masculinas en la mujer.
[25] Idem Pág. 2479
[26] Idem Pág. 2480 El subrayado es nuestro.
[27] Idem Pág. 2480
[28] S. Freud: Análisis terminable e interminable. O. C. Tomo III. Pág.3364
[29] Idem Pág. 3363
[30] Coccoz,V.: Variantes del querer en la superficie del gusto. En Freudiana Nº 58. En este texto he tematizado la distinción que Lacan elabora en el seminario Ou pire… entre sexualidad “natural” y sexualidad lógica.
[31] Freud. Op. Cit. Pág. 3364
[32] Freud. Op. Cit. Pág. 3364
29 de Octubre de 2010
Too Mach! Conclusiones, ideas y problemas. Hacia las IX Jornadas de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis “Los hombres y sus semblantes” Número 7 Responsable: Gustavo Dessal

EDITORIAL, por Gustavo Dessal
¿Cómo se elige el sexo? Cuestión verdaderamente problemática. Desde hace algunas décadas, la cirugía puede cambiarlo como respuesta a una demanda. Eso demuestra que, más acá de la anatomía, hay un sujeto. En el fondo, la verdad del transexualismo es la elección: el sexo se “declara”, decía Lacan en “El saber del psicoanalista”. Nos lo explica muy bien Araceli Fuentes, mostrando que para Lacan la polaridad hombre-mujer se desplaza hacia la opción entre el todo y el no-todo respecto de la función fálica. ¿Y cómo se sitúa el sujeto en una u otra posición? Allí es donde reside la complejidad del asunto, y la respuesta se bifurca. En Lacan hay al menos dos formas de abordarlo: el determinismo freudiano (especialmente explorado en el Seminario IV “La relación de objeto”), o la “decisión del ser” que incumbe a una elección de goce que no responde al significante amo. Posiblemente no se trate de escoger entre una u otra versión lacaniana, sino de conjugar ambas, lo cual no es sencillo. Articular la determinación edípica (el deseo de la madre y su transmisión o recusación del Nombre del Padre) y el modo en que un sujeto se autoriza por sí mismo como ser sexuado, es todo un desafío para el psicoanalista.
Lo que sin duda insiste es el misterio de la diferencia, la llamada de la Otra cosa entrometiéndose en el principio del placer, que, para hastío del deseo, siempre anhela lo mismo. Es lo que le pasaba al Papa Clemente VIII, que se cansó de comer faisán al horno todos los días. Aunque parezca mentira, de la mano de esta historia y de un vídeo (tranquilos, se trata de otro vídeo) Juan Carlos Tazedjián nos introduce al “amor después”. Ahora resulta que con esto de ser modernos, hasta los viejos se aprovechan, y sueltan a la patrona de toda la vida para demostrar que la novedad puede obrar más milagros que el Viagra. Es algo que siempre se ha sospechado, pero la entrevista pretende dejarlo bien claro.
La diferencia sexual: el psicoanálisis ha hecho de ella el alfa y el omega del sujeto, y no por azar, sino porque la asociación llamada libre demuestra todo el tiempo que es siempre en esa misma espina donde el hilo de la historia se engancha y se enreda. Fíjense, si no, en el pequeño recuerdo del paciente de Juan Pundik. Cada uno encuentra la diferencia a su manera.
Francesc Roca y Juan de la Peña se abocan de lleno a la cuestión del hombre y la paternidad, tema que Ana Lía Gana ya inició en números anteriores. ¿Ser hombre implica devenir padre? Francesc Roca nos invita a reflexionar, bajo la guía de algunos textos de Eric Laurent, sobre la célebre frase de Lacan en “RSI”: “Un padre es digno de amor y respecto..., etc.”. Interesante lo que Lacan nos sugiere allí: medir al padre por su condición de hombre, y no al revés. “¿Qué es el hombre más allá del padre?”, se pregunta Juan de la Peña. Lean su investigación, casi detectivesca, surgida a la luz de su propio advenimiento a la paternidad, y vean el fruto de su afán etnográfico: nos descubre un nuevo espécimen de padre, una suerte de híbrido surgido de esa conjunción de corrección política, ideología de la igualdad de géneros, y derretimiento de los significantes amos. “Se buscan abuelos”, titulaba el escritor Heinrich Böll a uno de sus cuentos. Ahora habrá que retocar el anuncio: sobran madres.
¿Qué le habrán visto a Brummell para convertirlo en paradigma del “heroismo viril”?, indaga en su artículo Claudine Foos. De paso, nos regala algunos recuerdos sobre los hombres de su familia, y una sentencia de su suegro que merecería figurar en los planes de estudio del Instituto del Campo Freudiano.
Lo mejor de todo es que, gracias a estas Jornadas, podemos hacernos una idea más cabal de lo que les gusta a las psicoanalistas. No cualquier hombre consuena con su inconsciente, así que desde esta Redacción recomendamos estudiar sus textos cuidadosamente. Ellas dan pistas por todas partes, de modo que ya no valdrá escudarse en el “eterno femenino” para decir que nadie puede saber lo qué quiere una mujer. Para no ser objeto de anatemas, apresurémonos a decir que los colegas (ellos) no se quedan atrás a la hora de mostrar algunos de sus ensueños.
Palabra de amor, palabra de honor. José Rubio se las ingenia para asegurar que, además de los escotes, a los hombres también les interesan las palabras, y que la ternura forma parte de sus virtudes potenciales. Estamos plenamente de acuerdo con él. Para llevarla al huerto, el hombre debe saber cosquillear el fantasma de ella con palabras: con lo otro no alcanza.
¿Qué mejor final para este número que la bellísima ilustración del genial Manara, a propósito de Anita Ekberg en “ Bocaccio 70”, el inolvidable film de Fellini? Observen al hombre pasmado, empequeñecido, con sus atributos fálicos (sombrero, paraguas y maletín) paralizados ante la inmensidad de la mujer. Su goce (el de ella) es más grande, ironizaba Lacan. Y Manara no cesó de dibujarlo.
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LA ELECCIÓN DEL SEXO, por Araceli Fuentes
Cuando Lacan afirma “Ellos pueden elegir” con relación al sexo, no está hablando de ningún libre albedrío, el uso del término “elección” parece paradójico con respecto a lo que es la idea común de que hay determinación del sexo, ya sea que se atribuya a la naturaleza o a la cultura.
En cualquier caso, si hay elección del sexo se trata de una elección forzada entre dos únicas opciones: el todo y el no-todo fálico, y de esta elección el sujeto no es el agente. ¿Quién elige, entonces, el sexo?
En su seminario “Les non dupes errent”, Lacan afirma que el ser hablante como ser sexuado se autoriza de sí mismo, los sujetos se ven empujados a ello porque el inconsciente dice mal el Sexo, sólo conoce el Uno fálico y desconoce por completo el Otro, de ahí que digamos que el inconsciente es homosexual o, como decía Freud: que hay una sola libido.
Autorizarse de sí mismo quiere decir que, en lo que respecta al sexo, el ser parlante no se autoriza ni del semblante, ni del Otro, ni de los ideales, ni de las prescripciones que vehiculiza el discurso, si no de sí mismo.
¿Qué significa autorizarse de sí mismo como que ser sexuado?
El sí mismo en cuestión no es el yo, tampoco es el Otro, el sí mismo del que se trata son las respuestas de su goce, es decir, las que pueden situarse o bien del lado todo fálico o bien del lado no-todo fálico, las que deciden el sexo del ser que habla, lo que supone que, a nivel de la sustancia gozante (no del plus de goce), el goce es imposible de comandar por parte del sujeto; más bien, al contrario, es el goce el que comanda los efectos sobre el sujeto. Por ello es imposible educar el pene, éste tiene sus caprichos, tampoco es posible educar el orgasmo femenino. Así, pues, autorizarse de sí mismo como ser sexuado quiere decir también que el goce del ser hablante vivo y sexuado escapa al mandato de cualquier forma de significante amo.
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MÁS ALLÁ AÚN, por Juan Pundik
Más allá de Freud, el propio Freud de 1895 a 1939, y luego Lacan. Más allá de Lacan, el propio Lacan desde su Seminario 1 hasta el final de su última enseñanza, y Miller. Y más allá, Aún, nuestra clínica cotidiana intentando actualizarse al vertiginoso proceso de cambios de la sociedad en la que vivimos y en consecuencia a la de quienes nos consultan acuciados por los nuevos síntomas, manifestaciones pulsionales y fantasmáticas a través de los cuales esos cambios se van manifestando.
Del Lacan de las estructuras clínicas fijas del Seminario 3 y de Una Cuestión preliminar…, pasamos al Lacan de la lógica del no-todo y al de la clínica de los nudos borromeos del Seminario 19, y ya no-borromeos de los Seminarios 22 y 23, a la forclusión generalizada del Miller de El hueso de un análisis y a los inclasificables de las reuniones de la ECF. A las psicosis ordinarias, las compensadas, las suplementadas, las no desencadenadas, las medicadas y las no medicadas, las en terapia, las en análisis, las que evolucionan, las sinthomatizadas, pero también los psicóticos que hacen transferencia y los que no. Y, en consecuencia, vuelta al Lacan del caso por caso y de la lógica del no-todo. ¿No todo psicótico, no todo neurótico?
¿Y lo masculino y lo femenino? ¿Todo masculino, todo femenino? ¿Y la homosexualidad y la heterosexualidad? ¿Todo homosexual, todo heterosexual? La clínica se complejiza, los analistas nos vemos abocados a desarrollar más creatividad e inventiva que nunca para abordar los retos que nos plantea la actualidad. Y continuar haciéndonos más preguntas que dándonos respuestas. A mi pregunta: “¿Cuándo descubriste las diferencias sexuales?”, un paciente adulto contestó sin dudar: "Tengo la escena presente como si fuera hoy. Nos estábamos duchando mi padre y yo en el vestuario del gimnasio, y me sorprendí de lo grande que la tenía él en comparación con la mía." ¿Será esa la diferencia sexual para muchos obsesivos? ¿Habrá otra para algunos? ¿Qué escuchamos cuando escuchamos? ¿Al otro, al Otro o a nosotros mismos?
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PREGUNTAS SOBRE LA PATERNIDAD, por Francesc Roca
Tantas veces como he leído en la presentación de las IX Jornadas de la ELP los ejes con los que se quiere ordenar las ponencias, el término “modalidades de la paternidad” me ha resultado problemático si entendía el término “modalidades” como sinónimo de manera de hacer algo, ya que la paternidad parecía entonces limitada a un ejercicio, a una actividad que se expresa de tal o cual forma, de distintas versiones de la paternidad con las que podría confeccionarse un catálogo. Algo parecía quedar elidido en la formulación.
Por ello, decidí tomármelo en serio y, después de buscar en el Diccionario de filosofía de Ferrater Mora, acabé recalando en la Crítica de la razón pura, donde Kant distingue respecto de los juicios, es decir del “conocimiento mediato (no dependiente de la experiencia sensible, por tanto) de un objeto y, consiguientemente, una representación de una representación del objeto”, 3 modalidades: asertólicas (juicios que consideran la afirmación o la negación como algo real); apodícticas (juicios que consideran que algo se concibe como necesario); y problemáticas (juicios que consideran algo como meramente posible). Así “los juicios cuya relación constituye algo hipotético (si se es hombre, se puede ser padre, podemos decir) e igualmente aquellos en cuya relación consiste el disyuntivo (u hombre o padre, podemos decir) son todos meramente problemáticos”.
Ello nos lleva a una primera cuestión: respecto del hombre, en su relación con el falo, ser padre ¿es un juicio de existencia, un en-sí del hombre respecto de su capacidad genitora; o un juicio de atribución, es decir, el reconocimiento de una cualidad, de una función, de un modo de relación con el falo? La respuesta a esta pregunta no es tan evidente puesto que, para que un hombre se reconozca como padre, hace falta un tercer elemento con el cual el hombre mantiene una relación de contingencia: el hijo, aunque la posibilidad de uno, el hijo, no remite necesariamente a la posibilidad del otro, el padre.
Lo problemático de esta contingencia fue reconocida ya por el derecho natural que contrapuso un principio de derecho, es decir algo frente a lo cual no podían establecerse pruebas de su contrario ( mater semper certa est) a una incertidumbre ( pater semper incertus est). Por tanto, este elemento contingente de la paternidad, el hijo, lleva aparejado un elemento con el que mantiene una relación de necesidad, la madre, si bien la ciencia, y más en concreto el ADN, ha transformado a su vez la incertidumbre de la paternidad en otro principio de derecho ya que puede establecer también la paternidad de forma irrefutable reduciéndola así a la mera capacidad fecundativa puesta en acto. ¿Permite ello plantear como equidistantes la función de la maternidad y la función de la paternidad?
La respuesta a esta pregunta me lleva a lo que Eric Laurent, en un texto que ha sido una de las referencias importantes en la preparación de este trabajo. “Un nuevo amor por el padre”, señala como ficciones jurídicas de la paternidad, ficciones jurídicas que vienen a desplazar a los antiguos ideales ya que la ley del padre, ley asumida individualmente, se transforma en una ley desde fuera que reduce el padre al esperma y transforma la paternidad en una sanción legal, en su acepción más próxima a la de multa.
Así pues, resulta problemático, muy problemático pensar la paternidad como juicio de existencia. Desde un punto de vista irónico, para comentar las dificultades de este juicio basta con leer el pasaje de Los diarios de Adán y Eva de M. Twain en el que Adán se enfrenta con absoluta perplejidad al nuevo ser que Eva ha traído, y que dice haberse encontrado en el bosque, dado que el encuentro se produce antes de que Eva coma la manzana y la muerte entre en el paraíso.
Veamos entonces la paternidad desde el punto de vista de un juicio de atribución. La primera pregunta que se plantea es quién realiza este juicio de atribución, quién atribuye a un hombre la cualidad de padre. De nuevo la respuesta no es evidente, ya que nos encontramos con distintos aspectos de lo que Lacan llamará versiones del padre, lo que nos lleva a considerar el padre como una función, como un para todos opuesto a la existencia, a la singularidad.
Para apuntar a lo que considero esencial de esta cuestión tomaré una cita de Lacan recogida por E. Laurent en el texto citado: “Un padre no tiene derecho al respecto, ni al amor, salvo que dicho amor, dicho respecto esté (…)père-versement orientado, es decir que haga de una mujer el objeto a de su deseo. Pero lo que una mujer a-coge así, no tiene nada que ver en el asunto”.
Partiendo de esta frase de Lacan, podemos plantear la cuestión desde otro punto de vista. Del lado del hombre encontramos una convergencia entre ser hombre (para una mujer) y ser padre que, a su vez, tiene dos versiones, dos père-versiones: padre es el que da un hijo a una mujer; y padre es el que, sosteniéndose como semblante de la ley, separa de manera adecuada al hijo de la madre. Así pues, ser padre no es una norma, es un acto “lo quiera o no” dice Lacan, es decir, ajeno a su voluntad.
En este sentido, como señala E. Laurent en otro texto, “El niño como reverso de las familias”, podemos entender al padre de familia como “el sueño del neurótico que, para inscribirse en el Otro, quiere ser de este modo garantizado”.
Del lado de la mujer, por contra, encontramos una divergencia entre feminidad y maternidad. Si la feminidad Lacan la sitúa del lado de la mascarada en la renuncia de su goce Otro, de su singularidad, lo que le va a permitir una identificación simbólica al falo (ser el falo de Otro, ser su objeto de deseo), es del lado de la maternidad del que se articula la demanda de objeto que reduce el falo imaginario a su utilidad seminal.
Es en este aspecto que al hombre, en su función de padre sostenido por el deseo de la madre, se le presentan los dos aspectos del padre freudiano: el padre del tótem, el padre Dios y el padre de la castración en el cual se da la dualidad entre privar (padre simbólico, NP) y no dar (padre imaginario).
Si el padre, en el ejercicio de su función de padre se identifica a esta función paterna, todo padre es Dios, nos encontramos con el padre de Schreber ya que sin asesinato del padre, todo NP es apócrifo. Por ello, “Deducimos que la principal virtud del padre es no identificarse con la función. Debe cuidarse y atenerse a la contingencia de su encuentro con la mujer a la que convirtió en madre a causa del entrecruzamiento de los objetos-causa de cada uno”.
Vemos hasta aquí que difícilmente puede desligarse la función paterna de la función fálica dependiendo el aspecto del primero, el padre como función, de los avatares de dicha función fálica.
Hasta aquí he querido trazar una visión general de la función paterna. Pero, ¿qué ocurre cuando la función fálica se limita a “tener el falo”? Entiendo que, si la castración depende del Discurso del Amo, donde ser y tener el falo están en constante dialéctica a causa de la castración, en el Discurso Capitalista la función fálica queda limitada a “tener el falo” debido a que en dicho discurso no hay otro que de forma a la función fálica mediante el deseo, con lo que dicho deseo queda limitado a la voluntad de tener y a la accesibilidad a aquello que se quiere tener.
Por ello, podemos preguntarnos si, en este contexto y respecto de la relación madre-hijo, la palabra “padre” fija algo o ya no fija nada. Así, como bien señala E. Laurent en los dos artículos que he citado, podemos pensar que en las nuevas formas de familia, reguladas por la ley social, la paternidad ha quedado reducida a un ejercicio, responsable y negociado por contrato en los términos que la ley marca. Podemos preguntarnos, pues, si ser padre ha quedado reducido a una nueva mascarada al estilo del padre de Juanito, que sólo acertó a “educar” a su hijo.
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LOS «HOMBRES-MAMÁ», por Juan de la Peña
Ciertamente, puedo imaginar. Pero no basta. Me cuesta comparar al hombre de hoy con el de hace uno, dos o veinte siglos. Me refiero a ¡pensar la hombría! Supongo que hay cosas que nunca cambian. Aunque también hay otras que evolucionan para nunca volver a su origen. Me resulta más sencillo observar cómo somos los hombres hoy en día, pues no me convencen los argumentos, aunque muy cabales algunos, de lo que fue y será el macho. Prefiero quedarme con lo invariable. ¡Lo invariable del macho! Pues a veces vemos cambios donde no los hay. Al menos no en sustancia, aunque puede que sí en apariencia. Hete aquí que creo haber llegar a algo, quizá una solución al impasse que procuran mis contradicciones. La apariencia. Esta palabra me ha resonado más allá de la escritura. Vuelvo a ver a aquel hombre que vestía un traje sobre otro traje y sobre éste, un jersey y otro jersey, y por encima un abrigo y otro abrigo… ante semejante indumentaria, alguien dijo, quizá fuera un sabio. Donde hay poco hombre, toda vestimenta es poca.
Es verdad que en lo que respecta al ser, la apariencia es un grado, y nada desdeñable. Parecer ¿Quién sería capaz de responder a la pregunta de qué es un hombre, sin hacer referencia a todo lo que lo envuelve? Incluso muchos se conformarían sólo con eso, pues el fondo les depara un interrogante, más que una respuesta. En lo más hondo descubren esa falla insalvable, ese falta de saber respecto a la diferencia que hace al hombre…
¿A dónde me conduce todo esto? Antes hablaba de lo invariable. Honestamente, la complejidad se complica. ¿Qué hay, pues, de invariable en el hombre? El órgano. Sí, bien, pero eso no dice nada de su ser. Tal vez sea su resultante, el falo. Bien, pero eso tampoco lo sostiene en propiedad. Entonces, veamos. Si la respuesta es incierta, quizá lo que nunca cambie esté en la pregunta. Ahí está. Es posible que lo invariable se resuma, sencillamente, en que el hombre siempre estará inevitablemente sometido a una demanda que apunta a su ser. ¿Qué es lo que me ofreces, tú, hombre, pues eso dices o pareces ser? Sí, eso es, quizá eso nunca cambie. Y la culpa tampoco.
Es momento de dar el siguiente paso. Si, es cierto, siempre he admirado al padre, al buen padre. Incluso creo haber tenido una especie de vocación de padre. Pero eso no es todo lo que interesa. El asunto no termina ahí. Con el tiempo comprendí que mis anhelos partían de una premisa equívoca. En análisis descubrí que, desde joven, había confundido al hombre con el padre. La ecuación era sencilla. En mi fantasía, la vía del hombre sólo podía ser trazada a través del padre. He aquí que, tan devoto yo, al tiempo respondí a la llamada. Llevé a cabo la supuesta ecuación del hombre,… fui padre. Bueno, tuve un hijo y luego fui padre. Creo que ambas cosas no tienen necesariamente que ocurrir al mismo tiempo ¿Y qué resultado obtuve? Claro está que no hubo armonía. El hombre y el padre comenzaron a confundirse y diferenciarse más que nunca. Mi ciencia interior se resquebrajaba. Por un lado, el hombre. Por otro, el padre. Necesitaba una solución distinta a una pregunta distinta. ¿Qué es el hombre? El hombre no es el padre.
Entonces ¿qué es el hombre, más allá del padre? He ahí la cuestión. Es curioso, pero así comenzó mi verdadera investigación a cerca del hombre, con la paternidad. Y además lo recomiendo, pues la ocasión te ofrece todo tipo de posibilidades al respecto. Si eres un poco curioso, la paternidad te proporciona, no sólo la más singular de las sacudidas, sino un material formidable para realizar multitud de pequeños descubrimientos. Cuando eres padre, los papás proliferan como salidos de la nada. Cuando te inicias como padre, ya sólo ves hombres con distinto grado de paternidad, del nulo al excelso. El mundo de la progenitura se abre ante tus ojos con todas sus curiosas variantes. Y ahí es donde decidí incluirme como observador, no sólo de los otros, sino también de mí mismo. Por supuesto que mi interés se centró en el hombre. Efectivamente. Quise saber de él. Así que me propuse rastrear su suerte una vez se convierte en padre. Y contemplé para el macho todo tipo de destinos. Pero no hay tiempo para todos. Tendré que decantarme por algunos de ellos. Quizá por los que despuntan en los extremos. Y es que, cuando somos padres, algunos hombres seguimos a lo nuestro, a nuestras cosas de macho, mientras que otros, los homenajeados de esta historia, que no son pocos, respondemos a la paternidad desplegando una especie de mimetismo feminoide. Sí, he observado que hoy día el hombre no termina de encontrar el lugar del padre. Incluso reniega de lo distintivo de éste, dejándose arrastrar por la avalancha maternizante de la política. Eso es. Ese ha sido mi descubrimiento. ¿Qué cosa? Pues que algunos hombres, cuando somos padres, acabamos transformándonos en una especie de madrecitas, con perdón de la expresión.
¿Quién no ha conocido lo que un hijo despierta en una madre? Pura ternura, puro amor, una especie de éxtasis que ya comienza en la gestación ¿Quién no ha sabido del gozo en su mirada? Y eso que la cosa la esclaviza a un único deber. Cuidar, atender y amar… ¡sobre todo amar! Sin embargo, el despertar del padre no es inmediato, y mucho menos certero.
De momento el padre es expectación. Incluso vacilación. ¡Pura vacilación! La escena que observa de comunión le remueve en su butaca. ¡O sobra uno, o debo hacer algo! Pero ¿qué algo?... vaya por Dios… pero ¿cómo se es padre? El mundo tiene razones para pensar que la mujer lo tiene más fácil. Primero llevó al hijo en su vientre. Después lo dio a luz. Y ahora se entretiene calmándolo, nutriéndolo, limpiándolo… parecen hechos a la medida. Una y otro se complementan. Pero el padre… ¿qué le queda al padre? Excluirse o persistir. Y vuelve otra vez… pero ¿cómo hace un padre? A veces hace sin saber. Otras con intención. En ocasiones quiere ser como su propio padre. En otras, tal cómo ve a otros padres. Incluso hay algunos que pasan inmediatamente a la acción, aunque siguiendo el modelo de las madres. ¡Pero qué cosa!, dirán. Es verdad. ¡Qué afán tienen algunos!... Y es que no nos damos cuenta que, con tanto ímpetu por resolver el problema de la paternidad, nos olvidamos de la diferencia. Y además, eso de ser como otro padre… ¡Oh!... ¡qué solución más diplomática! ¡Como otro padre! Como si la paternidad se resolviera eligiendo el buen disfraz ¡Qué simplicidad! Pues la paternidad atraviesa cualquier vestimenta con que se cubra. La paternidad se pone en juego en el progreso de una función… queramos o no saberlo. Y en caso de saberlo… ¡Oh! ¡Qué alivio! ¡Qué chamba! Sabiéndolo, la pregunta a formularse ha de ser distinta. Ya no se trata de ¿Cómo se es padre? sino ¿En qué puedo servir a mi hijo… como padre, como hombre?
Existe el mito del padre. Y también el padre que el mundo hizo mítico. Así que, volviendo con el rastro de mis pesquisas, en uno de los extremos situaría esa versión tópica del padre. El padre que todos tenemos en mente. Ese padre que siempre preside la mesa familiar. Que trabaja. Que defiende los intereses de la familia. Un hombre al que se le pide la última palabra. Que pone a los hijos un límite y les da una orientación en la vida. Un padre entretenido en sus labores, talismán de la seguridad de todos. A veces tajante, pero idolatrado y respetado…. Un hombre más de entre el grupo de los machos, entretenido en sus argumentos de poder, preocupado por la potencia y el tener… Un hombre que ve en su hijo el orgullo de su apellido. Su inversión mejorada. El germen de su gran infinito. Y como hombre que es, el amor de ese padre mítico tiene un tinte de pedagogía. ¡Verdad que sí, amigo Unamuno!
Sin embargo, a pesar de lo difundido que está el mito, en mis investigaciones descubrí que el padre clásico se halla en vías de extinción. Dramatizo. ¡Si! es verdad. Pero sólo porque el drama es un buen instrumento de transmisión. Y es que, ¡han sido tantos lugares comunes! ¡Tantos encuentros con padres! ¡Tantos asuntos de padres!… y encima, todos con un chupete por bandera. Algo así como La liga de la Paternidad. ¡Uf!... ¡Qué peligro se corre! Qué riesgo supone ser padre con tanta modernidad. He llegado a observar que, en algunos sitios, la paternidad se ha convertido en el ensalzamiento evangélico del hijo, de los hijos, del concepto mismo de hijo. Y como en esos lugares te descubres en los otros, entendí que aún estaba a tiempo de evitarlo. ¿De evitar qué? De evitar caer en la maldición. Sí. Lo diré con absoluta claridad. ¡El padre ha sido suplantado! Otro padre está colonizando los parques infantiles. ¿Es un padre nuevo?... no lo sé. Pero claramente es distinto. ¿Cómo podría definirlo? Es un hombre, pero no tanto. Es un padre, pero demasiado…. Eso es. Ese nuevo personaje es un hombre tan paternal que no se autoriza a ser padre, sino a ser una especie de madre en versión masculina. De ahí que, atendiendo a sus actitudes, he decidido llamarle el “hombre-mamá”. Y veréis por qué, pues nada tiene de parecido al padre mítico. Tampoco sé dónde buscar su causa, pero me inclino a pensar que el “hombre-mamá” nació con la moralidad moderna. Ésa que lo homogeniza todo… ¡una persona, un voto!... Ésa que alentó el auge político del malentendido de la paridad.
Sigamos adelante. Veamos por donde nos conducen nuestras averiguaciones. La cosa tiene su miga. Ocupémonos, sin más dilación, de nuestro descubrimiento. El “hombre-mamá”. Este hombre moderno nos plantea un contrasentido que debemos analizar. Pues si lo propio de la mujer es ser la madre, al hombre le corresponde ser el padre. He aquí el nudo gordiano. Este flamante padre rompe la coherencia del universo familiar. El “hombre-mamá” tiene aspiraciones y atributos de madre. Es cierto. Lo he visto con mis propios ojos. Tan claro como el agua. Desde mi lugar vigilante le he sorprendido renunciando a sus quehaceres diarios, a su vida social, decidido a hacer de su paternidad un oficio. He intuido su presencia absoluta. Su mirada persistente, casi asfixiante. A su favor hay que decir que actúa pensando en el bien de su hijo, claro está. ¡Su bien, lo primero! Y por ello, si le dicen que hay que estar con el hijo, pues todo el tiempo para él. Y si escucha que es mejor dialogar que imponer, pues todas las explicaciones del mundo. Y si se convence de que la frustración es el germen de la infelicidad, pues todos los reparos posibles para evitarle un mal encuentro. Y es que este padre no soporta ver a su hijo llorar. Con cada lágrima siente el azote de la tragedia en su piel. Ese debe ser el motivo por el que le he visto abandonando sus diversiones y sus ambiciones profesionales, con el objetivo de perseguir el rastro del buen padre. Por ello le he sorprendido evitando el no por respuesta, temiendo causar un daño irreparable. Por ello le he descubierto ofreciéndole al hijo todo y más de lo que estaba en sus manos, pensando ahorrarle el más mínimo trauma. Y finalmente terminé por desenmascararle. Sí. Un buen día me atreví a descubrir las cortinas de su cobijo y le pillé in fraganti. ¡Le desenmascaré! Pues, a resguardo de la opinión pública, le sorprendí cediendo la autoridad al niño, bajo no sé qué pretexto de los derechos infantiles. Incluso se le había olvidado el significado de lo prohibido y del castigo. Pero no le culpo. No es sólo a él a quien debemos señalar. Creo que el “hombre-mamá” no es más que un padre a la medida del momento. Eso es. Un padre del momento. De nuestro momento. El que nos ha tocado vivir. La época de lo global que empuja al hombre a borrar su subjetividad en favor de una respuesta universal. Una época que empuja a los padres a gozar de sus hijos, con todo tipo de mecanismos pautados por un manual, con todo tipo de miramientos voluptuosos. El hombre de hoy soslaya lo particular de la demanda de su hijo, para responder a la demanda que la sociedad le hace como padre. En esas, la pregunta del hombre sobre su paternidad se anula. Es la era del padre global, que no es sino otra forma de nombrar al “hombre-mamá”. ¡Viva el hijo… nuestro nuevo Señor! gritan los padres novicios. ¡Vivan “las (dos) madres” que le parieron! grita la sociedad al completo.
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HEROISMO Y VIRILIDAD, por Claudine Foos
"Si un hombre toma con una mujer una iniciativa amorosa y la mujer no se lo esperaba, con el tiempo lo perdonará, por el contrario, si una mujer espera de un hombre una iniciativa amorosa y éste no la toma, no se lo perdonará nunca".
Este era un comentario de mi suegro (hombre encantador y seductor donde los haya, que encarnaba muy bien la posición viril) Podríamos decir que hoy no tiene demasiada vigencia ya que, las iniciativas, no se suelen esperar. Suelen tomarlas ellas.
Hace unos años, un adolescente llegó a consulta demudado. Entre sorprendido y desorientado contó lo siguiente: iba muy de prisa, y de pronto, en la calle, una chica me dijo "se te cayó el papel", inmediatamente me di vuelta a mirar el suelo, ante lo cual, ella, con una sonrisa , le espetó: "en el que venías envuelto, ¡¡bombón"!! Al parecer, al relatarlo a su padre, éste, divertido, le preguntó ¿y?, ¿qué hiciste, la invitaste a tomar un café? "¡¡¡Nooo papá!, tenía un sustooo!!!".
El SsS: la sabia rezongona casada con un ángel
Me crié en una familia de mujeres, y constituí una de hombres,… saquen ustedes sus conclusiones.
Será por este hecho que el tema de estas Jornadas me pareció un verdadero aburrimiento en un principio, para pasar a causarme después. Sin duda, este cambio se operó por aquello que ya es casi una confirmación, y que nuestra colega Rosa López remarcó en la reunión institucional de Madrid: el humor se impone. En esta línea, Too Mach!, desde su mismo título, es ya una invitación al humor. Gustavo Dessal ha conseguido imprimir a este boletín la dosis justa, no exenta de rigurosidad.
¿Será que las posiciones masculinas lo inspiran, o que éstas se ubican más del lado de la comedia? Sobre ello, otra colega me apuntó : "claro, a los hombres Napoleón, y a las mujeres nos endilgan a Medea, a la mujer de Gide, y así... ya me dirás...". Ciertamente... poco puede haber de comedia en una tragedia, me digo, pero esto no es aplicable a la historia propia cuando se atraviesa un análisis.
Tal vez porque yo misma haya entrado en ese registro respecto de la mía, comencé a recordar anécdotas de mis años de convivencia en el gineceo familiar desde el sesgo de lo cómico.
Los hombres... ah!... los hombres allí eran vilipendiados, temidos, juzgados, y hasta tratados de estúpidos. Para pasar, a continuación, de estos registros a su decidida exaltación. Así, también se dejaba entrever la añoranza y hasta su respeto e idealización. Un hombre, era algo a respetar y a temer. La figura del patriarca, el abuelo, era intocable en su memoria, una especie de "Ángel" (al que, debo decir que, tanto mi hermana como yo, no pudimos al cabo de los años, descubrir en su faceta viril: lo dicho, ¡era un "Ángel"!...)
La matriarca -la abuela- reinaba. Desde su metro ochenta y su vehemencia heredada de un código genético donde el sur de Italia azuzaba sus venas, Doña Rosa imponía -o lo intentaba- sus reglas de comportamiento y sus advertencias protectoras frente al macho. "¡Claaaro, le dio el postre y ahí está!", era su sentencia frente al comentario del abandono de un novio.
Difícil, en medio de las convulsiones de un Buenos Aires sacudido por los efectos del mayo del 68, el amor libre, el descubrimiento de Lacan frente a la madre kleiniana, la llegada de los Beatles, y la efervescencia intelectual del medio, tener en cuenta el consejo de la abuela. Porque en Buenos Aires los chicos miraban, los hombres piropeaban, y las chicas hacíamos de nuestra condición uso... y abuso. Aún hoy, los hombres porteños "miran". No sé si como Brummell ( lo dudo mucho), pero lo hacen. Es esa una característica peculiar inalterable al paso del tiempo.
Dicho esto, pasaré al tema que me ha inspirado -junto a mi abuela- este escrito. Se trata del artículo de Miller en Colofón " Buenos días sabiduría”. Éste ha sido mencionado varias veces respecto de Juanito y su legalidad- que no legitimidad- heterosexual. Pero no me detendré en él, sino en otra de las vertientes que el escrito de Kojeve comentado me ha sugerido.
Brummell o el entremés del Dandy
Lo que me ha llamado poderosamente la atención de esta lectura que vectoriza la comunicación de Miller, es que junto a Napoleón (ya mencionado por Vilma Coccoz), Hegel y Sade, Miller -de la mano de Kojeve- incluya al Dandy en la figura de su precursor, G. Brummell, como aquel que "supo ver que el honor y el heroísmo viriles sólo pueden adquirirse a partir de ahora desde lo civil". Hay una secuencia que culmina con mi extrañamiento. Esta comienza con la dupla heroísmo-virilidad. Puede. Esto daría pie a la afirmación de Napoleón frente a Goethe que Vilma nos indicó: en efecto, un hombre lo es no sólo frente a las mujeres, sino también y sobre todo, frente a los otros hombres. Nadie dudaría de la posición viril de Napoleón, tampoco de ese halo de heroísmo que ha hecho a tantos hombres deseables por las mujeres y envidiados por sus congéneres masculinos. ¿Por qué desdeñar a los contemporáneos? El Che Guevara es un buen ejemplo sobre esas características, tanto, que se ha convertido en un mito. No conozco camisetas o posters con Napoleón impreso (ni qué decir de Brummell), pero sí muchos de el Che. Así, sus seguidores -y no todos, sino todo hombre que adhería a una condición política que implicara un riesgo, una apuesta ideológica, un proyecto diferente, unos ideales- se cubrían en la Argentina de los años ‘60-‘70 de un halo especial: el brillo del desafío, lo heroico, la excepción.
La mencionada dupla heroísmo-virilidad, merece una reflexión : Miller apunta bien en su artículo, que la figura del héroe nace en la antigüedad clásica. Si Kojeve toma a Napoleón como el último representante del heroísmo, lo hace desde la lectura Hegeliana de la historia (Jena). Pero lo que ésta pasó por alto es que toda condición del heroísmo contiene en sí misma el proyecto, la gesta o el ideal. Así, podemos pensar en que en ciertos movimientos sociales que produjeron cambios en el mundo contemporáneo, también hubo héroes relativos a esos ideales.
Sin armaduras, pero con corbata
¿Qué le pasaba a Kojeve con los ropajes masculinos? Llama la atención en todo el desarrollo del artículo comentado, su insistencia en el tema de la imagen de un hombre, entendido esto como sus abalorios, aquello con lo cual se cubre (sólo le faltó decir que “el hábito hace al monje”). Llega al punto de ubicar la desaparición de lo viril en el hecho de que los hombres, en la playa, van sin ropa y las damas los miran : “Se dan cuenta, antes había que empeñarse en ver a los señores sin ropa. No se paseaban así como así por la playa para que las damas los miraran. Cuando llevaban las grandes armaduras de hierro, desnudarlos era todo un problema, y luego, cuando eran caballeros, para quitarles las botas había que tirar de ellas seriamente. Pero ahora, corren por las playas y las jóvenes los diquelan en cuanto pueden”.
Si sólo existen semblantes viriles, no se entiende muy bien porqué ridiculiza y se mofa de los escritores, para a continuación darle al dandy Brummell, el sitio privilegiado -junto a Napoleón, Hegel y Sade- del “heroismo viril”, basándose para ello en su indiscutible elegancia. Así, respecto de Malraux, Hemingway y Montherlant, a quienes define como “profesionales de la virilidad”, Kojeve se explaya de la siguiente manera: “Existe una mascarada viril encarnada por el barbudo americano con su fusil, matador de toros, pescador de peces, seductor de mujeres y gran bebedor frente a lo eterno. He aquí todo lo que uds. pueden obtener de los hombres de hoy en día, ese semblante viril”
Si recordamos que existe un Malraux de La Condición Humana y de La Esperanza, como así también un Malraux que organiza un escuadrón internacional en la Guerra Civil española, y si un ejercicio similar nos lleva a Hemmingway, sin olvidar su presencia como corresponsal de guerra en España…, la pobreza del personaje de Brummell no puede remediarla su saber estar en sociedad ni su elegancia incomparable, ni tan siquiera sus revolucionarias dotes para anudarse la corbata: “Sería injusto negar que los dos primeros ( Napoleón y Byron) hayan ejercido una influencia en sus contemporáneos, pero ninguno de los dos cumplió en el orden político o literario una revolución tan radical como la que Brummell efectuó en el ámbito de la corbata” ( La Revue des Deux Mondes)
Miller nos traslada frases de diferentes escritos sobre Brummell. En ellos, el hincapié está puesto en un mostrarse en su calidad de objeto, lo resume bien: Brummell como el "a", y la división para el otro. Pero es bastante rebatible (e incomprensible) que este personaje pase a representar el "heroísmo viril" de la época, ya que parece reducido a una degradación, tal vez, extrema.
Brummell fue efectivamente un caballero que supo brillar en sociedad. Para ello, se abocó a su cuidado y "hermoseo" personal -cual una dama-, desde la dedicación extrema a su ropa y confección, a los baños de leche (no se sabe si de burra) que tomaba a diario, tal como se dice hacía Cleopatra. Desde luego, en esa época debía ser uno de los pocos hombres, y mujeres incluidas, que olía bien. Pero esto, siendo importante, ¿es suficiente?
Una página de Internet inglesa (el señor lo era) apunta que fue alumno de Eton y de Oxford, además de haber salido segundo en un importante certamen literario (lo cual habla de algún talento intelectual más allá de su finesse). Ahorro al lector lo que mi abuela hubiera dicho de este personaje, y llamo la atención sobre el hecho de la correlación que la virilidad tiene respecto del éxito con las féminas. Respecto a ello, nuestro Brummell parece que no tuvo pasiones que trascendieran los tiempos, sin embargo, todos coinciden en que las mujeres caían presas de admiración por su aspecto y comentarios -medidos en tanto hablaba lo justo- y por el peso de su mirada. Cuando se le interrogó sobre este éxito, se limitó a resumir de la siguiente manera su fórmula: "Trato a las verduleras como duquesas y a las duquesas como verduleras". Coincido con Miller: la sorpresa debe haber sido una de sus armas predilectas.
Pero, más allá de estas características, este ilustre desconocido para tantos no dejó más huellas de su paso por el mundo y los salones de la época.
Su "heroísmo viril", sea civil o no, no me queda claro, a no ser por su cualidad de fuera de la norma, de excepción frente al "todos lo mismo". Brummell me ha evocado una y otra vez a un personaje contemporáneo, presentador de televisión y radio, culto, con algún libro publicado, muy pendiente de la moda y el arreglo, gran amigo de mujeres famosas, de ácidos comentarios, y crítica cáustica a lo vulgar, a todo aquello que no tenga el brillo de la excentricidad. Todo ello, muy lejano a la idea de lo viril como tal.
La admiración de Byron por Brummell también me ha parecido oscura. Quizás tuviera su asidero en la confluencia de ambos en el cuidado del cuerpo. En efecto, parece que Byron viajaba siempre con un médico, vivía obsesionado por su gordura desde la adolescencia, y se sometía a tratamientos vomitivos y lavativos junto a dietas rigurosísimas para conservar el tipo.
Tal vez, en los salones de la época el dandy en cuestión haya sido una figura fulgurante, puede. Pero todo lo leído me inclina más a pensarlo como un narcisista redomado en una posición que dista mucho de la del "heroísmo".
Me quedo -mujer al fin- con mis héroes, toda mujer tiene alguno/s que, al fin y al cabo, no son tan diferentes de los de mi abuela: yo también veo adorable a Rodolfo Valentino, y ella estaría de acuerdo en que ciertos hombres encarnan muy bien la virilidad desde la enunciación.
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PALABRA DE AMOR, por José Rubio
Hubiera podido titular el trabajo: Palabras de amor. Lo pensé, pero esta sola puesta en plural cambia completamente el punto de articulación de la masculinidad que en esta ocasión quisiera presentar. Palabras de amor -en plural- pone el acento del lado de la ternura que, dicho sea de paso, sería un buen tema: la ternura masculina, pero un tanto distante de lo que nos proponen en las Jornadas. A este respecto, como sabemos, Freud en sus “Tres contribuciones a la psicología de la vida amorosa” dice que la masculinidad hace una divergencia entre la ternura (amor) y sensualidad (goce). La apuesta psicoanalítica para el hombre sería la convergencia: amar, gozar y desear a una misma mujer, esta convergencia podría ser, lo indica Miller en su libro “Lógicas de la vida amorosa”, un final de análisis.
Tengo mis razones para mantener en singular el título del trabajo: Palabra de amor, referido a lo masculino y su relación -convergente- con la mujer. Entre singular y plural, hay un desnivel en juego que se capta, por ejemplo, en la diferencia entre decir “palabra de Dios”, o su pluralización: “palabras de Dios”. Resulta impensable que, al finalizar la lectura de un texto bíblico, el sacerdote diga en lugar de “palabra de Dios”, “palabras de Dios”. No voy a insistir, solamente indicar que la relación entre sexos no es asunto de dos, sino siempre requiere un tercero, se trata del gran Otro que, como sabemos, es una figura de Dios. Por ejemplo en el seminario Aún, que será la referencia mayor de este trabajo, aparece esta dimensión del gran Otro muy claramente: página 93 dice: “Por qué no interpretar una faz del Otro, la faz de Dios, como lo que tiene de soporte al goce femenino”. O también en página 101: “A, para nosotros está tachada, desde luego. Si con ese S de A tachado no designo otra cosa que el goce de la mujer, es precisamente porque señalo allí que Dios no ha efectuado aún su mutis”. Se ve bien la referencia a Dios como tercero en las cosas del amor. Estas son las razones para mantener el título de Palabra de amor, como un señalamiento de la referencia a Dios, en concreto que Dios todavía habla -palabra de Dios- y habla principalmente de amor. Se me puede decir que es un enfoque femenino, y ahora se trata de la sexualidad masculina, comandada por el goce fálico, un goce que no requiere hablar. Me refiero al modelo fetichista, así como a la mortificación del Nombre del Padre.
Así pues, para introducir la palabra en la sexualidad masculina, es necesario abrir un poco ese planteamiento, dado que resulta evidente que el hombre goza, desea y también ama a una mujer, no solo goza con su falo (sería una parada machista.). La palabra de amor en el hombre es pertinente porque, sin haber relación sexual, el ser masculino tiene una relación de goce con el Otro -el Otro como partenaire-síntoma- haciendo de él -de su cuerpo- medio de goce. No se trata de una relación con el significante fálico, se trata de una relación con el cuerpo del Otro, donde las palabras tienen un valor fálico, en tanto el significante es medio de goce. Es complicado captar el viraje, pero he encontrado en el Curso de J.A. Miller, El partenaire-síntoma, el pasadizo que da acceso a esta perspectiva, una perspectiva que, si se quiere llamar así, sería de la ternura del macho humano. Veámoslo, en lo que sigue presento un extracto de lectura de las páginas 398 a 411 del curso referido:
Antes del seminario Aún, se considera que hay un goce de la palabra, del blablablá, pero es un goce fuera de sexo, que Miller lo escribe con el matema $ losange A, donde la relación sexual no entra en consideración, se trata de pura relación lingüística.
Así enfocado, las posiciones sexuadas se establecen respecto al significante fálico, respecto al puro significante. La no relación sexual, en este marco, se traduce, en que solamente hay relación significante con el falo, no con el Otro, sino sola y únicamente con el significante fálico. De esta manera los hombres y la mujeres son radicalmente distintos y no tienen nada que decirse: cada uno en su casa. A nivel significante es imposible que se comprendan, no hay diálogo. “Ahora bien -cito textualmente a Miller-, pese a todo, los hombre y las mujeres se hablan, dedican mucho tiempo a esto justamente porque es difícil, y entonces es muy importante que hablen. Esto es lo que aborda Lacan en Aún: de qué manera, dado el impasse fundamental, se las arreglan sin embargo para hablarse. ... Que no haya relación sexual no impide que haya una relación de goce con el partenaire-síntoma, en el que uno para el otro es medio de goce. (...) Y esto ocurre, si bien no por un diálogo, sí a través de la movilización de la palabra y de la escritura.
Como sabemos, el seminario Aún, supone un paso decisivo respecto a la concepción lacaniana del goce, de manera sintética de enunciarlo sería: el significante es el goce, es decir que tanto la palabra, como Otro del significante, deben entenderse como goce, goce -por supuesto, no hay otro- corporal. Cito: “No hay goce del cuerpo sino por el significante, y hay goce del significante solo porque el ser de la significancia está enraizado en el goce del cuerpo”. Esto lo traigo a primer plano por la relación del goce sexual con la palabra, palabra que implica el lugar del Otro. Remarco que el estatuto de la palabra cambia, de ser significación, pasa a ser medio de goce, pues como señalaba Miller: No hay goce del cuerpo sino por el significante, es decir por medio de la palabra, y esto tanto en la mujer como también en la posición masculina. Toda la demostración de Lacan, apunta a que no hay goce bruto, no se puede pensar en un goce anterior al significante.
Para el hombre sexuado, que tiene un cuerpo y no solamente es un sujeto del significante, la mujer es el Otro, pero no el Otro del significante que finalmente lo mortifica, significantiza, sino se trata del cuerpo del Otro. Y en tanto el Otro, para nosotros está barrado, el hombre hace el amor con el inconsciente. Palabra de amor. El inconsciente es que el ser, hablando, goce.
Palabra de honor, como sabemos es un escote imposible del vestido de mujer, elegante y provocativo, siempre a punto de venirse abajo y dejar al descubierto el objeto de deseo. Indica bien la condición perversa del amor masculino, donde él más bien queda callado, no requiere de la palabra para gozar del cuerpo del Otro tomado como objeto pequeño a en la parada fantasmática, parada que cubre el Otro barrado con el objeto pequeño a (perversión del deseo masculino). Atravesar esta parada, requiere que el hombre “crea” a la mujer, es decir se ponga a hablar.
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EL FAISÁN DEL PAPA, por Juan Carlos Tazedjián
Hay un sketch de Les Luthiers en el que dos psiquiatras hablan de cosas distintas que tienen el mismo nombre: el merengue (puede encontrarse en Youtube y es recomendable). Uno se refiere a un postre seco, y el otro a una danza. La conversación es tan delirante como la que podréis encontrar en este enlace (ver al final de este artículo) de un periódico de Buenos Aires, entablada entre los científicos y un hombre de 70 años, acerca de lo mismo: cuando a un hombre -en este caso el entrevistado- se le van las ganas de mantener esas relaciones sexuales de las que sí existen, ¿de qué se trata? Para los científicos, de la pérdida del deseo como uno de los síntomas de la andropausia. Y para el otro, el hombre en cuestión (tanto en la entrevista como en nuestras próximas Jornadas, es decir, " el hombre por fin cuestionado"), se trata de que se ha des-enamorado. ¿Cuál es la solución? Para los científicos: medicamentos que aumenten el nivel de testosterona en la sangre. Para el hombre: " el mejor estímulo (erótico) es mil veces mejor que la mejor medicación, ya que... el deseo no termina nunca, nunca...".
Lo divertido del artículo es el montaje del video que lo acompaña, ya que muestra -al igual que en "el merengue" de Les Luthiers- el imposible diálogo entre el psicoanálisis y la ciencia acerca de las estrategias de los hombres de hoy y sus semblantes. No es raro -en nuestra clínica diaria- encontrarnos con hombres de la tercera edad (por ponerle un nombre a la que ronda la jubilación) en los que ha desaparecido el deseo por su "compañera de toda la vida"... pero no por otras.
No conozco las estadísticas, pero me consta que empiezan a haber divorcios de cónyuges de 60 y 70 años. Son decididos por él, pero pueden acudir a la consulta del analista cualquiera de los dos. Y éste es uno de los motivos. El hombre en cuestión dice en la entrevista: "tenía menos pulsión, menos interés, menos actividad (sexual)..." Esto se solucionó después del divorcio, con su nueva novia. Los científicos se muestran dubitativos ante su propio diagnóstico de andropausia. Hacen la comparación y, curiosamente, llegan a la misma conclusión que el psicoanálisis, sólo que al revés, poniendo a la mujer del lado del todo y el hombre del no-todo: "Todas las mujeres padecen menopausia -dice uno de ellos- pero no todos los hombres de andropausia".
Podríamos decir que esto no es ningún descubrimiento del periódico, ni del "hombre en cuestión" de nuestro tiempo, ya que este asunto "del estímulo" fue el causante del cisma del anglicanismo. Dicen que cuando Enrique VIII le pidió al Papa que lo liberara del lazo conyugal con Catalina para poder contraer enlace con Ana Bolena, el Papa le respondió: "Querido Enrique, si tuviera dos almas, una sería para Dios y otra para ti, pero tengo una sola y se la debo a Dios". Apesadumbrado, antes de despedirse le preguntó al Papa cuál era su plato preferido, a lo que el Papa le respondió que el faisán al horno. A partir de ese momento, todos los días le enviaba por un emisario un faisán horneado. Hasta que después de un tiempo, el Papa le mandó una nota diciendo: “Querido Enrique, no es preciso que sigas enviándome este plato, el faisán me encanta, pero es que ¡todos los días...!” -“Su santidad, le respondió el rey, lo mismo me pasaba con mi esposa Catalina ¿me entiende ahora?”
Hay algo en la fetichización del objeto -quizá una pérdida del brillo en la nariz- que hace que caiga como objeto del deseo masculino. Objeto que no es indiferente como el de la pulsión -no hay pulsión genital- y por lo tanto, no de cualquier manera intercambiable.
Quizá lo llamativo de nuestros tiempos es que dicha caída empieza a ser suficiente para poner en entredicho matrimonios de hombres "de otros tiempos", aunque no-todo hombre de esos esté a la altura de Enrique VIII. ¿Podría Enrique haber seguido enviando el faisán al Papa, si lo hubiera intercalado con otros manjares? ¿Es la monogamia la causa última -o primera- de la " caída libidinal" de este hombre en cuestión? (al del vídeo, me refiero).
Menos la de la "andropausia", cualquier respuesta puede abrir el camino de una investigación ("a")-científica.
* Web La Nación, http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1316167
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Milo Manara: dibujo sobre "Boccaccio 70", de Fellini
21 de Octubre de 2010
Too Mach! Conclusiones, ideas y problemas. Hacia las IX Jornadas de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis “Los hombres y sus semblantes”, Número 6. Responsable: Gustavo Dessal

EDITORIAL, por Gustavo Dessal
“Hoy se carece de referentes porque el sistema ha sido sustituido por otro que ha conculcado las certezas (…) La sociedad se ve y se trata como una red, y no como una estructura”, apunta Miguel Roig en su excelente ensayo "Belén Esteban y la fábrica de porcelana" (Península, 2010). ¿Podríamos sintetizarlo con este simple esquema?:

El eclipse de la función paterna daría como resultado un desplazamiento de la metáfora a la metonimia, que bien se corresponde con el paso de la estructura a la red, de lo sólido a lo líquido (como diría Bauman), de la fijeza a la movilidad, de la certeza a la incertidumbre. Eso también tiene sus consecuencias en el modo actual de salvar el impasse de los sexos, como lo ponen de manifiesto una buena parte de las contribuciones de este número. Pero antes, algunas informaciones de última hora:
A las 00 hs del 15 de octubre pasado, instante en el que vencía el plazo para solicitar el link del anuncio, esta redacción recibió el pedido de 15 mujeres... y 1 varón. Eso da como balance final del experimento, cuyos datos habremos de procesar diligentemente en los próximos meses, un total de 3 hombres y 21 mujeres. Aunque de momento las tesis definitivas de este ensayo no están desarrolladas, las cifras son elocuentes. La Ley de protección de datos nos impide revelar nombres, pero al menos honraremos al ganador absoluto, el varón que de inmediato recogió el guante de este lance, revelando su procedencia ciudadana: Valencia.
Sí, queridos colegas. No quisiéramos con esto herir las susceptibilidades de las restantes Comunidades Autónomas, pero la verdad ha hablado, y señala al “Hombre Valenciano” como lacaniano de pro, el hombre sin ambages, héroe posmoderno que, sin amedrentarse ante el ocaso del Padre, dando un click se arrojó a las turbias aguas del enigma. Hombre del Deseo Decidido, nuestro nuevo Perseo se enfrentó el primero a la Gorgona, y sobrevivió a la terrible visión de las 100 paracaidistas desnudas del anuncio (Para que se hagan una idea y se muerdan las uñas aquellos a lo que el pulso les tembló a la hora de solicitar el link). Gallardo, valiente y viril, este Hombre merece el título de “Participante Ilustre de las IX Jornadas”. Qué menos. Habrá de ser ahora el turno de nuestras colegas valencianas, de quienes esperamos una semblanza del VV (Varón Valenciano). De los otros dos varones finalistas, uno procede de Andalucía y el otro de Madrid. No haré comentarios sobre las Comunidades que no han tenido representación alguna. Las próximas Juntas Directivas tendrán que ocuparse de este problema. Habrá que empezar sabiendo si es síntoma, inhibición, o simple angustia.
¿Son conjugables los términos “amor” y “hombre”, o juntos conforman un oxímoron?, se pregunta Javier Garmendia. Esa pregunta lo llevará a oponer Lucrecio a Voltaire. Según el primero, nada remedia mejor los dolores del amor que el ejemplo de los animales, para quienes la relación sexual existe. El segundo, más sensible a la singularidad del parlêtre, prefiere el amor al bruto instinto. Un poema de Cortázar propone una salida de esta aporía: hay que leerlo para pensar cómo la condición perversa del deseo podría entrar en consonancia moebiana con el amor.
Y hablando de poetas, allí están los sonetos de Shakespeare, los más hermosos versos de amor que jamás se hayan escrito, según afirman los entendidos. Prueba de que el hombre no siempre es defectuoso en estas materias, como ya lo sabían en la Edad Media los trovadores del amor cortés. Que Shakespeare dedicara sus versos a un hombre, y que sus exegetas hayan visto en ello el signo de una homosexualidad manifiesta, no cambia el hecho de que del amor supiera incluso más que Diótima.
Pero, ¡ay!, no es tan sencillo, nos recuerda Ricardo Rubio. Para el varón, incluso la mujer amada no dejará de evocar el espectro fugaz del objeto perdido. Pertinacia de un fetichismo estructural que se mantiene constante ante las vicisitudes de la época, y al que tal vez esa misma época alimente más que nunca. Ellas, según nuestra teoría, no conocen eso. Sin embargo (lo dice Rosa Liguori comentando un libro de Manuel Fernández Blanco, de reciente aparición), cierto fetichismo parece despuntar también en algunas mujeres, que refutan la idea lacaniana de que “los no incautos yerran”. Ahora ellas piensan que ha llegado la hora de dejar de ser incautas del amor, y se identifican a los hombres en su separación del goce y la envoltura amorosa.
Hombres eran los de antes. Ahí tenemos al abuelo de nuestro compañero
Fernando Aduriz. Él (el abuelo, creo que Fernando no tiene esas inclinaciones) las habría matado a todas, como ese portero que Lacan evoca cuando vivía en la calle de la Pompe y que no dejaba una viva. En realidad el portero mataba ratas, pero para el caso es lo mismo: es el odio al ser del Otro lo que cuenta de esa historia, la de una virilidad que se impone a cuchilladas y martillazos. No es la misma que retrató Borges, aunque hiciera del cuchillo un símbolo fálico por excelencia. En sus cuentos, los verdaderos hombres sólo se matan entre sí, y no a las mujeres. Se matan, o se hacen matar, como la historia del hijo de Rudyard Kipling, magníficamente contada por nuestra compañera
Gloria Flores Ramírez, quien traduce para nosotros un poema del célebre escritor, y lo hace respetando la métrica y la rima. Para sacarse el sombrero, como se decía antes, en la época en que los hombres lo usaban. Por cierto, Gloria nos confiesa que “Desde que recibí la buena nueva de las Jornadas, pienso más en los hombres que en toda mi vida”. Esperemos que después también lo siga haciendo.
Ahora los hombres no son más que niños, sigue diciendo Rosa Liguori al hilo de su comentario sobre el libro de Fernández Blanco. Efecto de esa infantilización creciente que se apodera del mundo, y que llevó a Lacan a afirmar que ya no hay “personas mayores”. De hecho, los padres ahora tienen que ir a la escuela para que les enseñen un poco el oficio. Nos lo cuenta Lidia Ramírez en su experiencia con talleres de padres. Ya no queda ni un solo significante amo como Dios manda, por lo cual la autoridad paterna está de capa caída, y así les va a los pobres progenitores, biológicos o simbólicos o de alquiler, que para andar perdidos tanto más da una categoría que la otra.
Desde Guatemala, Lorena Greñas nos escribe para animar a Too mach!, y recomendarnos una visión comparativa de Father´s little dividend, la película que en 1951 protagonizaron Spencer Tracy y Elizabeth Taylor (puede verse en http://www.archive.org/details/FathersLittleDividend1951) y su remake en 1995: El padre de la novia. “Si entre el niño y el hombre está el padre, las cuatro décadas que separan las dos versiones de la película evidencian los efectos que ha tenido su caída, borrando las diferencias incluso entre las generaciones, pues en la versión reciente, madre e hija quedan embarazadas y tienen el bebé al mismo tiempo. Como esto, creo que habría mucho para pensar y discutir”, continúa Lorena.
Por otro lado, habrá que ver si realmente el goce masculino es tan simple como parece. Las caricaturas oponen el elemental conmuntador on-off del hombre, al complejo panel de instrumentos femenino. ¿Pero por qué no habría de existir también para él un más allá del pene, como sugiere Esperanza Molleda? Será cuestión de rastrearlo en la relación de varón con la “lalengua”. A lo mejor allí encontramos más de una sorpresa, lo cual no asegura tampoco una mayor felicidad, que a pesar de todas las novedades de este nuevo milenio sigue siendo fálica.
Es decir, más bien castrada.
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AMOR DE HOMBRE, ¿UN OXÍMORON? LUCRECIO VS. VOLTAIRE, por Javier Garmendia
¿No será, acaso, el sintagma “amor de hombre” un oxímoron? Cuando se dice “amor de madre”, suponemos, lo cual evidentemente es mucho suponer, a todas las madres el mismo tipo de amor por sus hijos. Podemos hacer equivalente este “amor de hombre” y suponerle el mismo tipo de amor a todos los hombres por las mujeres. Tal vez sí, y entonces esta expresión nos arrastra a la versión freudiana del amor como repetición; el objeto de amor es siempre sustituto de un objeto fundamental. ¿No sería más interesante invertir el sintagma y hablar del hombre de amor, así como decimos hombre de honor, hombre con coraje, etc.? Con esta inversión no le suponemos al hombre el amor, como tampoco el honor o el coraje, más bien expresamos que algunos hombres pueden alcanzar el amor. Este “hombre del amor” nos aproxima más a la vertiente lacaniana del amor como invención.
Si además seguimos, por un momento, la lectura que J.-A. Miller hizo de la psicología de la vida amorosa freudiana, descubrimos a un “hombre de los lobos” que cada vez que encuentra a una mujer joven agachada limpiando el piso, se excita sexualmente con esta imagen e, inmediatamente, la elige como objeto. En el momento en que tropezó con el “amor de su vida”, el hombre de los lobos estaba en una situación que también respondía a esta condición. “Condición de amor”, que es tan sólo una formalización y un desplazamiento de la escena primaria. Así que tomó a Gruscha como un sustituto de la madre, como el primer sustituto de la madre. Como este carácter sustitutivo es constante, no es tan extraño que sospechemos de este amor de hombre. Cómo no dudar de las historias de amor, del estado de nuestro corazón en el enamoramiento, cómo saber que no nos estamos autoengañando.
Con este panorama, no es sorprendente que Lucrecio, hace ya más de veinte siglos, se adelantara al desconfiar del amor y quisiera convencernos de su naturaleza ilusoria, insistiendo, no obstante, en su basamento psicofisiológico. Para comenzar su razonamiento recurre a la misma vía regia freudiana, a los sueños. Nos da tres ejemplos de sueños que tienen su origen en apetitos corporales: 1) un hombre sediento sueña con un río o una fuente: en el sueño, el hombre engulle toda el agua; 2) una persona remilgada, sintiendo ganas de orinar, sueña que lo hace en un orinal cuando en realidad está mojándose a sí misma; 3) un adolescente sueña con una mujer hermosa y eyacula, manchando sus ropas. En los tres ejemplos, la visión se debe a unas necesidades corporales reales que provocan que la persona que sueña se fije en esos simulacros.
No desearían haberse dejado engañar por el sueño, nos advierte Lucrecio, aunque no esté tan claro en el caso del adolescente, sienten vergüenza por dejarse guiar por el simulacro. Sin embargo, insiste, estos mismos rasgos pueden estar presentes también en el estado de vigilia. Y todos ellos se encuentran presentes en la experiencia del amor erótico. Para Lucrecio este amor es, como canta el bolero, puro teatro, estudiado simulacro. Es la forma morbosa de interacción sexual, obsesivamente centrada en una persona, atormentada por una ansiedad que devora al amante, pasión que fluctúa en inseguro vagar (incertis erroribus), los amantes no saben ni a qué se dedican, no saben dónde fijar ojos y manos. Frente a esta forma morbosa, para los que evitan este tipo de amor existe una forma saludable y pura de placer sexual (pura voluptas), no echada a perder por estos sufrimientos, y que no excluye, aunque secundariamente, la amistad, el matrimonio o la reproducción.
Asistimos con Lucrecio a una especie de inversión del discurso de Pausanias en El Banquete. Allí teníamos dos Afroditas, la Celeste y la Vulgar, y el amor, como cualquier otra actividad, era bueno o malo según la forma de practicarlo. La Afrodita Vulgar representaba el amor físico (malo) y la Afrodita Celeste el amor espiritual (bueno).
Eternas disyunciones entre amor y sexo, eterno cortocircuito para el “amor de hombre”. ¿Qué podemos rescatar de Lucrecio, más allá de esta disyunción? Lo interesante de Lucrecio es que intenta sacar un clavo con otro clavo, como suele decirse para restañar las heridas de una ruptura amorosa, porque para esclarecer lo que el amor conlleva de ilusorio, para desenmascarar el simulacro, lo hace con otra ficción. Esta ficción se representa bajo la figura del amante humano natural, que frente al “no saber” de los amantes morbosos, sí sabe, “como los animales”, obtener el placer recíproco sin sufrimiento alguno de las partes. Es, en realidad, el impulsor de la gran ficción que se prolonga hasta el hombre contemporáneo: si a la relación sexual le restamos el amor, la hacemos existir.
El contrapunto nos lo da Voltaire en su Diccionario Filosófico, en la entrada “Amor”. También Voltaire recurre en primer lugar a lo físico; se trata del tejido de la naturaleza bordado por la imaginación. Para que nos hagamos una idea del amor, nos pide que observemos al orgulloso caballo que los criados conducen a la yegua tranquila que lo espera, y que echa su cola a un lado para recibirlo; y que veamos como sus ojos centellean, escuchemos sus relinchos, contemplemos esos saltos, esas zalemas, esas orejas tiesas, esa boca que se abre con pequeñas convulsiones, esas aletas que tiemblan, ese aliento inflamado que brota de ellas, esas crines que se levantan y que flotan, ese movimiento imperioso con el que él se lanza sobre el objeto que le ha sido destinado por la naturaleza. Al caballo de Voltaire no le es necesario encontrar a la yegua en una posición determinada o que le brille la nariz, en cada yegua descubre a su Gruscha.
Tras esta observación nos aconseja que no nos pongamos celosos, alguna razón vislumbrará para los celos, y pensemos en las ventajas de la especie humana que compensan con el amor todas las que la naturaleza ha dado a los animales: fuerza, belleza, ligereza, rapidez. Y a continuación, nos describe estas ventajas: la mayor parte de los animales no saborean el placer más que por un sólo sentido, y cuando satisfacen su apetito todo se apaga. Ningún animal, excepto nosotros, conoce los besos; todo nuestro cuerpo es sensible, nuestros labios, sobre todo, gozan de una voluptuosidad a la que nada cansa, y ese placer sólo pertenece a nuestra especie; finalmente podemos entregarnos al amor en cualquier tiempo, y los animales tienen el tiempo señalado.
Digámoslo rápidamente, Voltaire es más lacaniano, hay en él una revalorización del amor, un deseo y una voluptuosidad que el amor hace posible, sabe que la relación sexual no existe para la especie humana y que el amor viene precisamente a ocupar este lugar. Y sabe más, sabe también que restarle a la interacción sexual, el amor, no da un caballo, sino en el mejor de los casos, un bruto. No hay afroditas celestes y afroditas vulgares, hay en el amor, como diría Unamuno, “algo carnal hasta en el espíritu”. Carne y espíritu presentes en el poema de Cortázar “Lo que me gusta de tu cuerpo…” que rescata la boca y los labios de Voltaire, hasta llevarlos a la palabra:
Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo.
Lo que me gusta de tu sexo es la boca.
Lo que me gusta de tu boca es la lengua.
Lo que me gusta de tu lengua es la palabra.
Así, nuestro “hombre del amor” tendrá que acompañarse del “hombre de palabras”. Y al “hombre de hoy”, más le vale elegir a Voltaire frente a Lucrecio, hacer del amor un sinthoma. Y para ello, tal vez no sea necesario compararse con Dante, encontrar el a en la mirada de una mujer, dar a eso un nombre propio y construir alrededor una obra de lenguaje. A lo mejor es suficiente con no envidiar demasiado al caballo de Voltaire.
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SOBRE LA REPETICIÓN COMO CONCEPTO FUNDAMENTAL DEL PSICOANÁLISIS DE MANUEL FERNÁNDEZ BLANCO, por Rosa Liguori
Este libro, que me acompañó durante el verano, que viajó conmigo y al que dediqué gustosa mi tiempo de ocio, no solamente aborda el concepto de repetición. Comienza con una Conferencia que se titula “El cuerpo asexuado”, y es lo que hoy me gustaría reseñar, ya que está en consonancia con el tema al que nos convoca las IX Jornadas del la ELP, El hombre y sus semblantes.
La lógica masculina tiene sus perfiles: “se rige por el culto a la uniformidad” “sufre el horror de la excepción, a lo que se sale de lo previsto, a la particularidad” y por eso las instituciones como la Iglesia o el Ejército tienen estructura masculina “allí donde todo está establecido de antemano, allí donde la excepción adquiere el carácter de herejía o traición”.
La lógica femenina no se rige por el “para todo lo mismo”. Los sujetos en posición femenina -independiente de su sexo biológico- son contrarios a la uniformidad, en tanto que en esa lógica toda mujer es una excepción. En otras palabras: la prevalencia de lo particular (sustentada en la lógica femenina) frente a lo universal (que Lacan sustenta en el padre e identifica a la sexuación masculina), da lugar a una feminización social, como modelo en la cultura contemporánea, cuya consecuencia es una multiplicación de las formas particulares de goce.
La definición que da Lacan de la mujer como no-toda, que objeta a lo universal, es lo que está en la raíz de la problemática -tan mentada socialmente- de la igualdad entre los hombres y mujeres, y por más que en la sociedad se trate de buscar respuestas políticas de paridad o de igualdad entre hombres y mujeres (en la política, en las empresas, etc.), esto no alcanza para cifrar la diferencia de los sexos: es una imposibilidad estructural.
Cuando en el Seminario Aún Lacan establece la lógica de la diferencia sexual, sitúa del lado masculino el conjunto del “para todos los hombres”, conjunto cerrado, “recurriendo a la excepción que fundaría el conjunto, al Uno de la excepción”.
Nos dice Manuel Fernández Blanco: “La lógica de la excepción es la lógica edípica que funda la castración universal en la excepción mítica del padre de Tótem y Tabú, único que no tendría limitado su goce”. Y agrega: “pero hay un mas allá del Edipo, (…) las mujeres además de participar en la lógica edípica están en el más acá y en el más allá del Edipo. En el más acá, porque siempre persiste en su organización pulsional la demanda oral dirigida a la madre, que nunca la amó lo suficiente. En el más allá, por que la mujer no-toda está en la función fálica”, “lo que no permite construir el conjunto de todas las mujeres bajo la lógica del universal”…”las mujeres no son reducibles a un conjunto, son una por una, son particulares, objetan la uniformidad, no hay un modelo de mujer”. (3)
Sosteniendo que la estructura de la sexuación femenina es proclive a lo particular, en oposición a lo universal que sostiene la categoría de la función del padre y que Lacan identifica con la sexuación masculina, parecería que se coloca como modelo en la cultura una “suerte de feminización de lo social” (Portillo), cuya consecuencia es la multiplicación de formas particulares de goce.
Como dice R. Portillo, “la multiplicación ha borrado las categorías tradicionales masculino-femenino, generando fuertes repercusiones a nivel de la clínica estructural habitualmente atendida por el psicoanalista. (…) en la actualidad el psicoanalista se confronta con patologías más regresivas, es decir, más relativas a lo real que a lo simbólico, síntomas que no comportan ningún mensaje dirigido al Otro. Síntomas silenciosos que no guardan relación alguna con las formas sexuadas conocidas. Se trata de síntomas que presentifican formas asexuadas de goce”. (4)
Esta feminización de lo social la encontramos en la paradoja entre universal y globalización: “podemos pensar que la globalización es universal, pero no es así”, la globalización sólo es universal imaginariamente, en el “todos somos consumidores de iguales productos”, sin embargo los efectos y las consecuencias que promueve son los de un individualismo extremo que se asienta en la lógica del no-todo.
Manuel Fernández Blanco se apoya en las tesis de Jacques-Alain Miller en “Intuiciones milanesas” (5), donde equipara la globalización al no-todo, en tanto que la sociedad en la era de la globalización “ha dejado de vivir en el reino del padre”. La promoción de los valores femeninos en la sociedad hacen su aparición en el espectáculo del mundo, lo cual tienen efectos positivos como la promoción de la escucha, la política de la proximidad, pero también otros efectos como el declive de la virilidad.
Entramos en dos apartados, “Diferencia sexual y modos de goce” y “Una perspectiva: la pérdida de relevancia de las diferencias sexuales”. Aquí nos encontramos con un tema que está cercano a nuestro próximo encuentro: “las nuevas modalidades de la relación con el partenaire sexual, vistas desde la perspectiva masculina”.
Recordemos cuáles son tradicionalmente las posiciones masculinas y femeninas ante el amor y el goce sexual.
Respecto a los hombres, pueden separar el amor del goce sexual, esa separación misma es su condición de goce, por eso Lacan dice que la elección masculina está dentro de la lógica fetichista, en tanto no le interesa todo el otro, sino que recorta una parte del cuerpo del otro para obtener su satisfacción sexual.
La mujer acepta ocupar ese lugar de objeto de goce para el hombre a condición de obtener un signo de amor. La dificultad para ella es que cuando no obtiene ese signo, esa relación la puede llevar al estrago, como dice Lacan en Televisión: “no hay límites a las concesiones que una mujer puede hacer por un hombre, de su cuerpo, de su alma, de sus bienes…sino es por el signo de amor”. El signo de amor constituye para la mujer su goce. Y Manuel Fernández Blanco nos dice: “si el hombre se interesa en la ropa interior femenina, la mujer se interesa en las palabras y los signos de amor, en ser la elegida”.
Estas son las posiciones femeninas y masculinas tradicionales ante el amor y el goce. Pero esta distinción ha comenzado a borrarse.
Sin duda, es la posición de la mujer la que ha cambiado en la cultura. Actualmente, es bastante común escuchar en las mujeres una separación entre el goce y el amor, versión más masculina, en tanto que está imbuida en esa metonimia del objeto intercambiable, y no a la metonimia de los objetos y rasgos de la feminidad que la niña ha tomado de la madre.
Escuchamos que hay una cierta anorexia respecto al amor en las mujeres. Una especie de depreciación del amor, incluso están advertidas de no enamorarse y -al modo masculino- mantienen una máxima tensión entre el amor y el deseo. Hay un semblante reivindicativo, desafiante de la mujer que, bajo el modo de “si ellos lo hacen, ¿por qué no nosotras?”, rebaja su vida amorosa y las pone en riesgo de relaciones estragantes para ella. Es una partida para ser autónoma del otro del amor, de cuidarse de no caer en el enamoramiento –con cierto rasgo de desconfianza en el hombre– lo que la conduce a las mayores dificultades para hacer pareja, a la vez que descalifica al hombre, lo torna impotente.
Es cierto que esto las lleva también a problematizar su maternidad, y son las que más han pedido a la ciencia un hijo. Cómo se fabrica un hijo no como un don, sino como un objeto. Y es curioso que la mujer pase de pedirle a la ciencia la autonomía para quedar o no embarazada, y le dan los anticonceptivos, y 50 años después la tenemos pidiéndole que le haga un hijo sin intervención del hombre.
En cuanto al hombre, nos dice Manuel Fernández Blanco que hay una infantilización creciente del varón. Lo toma ya en el apartado de la “Las consecuencias en la clínica” y en su artículo en la Voz de Galicia titulado “Porque las siguen matando?”(6) donde dice: “Asistimos a una infantilización generalizada de la sociedad, y tal vez del hombre en particular. Es difícil encontrar a un adulto de verdad, como padre, como pareja, como persona que se responsabilice de su vida. Esta dependencia conlleva un auge de las patologías más regresivas, relacionadas con las adicciones en general y la dependencia.
La dependencia se acentúa en las relaciones de pareja y se manifiesta de forma extrema en la imposibilidad de aceptar perder a esa persona.” “La infantilización del varón en particular y de los adultos en general es un hecho, es difícil encontrar un adulto de verdad hoy en día…”
Y hay una reflexión que se hace sobre esto: “el declive de la función paterna lleva aparejada también una infantilización creciente del varón” (7)
Citando a Jacques- Alain Miller en ”Intuiciones milanesas”:
“La clínica contemporánea a la cual nos enfrentamos desde hace años, bascula hacia el lado del no-todo. Esta clínica del no-todo es aquella en la que florecen las patologías centradas en la relación con la madre, o bien centradas en el narcisismo y que, cuando se disponía de la jerarquía anterior, correspondían al registro edípico, pero ahora de algún modo se han independizado” (9)
Patologías regresivas –las toxicomanías, la anorexia– de “poco padre”, que Manuel Fernández Blanco liga a la dificultad del destete, donde la operación de separación solo se puede efectuar en lo real al no apoyarse en lo simbólico del padre como mediador: son patologías relacionadas con el superyo materno sin mediación. Son patologías del acto, donde las nuevas formas de goce se relacionan con el declive de la función paterna y no pasan por el orden fálico.
La toxicomanía y la anorexia son patologías de la dependencia que dejan al sujeto desnudo con los estragos de no poder aceptar el destete.
Hemos trabajado mucho sobre anorexia y toxicomanías, pero Manuel Fernández Blanco da un paso más y pone en serie con las patologías del acto el feminicidio, y he de decir que me parece una de las tesis más novedosas sobre el tema.
En su artículo “¿Porque las siguen matando?” y en este libro, Manuel Fernández Blanco hace partir esta patología del feminicidio, -que ya es como una epidemia al menos en España, aproximadamente 57 mujeres asesinadas en lo que va de año 2010-, de las posiciones del hombre y de la mujer frente al amor y al goce del que hemos hablado hace un momento.
En “¿Porque las siguen matando?” nos dice: “El lugar de la mujer ha variado en las sociedades occidentales, y este cambio no ha ido en paralelo de cambios sustanciales en el varón. (…). Las mujeres están utilizando más la sexualidad como elemento de construcción de su identidad. La mujer ha sido más capaz de combinar sexualidad y placer con la vida pública, y para el hombre es más difícil separar placer y responsabilidades.
Hombres y mujeres padecen de diferentes tipos de dependencia. La dependencia de la mujer está más relacionada con la espera de un signo de amor de su pareja, lo que en ocasiones la aboca a situaciones de maltrato: le hace creer las palabras de amor y de arrepentimiento o interpretar que los celos son signos de interés. Cuando una mujer se instala en una posición de amor permanentemente decepcionada, siempre espera que en la siguiente ocasión sea diferente. Esto tiene que ver siempre con su historia infantil, con sus vínculos de amor y dependencia más primarios.
La dependencia se acentúa en las relaciones de pareja y se manifiesta de forma extrema en la imposibilidad de aceptar perder a esa persona. Para estos hombres-niño, la pérdida o el abandono resultan insoportables. Por eso, en un porcentaje muy significativo de casos, al asesinato de la mujer le sigue el suicidio o el intento de suicidio del agresor como la expresión de la dependencia infantil más radical. Estos hombres no pueden vivir sin ellas en el sentido literal, porque una vez destruida esa persona ya no tienen con qué sostenerse en la vida.
Frente a esta realidad, las necesarias medidas de apoyo a las víctimas y de prevención de la violencia de género encuentran sus límites. Los programas y protocolos generales no toman en cuenta que detrás de cada mujer maltratada hay una historia, al igual que detrás de cada hombre maltratador. Las respuestas estandarizadas condenan a menudo a la cronificación porque, sin abordar la particularidad de cada historia de maltrato, no es posible salir de la repetición.
También Mercedes de Francisco, en su artículo “Una perspectiva diferente sobre la violencia de género” (10) concluye: “Es el hombre el que más teme perder, pues su interés es mantener lo que “tiene”. El hombre vive en tensión por perder dinero, poder, prestigio, potencia…, etc. Para la mujer, lo valorizado es el don de amor, para ella la pérdida de amor es lo amenazante.”
Y estas son algunas de las reflexiones que esta conferencia nos aporta para trabajar nuestro tema Los hombres y sus semblantes, en nuestras próximas Jornadas de la ELP.
Bibliografía
(1) Manuel Fernández Blanco La repetición como concepto fundamental del Psicoanálisis, , Ed. Capiton- Seminarios Clínicos 4 Seminario dictado por el Centro de Investigación y Docencia en Psicoanálisis, adscrita a la Asociación Caraqueña de Psicoanálisis (NEL) dictado en el primer semestre del año 2009.
(2) Tres preguntas a Manuel Fernández Blanco al hilo de la conversación del ICF, El amor en la neurosis
(3) La repetición como concepto fundamental del Psicoanálisis, Pág. 19
(4) Op citada, Ronald Portillo, prologo Pág. 6
(5) Jacques- Alain Miller, “Intuiciones Milanesas”, articulo aparecido en Cuadernos de Psicoanálisis Nº 29
(6) “Porque las siguen matando?” Manuel Fernández Blanco, publicado en el periódico Voz de Galicia
(7) La repetición como concepto fundamental del Psicoanálisis, Pág. 31
(8) Op citada, Pág. 24
(9) Jacques- Alain Miller, “Intuiciones Milanesas II”, en Cuadernos de Psicoanálisis Nº 29,Pág.43
(10) Mercedes de Francisco, “Una perspectiva diferente sobre la violencia de género”, aparecido en el Blog de la ELP
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DE CÓMO EL FETICHE HACE DE OBSTÁCULO AL AMOR, por Ricardo Rubio
Una de las dificultades de los hombres en los asuntos del amor, tiene que ver con la dificultad de pasar del universal al singular. Se vive en el fantasma como un S1 universalizante, ignorándose como sujeto en relación a un objeto: S barrado losange “a”. Su adherencia a los semblantes de niño o de padre, le dificultan el acceso al semblante de un hombre para una mujer, un niño perdido para una niña perdida, un sujeto tachado que acompaña a otro sujeto tachado cuya vocación, por parte del sujeto femenino, me refiero, apunta también al A tachado, al goce de la palabra de amor y no solo al objeto de su fantasma.
Podría decirse, que los remiendos desde el goce fálico, ponen en aprietos a los hombres en el amor.
Cuando una mujer se desubica de su posición de objeto “a”, en el fantasma de un hombre, para exigir de él una respuesta del lado del A tachado, del lado de la palabra de amor, puede ocurrir que este hombre, en su intento de reparación por el fantasma, por el empuje fantasmatico para restituir la relación desde el goce fálico y la no respuesta de esta mujer como “a”, induzca al goce fálico de este hombre al encuentro en el propio cuerpo del objeto “a”, lo que le sumerge en el goce auto erótico exacerbado y autista; en tanto el recorrido de la pulsión no encuentra en el cuerpo del Otro sexo el objeto de su satisfacción.
Si tomamos el párrafo de J.-A. Miller con el que finaliza su capítulo “Una repartición sexual” de su curso “El partenaire–síntoma”: “Entonces decimos el amor, pero el amor del lado izquierdo aparece siempre como un suplemento de “a2”, llegado el caso, como un semblante que vela “a”; mientras el amor del lado derecho tiene totalmente otro valor. El amor del lado mujer es, en verdad, un componente del objeto erotómano mismo”. Entendemos con esto que: mientras el amor del lado masculino no es más que un semblante que vela “a”, el goce de “a” al modo fetichista, lo que conlleva tomar el cuerpo de una mujer como mudo, sin palabras, del lado femenino, el que su objeto hable, es consustancial al propio objeto.
Creo que pueden ubicarse ahí algunas problemáticas en el amor que hacen que una mujer pueda ser un síntoma para un hombre, en tanto al no responder a la palabra de amor, e intentar solucionar el problema del lado del fantasma y del objeto en su modo fetichista, la no respuesta del lado mujer como fetiche, ocasiona que el significante que no toma forma como carta de amor para el Otro, produzca ciertos paroxismos de goce en el propio cuerpo, donde la pulsión encontrará el objeto para el goce autista; en tanto el significante que sostiene al sujeto en el fantasma, toma forma de un S1 sin objeto y que apunta al cuerpo por no encontrar una significación en el Otro. Paroxismo que puede tomar distintas formas, como veremos en las dos viñetas clínicas que voy a comentar.
Caso 1: Ellas me riñen
Un varón, acude a la consulta en un estado bastante eufórico y compulsivo en sus maneras, se queja de que ese suele ser su estado habitual. Desde hace bastantes meses, recurre a la masturbación como único modo de sexualidad. No le apetece hacer el amor con su pareja, porque ella se pasa todo el tiempo riñéndole.
En el relato de la vida de este hombre, aparece la evidencia de que todas las parejas con las que ha estado, le riñen.
Para cortar el estado compulsivo de este paciente, decido hacerle tres puntualizaciones que hagan de corte al excesivo goce fantasmático.
“¿Que hace usted para que todas las mujeres le riñan?”
“¿Se ha dado cuenta de que la alteración del cuerpo que describe, es similar a lo que acontece al cuerpo cuando se tiene un orgasmo?, sudoración, taquicardia.
“¿Quién es esa mujer que le reñía siempre?”
Después de un momento de perplejidad, que corta de golpe el estado compulsivo del paciente, responde con sorpresa a la última pregunta. “Es la mujer con la que me crié, tengo una imagen de la que no me he olvidado nunca, se trata de ella persiguiéndome con la zapatilla, riñéndome y pegándome y yo riéndome, tendría 4 ó 5 años.
Su propia respuesta a la pregunta, ha abierto para el paciente un cierto deseo de saber sobre, cómo aquello de la infancia puede haberle afectado en su relación con las mujeres.
Ha encontrado un modo de frenarse cuando se inicia una discusión con su mujer, ha inventado lo siguiente: se dice a si mismo “deja de hacerte pajas con eso” y se calma.
Evidentemente queda mucho recorrido, pero quizás el poco de saber sobre su goce que vaya arrancando, le permitirá esbozar algo de la carta de amor en relación a su mujer.
Caso 2: “No consigo correrme”
Se trata de un hombre que plantea como síntoma la incapacidad de llegar al orgasmo desde hace más de un año. Cuando dejó de tener relaciones con su mujer, empezó a masturbarse con películas porno que veía en el ordenador, poco a poco fue recorriendo en el ordenador todo tipo de fantasías, pero estas se agotaron y empezó a serle imposible llegar al orgasmo.
Aunque en el relato se apreciaba el movimiento de la sexualidad masculina, en el sentido de la exacerbación del fantasma cuando falla la relación amorosa, había en el caso un punto de exceso, como si el propio fantasma tuviera una labilidad particular. Tanto el autismo tan excesivo de este sujeto, como la falta de represión en la expresión pública de su sexualidad, me levantaron una cierta alerta.
Al indagar en su vida personal, aparece que se trata de un niño abandonado por su padre y cuya madre lo dejó en instituciones de enseñanza, interno desde muy pequeño.
La sintomatología apareció hace cinco años, momento que coincide con la muerte de un hombre de la familia de su mujer, al que quería mucho y estaba muy unido.
Sólo cuando el analista relacionó lo que le estaba ocurriendo con la muerte de este hombre, el paciente apareció como vivo en la entrevista, el relato de todo lo demás parecía que no iba con el. Concluyó que seguiría viniendo si se enfocaba el tema desde esa óptica.
En el primer caso, puede esperarse que la pacificación fantasmática y el trabajo de desidentificación, puedan orientar a este sujeto en un amor más digno en relación con su partenaire y puede esperarse que, como dice J.A. Miller en su curso “El partenaire-síntoma: “Un psicoanálisis realice sobre el poema subjetivo una especie de análisis textual cuyo efecto sea extraer primero el elemento patético para despejar el elemento lógico”, podría decirse que algo del goce condescienda al deseo. El segundo caso, apunta a que tendremos que vérnoslas con un goce deslocalizado, por la ausencia de “a” como objeto extraído y por tanto condensador de goce. Habrá que apuntar por el lado de que el amor de transferencia, pueda reconstruir para el paciente algo que ocupe el lugar del nombre del padre que fue para este sujeto, el hombre muerto.
Los síntomas con los que se presentan, tienen lecturas distintas; si el primero presenta periodos de impotencia, con los avatares del falo, el segundo construye una anorgasmia, que le permite una apertura a gozar como una mujer, sin el tope del falo.
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“¿UN PADRE NUEVO?”, por Lidia Ramírez
Es la expresión que usa una madre para explicar por qué ha decidido participar en un “taller de padres”. Las interrogaciones las he añadido yo con el fin de participar en el debate suscitado a raíz de las IX Jornadas de la ELP, en relación a “¿Nuevas modalidades de la paternidad?”, que está también planteado entre interrogantes, a mi entender de manera acertada.
Efectivamente, más allá de lo que se refiere a esta madre, ¿podemos pensar hoy que se trata de un padre nuevo?
Desde mi punto de vista, algunas cosas han cambiado. Hace unos años un padre no tenía ningún reparo en decir que “los hijos son cosa de las madres”, en este momento los padres acuden a “escuelas de padres” para aprender. Esto sin duda tiene que tener consecuencias.
Llamamos “taller de padres” a un espacio que ofrecemos a los padres no para instruirlos sino para modelar con ellos un objeto, producir un cierto saber, que les permita responder de una manera particular a la pregunta: ¿qué es un padre? Aunque estos espacios no estén pensados como escuelas, los padres suelen acudir a ellos para aprender. Siempre están más concurridos por madres que por padres, pero suelen acercarse a ellos hombres traídos por sus mujeres que se presentan como “padre no biológico”, o como “otro padre”, o como “un padre nuevo” o como “un compañero”, o como “padre democrático”, son nombres que ellos se dan.
Si bien no se trata de dividir a los padres entre los biológicos y los que no lo son, a veces he pensado que este enunciado “no biológico” lleva a los padres a ir un poco más lejos de las cuestiones que habitualmente se presentan: obediencia-rebeldía, respeto-falta de respeto, límites, castigos etc. Muchos padres están preocupados por “ganarse la autoridad” de sus hijos y sólo uno pregunta “si los hijos pueden prescindir de los padres”. De entrada podría parecer una pregunta irresponsable, sin embargo preferimos tomarla en serio y responder con otra: ¿qué espera la sociedad de los padres?
Hay dos fenómenos en lo social que tocan de una forma novedosa la cuestión de la paternidad. Por una parte, la ciencia concentrada en la reproducción empuja en una dirección en la que hace pensar que el hombre puede ser reducido a su condición de fértil: la fórmula “donante anónimo” es un ejemplo bien claro; por otra parte, el ascenso y el soporte que en el campo de lo social se concede a las llamadas “familias monoparentales”, compuestas en su gran mayoría por madres con sus hijos, lleva a pensar que se puede prescindir del padre. Además la consigna que hay para los padres desde algunos planes directores, es la “recuperación de sus capacidades”.
Una de las preguntas que dejamos siempre abierta en estos “talleres” es la que hace referencia a la función paterna. Nos recordaba Cristina Califano hace unos días, haciendo referencia a E. Laurent, que la función paterna no está garantizada de entrada, se trate de la familia que se trate, y que es una función que se ha de “constituir”.
En el El País Semanaldel 3 de octubre hay un interesante artículo de Javier Cercas en la que habla de tres hombres célebres: Arthur Miller, Kenzaburo Oé y Kafka, y de las respuestas que dieron a la paternidad.
Creo que hay algo novedoso en la época en que vivimos, en la que el rechazo a la subjetividad afecta también a los padres. A los padres se les pide que impongan normas, y así los padres quieren saber la lista de las normas que convienen. A los padres se les dice que la infancia se puede “enlatar” en una serie de pautas iguales para todos los padres y para todos los hijos, y entonces los padres quieren pautas; quieren “aprender a gestionar sus emociones” para enseñarles dicha gestión a sus hijos. Sin embargo, esto no es así para todos los padres. Hay hombres para los que en este asunto de los padres se trata de ir más allá de la tan traída y llevada autoridad, y buscan entre los enunciados dados, los sociales, los de los otros padres, los que pueden leer en su historia, cómo constituir una enunciación desde la que acceder a su propia “condición de padre”. Creo que esto no es tan nuevo.
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“¡ALGO HABRÁ HECHO!”, por Fernando Martín Aduriz
Mi abuelo hablaba poco. “¿Para qué?”, decía, “ya está tu abuela que habla por ella y por mí”. Pero cuando hablaba, eso se recordaba meses. Como esa frase que aún recordamos sus nietos y que hoy hasta me sirve de título a este breve escrito para nuestras próximas Jornadas: ¡Algo habrá hecho! Fue su expresión, de la que no le sacamos media palabra después, refiriéndose a la muerte a martillazos de una mujer a manos de su marido. Contaré la escena: la abuela lee en voz alta la noticia del periódico mientras los nietos jugamos a las cartas con el abuelo. “Muere a manos de su marido quien la golpea hasta matarla con un martillo”, exclama sobrecogida mi abuela. Silencio total. Hasta que mi abuelo suelta la frase de marras. Frase, que luego he escuchado a otros hombres, con distintas declinaciones, en mi consulta de psicoanalista.
La expresión de mi abuelo pertenece a los años sesenta del siglo pasado. Desconozco si las cifras de entonces eran tan escandalosas como las de ahora, pero lo que es seguro es que décadas de democracia y de leyes y apoyo social posterior no van a ser suficientes mientras existan hombres, -no sólo enfermos en la estructura que conocemos que no permite la más leve oscilación de la distancia imaginaria con su partenaire femenino o que sean fieles a sus certezas de Otro malvado-, sino hombres aferrados a la lógica del tener e incapaces de aceptar la disarmonía entre los sexos.
Esta lógica del tener atraviesa varios de los textos de la Bibliografía Razonada de las IX Jornadas que se dedicaran a los hombres y sus semblantes. Como sabemos se sitúa del lado masculino por oposición a la lógica del ser, volcada en el lado femenino. Lados que recorren hombres y mujeres por igual, y pertrechados de su ocasional semblante.
Al pedido de hombres, en el libro “Mujeres, una por una”, formulado por Gustavo Dessal, y hombres que podrían acudir raudos en alguna esquina, podríamos relacionar un texto borgiano, que de seguro recordará.
Es uno de mis ‘borges’ preferidos. Se trata de ‘Hombre de la esquina rosada’. A esa esquina acuden los personajes borgianos pintados bajo el lápiz de la virilidad masculina llevada en cortocircuito y sin ambages a sus extremos más navajeros. Allí La Lujanera, personaje femenino, mucha hembra, va buscando ‘el hombre’ y parece que a ella le permite desarrollar su alteridad, pivotando de uno a otro al cual más viril, si la virilidad la entendemos como allí se dice, “mucho hombre”, porque es capaz de dar matarile con prontitud, o de morir ‘como un hombre’. Allí, El Corralero, busca “un hombre” al que quiere encontrar, “pa’ que me enseñe a mí, que soy naides, lo que es un hombre de coraje y de vista”. Ante la ausencia de enfrentamiento, por la cobardía de Rosendo, la Lujanera exclamará: “Déjalo a ese, que nos hizo creer que era un hombre”. Toda una versión del ser hombre que ha machacado a generaciones de sujetos masculinos incapaces de responder a ese ideal para desesperación de sus viriles padres. Pero convendría advertir que virilidad no es violencia.
Lacan contempla este punto de manera brillante en el cuarto libro de la psicología amorosa y que completa los tres anteriores de Freud al decir de Miller, esto es, en “La significación del falo”. Allí señala la función de nudo del complejo de castración para regular la forma en que se instala en el sujeto esa posición inconsciente que va a permitir responder sin vicisitudes a las necesidades de su partenaire sexual.
Pues bien, ahí encajan las palabras de mi abuelo. Cuando el sujeto masculino pertrechado de sus disfraces, de su máscara de virilidad, de su semblante, ha de responder a lo que es demandado desde el lado femenino, allí es donde no siempre está preparado para responder sin vicisitudes. Y es donde la expresión del sujeto masculino en nuestras consultas es muy similar a la de mi abuelo. No pasan al acto, pero en su fantasía anida responder con vicisitudes:
1.Un sujeto harto de escuchar el lamento quejoso de su partenaire, exclama: ¡A veces la mataría!
2. Otro, que vive un impasse: ¡Ahora entiendo a los que toman la calle de en medio!
3. Otro, capitidisminuido por la afrenta permanente a su impotencia en tareas varias afirma-pregunta: “¡Usted cree que esto lo puede tolerar un hombre que se viste por los pies!”
El recurso a la violencia criminal es trabajado por José A. Naranjo en su “Notas sobre la violencia doméstica”. Indaga en esa problemática actual respecto a los casos de violencia de género, cuando acababa de salir la ley española. Toma varias vertientes y referencia el capítulo final del seminario sobre La Transferencia “El analista y su duelo”. Se pregunta Naranjo por qué en las referencias de crónicas sobre violencia doméstica –y hoy, octubre de 2010 es muy actual, cuando se acaban de igualar en España las cifras de muertes violentas de todo el año 2009-, por qué en los comentarios periodísticos no se hablan de sexo, es decir, de deseo y de goce. Deseo: para estos hombres se recupera el deseo vía violencia, recuerda a Lacan, “lo sexual sólo puede reintroducirse de un modo violento”, y la frecuencia con que Lacan habla de significantes como eliminación, pues sujetos identificados al resto desechable, se encaminan tras el acto criminal a su propia desaparición, su autoeliminación.
Goce: el acto criminal buscaría lo que oculta la división, lo que supone el núcleo de goce en el partenaire, al que se le destriparía cual niño al estropicio del juguete para ‘ver qué tiene dentro’. Lacan en ese capítulo, afirma que “forzar a un ser... más allá de la vida no está al alcance de todo el mundo”, Naranjo explicará que para llevar las cosas a ese punto extremo, para querer saber el núcleo de goce del otro, se requiere antes haber llegado a saber el núcleo del propio goce. El neurótico retrocede cuando se trata de franquear un límite en donde la propia imagen es la que se fragmenta al romper la imagen del otro. No está a su alcance, para forzar, se precisa más el estatuto de la perversión, la estructura sádica mantenida en el tiempo, o ejecutar con precisión un pasaje al acto con resultado de muerte.
Cuando he tratado a victimas de la violencia masculina he recordado siempre la expresión de mi abuelo y me he preguntado qué es lo que tiene que hacer una mujer para hacerse acreedora del acto violento por parte de su partenaire masculino, ganarse ese aplastamiento. Una mujer me señaló el momento en que empezó el mal trato, las vejaciones, la humillación y la violencia sin más, y para su sorpresa absoluta, sin un atisbo para ella antes de ese día: la noche de bodas. Momento absoluto en que para otra mujer se iba a detectar la ausencia de virilidad de su macho. Momento también de impotencia masculina para un sujeto, tras la legalización, la sanción simbólica de su relación de dos.
Naranjo señala algo sobre la responsabilidad, pues, dice, si moral y penalmente corresponde al hombre criminal, del lado de la mujer correspondería el no estar advertida de “con quien vive o convive”. ¿Algo habrá hecho? La respuesta de Naranjo: no estar advertida: “Es conveniente saber que cuando se pisa la cola de la serpiente, es esperable el retorno en forma de mordedura”, y finaliza: “No tomar nota de esta mínima medida de prudencia lleva a algunas mujeres a precipitar lo que se convierte en su destino mortal”.
Un apunte, no poco conocido, pero que conviene recordar: llama la atención que los hombres de las sociedades más avanzadas, con mejor puntuación en los exámenes académicos, mejor instruidos en el deber ser kantiano, más conocedores de lo que ha de hacer un hombre civilizado para respetar a una mujer, sean precisamente las sociedades nórdicas, a la cabeza en violencia criminal contra las mujeres, países de donde viene el gran best seller de Larsson, ‘Los hombres que no amaban a las mujeres’.
Por último, una cita de Miller procedente de la Bibliografía para estas Jornadas, de su Curso del 26 de noviembre de 2008: “(…) congruente con la verdad fundamental del psicoanálisis, que la armonía nunca está prometida para el ser hablante, que la enfermedad le es intrínseca, que esta enfermedad se llama la forclusión, la forclusión de la mujer, que implica que no hay relación sexual.”
Atestigua, pues, para un hombre, una mujer, que la relación sexual no existe, que el agujero permanece aún cuando la espose.
Bibliografía:
Borges, J. L., ‘Hombre de la esquina rosada’, en Historia universal de la infamia, Biblioteca Borges-Alianza, Madrid, 1997.
Lacan, J., “La significación del falo”, (1958) Escritos 2, Siglo XXI, Madrid, 1985.
Lacan, J., “El analista y su duelo”, (28-6-1961) en Seminario VIII La Transferencia, Paidós, Barcelona, 2003.
Miller, J-A., Lógicas de la vida amorosa, Manantial, Buenos Aires, l989.
Miller, J.-A., Curso Cosas de finura en psicoanálisis (clase del 26-ll-2008).
Naranjo, J. A., “Notas sobre la violencia doméstica” (pp 39-47), en Razón del psicoanálisis, RBA, Barcelona, 2006.
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LOS GOCES MASCULINOS Y SUS SOMBRAS, por Esperanza Molleda
El tema de estas Jornadas “Los hombres y sus semblantes” es una invitación a volver enigmática la masculinidad. En la presentación de las Jornadas se abre la pregunta acerca de si el binario falo-castración y la sintonía del goce masculino con el significante-amo permite pensar la sexuación masculina desde “la sencillez de lo Uno”. Lo cierto es que, tanto la observación de la vida sexual y amorosa de los varones como la práctica clínica y los testimonios del pase de los analizantes hombres, en modo alguno permiten afirmar que la relación del sexo masculino con el goce sea mucho más sencilla que la de las mujeres.
En la “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela”, Lacan habla de la relación del psicoanalista con el saber que se le supone y nos recuerda la recomendación insistente de Freud de abordar cada caso, cada cuestión nueva como si no supiéramos nada. El tema de estas jornadas incita a volver a pensar lo masculino desde el no saber, sin acomodarse en lo ya descifrado hasta ahora por la teoría psicoanalítica.
Dos indicaciones de Lacan en este texto orientan al psicoanalista en su posición de ignorancia. Por un lado, esta disposición a pensar desde cero no autoriza al analista a contentarse con saber que no sabe nada, porque, dice Lacan, “lo que está en juego es lo que tiene que saber”. Y, por otro lado, Lacan señala la necesaria presencia del deseo, del deseo del analista, para que lo no-sabido llegue a adquirir cierta consistencia en el marco del saber. De la mano de estas dos orientaciones nos podemos distanciar de la identidad entre masculinidad y goce fálico para ahondar en el desconocimiento acerca de los hombres y su relación con el goce abriendo intencionadamente este campo a la pluralidad y a lo umbroso.
En el punto de partida encontramos a Freud que afirma taxativamente en su artículo sobre el fetichismo: “Probablemente ningún ser humano del sexo masculino pueda eludir el terrorífico impacto de la amenaza de castración al contemplar los genitales femeninos”. El par falo-castración y la lógica perversa del fetiche usado para poder repudiar la castración están en el inicio de la relación del varón con el goce, pero 45 años después, Lacan en el Seminario 20 hace una puntualización fundamental: en el varón neurótico no se trata de la perversión, se trata del sueño con la perversión. Sueño necesario para que el neurótico pueda alcanzar a su pareja, afirma Lacan, pero que a nosotros nos lleva a hacernos preguntas ¿qué acontecimientos de deseo y de goce en la vigilia producen este sueño? ¿Qué relación con el deseo y el goce aparece cuando el varón neurótico despierta del “sueño perverso”? En la confrontación del varón con la castración, con lo femenino, con las declinaciones del goce no exclusivamente fálico que la lógica del fantasma no logra tapar por completo aparecen otras maneras de gozar del varón: en la relación éxtima con el propio fantasma perverso, en la relación con el partenaire síntoma, en la relación con lalengua, en la relación con el propio cuerpo más allá del pene. En este punto el goce se vuelve misterioso para el varón y el análisis le ofrece la posibilidad de explorarlo.
Referencias
1 LACAN, J., “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista en la Escuela” en COTET, S. et al. Momentos cruciales de la experiencia analítica, Buenos Aries, Manantial, 1987, p. 14.
2 FREUD, S., “El fetichismo” en Obras Completas, vol. XXI, Santiago Rueda editor, Buenos Aires, 1955, p. 241.
3 LACAN, J., Seminario 20: Aún, Ediciones Paidos, Buenos Aires, 2008, p. 105.
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IF, por Gloria Flores Ramírez
Desde que recibí la buena nueva de las Jornadas, pienso más en los hombres que en toda mi vida. A pesar de ser una de tantas mujeres, jamás me quitó el sueño pensar en un "hombre". Es evidente que el inconsciente trabaja mirando a una Meca que es Madrid, en este caso. Y entonces recordé un poema de Rudyard Kipling titulado "If" (y de ahí la película del mismo título). El poema nunca ha sido santo de mi devoción, pero podemos releerlo y reflexionar en el supuesto devenir hombre de los que primero son niños y después adolescentes. Y, repito, en el supuesto devenir hombre. Lo he traducido del inglés, y queda como sigue:
"IF" (Si)
Si puedes mantener intacta tu firmeza
cuando todos vacilan a tu alrededor
Si cuando todos dudan, te fías de tu valor
y, al mismo tiempo, sabes exaltar su flaqueza
Si sabes esperar y a tu afán poner la brida
o siendo blanco de mentiras esgrimir la VERDAD
o siendo odiado, al odio no le das cabida
y ni ensalzas tu juicio ni ostentas tu bondad
Si sueñas, pero el sueño no se vuelve tu rey
Si piensas y el pensar no mengua tus ardores
Si el triunfo y el desastre no te imponen su ley
y los tratas a ambos como a dos impostores.
Si puedes soportar que tu frase sincera
sea trampa de necios en boca de malvados
o mirar hecha trizas tu adorada quimera
y volver a forjarla con útiles mellados.
Si todas tus ganancias, poniendo en un montón,
las arriesgas, osado, en un golpe de azar
y las pierdes, y luego con bravo corazón,
sin hablar de tus pérdidas, vuelves a comenzar.
Si puedes mantener en la ruda pelea
alerta el pensamiento y el músculo tirante
para emplearlo cuando en ti todo flaquea
menos la voluntad que te dice adelante.
Si entre la turba das a la virtud abrigo
Si no pueden herirte ni amigo ni enemigo
Si marchando con reyes del orgullo has triunfado
Si eres bueno con todos pero no demasiado
Y si puedes llenar el preciso minuto
en sesenta segundos de un esfuerzo supremo
tuya es la tierra y todo lo que en ella habita
y lo que es más SERÁS UN HOMBRE, hijo mío...
Busqué el poema en diversas webs para comprobar los comentarios que siempre se suelen realizar sobre cualquier escrito, y encontré opiniones muy curiosas. Hay una que dice: "(...) me encanta la descripción de cómo debe ser un hombre en su virtud y acciones. Creo que deberíamos tomarlo de referencia no sólo como hombre del género masculino, sino como género taxonómico de la humanidad, hombre y mujer en su integridad...". En otra: "Pocos meses después de escribir este poema, de intención bélica, el hijo de Kipling, de 18 años, que se sintió interpelado por este poema, se enroló como voluntario en la Primera Guerra Mundial; miope e inexperto, murió a las pocas semanas en Artois. Kipling se pasaría el resto de su vida buscando el cuerpo de su hijo". Y esta: "Me recuerda a otro de un coche con la voz y el texto de Cortázar; "cuando alguien te regala un reloj, en realidad...". Pero bueno, al fin y al cabo, gracias al anuncio se ha publicado el post de Kipling, lo he leído y he aprendido qué hacer para ser un hombre, y además ya sé qué gasolina es la mejor para el coche".
Como estas "rates", hay bastantes en la Red. Suelen ser jóvenes los que escriben, los que se supone devendrán hombres.
20 de Octubre de 2010
BIBLIOGRAFIA RAZONADA. X JORNADAS ELP. Comisión Referencias Bibliográficas: Julio González, Gracia Viscasillas, Luis Seguí
MADRID
20 Y 21 DE NOVIEMBRE DE 2010
Círculo de Bellas Artes
Sala de las Columnas
BIBLIOGRAFIA RAZONADA. X JORNADAS ELP
Con el texto de José Ramón Ubieto que acompaña estas líneas, la Comisión Bibliográfica de las IX Jornadas de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis inaugura la sección de “Bibliografía razonada”, complementaria de los avances actualizados remitidos periódicamente a todos los participantes en las próximas Jornadas.
La Comisión agradece la excelente respuesta que ha tenido esta iniciativa por parte de numerosos colegas de las distintas sedes de la ELP, muchos de los cuales ya nos han hecho llegar su colaboración, y otros muchos comprometido el envío de sus aportaciones a lo largo de este mes y en el de Octubre, de tal modo que en el tiempo que resta para la celebración de las Jornadas todos los interesados puedan disponer de abundante y valioso material de estudio y trabajo.
Comisión Referencias Bibliográficas X Jornadas ELP: Julio González, Gracia Viscasillas, Luis Seguí (coordinador)
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BUENOS DÍAS PATERNIDAD, por José Ramón Ubieto
En una interesante conferencia de Jacques Alain Miller sobre los enigmas de lo masculino, publicada en Colofón nº 14 (pgs. 34-41) bajo rl título “Buenos días Sabiduría”, comenta la referencia que Lacan hace, al final del Seminario IV sobre el declive de lo viril.
Lacan toma al pequeño Hans como el paradigma de un tipo de relación sexual (de legalidad heterosexual pero de dudosa legitimidad) que empieza a ser dominante al final de la segunda guerra mundial. Es una época –bautizada por Kojève- del saber absoluto, correlativa al declive de lo viril, incluso a su desaparición. Las referencias de Kojève a las novelas de Françoise Sagan (Bonjour tristesse y Un certain regard) refuerzan este pronóstico de “Adiós al macho”.
Desaparición que no traduce otra cosa sino el empuje a la igualdad de los sexos, al todo lo mismo de la pujante democracia americana. Lacan ya nos había advertido en l938 (“Los complejos familiares”) del declive de la imago social del padre y ahora se completa este análisis con las consecuencias de este declive: la crisis del hombre, del que apenas quedan restos. Miller señala la homología de esta fórmula con la de La mujer no existe.
Tras una interesante disertación sobre el dandismo y su gran representante, Georges Brumell, Miller concluye su conferencia señalando las similitudes de este personaje heroico con el analista que también es amo de su palabra, de su ser y de su apariencia. Y que, como hacía Brumell, causa y hace temblar a los semblantes,. Su diferencia es que su condición heroica sólo lo es por su estatuto de objeto a, desecho del destino, condición que se alcanza al término de cada cura. No es esta una postura que se apoye en la identificación, sino más bien en su destitución subjetiva.
La nueva paternidad
El rasgo de ese nuevo mundo que anuncia Kojève es la la uniformización, “el camino de lo homogéneo” y en ese camino parece se sitúan muchos de los semblantes masculinos que se proponen ya entrado el nuevo Siglo XXI.
Si hay un significante amo para configurar esa nueva masculinidad es el de la igualdad hombre-mujer como referencia clave. ¿Cómo caminar entonces hacia ese horizonte uniforme? Una buena solución es la de la paternidad, una nueva paternidad que se ofrece como el buque insignia de las transformaciones de la masculinidad. Se trata de una paternidad igualitaria, distinta de la tradicional, que logre el ideal de padre perfecto: aceptado por las madres, la sociedad y congruente con las aspiraciones laborales que dejan de ser protagonistas para ceder su lugar a las debilidades sentimentales y la gestión de las emociones como clave del buen desarrollo de sus hijos.
Un reciente estudio Los Hombres Jóvenes y la Paternidad dirigido por Inés Alberdi (una de las referencias españolas en sociología de la familia) y publicado por la Fundación BBVA (Bilbao, 2007) nos muestra como estos “Hombres al sol”, inútiles sin su ocupación profesional, se rehabilitan en el trabajo doméstico y la crianza. Es una experiencia emocional nueva y deseada, un antes y un después en su ser personas. Supone una feminización de lo masculino pensada como un avance social: el padre deviene un proveedor de afectos, al estilo de las madres antiguas. Y de paso implica un beneficio vital para el hombre ya que, en el régimen de la adolescencia generalizada, la paternidad –con el compromiso por el hijo- es hoy un rito de paso entre juventud y madurez, de mayor alcance que la vida en pareja o la simple emancipación.
La buena paternidad masculina se presenta como la solución a la inexistencia de la relación sexual ya que aquí sí hay una armonía (libre de violencia y competencia) que contrarresta la desigualdad de género. Este “Hombre nuevo” hará el duelo por la pérdida de la autoridad tradicional y obtendrá su nueva ganancia a través de los afectos y el cuidado de los hijos. La afectividad como expectativa dominante de la paternidad sostenible, es la clave de bóveda de este nuevo semblante y el príncipe Felipe sería uno de los símbolos de esta nueva paternidad.
“Compartir el polvo” fue el lema exitoso mediáticamente, de la campaña de igualdad que en 1998 promovió la Diputación provincial de Córdoba. Un buen ejemplo para captar que no se trata, para el varón, de hacer de la mujer un objeto causa, sino más bien de compartir esa escena fantasmática, donde los afectos y las imágenes velan las paradojas pulsionales. Una de ellas, por ejemplo, es la curiosa relación que encontramos hoy entre las tasas de violencia de género y las tasas de igualdad de los sexos, paradoja especialmente destacable en los países nórdicos, los más avanzados en ese “camino de lo homogéneo”.
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SOBRE UNA DEGRADACIÓN GENERAL DE LA VIDA ERÓTICA. (1912), por Miguel Angel Garrido
“Sobre una degradación general de la vida erótica” (1912), es el segundo estudio que junto a “Sobre un tipo especial de la elección de objeto en el hombre” (1910) y “El tabú de la virginidad” (1917) forman parte de “Las aportaciones a la psicología de la vida erótica.”
El texto esta dividido en tres partes. En la primera, aparece el síntoma neurótico de la impotencia psíquica del hombre como una demanda habitual en la consulta del psicoanalista. La impotencia, nos dice Freud- es la respuesta a la imposibilidad de amar y gozar de la mujer cuando esta es un subrogado materno. La vida erótica de estos hombres permanece disociada: Si aman a una mujer, no la desean, y si la desean, no pueden amarla.
Contra esta perturbación los individuos que padecen la disociación erótica se acogen a la degradación psíquica del objeto sexual, reservando para el objeto incestuoso y sus subrogados la supervaloración que normalmente corresponde al objeto sexual. Dada la degradación del objeto, su sexualidad puede ya exteriorizarse libremente, y alcanzar intenso placer.
En segundo punto, Freud plantea una interesante pregunta “si los factores señalados para producir tal perturbación -intensa fijación infantil; barrera contra el incesto; la prohibición a lo sexual- son comunes a todos los sujetos, no es de extrañar que el problema se pueda generalizar en un ‘para todos’. Ahora bien si damos al concepto de la impotencia psíquica un sentido más amplio, no limitándolo a la imposibilidad de llevar a cabo el acto sexual, no podemos eludir la impresión de que la conducta erótica del hombre civilizado presenta generalmente el sello de la impotencia psíquica. Solo en una limitada minoría aparecen confundidas sexo y amor”.
El hombre siente coartada su actividad sexual por el respeto a la mujer y sólo desarrolla su plena potencia con objetos sexuales degradados, cuando puede entregarse sin escrúpulos a la satisfacción, cosa que no se permite con la mujer propia. De aquí su necesidad de un objeto sexual rebajado...
Y dice: “El matrimonio no proporciona plena satisfacción, pero tampoco una libertad sexual ilimitada proporcionaría mejores resultados, pues no es difícil comprobar que la necesidad erótica pierde valor psíquico en cuanto se hace fácil y cómoda la satisfacción. Para que la libido alcance un alto grado es necesario oponerle un obstáculo.”
El último punto concluye, -después de cuestionar que una libertad sexual ilimitada procuraría mejores resultados que el refrenamiento cultural de la vida erótica-, con un comentario sugerente “A mi juicio y por extraño que parezca, habremos de sospechar que en la naturaleza misma del instinto sexual existe algo desfavorable a la emergencia de una plena satisfacción” Este límite que se impone sin la intervención de un agente exterior abre el camino de un mas allá del complejo de Edipo, y coloca al goce en el protagonista principal.
¿Qué sucede hoy? Hemos pasado de una lógica de la falta y del conflicto, a una lógica del exceso y del vacío. El progreso de la ciencia ha permitido que lo real en juego pase de la fantasía a la realidad y las consecuencias son los síntomas contemporáneos.
Muchos de los hombres que acuden a la consultan, parecen no estar muy lejos de las aportaciones freudianas. Son hombres que presentan dificultades para hacer de sus mujeres la causa de su deseo, y sufren de una gran insatisfacción o dificultades en las relaciones sexuales. Algunos comentarios: “las cosas han cambiado, ahora ha dejado de ocuparse de mí”; “mis padres son como una mesilla de noche: para tenerlos uno a cada lado de la cama”; “cuando puedo disfrutar aparece algo que lo impide”; “siempre me pasa con las mujeres, me enamoro y luego me desenamoro y me quiero largar”; “mi madre era todo para mí y se fue...”; ”no entiendo a las mujeres ¿qué es una mujer? una madre”; “por naturaleza soy infiel”; “la soledad del vértice”.
Los hombres freudianos y los de ahora son hijos del encuentro de un hombre y una mujer. Sabemos que la incidencia de la función del padre sobre el deseo de la madre es necesaria para permitirle al sujeto una posición sexuada. Para ello no basta con que el padre sea el dios trueno ni que la madre se convierta solo en vehículo de la autoridad paterna, como solía pasar antes. Es necesario que el objeto niño no lo sea todo para la madre, que la condición de no-toda se mantenga y esto exige que el padre sea también un hombre que haga de ella la causa de su deseo.
Las mujeres hoy día no aspiran a ser el descanso del guerrero y ocuparse de la prole, pueden permitirse su singularidad y esto pone en aprietos a aquellos hombres que sólo se prestan a la condición fetiche del goce, ese goce localizado en el Otro, en una mujer, pero no se dejan tocar por la condición erotomaniaca. Por lo ilimitado de la demanda de amor que hay en cada una de las mujeres.
¿Cómo abordan su goce? Es indudable que la cultura actual ofrece numerosas salidas para pasar del Otro y potenciar un goce solitario. Como dice Miller en “De mujeres y semblantes”: “El ‘tengo’, -un semblante masculino-, está claramente vinculado a la masturbación. El goce fálico es por excelencia goce de propietario. Significa que el sujeto no da a nadie la llave de su caja, llegando a veces incluso hasta protegerse con la impotencia y de un modo satisfactorio. Ocurre que cuando finalmente da, es como si fuese víctima de un robo, a tal punto que conserva a un costado la masturbación como refugio para preservar un goce para sí mismo: uno para ella y uno para mí”.
Quizá esto vuelva a los hombres clandestinos, y busquen refugio en la soledad.
Bibliografía:
Sigmund Freud. “Sobre una degradación de la vida amorosa” 1912 O.C Biblioteca Nueva.
Jacques-Alain Miller “De mujeres y semblantes”. Ed. Cuadernos del pasador. Buenos Aires,1993, pág. 95.
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REFERENCIA COMENTADA: “FETICHISMO”, SIGMUNG FREUD (1927), por Enric Berenguer
Propongo retomar la lectura de este texto fundamental para situar la especificad de la sexualidad masculina en su relación con ciertos semblantes. Pero el punto concreto sobre el que quisiera llamar la atención se encuentra en este párrafo que cito íntegramente:
“Adviértase ahora qué función cumple el fetiche y qué fuerza lo mantiene: subsiste como un emblema del triunfo sobre la amenaza de castración y como salvaguardia contra ésta; además, le evita al fetichista convertirse en homosexual, pues confiere a la mujer precisamente aquel atributo que la torna aceptable como objeto sexual. En el curso de la vida ulterior, el fetichista halla aún otras ventajas en su sustituto de los genitales. Los demás no reconocen el significado del fetiche y, por consiguiente, tampoco se lo prohíben; le queda fácilmente accesible, y la gratificación sexual que le proporciona es así cómodamente alcanzada. El fetichista no halla dificultad alguna en lograr lo que otros hombres deben conquistar con arduos esfuerzos” (Sigmund Freud, “Fetichismo”, Obras Completas, Nueva Visión, 1974, Tomo VIII, pág. 2994).
Quiero destacar la frase final, con la referencia por parte de Freud a los “esfuerzos” de los hombres. Por otra parte, ¿qué es lo que tiene que “conquistar”? La ambigüedad de expresión, que Freud no aclara posteriormente, permite una lectura en más de un registro. Por un lado, sí, se trata de conseguir arreglárselas, como hace al fin y al cabo el fetichista con la falta de pene en la mujer. Por otro lado, se trata de conseguir el acceso a un goce sexual. Finalmente, y en un plano más concreto, se trata también, como condición de lo anterior, de sostener la erección.
En todos estos planos, el texto alude a una dificultad, incluso quizás a una precariedad de las soluciones masculinas al problema del complejo de castración y al hecho, paradójico, de que la sexuación implique el acceso a un goce que pase precisamente por ese desfiladero.
En efecto, como Lacan plantea con toda claridad en “La significación del falo”, se trata al fin y al cabo de que hay “una antinomia interna a la asunción por el hombre (Mensch) de su sexo”. Y se pregunta a continuación; “¿por qué no debe asumir sus atributos sino a través de una amenaza, incluso bajo el aspecto de una privación?” (Écrits, Seuil, pág. 685).
Tomando, pues, esta indicación de Lacan, podemos glosar la afirmación de Freud: la dificultad para el hombre es que para asumir su sexo tiene que pasar por la angustia de castración. Y, digamos, salir de ello más o menos airoso, o sea, sostener su erección. Lo masculino como tal no estaría pues antes, sino después de pasar por ese trance.
¿Por qué sería esto difícil? Porque el atravesamiento del complejo de castración implica que ya no se trata de la misma erección. Me permito en este punto plantear algo que tendría cierto paralelo respecto de lo que Freud intenta situar, en la mujer, en términos de desplazamientos de la erogeneidad del clítoris a la vagina, precisamente como efecto de la asunción del completo de castración. Es cierto que nada parece desplazarse en el cuerpo del hombre. Pero el mismo órgano, para parafrasear a Lacan, cambia de significación, en cierto modo es otro, porque se vincula, a través del acto sexual, a otra forma de goce,… y permítaseme mantener en esta expresión un grado de ambigüedad que es de estructura y que implica los dos lados de la partición sexual.
De hecho, la imposibilidad, el fracaso o simplemente la dificultad de este desdoblamiento del pene tiene su cotejo sintomático propio: la enuresis en el niño, la eyaculación precoz en el adulto. Como evoca la fantasía de Juanito, en efecto, hay que desatornillar algo,… el problema es que luego no se sabe muy bien qué habría que atornillar, ni dónde había que atornillarlo, ni si habría que hacerlo; cuestión en la que él acaba armándose un lío.
Volviendo a lo que, según Freud, sería tan arduo en el hombre. ¿Por qué, enfrentado a la castración en la madre, luego en la mujer, sería difícil para el hombre lograr una erección, mantenerla? Porque, en un tipo de erección, la erección propia de la sexualidad infantil, la creencia en el pene de la madre es coextensiva de la creencia en el valor fálico del propio miembro. La masturbación masculina infantil celebra, repetidamente, podríamos decir, esa coextensividad. Por eso, la caída de aquel semblante que es el falo imaginario de la madre (¡trono y altar!, dice Freud) corre el peligro de dar al traste con la creencia del hombre-niño en el valor fálico de su miembro, el de él. En ese punto, el pene se hace pipí –volviendo así regresivamente al significante que en los dichos de la madre lo nombraba, con todo lo que ello conmemora.
Lo difícil, en efecto, es esta pérdida coordinada de dos creencias enlazadas. ¿Cómo hacer si ya se sabe que el falo era una ilusión, cuando, como el fetichismo nos enseña, gozar con el miembro supone cierto tipo de creencia en el falo?
Ahora bien, se trata para el hombre de si puede, pasado el desfiladero, acceder a otro uso del pene. No ya como emblema del goce de hacer a la madre una y toda, sino como apuesta de hacer a una mujer Otra para sí misma. Ello supone haber descubierto que una mujer puede gozar allí donde se hace Otra para sí misma, incluso cuando parece que pide que el hombre la haga una.
Pero esto es más arduo. Pasa por el deseo del Otro, incluso, más allá, por su goce Otro, ni siquiera por lo que ella pide. Y no se obtiene mediante el automatón de las condiciones, sino pasando por la contingencia. A veces pasa. Puede dejar de pasar. De ahí la angustia inherente al acto sexual en el hombre, que Lacan aborda casi cómicamente en la tercera parte del Seminario X.
Por supuesto, le queda siempre al hombre alguna forma de retorno al statu quo ante. Puede creerse lo que muchas mujeres le dicen, sumándose a la confluencia entre el cinismo femenino y la crítica generalizada de los semblantes de la propia posmodernidad. Versión actual de lo que en este mismo texto que comentamos menciona Freud como la salida homosexual, a continuación del párrafo antes señalado: “No atinamos a explicar por qué algunos se tornan homosexuales a consecuencia de dicha impresión” (Ibid., pág. 2994). En lo que nos interesa, no se trata aquí de la homosexualidad como tal en un sentido clínico, que reclama otras consideraciones, sino de una siempre posible “homosexualización” del hombre cuando se desorienta respecto de lo que verdaderamente es hétero: no la diferencia de los sexos, sino una partición en el seno mismo del goce.
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¿NUEVAS MODALIDADES DE LA PATERNIDAD?, por Cristina Califano
Me he interesado por el eje de trabajo para las próximas Jornadas, donde se plantea: ¿nuevas modalidades de paternidad?
Es menester tener presente que en el año ´38, Lacan hablaba de la “declinación social de la imago paterna” (1). Efectivamente, los cambios sociales acaecidos desde aquel momento hasta entonces son muchos, asimismo Lacan va elaborando y haciendo la puesta en forma sobre el padre a lo largo de su enseñanza.
A mi modo de entender hay algo que permanece irreductible: la familia es el producto del malentendido radical entre los sexos y de su encuentro contingente.
Existen hoy en día múltiples formulaciones a la hora de hacer familia, monoparentales, recompuestas, adoptivas, familias con hijos concebidos mediante el apoyo de la ciencia, familias homosexuales, etc.; a diferencia de lo que se puede pensar como familia patriarcal tradicional, donde genitor y función, parecían ser sostenidos en la misma persona.
Por la experiencia vemos, que en todas las formulaciones se intenta ubicar cómo se sostiene la función de padre-madre, cómo se ocupan esos lugares. Con lo cual, la familia es un universo simbólico, donde las funciones no están garantizadas de antemano.
Se trata de una doble adopción, por parte del niño es un consentimiento: adoptar a esos padres “hay una elección de los padres, como hay elección del sexo” (2) y por parte de los padres; acogerlo, como hijo es decir ocupándose del niño como padre y madre, sin perder la brújula del hombre-mujer.
Entonces la pareja parental, además del Nombre-del-Padre y el Deseo de la Madre, se halla habitada por la diferencia entre los sexos, matriz de los interrogantes del sujeto sobre el goce del padre y de la madre en tanto hombre y mujer.
En esta línea de argumentación, la paternidad biológica ó legal que puede alcanzar a cualquiera no basta para constituir la función de padre (3).
Se trata, tal como Lacan plantea en el ´75; de la perversión paterna, es decir que la causa del deseo de un hombre sea una mujer que él haya elegido para “hacerle hijos” y que a éstos les dé un cuidado paternal.
Es decir, que la contingencia puede o no puede producirse. Esto a mi modo de entender no es sin consecuencias, dado que el efecto de la llegada de un niño es un momento crucial, que moviliza y no deja a los hombres indiferentes a la pregunta por la paternidad.
Podemos decir entonces, que constituir la función del padre, tal como plantea E. Laurent en el texto antes señalado no está garantizada, y en ese sentido es indiferente el tipo de familia constituida. La única manera de verificar esto es en el caso por caso.
Al tiempo de preparar estas líneas, un recuerdo de mi propio análisis acudió en mi ayuda: la madre del sujeto rompe aguas en la mitad de la noche, al despertar a su marido, éste dice “déjame seguir durmiendo”. La madre va al hospital con un familiar.
Al día siguiente, por la mañana, el padre muy elegante va a conocer a su hija y lleva pendientes de regalo a la niña.
El sujeto en su análisis, pudo ubicar por un lado, el efecto que su nacimiento produjo en el padre, necesitó tiempo para despertar y por el otro su posición ante el amor: da lo que tiene.
La hija recibe el amor del padre por la vía de los pendientes, en aquellos años nada más femenino.
Notas:
1-. Lacan, J, “La Familia”. Edit. Argonauta. Biblioteca de Psicoanálisis. Bs As., l978. Pág. 93.
2-. Miller, J.A., “Observaciones sobre padres y causas”, en “Introducción al método psicoanalítico”. Edit. Eolia-Paidós. Bs. As., l997. Pág. L47.
3-. Laurent, E., “El modelo y la excepción”, en “Síntoma y nominación”. Colección Diva. Bs. As. 2002. Pág. 177.
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ALEMÁN, J. y LARRIERA, S. EL INCONSCIENTE: EXITENCIA Y DIFERENCIA SEXUAL. Ed. Síntesis, Madrid, 200l, por José Ángel Rodríguez Ribas
En este texto traemos a consideración, en su capítulo 4, Falo y castración. Imposibilidad de la relación sexual (pp. 109-132), los autores nos van a proponer un suscinto resumen de las diferentes posiciones sexuadas a la luz de la enseñanza lacaniana.
Si el ser dicente es ese ente cuyo ser está íntimamente afectado por el hecho de hablar, esto supone la subordinación del hablante a lalengüa, es decir, que es imposible que los hablantes hablando se conozcan, pues desconocen ese magma de trazos y sonidos cuya inscripción los introdujo en un mundo del goce y del deseo. Si dos conciencias no pueden conocerse, dos ser dicentes sexualmente definidos no pueden establecer la relación sexual ya que no hay en el inconsciente ningún significante que diga qué debe hacer cada ser en las llamadas relaciones sexuales. Es por lo que Lacan enunciaría: “No hay relación sexual” (p. 110). Este aserto se puede enunciar en función de que las posiciones masculinas o femeninas son procesos de identificación independientes de su sexo biológico. Identificaciones que dependen del aparato simbólico que es el lenguaje y, muy especialmente, del inconsciente.
La escritura de esta lógica referida a la sexuación de los seres hablantes, está reducida a cuatro fórmulas, que son el resultado de los diversos modos de tratar la función fálica. Si el falo, entonces, no es el pene, tendrá que ser algo del orden significante. El Falo es el significante del deseo. Dicho sea de paso, el llamado “falogocentrismo” –tan en boga en los actuales estudios culturales y de género- no dejaría de ser más que una metafísica neurótica obstinada en imaginar al goce fálico como un único goce posible.
Para despejar el concepto de falo, Lacan fue discerniendo la idea del deseo recortándose sobre la demanda, diferente a su vez, de la noción de necesidad. Debido a la relación con el Otro, el apetito de satisfacción de necesidades queda articulado a una petición, es decir, a una demanda. Pero la práctica psicoanalítica ha venido a demostrarnos que la demanda, es siempre demanda de otra cosa. Son, en síntesis, demandas de amor (p. 112). Eso quiere decir que no hay un sujeto de la necesidad, de ahí que Lacan deduzca que las satisfacciones de la necesidad que fueron obtenidas, se reducen a funcionar aplastando la demanda de amor. Pero las particularidades de los objetos de satisfacción, que fueron incondicionados en la demanda, vuelven a reaparecer en un más allá. Ese más allá, es el deseo. El deseo, a diferencia de la demanda, es absolutamente condicionado. Lacan lo expresa así: el deseo es la diferencia que resulta de sustraerle a la demanda de amor, el apetito de la satisfacción.
El falo, y la formulación freudiana de la castración, en el varón es imaginarizada como amenaza sobre el órgano. Mientras que en la mujer, lo es como nostalgia del órgano. Pero lo decisivo de la castración se juega en otra escena, la referida a la castración de la madre: lo que la madre desea es el falo. Si el deseo de la madre es el falo, el hijo quiere ser el falo (p.112). Pero es una aspiración condenada al fracaso: no se puede ser el falo. Esa imposibilidad de satisfacer el deseo del Otro en tanto que el deseo es siempre insatisfecho, configura lo que Lacan nombró como falta-en-ser, inherente al hecho mismo de ser hablantes. A ello se le superpone la falta-en-tener, la cual corresponde a la vertiente imaginaria de la castración. La falta en tener condena al sujeto a parecer el falo. Parecer que constituye la impostura masculina y la mascarada femenina (p. 114). Si en algunas consideraciones lacanianas la falta en ser era algo primordial, en otras, la falta en tener es sobre lo que se establecerá la falta en ser, deviniendo ambas en consecuencia de la falta, sea del lado del Otro, sea del lado del sujeto.
Bajo el acápite de ser o tener el falo, Lacan coloca la función fálica, que en su lógica se escribe Fi (x). Esta función es la que suple la relación sexual, que no la hay. La función indica que hay goce, aún cuando no sea el propio de la relación sexual. Habrá, en consecuencia, dos tipos de goce: el absoluto, inexistente, y el goce fálico. El primero, supondría la eficacia del encuentro entre los miembros de ambos sexos. Es lo propio del reino animal. Pero, por el hecho de ser hablantes los humanos gozan, pero parcialmente, pues gozan del falo y no del sexo. Un goce fálico que depende del significante.
Ahora bien, dicho goce fálico no es simétrico entre ambos sexos, porque no existe una relación de complementariedad: la diferencia sexual no se resuelve en una reunión. Un sexo no puede gozar sexualmente del otro sexo. Solamente pueden gozar del falo bajo modos distintos. El uno, como “todo” y el otro, como “no todo”. Al no haber una esencia masculina y otra femenina, esta relación no puede escribirse como una función proposicional. Ser sexuados y ser hablantes no se pueden sumar como dos atributos inofensivos: hablar, es perder el ser. Por eso, no hay escritura posible en la lógica psicoanalítica ni inscripción en el inconsciente, de la relación sexual (pág.117).
La función del falo articula entonces castración y diferencia anatómica, con goce y deseo. El modo en que el sujeto se va a inscribir en el discurso como hombre o como mujer, dándose una identidad sexual, dependerá del establecimiento de esta relación con el falo. Por otra parte, la lógica que rige la experiencia psicoanalítica está determinada por la imposibilidad de enunciar un universal sin que exista un límite, una excepción que lo niegue.
Del lado de lo masculino, implica dos fórmulas: Para todo x, fi de x. El sujeto se inscribe en la función fálica para obviar la ausencia de la relación sexual.
Existe un x, que no fi de x. Esta fórmula postula la existencia de un sujeto a partir de un decir que no a la función de fi de x. Esta excepción corresponde al Padre mítico de la horda primitiva, o sea, el que escapa a la castración, el que goza de todas las mujeres. Y que, a partir de su asesinato, todos los hijos quedarían regidos por la ley. Por eso, el todo y la excepción están inextricablemente unidos. Es lo que constituye la clase “el hombre”.
Del lado femenino: No existe un x, que no fi de x. Lacan sostiene que por el hecho de no constituir una clase, no se puede, en psicoanálisis, escribir “LA” mujer, sólo es posible hacerlo como LA (/), tachada. De ahí que apareciera “la mujer, no existe”. Esta es la manera que tienen las mujeres de colocarse bajo la ley del falo: mediante el uso de la inexistencia introducida como negación de la existencia.
Para no todo x, fi de x. En una mujer, no todo cae bajo la ley del falo. Algo en una mujer se muestra como un goce Otro, como un Otro goce, un goce que no se puede decir, a diferencia del goce fálico que sí puede decirse. En este caso, es el goce Otro el que tiene por límite a la función fálica: es un goce más allá del falo, pero referido a él. No-todo en una mujer, se rige por la ley del falo. La mujer, no-toda es, es decir, lo son una por una (p. 122). Siempre hay algo en ellas, un goce suplementario que escapa a la subordinación del uno fálico.
Doble excepción, entonces, que nos es presentada: del lado masculino, un uno que niega la función fálica. Y del lado femenino: otro goce no-todo fálico. Esto es lo que hace que no pueda sostenerse que el lado masculino consista en la negación del lado femenino, sino que, por el contrario, uno es el obstáculo del otro, no existiendo conjunción posible entre ambos lados.
A pesar de tomar la forma aparente de una lógica proposicional, ya no se trata acá de una lógica binaria en la cual el valor se dirime en términos de verdadero o falso. En efecto, Lacan va a desarrollar un tipo de lógica modal alética que expresa la verdad mediante los términos: necesario, contingente, posible e imposible.
Adentrarse en dicha modalización lacaniana –aquella que toma la verdad no como relativa sino como incompleta, reflejada en el aforismo la verdad es no-toda, exige considerar que en cuestiones de diferencias sexuales, de actos o relaciones sexuales y en cuestiones de amor, hay cosas que se escriben y hay cosas que no se escriben (p. l25).
Si ponemos estas modalidades en conexión con las fórmulas de la sexuación, quedaría:
Lo que no cesa de escribirse, lo necesario. La diferencia sexual, es algo verdadero que está en el origen mismo de la escritura. Esa diferencia sexual, ese hecho de que hay uno y otro sexo con una relación de disyunción, es algo que no cesa de escribirse. Un sexo que se funda en al menos uno que niegue la función fálica y otro sexo que se funda en la inexistencia de alguno que niegue tal función.
Lo que no cesa de no escribirse, lo imposible. Es verdadero que no cesa de no escribirse la conjugación entre uno y otro sexo.
Lo que cesa de escribirse, lo posible. Es el referido al supuesto goce sexual absoluto, donde la función fálica está negada. Tratándose de un nivel mítico resulta, sin embargo, esencial a toda construcción. Pero, otro posible a modo de suplencia de lo que no cesa, es el amor. El amor, salta por encima de la imposibilidad merced a un cambio de registro: el amor no logra establecer la conjunción, sólo consigue enmascarar la disyunción (l. 129). Por ese motivo, se considera el amor como una falla de la verdad.
Lo que cesa de no escribirse, lo contingente. El decir contingente, es el del falo. El falo establece entre ambos sexos un goce parcial, el goce fálico, que sustituye el mítico goce sexual absoluto. Creyendo estar gozando el uno del otro en el abrazo, disfrutarán del goce de cada uno con el falo. Unos gozarán como “todo”, mientras que del otro lado, gozarán del falo bajo las especies del “no-todo”.
De hecho, la existencia del psicoanálisis mismo con su inscripción del falo como función en la historia discursiva de la humanidad fue cosa de mera contingencia. El psicoanálisis no era necesario, fue una contingencia.
Lacan en su Seminario de febrero del ´74 da una vuelta de tuerca más, al considerar necesario la identificación con uno u otro sexo. Y contingente los modos de gozar fálicos bajo el todo o el no todo.
13 de Octubre de 2010
Too Mach! Conclusiones, ideas y problemas. Hacia las IX Jornadas de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis “Los hombres y sus semblantes”, Número 5. Responsable: Gustavo Dessal

EDITORIAL
Algunos lectores piensan que el propósito de estos editoriales es simplemente alegrar el trayecto hacia las IX Jornadas. No están desencaminados quienes así lo consideran, pero es importante aclarar que, detrás de esta inobjetable intención, subyacen otras razones.
Esta redacción realiza, además, sutiles y complejas investigaciones clínicas y epistémicas inéditas en la historia de nuestro movimiento, y destinadas a engrandecer la noble ciencia analítica, particularmente en lo que se refiere al tema que nos convoca.
Veamos: desde las 22 horas, 59 minutos y 54 segundos del día 7 de octubre de 2010 (fecha en que el Too Mach! número 4 llegó a los ordenadores de nuestra comunidad), hasta el momento en que escribo este Editorial, 12 horas y 9 minutos del domingo 10 de octubre, han transcurrido poco más de dos días. En ese lapso, hemos recibido tan sólo 8 solicitudes para ver el vídeo.
Esperábamos un aluvión de mails, y en cambio nos sorprende el pequeño número de interesados, máximo si tenemos en cuenta que en ningún momento hemos pedido el dato de la tarjeta de crédito. La primera conclusión confirma el aserto lacaniano de que no hay deseo de saber, incluso entre los psicoanalistas, cosa que ya sabíamos (valga la redundancia), pero que ahora queda definitivamente demostrado. La famosa Wissenstrieb que Freud creía haber descubierto en los niños y que aseguraba ser el fundamento de toda investigación ulterior, ha sido un malentendido.
Pero como estas verdades universales no tienen que deslumbrarnos, acerquemos un poco más el foco del análisis. De las 8 personas que han respondido positivamente a este importante experimento, 2 se declaran hombres (los conozco, y por ahora no hallo signos evidentes para desmentirlo) y 6 llevan nombres femeninos. Que Freud asemejara el narcisismo de las mujeres a la actitud de los felinos no debe hacernos olvidar que la curiosidad es un rasgo fundamental en estos animalitos (me refiero a los felinos), como resulta evidente con los datos estadísticos que estamos presentando. Ellas son, por lo visto, tres veces más curiosas que los hombres. Atribuir el pudor a la mujer, es un error que todo buen lacaniano debe rectificar rápidamente. Los hombres son mucho más timoratos a la hora de acercarse al deseo del Otro. Que entre los 8 solicitantes no haya ni un solo AE, es materia para discutir en otros contextos.
ATENCIÓN: por los motivos superiores y desinteresados que nos ligan a la ciencia, y con el objetivo de avanzar aún más en este crucial experimento, intentaremos descubrir la importancia del límite en las diferencias del deseo que pueden existir en hombres y mujeres. Por lo tanto, sólo se responderán a las próximas peticiones del link del vídeo hasta las 23 horas y 59 minutos del próximo jueves 14 de octubre.
Y hablando de mujeres y nombres (he escrito bien: nombres), el inconsciente siempre nos lía. Me lía a cada rato, y me lió con nuestra colega Ana Lía Gana, a la que en el número anterior he holofraseado conviertiéndola en “Analía”. A pesar de que el amor sea eso, querer hacer de dos uno (o Una), no es razón suficiente para no disculparnos con ella.
¡Extraordinario lo que Francesc Roca puede hacer con una letra! Además, su breve y formidable viñeta clínica nos muestra que del hombre al hambre hay simplemente eso: una sencilla letra. Mach, much, match, incluso mutch (¿?), los colegas lo escriben de muchas/machas maneras y eso es lo divertido de este pequeño invento. “Las cortinas y el jarrón combinan perfectamente”, nos pone Francesc como ejemplo de una de las acepciones de “match”.
Ellas, las mujeres, saben mucho de esas cosas: hacer que algo “pegue” con lo demás. La relación sexual a ellas les preocupa a su manera. Ellos, de eso, no tienen ni idea, y a la mayoría el deseo de la mujer no les pega con nada, por eso algunos no saben hacer otra cosa que pegarles, como nos lo recuerda Cristina Califano con la obra de teatro que vio este verano.
La posmodernidad nos ha dejado un poco bobos, a los hombres me refiero. James Bond (en la pluma elegante de María Navarro) es un prototipo extinguido (como el Dodo del que nos hablaba Miquel Bassols en el número anterior). No le faltaban gadgets para entretenerse, pero en esa época cumplían una función meramente instrumental: le salvaban la vida. El famoso agente jamás habría hecho esperar a Ursula Andress en la cama mientras leía el manual de su fabuloso Aston Martin. Para él, lo primero era lo primero. Tiempos de guerra fría y camas calientes. Ahora la cosa se ha dado la vuelta, como también lo sugiere Felicidad Hernández.
“¿Qué busca el hombre en la mujer en la sociedad de nuestro tiempo?”, se pregunta Enrique Rivas. Un tiempo en el que la forclusión es reina indiscutible de la gran fiesta del mundo, con el estrago que ello produce en los semblantes.
Aunque los dos ejemplos de Margarita Bolinches no pertenecen a la esfera de los casos clínicos, podemos concluir de ellos que la estructural sordera masculina a veces llega a franquearse, y es entonces cuando lo Otro puede oírse.
He visto una curiosa noticia en el Facebook que nuestra entusiasta Ariane Husson ha inaugurado para las Jornadas. Parece ser que muchos hombres se quejan ante el Instituto de la Mujer por un anuncio de Burger King en el que una especie de horda primitiva freudiana reivindica su masculinidad pidiendo un Whopper. No entiendo cuál es el motivo de queja. Personalmente me gusta más el Big Mac, pero no veo qué hay de malo en ser carnívoro. ¿El canibalismo es sólo una práctica masculina? Ignoro si las jíbaras también compartían la carne humana, o sólo era un manjar reservado a los guerreros. Tal vez Vicente Palomera, que en su reencarnación anterior fue antropólogo, nos pueda enviar una notita.
Oscar Ventura nos regala una historieta. ¿Quién dijo que los hombres no cambian nunca?
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¡¡¡ LAS IX Jornadas están en FACEBOOK!!!
Tenemos el placer de invitarles a participar a una inédita experiencia y a descubrir el nuevo espacio facebook.com/novenas.jj.psicoanalisis.elp
una publicidad que os ha llamado la atención, piensan en una canción, un artículo de prensa les ha interesado o dejado boquiabierto, les encanta una película o un video, les fascina o disgusta un libro, una novela, una foto, una expo., etc. ... En la página "Novenas.Jornadas.Psicoanálisis-elp", pueden compartir o publicar directamente sus impresiones y comentarios sobre el tema que nos convoca: "Los hombres y sus semblantes".
BIENVENIDOS y HASTA AHORA en:facebook.com/novenas.jj.psicoanalisis.elp
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TOO MACH Y LA CENA, por Francesc Roca
Al ver en su primera entrega la cabecera de este Diario de las próximas Jornadas de la E.L.P., algo me llamó la atención. Hombre al fin y al cabo, había descubierto un error en la propuesta del otro: Too Mach! estaba mal escrito.
Pero, reconociendo que Gustavo Dessal tiene un dominio del inglés bastante superior al mío -el eje a-a’ seguía su curso de idas y vueltas-, pensé que no podía tratarse de un error y que, por tanto, era yo quien tenía que encontrar una lectura que incluyera el supuesto error, una lectura que partiera de esta grafía ahora deliberada.
Ello me llevó a pensar que Too Mach! quizá podría ser leído como una suerte de poema visual, al estilo de los que Joan Brossa hacía allá por los años 70.
Para dicha lectura acudí al diccionario, dispuesto a encontrar aquello que del genio de la lengua inglesa pudiera contener. Tras la consulta, y dejando a un lado la lectura más obvia, la de su homofonía española “tu mach(o)!”, he querido centrarme en el sentido que provee la letra que sobra o que falta para corregir el supuesto error.
Si es la A la letra que sobra, si se la reemplaza por una U, me encontraba con Too much! (demasiado!, en castellano), así como con Much (mucho), significante del que el diccionario señala su valor como adverbio, pero también como pronombre, como sustituto del nombre. Ambos usos me hicieron pensar en la gestión imaginaria de la castración, negada en sí mismo y encontrada en el otro, máxime cuando este adverbio también podía adquirir funciones comparativas (as much as: tanto como).
En cambio, si era la T la que faltaba, la cuestión se ponía aun más interesante. Match puede traducirse por “partido, combate”, lo que remite a la idea de rivalidad con la que, de algún modo, he comenzado, e incluso a la idea de confrontación que, a diferencia de much incluye la posibilidad de la derrota (Match your skill against the experts: confrontar tu habilidad con la de los expertos). Vemos, pues, sugerida toda la complejidad de la dialéctica del amo y el esclavo, a diferencia de much que sólo aludiría a una rivalidad entre esclavos que mienten sobre su castración.
Pero Match también incluye la idea de coincidencia en el sentido de igual pero diferente (The curtains and the vase match perfectly: las cortinas y el jarrón combinan perfectamente), complementariedad que alcanza incluso a las cuestiones del amor (Love match: matrimonio por amor).
Así pues, el genio de la lengua inglesa a lo que remitía era a determinados rasgos que han venido siendo un lugar común en el comportamiento de los hombres, si bien, como señala Rosa Ruiz, estos lugares comunes vienen cambiando en los últimos tiempos debido a una progresiva feminización de los mismos.
Dicho de otro modo, a lo que el genio contenido en el diccionario parece aludir es únicamente a un falso semblante de “ser hombre”, falso semblante que se sostiene en “una falaz autonomía de la imagen y del yo” que permite a cada ciudadano compararse con su semejante en el eje a-a’.
No obstante, también podría plantearse la idea, complementaria de la anterior, de que a lo que nos remiten todas estas consideraciones es a la cuestión de la identidad sexual: un hombre es el que se interesa por las mujeres, así como una mujer es la que se interesa por los hombres. Ello nos permitiría plantear la duda de si la feminización de los hombres a la que acabo de aludir depende de la actual transformación del falo en mercancía y, como consecuencia, de la transformación del goce ligado al semblante fálico en un goce oscuro similar al que Freud reconocía en las mujeres. Muchas de las reflexiones de la sociología actual parecerían apuntar en este sentido.
Ahora bien, si planteamos la hipótesis de que la mercantilización del falo depende, en el contexto del discurso capitalista que promueve dicha mercantilización, de la reducción al anonimato del A, del amo, ¿ello permite al hombre que quiere sostenerse en este falso semblante de hombre prescindir del Nombre del Padre, prescindir, por tanto, de la castración?
Para ilustrar la necesidad de este, S1 la necesidad de servirse del Nombre del Padre y de que para ello éste tiene que estar constituido como tal, recurriré a una viñeta clínica de un paciente de 24 años, psicótico, para quien las relaciones sociales oscilaban entre una indiferencia incómoda, manifestación de su imposibilidad de sostenerse en ella, y los pasajes al acto frecuentemente violentos cuando consideraba que era objeto de burla o de descalificación porque no podía consentir que los otros se burlaran de él y quedar como un idiota.
En varias ocasiones ha manifestado su dificultad para encontrar pareja del siguiente modo: “cuando quedo con una chica que me gusta me pongo nervioso, se me encoge el estómago y se me va el hambre, y entiéndalo doctor, ¡no voy a quedarme sin cenar!”.
Si, como señala Lacan, el sujeto del inconsciente se articula sobre el cuerpo, vemos que a este paciente, en la confrontación con su propio deseo de encontrar pareja, en la confrontación con su propio semblante de ser un hombre para una mujer, lo real de su cuerpo se le impone en su estricta carnalidad (se le va el hambre) y su goce se hace masivo por lo que, frente a él, retrocede.
Por tanto, “responder como hombre”, sostenerse en el falso semblante de “ser hombre” requiere de la elaboración de un síntoma que, para que adquiera su estatuto de mensaje cifrado debe pasar por el A (d→($ losange D)), mensaje cifrado en el que lo real aparecerá designado por una letra desprovista de sentido que contornea su borde y que, a la vez permite anudar síntoma y semblante, goce y verdad del sujeto.
Referencias.
1 “Pequeñas notas sobre los buenos chicos”, in Too Mach! Nº 2.
2 Cf.: Scilicet “Semblants et sinthome”, pág. : 112
3 Vid., por ejemplo, G. Lipovetsky: La era del vacío. Ed. Anagrama, col Compactos, Barcelona, 2008; La felicidad paradójica. Ensayo sobre la sociedad del hiperconsumo. Ed. Anagrama, col. Argumentos. Barcelona, 2007.
4 J. Lacan: Psicoanálisis. Radiofonía y televisión. Ed. Anagrama. Barcelona, 1977. Pág.: 124.
5 Tomo la expresión de la entrevista a Ernesto Sinatra aparecida en el nº 3 de Too Mach!.
6 J. Lacan, op. Cit., págs.: 90-94.
8 J. Lacan: “Lituraterre”, in Autres écrits, Ed. Du Seuil, París, 2001,págs. : 11-20.
9 J. Lacan: “Lituraterre”, in Autres écrits, Ed. Du Seuil, París, 2001,págs. : 11-20.
10 Cf. Scilicet. Vid “Lettre”, págs.: 169-171.
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LOS HOMBRES Y SUS SEMBLANTES. UN CÓCTEL FORMIDABLE, por María Navarro
El Dry Martini es uno de los cócteles más célebres por sus míticos adeptos y referente de un mundo muy definido que nos ha llegado tanto de la mano del cine como del arte, la política o la literatura y cuyos bebedores han sido la mayoría hombres, aunque hay alguna excepción, creo que Ava Gardner fue una de ellas, frente a la bebida más suave, Spritzer o Champagne, identificado con las apetencias más femeninas de la época.
Bebían y beben la viril combinación Winston Churchil, Ernest Hemingway, Frank Sinatra, Humphrey Bogart, Luis Buñuel, Brian Ferry o Quentin Tarantino, sin olvidar el personaje salido de las novelas de Ian Fleming (parece que inspirado en su propia vida), el británico agente 007, James Bond, que además de ser un referente de masculinidad y elegancia, que sabe hacer con las mujeres en el juego de la seducción, se atrevía a pervertir la receta clásica que en vez de ginebra, pedía con vodka y encima agitado y no mezclado. Licencia de quien es capaz de tirarse desde un avión sin despeinarse, ni arrugar el traje y dar en el blanco con todos los juguetes que ya la técnica de la época preparaba para él, acabando de un plumazo con el villano a la vez que se viste un smoking y, con inusitada precisión, baila sujetando a la dama como conviene. Y cómo no, consigue que cada mujer que se cruza en su camino se crea la única de su arte amatorio. Es un detalle, este último nada banal, ya que en el baremo de la virilidad cuenta lo suyo, al igual que no importará si el hombre es feo mientras sea muy macho.
Como señalaba una paciente a propósito de un señor de su preferencia que identificaba al personaje de las novelas de Raymond Chandler, Philip Marlowe, icono también de masculinidad, “es feo, mentiroso y de mal vivir, pero muy hombre”. Este ser “hombre” que define al macho que atrae y conquista se confunde entonces con un parecer, que es del orden del semblante fálico y que “les sirve a los hombres para situarse como hombres y abordar como tal una mujer” como nos explica Lacan en su Seminario Encore. A esta indicación hay que sumar que “para un hombre, a menos que haya castración, o sea algo que dice no a la función fálica, no hay ninguna posibilidad del goce del cuerpo de una mujer, o sea de que haga el amor”, reubicando así la posición masculina entre el “para todos” con el que cumple la función fálica y al menos uno que dice que no a esa función.
Actualmente esa marca que introduce la castración por el padre se ha difuminado y con ella la precipitación de los rasgos identificatorios de la masculinidad dando al traste con muchos de sus referentes: el hombre invita, aborda a la mujer, ella espera ser conquistada; el hombre marca el compás, ella es llevada, se entrega. Él bebe Dry Martini, ella un spritzer… Es evidentemente un orden en el juego del parecer y los semblantes que actualmente no podemos más que mirar con lejanía y en este caso con humor, y que aunque he exagerado mucho a través de estos personajes de ficción, no por eso dejan de mostrar frente a los semblantes actuales cómo la declinación (en cuanto a identificaciones masculinas se refiere); es evidente y nos interroga a través de síntomas que se instalan en hombres cada vez más jóvenes. “La crisis masculina”, o inapetencia que se ubicaba en una determinada franja de edad, ha dado paso a un cada vez mayor “aburrimiento” en los jóvenes y no porque los elegantes Bond o los Marlowe no abunden sino porque, muy al contrario, podemos constatar que hay cada vez más héroes, aunque todos prácticamente iguales por esfuerzo de una lógica del todo es posible, y además sin salir de casa, a solas batallando con un ordenador y sus virtuales cuerpos. Goce ante lo que no se arriesga nada.
Lacan ya lo apuntaba en Los Complejos familiares, en su anticipación de la declinación de la función del padre, y toda su elaboración posterior, en el seminario de Las relaciones de objeto, respecto a esta función y lo viril, hasta interrogar ¿Qué es un hombre? Declinación que hace cada vez menos factible que el encuentro amoroso vele la imposibilidad de la relación sexual y eluda la particularidad privilegiando el autoerotismo y la soledad o la necesidad perentoria de inventarse, como señalaba Gustavo Dessal en la presentación de esta serie ante la caída de los modelos tradicionales. Salvedad será la pregunta por lo que ellas desean. Y..., la fórmula de Luis Buñuel del Dry Martini, con Vermut Noilly Prat que, sorprendentemente, nos desvela en su libro El último suspiro aunque, eso sí, como una exageración, que “hubo una época en la que se decía que un buen Dry Martini debe parecerse a la concepción de la Virgen. Efectivamente, ya se sabe que, según santo Tomás de Aquino, el poder generador del Espíritu Santo pasó a través del himen de la Virgen “como un rayo de sol atraviesa un cristal sin romperlo”. Pues con el Noilly Prat, ¡lo mismo!
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“NO ME HAGAS DAÑO”, por Cristina Califano
Este verano llegó a mis manos una obra de teatro “No me hagas daño”, premiada por la Fundación Kutxa, bajo el auspicio del Ayuntamiento de San Sebastián.
La obra narra el derrotero de una pareja, maltratador y maltratada, con un testigo: la hija.
Luego de la última brutal paliza, que lleva a la mujer al hospital, ante el ultimátum de la hija: denuncia, orden de alejamiento; apareciendo en escena la figura del mediador familiar quien cargado de buenas intenciones pretende “ayudaros, que las heridas cicatricen intervenimos cuando se detecta una crisis familiar y nuestro primer objetivo es conseguir la interrupción de la secuencia maltratadora, los golpes, el silencio, el miedo...”.
Precisamente, la figura del mediador muestra la impotencia del sistema que insiste con más de lo mismo en sus palabras: “tengo miedo de que vuelva a hacer daño..., miedo de que busque otra víctima; yo cumplo con mi trabajo, lo demás no lo puedo solucionar”.
La obra que nos ocupa, más allá de la puesta en escena de la violencia que se instala poco a poco, paulatinamente y con el paso de los años, desliza las posiciones subjetivas de cada uno de los miembros de la pareja.
Luisa, la protagonista en su particularidad, justifica los hechos. Con sacrificio y abnegación espera el signo de amor de Raúl, destruyendo su propia posición de sujeto para privilegiar la de objeto a maltratar en manos del partenaire: “Pienso que he hecho algo mal, que no soy como tendría que ser, y eso me deja como muerta”.
Raúl, por su parte, muestra que la condición que exige a su partenaire es precisamente la de ocupar ese lugar de objeto degradado: “Me sacas de quicio Luisa. ¿Quieres que te haga una lista de tus despistes? Eres única para joder las cosas”. Discusión hasta llegar a los golpes.
La manera que ha encontrado Raúl de velar la angustia que le produce el encuentro con el otro sexo es por la vía de la violencia; de manera tal que sólo una vez consumada la agresión puede tener lugar el encuentro sexual.
El texto muestra las buenas intenciones de las instituciones que con sus protocolos determinan cómo se debe actuar en lo que hoy se llama violencia de género; hay las medidas educativas, hay las medidas sociales y hay las medidas legales. ¿Por qué toda esa maquinaria fracasa? Existe el para todos igual, dejando de lado la subjetividad de cada uno.
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LOS SEMABLANTES DEL HOMBRE Y LAS FORMAS CONTEMPORÁNEAS DE LA SEXUALIDAD MASCULINA, por Enrique Rivas
Para pensar el ser del hombre con relación a los semblantes que le constituyen, y los efectos que determinan en consecuencia la manifestación y expresión de su sexualidad en la época contemporánea, hay que partir de una clave fundamental: el destino que tiene el “Significante del Nombre del Padre”.
Considero muy pertinente y atinado el trabajo incluido en el blog de Margarita Álvarez sobre "La feminización lógica del hombre contemporáneo". Y en sintonía con los aspectos múltiples que nos abre el tema de las IX Jornada de la ELP, sobre “Los hombres y sus semblantes”.
Estoy muy de acuerdo con su reflexión. Me parece que la declinación de los semblantes paternos, del falo y la castración, de la operación simbólica y del alzamiento de los objetos que causan el deseo en la sociedad de nuestro tiempo, así como la caída de los semblantes que afecta a la masculinidad y a su relación con la mujer en la época contemporánea, ha llevado al hombre ha incarcerarse en su relación de goce con los objetos de la técnica (Gadget). El desarrollo científico-técnico y los efectos en el vínculo social del capitalismo tardío y acumulativo y la destrucción de los semblantes que sostuvieron a ambos sexos en su diferencia radical, han implicado en el hombre la confusión en su posición en relación al deseo y a sus formas de satisfacción fantasmática con su partenaire. De tal manera que podríamos situar esta relación del hombre con sus objetos como de “relación autoerótica”, en un cada vez mayor distanciamiento de sus vínculos sociales y un mayor desprendimiento libidinal de los rasgos que podrían constituir sus complementos de pareja sexual, sin el sostén de la estructura del amor.
Es conveniente conocer que en la psicosis tenemos un paradigma de la destrucción de los semblantes de la masculinidad, como efecto de la caída del semblante de la paternidad y de la castración, por lo que no encuentra la posibilidad de simbolizar ni dialectizar su relación sexual con la mujer. Esto se puede constatar en la clínica, en la que el sujeto psicótico manifiesta de múltiples maneras su “impotencia de ser” como miembro desiderativo y gozante en su encuentro con la mujer.
En el presente y en el futuro, veremos si el síntoma neurótico que organizó tradicionalmente la estructura social, no deriva en síntoma perverso en la sociedad contemporánea y veremos también si no habrá deriva hacia el sinthoma psicótico en un supuesto aumento progresivo de las llamadas psicosis ordinarias. Esta deriva dificultará en el futuro las posibilidades de escucha psicoanalítica, si los analistas no están prevenidos frente a estas nuevas formas de las demandas actuales.
Y es que la caída de los semblantes que afecta a la masculinidad y a su relación con la mujer, en la época contemporánea y a partir de la declinación del significante paterno, como decimos, ha llevado al hombre ha replegarse en su relación de goce con los objetos promovidos por la gran industria y su universal oferta de felicidad técnológica. El desarrollo científico-técnico y los efectos en el vínculo social del capitalismo lujuriante en la economía neoliberal, ha sido devorador y aniquilador de los semblantes que sostuvieron a ambos sexos, tradicionalmente diferentes aunque complementarios. Circunstancia socio-política-económica que ha llevado al hombre a la desorientación en su posición con relación al deseo y a sus formas de satisfacción pulsional.
Volviendo a la cuestión de la psicosis, la abolición de los semblantes de la masculinidad, como efecto de la forclusión de la función paterna, del falo y de la castración, el sujeto psicótico no tiene recursos simbólicos para inscribir su relación sexual con el deseo y el goce. Esto se puede constatar en la clínica cotidiana, en la que el psicótico por su estrategia de deslizamiento hacia la creación identificatoria a la mujer (el “empuje a la mujer” que teorizara Lacan), anula el vínculo libidinal con el partenaire femenino. Las dificultades del encuentro con la mujer, es una queja muy frecuente en el trato psicoanalítico con psicóticos.
Cabría pensar si con el avance de la ideología y las prácticas de la post-postmodernidad, la naturaleza del síntoma como emergente de lo real, no virará en un progresivo desplazamiento de las estructuras de sostén del sujeto contemporáneo. La neurosis que organizó tradicionalmente la estructura social por la potencia constituyente de los grandes ideales, deviene ahora en síntoma perverso en la sociedad actual. Y en esta perspectiva de cambio en las estructuras subjetivas, podrían surgir metástasis del goce no civilizado, sin nombre, emergentes de lo real insimbolizable que engendrarían múltiples psicosis tanto clásicas o estándares como sinthomatizadas. En las que las distintas formas de la forclusión, restrictiva o generalizada, constituirán sujetos en la contemporaneidad que se manifestarían en la precariedad del deseo y su correlato la promiscuidad sexual. Estos cambios de paradigma en la clínica del sujeto, tendrán efectos distorsionadores en la orientación de las curas para los psicoanalistas. Sobre todo si éstos desarrollan su práctica en instituciones, en las que la masificación de las demandas y la intoxicación de la traducción psicopatológica fenomenológico-positivista que impregna las centros de salud, pueda vencer al esclarecimiento teórico de los analistas que apuesten por el trabajo en la red de instituciones de salud pública.
Insistimos en que la caída contemporánea de los significantes del hombre, consecuencia de la debilidad del los significantes de la función paterna, sumergen a los sujetos en un mar de disolución de los lazos sociales y los precipitan en unas formas de goce autístico con los múltiples objetos que la técnica pone a su disposición a través del puro saber mecánico y manipulador de los mismos.
A su vez creemos que por la debilidad fálica generalizada y los efectos limitantes del rechazo de la castración en el campo del deseo, se produce una convergencia de los sexos y un amalgamamiento de los semblantes entre el hombre y la mujer. Por otra parte, el intercambio de roles y funciones sociales, así como la anulación de las diferencias, los paradigmas de la igualdad en la cultura y los discursos de la posmodernidad, precipitan en la trama social una dislocación de las posiciones deseantes. Que se pueden pensar como una tendencia lógica a la feminización generalizada. Hombre y mujer se acercarían asintóticamente en sus identidades y en sus coordenadas estructurales, por los defectos en la castración y la dificultad del hombre de incluir a la mujer como objeto causa de su deseo en su fantasma. La falicización así mismo generalizada del tratamiento de los cuerpos, abren el campo a la indeterminación identificatoria.
En estas hipótesis, ¿qué destino tendrán los semblantes del hombre, por ejemplo: los ideales, los valores éticos, los rasgos yóicos, los investimientos fálicos, los grandes valores de la filosofía y del pensamiento secular, como la verdad, el ser, el sujeto, la ley, así como los semblantes de la política, la democracia, la solidaridad, los proyectos emancipatorios, la conquista del “hombre nuevo”, etc.? ¿Qué ocurrirá con el semblante del amor, recurso imaginario-simbólico fundamental para el restañamiento de la imposibilidad estructural de la relación sexual? ¿Qué pasará en la trama social y en el destino de la estructura parental, si el intento de hacer existir la relación sexual implicara la confluencia y superposición de los semblantes del hombre y de la mujer.
¿Son los discursos y políticas de la igualdad, las modas del unisexo, la proliferación y diversificación de las manifestaciones de los vínculos sexuales, la degradación de la vida amorosa y la abolición del deseo, graves riesgos de deslizamiento del hombre a una posición equívoca respecto a su condición de “uno fálico”, hacia formas precipitadas de satisfacción inmediata y con los objetos de la maquinaria industrial, o hacia el goce Otro de la infatuación y formas nuevas de mistificación? ¿Qué busca el hombre en la mujer en la sociedad de nuestro tiempo, si no es el goce inmediato y en cortocircuito del pedazo de carne que sostiene y exhibe el cuerpo de la mujer?
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DOS EJEMPLOS DE CÓMO EL FALO VERIFICA LO REAL, por Margarita Bolinches
En un artículo de Rose-Paule Vinciguerra titulado “Falo, residuo que verifica”, se hacía una pregunta que orientaba su exposición a partir de una frase extraída del Seminario XXIII. En ella, Lacan afirmaba que: “El único real que verifica cualquier cosa es el falo en la medida que es el sostén de la función significante” que “crea todo significado”. Y agrega: “es aún preciso (…) que sólo él verifique ese real”.
Desde esta aparente oposición, ella hacía de su pregunta la vía de su trabajo de elucidación: “¿Cómo, en principio, el falo podría ejercer esta doble función, por una parte, de “ real que verifica cualquier cosa”, y por otra de ‘verificar lo real’?”
Fue desde esa pregunta y la paradoja que planteaba que asocié dos acontecimientos recientes con los que me había encontrado y que podían bordear el camino de una cierta respuesta y que, hasta entonces, no se me había evidenciado.
Primer acontecimiento: De madrugada, llaman a la puerta y me encuentro saltando de la cama, compelida a pasar en segundos del sopor a la vigilia y de mi casa a casa de la vecina, hecha un mar de lágrimas y de angustia por su hijo. Apenas dos horas antes el joven había atropellado con su coche a un ciclista que cruzaba en sentido contrario una gran avenida, sin luces, sin chaleco reflectante, y que falleció en el acto.
Mi vecina me explicaba que su hijo se había mantenido “ muy sereno” mientras declaró ante el policía, y que éste le había dicho que no se preocupara porque “él no había tenido la culpa”. El padre añadió que “había mantenido el tipo”, pero que cuando entró en casa “se vino abajo” y no paraba de llorar.
Así que me encontré con tres sujetos angustiados. Uno que no paraba de llorar y no hablaba, y dos que no paraban de hablar para tapar su propia angustia. Como en ese momento no estaba para consideraciones, con un gesto hice callar a los padres y poder hacer hablar así al hijo. Y aquí viene el ejemplo: después de unas maniobras para desatascarlo de la imagen del choque en el cristal y de la mirada del ciclista que sobre él recayó, pasó entonces a confirmar la verdad paradójica de la afirmación de Lacan sobre la doble función del falo.
Al poder atravesar el punto ciego de la mirada, una falla en el saber se le presentificó y le hizo tambalear todos los semblantes que hasta entonces le envolvían: “No es verdad, todo es una mentira. En la Academia (militar) nos enseñaban fotografías y videos de cuerpos destrozados por las minas. Decían que así nos preparaban y aprendíamos a saber mejor a lo que nos teníamos que enfrentar, pero no es verdad. Es todo una mentira…”.
Le confirmé en esa verdad paradójica que había adquirido en su encuentro con lo real, que era un saber distinto a los otros que él pudiera tener, pero que era un saber cuya experiencia vital y subjetiva valía la pena sostener.
Segundo acontecimiento: Este verano, por recomendación de un amigo, leí un libro de Peter Lodge titulado “La vida en sordina”. Y me encontré con una narración que ejemplifica muy bien varias cuestiones. Una de ellas es la función del humor y de lo cómico que nos recuerda Freud. La narración nos muestra, con algunos rasgos autobiográficos del propio autor, al protagonista como un profesor de lingüística jubilado y con una “sordera de agudos”. Esto implicaba que oyera las vocales pero no las consonantes, lo que daba lugar a múltiples equívocos y situaciones embarazosas. Por otro lado, su “jubilación” anímica se hizo más evidente cuando su mujer, de ama de casa, pasó a ser empresaria y a cobrar un protagonismo que hasta entonces giraba alrededor de él. La comedia del falo con sus múltiples sentidos y efectos de significación se muestra en todo su desarrollo, con una comicidad muy british.
Otra de las cuestiones que van apareciendo, y que nos aproximan al tema, es el trasfondo melancólico en la relación con el padre del protagonista y la desasosegante relación que mantiene con una alumna, que lo presiona para que le dirija una tesis sobre las notas de los suicidas.
Pero será su encuentro con el silencio, en Auschwitz-Birkenau, cuando su sordera adquirirá un valor distinto que nunca olvidará. Después de esa experiencia, el autor nos muestra la transformación del protagonista y su manejo de los semblantes de un modo distinto para que, gracias a su sordera, pueda escuchar aquel silencio que se abrió para él.
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DE CASABLANCA A PARÍS, por Felicidad Hernández
No es precisamente una película actual, pero -o quizás por eso-, se me ha ocurrido la película Casablanca como contrapunto, como voz contrapuesta al discurso moderno sobre lo masculino.
Hablamos de un tiempo marcado por el desfallecimiento de las insignias masculinas y de la caída de los Ideales con mayúscula. Tiempos en los que los semblantes muestran su impotencia para velar lo real. Quizás por eso, el agujero desvelado está siendo aprovechado por grotescas caricaturas de “grandes hombres” a modo de postizos que, como sitúa J.-A. Miller, ofrecen una imagen pero no cumplen la función. ¿Son los nuevos estereotipos?
Si esto es así sólo queda decir: -¡Presiento que estono es el comienzo de una hermosa amistad!, tomando prestadas las palabras del protagonista de Casablanca, Rick Blaine (Humphrey Bogart)
La trama de la película se sitúa en plena Segunda Guerra Mundial, y Casablanca es una ciudad en la que protegerse de la persecución nazi, y desde donde se puede conseguir un salvoconducto para Lisboa camino a Estados Unidos. Allí es donde Rick regenta un café al que llegan un líder de la Resistencia y su mujer Ilsa (Ingrid Bergman) en busca de ayuda. Ilsa y Rick habían sido amantes en el pasado (en París).
Rick, cínico e indiferente al drama bélico y sus consecuencias, mostrará la verdad de su posición: traicionado y abandonado por esa mujer, es un sujeto atormentado por el amor.
¿Qué lo convierte al final en un héroe? Renuncia a su pasión, que sacrifica su objeto, Ilsa, por el Ideal (la victoria sobre el nazismo, la lucha por la libertad). Es la renuncia de lo particular en favor del universal.
Pero sabemos que nuestro mítico héroe no es de carne y hueso, aunque el actor que lo encarne se destacara por su honestidad. Ni siquiera una de las frases que ha hecho más famosa a esta película existió. Y puestos a desmitificar, ¿cómo olvidar que la última escena es el comienzo de esa “hermosa amistad” de Rick con el corrupto y oportunista jefe de policía?
La cuestión no es si ya no existen esos hombres, es que ya no existen esos ideales. Lo que ya no está es la creencia en el valor de un Ideal más fuerte que la satisfacción individual, no los hombres divididos, o perplejos, en su no saber hacer con el Otro sexo. La diferencia es qué se utiliza para velar la inexistencia del significante que pudiera dar cuenta de esa relación.
No creo que antes los hombres fueran más hombres sino que estaban menos “huérfanos de Padre”. Ese Padre que salió moribundo del campo de concentración tras la Segunda Guerra Mundial y pareciera que es la Madre, que no las mujeres, la que se ha hecho cargo del discurso. La Madre, no las madres, como lugar donde aferrarse al objeto oral y mantenerse infantilizado, al abrigo de la Separación y del encuentro fallido con el Otro sexo.
Si lo que promueve el discurso actual es que es posible evitar la castración con el goce, que Uno puede satisfacerse sin tener que recurrir al Otro, la dificultad es constituir el sujeto del inconsciente como puesta en acto de la realidad sexual.
Si los Ideales no van más, tampoco el discurso actual libra a los sujetos de la pulsión de muerte, más bien al contrario. Quizás ya no se trate del malestar en la cultura, ahora se trata del autismo de la civilización.
Hacer hablar a lo que no va y suponerle un querer decir algo es ya el reconocimiento de que se necesita Otro. Poder pasar de estar sujetado por los goces, a sujeto del inconsciente. Y sabemos que el inconsciente no es óntico, que se necesita un analista para hacerlo existir.
Por eso (para finalizar con esta película): -¡siempre nos quedará el psicoanálisis! con el que causar el inconsciente…, en algunos.
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Historieta ofrecida por Oscar Ventura

10 de Octubre de 2010
Too Mach! Conclusiones, ideas y problemas. Hacia las IX Jornadas de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis “Los hombres y sus semblantes” Número 4. Responsable: Gustavo Dessal

EDITORIAL
“¿Cómo se reconoce a un hombre?”, comienza preguntando Vilma Coccoz en su excelente artículo con el que abrimos este número de Too Mach!
Pregunta inquietante, que da de lleno en el corazón del problema. Salvo en los casos de Napoleón o Goethe -nuestra colega ha puesto el listón bien alto- cualquier respuesta resulta insuficiente. Los grandes hombres (los hombres grandes, los padres freudianos) ya no abundan. Por suerte, el psicoanálisis nos ha descubierto la función del semblante: en el lugar de lo que no hay, es cuestión de hacerlo parecer. Eso me recuerda el Witz de nuestro colega Antonio di Ciaccia, cuando en respuesta a la afirmación de una paciente: “He venido a verlo a usted porque quería analizarme con un hombre”, le soltó muy seriamente: “¿Y qué le hace pensar que lo soy?”.
Puestos así, el silogismo clásico “Todos los hombres son mortales, Sócrates es hombre, luego Sócrates es mortal”, podría muy bien cuestionarse desde otro ángulo. No sería una tarea vana considerar en qué lado de la carta de amor se sostenía Sócrates, así, sobre una sola pierna, cual era su costumbre cuando meditaba.
Nada de grandes hombres, pues. Ahora se llevan los “Juanitos aggiornados”, los “inhibidos en su acto”, o aquellos “a los que hay que bajarles los pantalones”, como dice Ana Lía Gana (citando el lamento de una analizante). Consecuencias de esa flojera de la función paterna que se verifica en los avatares actuales de la virilidad, incluidas las dificultades para ser padre. “En la posición viril, al contrario de la posición femenina (en la que se produce una divergencia entre ser madre y ser mujer), convergen paternidad y virilidad”, escribe Analía. ¿Será cierto? Durante décadas los analistas suscribieron la idea tradicional de que la maternidad era un destino ineludible de la mujer. ¿Lo será la paternidad para un hombre? Por las dudas, la autora aconseja un hombre lacaniano. Habrá que buscarlo.
Lean atentamente el artículo de nuestro querido Miquel Bassols, recomendándonos la lectura de El diario de Adán y Eva, de Mark Twain (a la sazón uno de los libros favoritos de Freud, quien gustaba de releerlo). No es que el hombre se extinga, como el Dodo, sino que nació extinguido, y en su lugar hay pareceres o para-seres, que cambian con el tiempo y suscitan toda clase de nostalgias (incluso en los mundos analíticos).
Casi todos -y todas- coinciden en que, excesivamente entretenido en su Wiwimacher y los subrogados técnicos (la gracia de los aparatitos consiste en que hay que toquetearlos a cada rato), los hombres dedican poco tiempo a sus deberes amorosos.
Beatriz García, evocando las reflexiones de Jacques-Alain Miller, nos dice que “solo se puede amar verdaderamente desde una posición femenina”, y agrega: “el que ama entrega al otro su falta, no regalos, no lo que tiene, sino su castración”. Lo curioso es que, a pesar del análisis, a ellas siguen gustándoles los regalos (además de la castración, por supuesto). De modo que no se aceptarán excusas lacanianas en los aniversarios de boda.
Menos mal que hay gente ingeniosa, capaz de congeniar amor y tecnología. Un tal Teddy Truchot (el apellido tiene lo suyo), ha creado un sitio web de encuentros extraconyugales “específicamente dirigido a personas casadas con vocación de adúlteras”, con el propósito de organizar la infidelidad. Nos lo comenta nuestro compañero José Ramón Ubieto a propósito de lo que califica como “nuevas modalidades de degradación de la vida erótica”. (Atención: José Ramón nos señala el interés de estar al tanto de estas novedades, ni él, ni esta Redacción se hacen responsables sobre la conveniencia de su uso).
El sitio se llama Gleeden, y está dirigido a facilitar la infidelidad organizadamente. ¿Por qué dejar en manos del azar o del insospechado destino lo que Gleeden (del inglés “glee”, “júbilo”) puede organizar más eficazmente?
Además, no todo es lo que estáis pensando: uno de los usuarios nos explica que lo que más le gusta de esa página de contactos es poder hablar con su amante. Nada más. Y después dicen que los hombres sólo piensan en lo otro.
Una colega (insisto, una) nos recomienda un vídeo sobre el mejor anuncio de los últimos tiempos. El target, como se dice en publicidad, es el colectivo masculino. He dudado de incluirlo, pensando que ciertos espíritus sensibles de nuestra comunidad puedan hallarlo inapropiado para una publicación científica como esta. De manera que únicamente proporcionaré el link a aquellos lectores que me lo soliciten escribiéndome a mi dirección de correo: g.dess.esp@cop.es
Como anticipo, solo diré que si algún colega está pensando en comprarse una lavadora (los nuevos semblantes masculinos también lavan la ropa) es altamente útil ver primero este anuncio.
Para finalizar, una pequeña galería de pareceres y un importantísimo test en el que todos pueden participar como ejercicio preparatorio de las Jornadas.
¡Pero habrá más, mucho más, very mach en el próximo número de Too mach! Aquellos a los que no he incluido aquí, saldrán en la siguiente tanda, mientras esperamos otras contribuciones.
Gustavo Dessal
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NOVEDAD
¡¡¡Las IX Jornadas están también en FACEBOOK!!!
Nombre de la página:
Novenas Jornadas Psicoanálisis-elp
(responsable: Ariane Husson)
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VOUS ÊTES un HOMME!, por Vilma Coccoz
1) El marco simbólico de la cuestión
Primera pregunta: ¿Cómo se reconoce a un hombre?: ¿Por su cuerpo, por sus actos, por su discurso, o por su porte?
Segunda pregunta: ¿Cómo accede un hombre a un juicio íntimo acerca de su virilidad?, ¿y cómo reconoce que otros lo son?
Estas preguntas conciernen al estado de los semblantes sexuales, el cual depende del estado de los discursos. Si en el momento actual estas preguntas se han vuelto más acuciantes, no podemos desconocer la influencia que pudo haber tenido, en la génesis de tal “inquietud ontológica”, el discurso analítico. En el curso de los tiempos se han producido variaciones sustanciales en las representaciones o ficciones de los papeles sexuales que han conseguido modificar las “profundidades del gusto”. En su fabuloso texto Kant con Sade, Lacan afirma que el tocador sadiano inició una gran transformación en el goce -en el gusto- de tal manera que se volvió “transitable la vía de Freud”. La literatura libertina vio la luz en el mismo momento en que se promulgaban los Derechos del Hombre. Si el derecho al goce no podía entrar en la formulación de tales Derechos revolucionarios, se debe, explica Lacan, a razones de estructura: y es que, en lo relativo al goce, “lo permitido se convierte en obligatorio”.
De manera genial, Lacan planteó en la confluencia lógica del filósofo de la razón (Kant), con el escriba de las perversiones (Sade) que el reverso del derecho al goce es el superyo. Como lo ha demostrado Serge Cottet, esta máxima lacaniana explica parte del malestar de los desorientados de hoy, víctimas del desvarío del goce en la sociedad del hipersexo.
2) Los términos freudianos de la sexualidad
Gracias al cambio en las profundidades del gusto, la vía de Freud se volvió transitable: el psicoanálisis puso patas arriba la seguridad de los roles sexuales desde que Freud tomara buena nota de la experiencia subjetiva de las neurosis y las psicosis: la dualidad hombre/mujer no tiene representación en el inconsciente. Y este hecho incontestable constituye el verdadero enigma de la sexualidad: El inconsciente sólo conoce la polaridad actividad/pasividad o la diferencia castrado/no castrado. Con esta “roca viva” tropezamos todos, por supuesto, también los psicoanalistas cuando intentamos extraer sus consecuencias. Los post-freudianos se dieron de bruces y desembocaron en una desviación notable, esto es, la promoción de la genitalidad como ideal resolutivo de la experiencia analítica. Con la enseñanza de Lacan se dio un paso de gigante que nos ha pertrechado de advertencias y de recursos para no errar demasiado. La lógica de la sexuación fálica y de la carencia de inscripción de la relación sexual nos permiten ordenar posiciones: posición femenina, posición masculina. Es cierto, como también lo es que ello exige de nosotros un ejercicio cotidiano para mantenernos firmes en la lógica del discurso analítico. Por eso los ejes temáticos elaborados para las jornadas de la ELP reflejan que la cuestión no está zanjada, que ser lacanianos no nos exime de revisarla cada vez, es decir, que ser lacanianos no significa disponer de la última palabra respecto a la sexualidad sino aceptar el rigor de que tal palabra no existe (A tachado).
3) El tropiezo de los Men’s studies
La afirmación anterior parecería concordar con los estudios sobre las identidades sexuales que han proliferado a partir de los años 70, nutriéndose, en gran medida, en el saber analítico.
Mis amigos Martín y Alicia, de la Librería Eléctrico Ardor, me descubrieron un libro muy interesante cuando les comenté el tema de las próximas jornadas. Se llama: Entre hombres. Masculinidades del siglo XIX en América Latina.
En la Introducción encontramos la justificación del uso del plural del adjetivo sustantivado del título, cuyo fin sería demostrar la ausencia de un concepto formativo de “la identidad masculina como el espacio de la autoridad simbólica en la cultura occidental.”(1)
A partir de tal premisa, los autores pretenden “historizar la construcción de las masculinidades del siglo XIX para demostrar que las identidades sexogenéricas son artefactos culturales que actúan como respuestas a condicionantes sociales muy precisos.”(2)
¿Cómo conciben estos autores el género?: “(…) como un proceso de negociación constante con los discursos dominantes: un incesante devenir más que un inmanente ser, a través de los cuales los sujetos se posicionan y son posicionados dentro de los proyectos de emancipación, consolidación y modernización de las naciones.”(3)
Este libro se inscribe en la filiación del marco conceptual que ha sido elaborado en EEUU y cuyo fruto son los llamados men’s studies. En ellos se reconoce la existencia de una “pluralidad de masculinidades dentro de la que se diferencia entre identidades dominantes o hegemónicas, alternativas o subalternas”(4), lo cual supone que, en un momento dado, se exalta un tipo en detrimento de otra. Citan a Kimmel para quien “la masculinidad dominante es un tipo de identidad que se fabrica relacionalmente y que busca la aprobación homosocial de los otros hombres: cuando un sujeto masculino pone en escena su hombría, lo hace para impresionar a los pares y para distanciarse de los grupos que carecen de ella (las mujeres, los homosexuales, los niños).”(5)
Según este autor, la masculinidad hegemónica es poder y lo que define la masculinidad viril es la ausencia de una serie de cualidades “femeninas”, una forma de oposición, en cierto modo, defensiva.
También se invoca en la justificación de estos estudios la autoridad de Judith Buttler, teórica de las identidades queer. Según esta autora, si explorando el desarrollo de la identidad masculina se realizara un corte sincrónico, se comprobaría una circulación de discursos yuxtapuestos que no responden a una linealidad cronológica. Por el contrario, se verificaría la acción de un caos de modelos disponibles en la esfera cultural en la cual algunas “poses” disputarían su predominancia: el neoclásico de la masculinidad heroica, el sentimentalismo romántico, el estoicismo del dandi o la hiper-virilidad del hombre primitivo. El sujeto, por su parte, podría apelar a este “vasto archivo de poses” a través de complejos procesos de citacionalidad. El “acto performativo” de la masculinidad se distingue según los espacios: el trabajo, los centros homosociales -clubes, cafés, cenáculos letrados-, la calle y el hogar. Entre los espacios diferenciados los valores pueden establecer una relación conflictiva: por ejemplo, funcionar en el trabajo con una ética competitiva e individualista y en el hogar, en tanto pater familias, debía actuar con ternura y benevolencia.
Y es que, según los gender studies, el género “es una construcción histórica subjetiva, cuyos límites se van definiendo y reacomodando de acuerdo a una dinámica recíproca de las representaciones de roles asignados a lo “femenino” y “masculino”.(…) No son universales fijos sino “campos de fuerzas sociales que van estableciendo relaciones significativas de poder.”(6)
El problema con el que tropiezan los estudios de género es el desconocimiento de lo que Freud llamó “roca viva” y Lacan, por su parte, “lo real de la sexualidad” a falta de lo cual la cosa se dirime entre: por un lado, la impronta de los discursos y, por otro, una subjetividad que opta, en un acto performativo, por una enunciación, una “cita”, que le define como hombre. Resulta de ello una identificación a un rol -por reconocimiento de pares- y de oposición a otros que niegan los valores admitidos como viriles en tal o tal modelo. La clave de la reconstrucción del abanico de “poses masculinas” radica en las “relaciones significativas de poder” que inducen una lógica binaria, el atolladero sin salida de las significaciones de dominio y servidumbre.
Cuando Freud declara que “la libido es masculina” no interpreta la masculinidad en términos de poder sino que la traduce como actividad: La pulsión es un “trozo de actividad”, una “moción libidinal” que no determina esencias: la diferencia adviene en el fin de la pulsión, en su objetivo, en la modalidad de satisfacción que se alcanza, no en la significación, en el puro semblante.
El atolladero de los gender studies proviene de un déficit conceptual: a falta de la consideración de la lógica de los tres registros, sus interesantes contribuciones corren el riesgo de la esterilidad, permaneciendo como estudios, esto es, como descripciones universitarias sin ninguna incidencia práctica o, aún peor, orientando políticas de género equivocadas.
4) El encuentro entre Napoleón y Goethe
Una línea interesante del citado libro es la que sitúa el diseño de construcción política de naciones nuevas en la tensión entre, por un lado, los ideales de virilidad, vinculados a valores belicistas de valentía y heroicidad y, por otro, los no menos viriles pero pacíficos, suministrados por los letrados e intelectuales. Pero la descripción de estas masculinidades peca siempre de una confrontación con su negativo, como si su afirmación se asentara sólo en la formación reactiva, como si la masculinidad fuera mera sobrecompensación defensiva construida a partir de una ideología de dominio.
No se discute que los fenómenos existan o hayan existido, lo que se echa en falta es una deducción convincente de la estructura, a falta del concepto de goce (o de gusto) todo queda en manos de oscuras influencias sociales que empujan en una u otra dirección y de no menos oscuras razones subjetivas que se manifiestan en el acto preformativo.
La falta de consistencia de los retratos pergeñados hace suponer que estos semblantes sufrieron un desgaste con el correr de los años o que las contradicciones intrínsecas se hicieron más patentes al insertarse en un ámbito nuevo. En la génesis de estos semblantes que se formaron en la Vieja Europa el encuentro entre Napoleón, “genio de la guerra”, y Goethe, “genio de la paz”, ocurrido el 29 de septiembre de 1808, en Erfurt, marcó un hito fundamental.
A estas alturas, Goethe ya había manifestado su temperamento olímpico: un carácter renancentista que le hacía curioso de los saberes, sin distinción. Escritor venerado, indagaba en las ciencias físicas, en la anatomía, en las artes plásticas. Galante y seductor, las mujeres de toda condición suspiraban por su compañía, en el salón y en el lecho. Conversaba con Madame Von Stein sobre poesía y filosofía, seducía a una actriz y se convertía en su amante y director en la escena. Pero tampoco carecía de aptitudes políticas, a pesar de sus orígenes burgueses, logró ascender hasta ser nombrado Consejero del duque de Weimar. Ejerciendo esas funciones organizaba celebraciones y fiestas haciendo gala de un carácter alegre y divertido. Enemigo de la revolución, consideró una locura la alianza de su discípulo y protector, el duque de Weimar, pero acaba sometiéndose a la decisión de éste, aliado de Prusia, de ir a la guerra en defensa de Luis XIV. Cumple a la perfección con sus deberes militares y aún le queda tiempo para continuar con su labor de escritor e investigador. Confiado en su elocuencia e ingenio, se atreve también a disertar sobre temas bélicos. En una ocasión un joven oficial llamado Schmidt le interrumpió una conferencia sobre balística. Reconocía el placer de oír hablar a Goethe sobre poesía, artes y ciencias pero no pudo contener su disgusto al escucharle hablar de cosas de las que no entendía ni jota. Todos esperaban que el escritor, rojo como la grana, tuviera un estallido de cólera. Pero luego de un momento tuvo un estallido de risa, prometiendo no reincidir en el error, “acabáis de darme una dura lección”, dijo.
Goethe fue invitado al Congreso de Erfurt en el que se dieron cita el flamante conquistador y el zar de Rusia, por lo cual se consideraba decisivo para el destino de Europa. Napoleón admiraba a Goethe y Goethe a Napoleón. El instante en que estas dos grandes figuras del siglo se encontraron fue calificado por Valery de “instante supremo” en el que dialogan el imperio de la inteligencia en acción y la inteligencia libre.
Según el relato, se encontraba Napoleón, según su costumbre, almorzando mientras concedía audiencia. Cuando Goethe es anunciado en la sala, el emperador levanta la vista y le indica que se acerque. El poeta es observado atentamente, se detiene a una distancia prudente y se cuadra. Napoleón pasa revista y exclama: “Vous êtes un homme!”. Goethe se inclina. Luego le pregunta por su edad, el escritor responde “sesenta”, y el otro: “Pues estáis muy bien conservado”. Goethe se inclina nuevamente.
Luego le haría una crítica al Werther, diciéndole que “no se ajusta a la Naturaleza”. Su autor le da la razón y sonríe. “Delante de todo el mundo el gran conocedor de los hombres le ha concedido un diploma de hombría”, quizás sorprendido ¿“de encontrarle en postura marcial, buena salud y desparpajo?”(7)
La frase ha sido muy comentada y diversamente interpretada, por Emerson, Valery y otros, encontrando que revela el reconocimiento a la verdadera grandeza, la admirada simetría al avistar un igual, un hombre de acción. Pero, ¿no conlleva también una implícita connivencia con la superioridad de la supervivencia de la palabra sobre lo efímero de la gloria?
Así lo interpreta Cansinos Asséns en su biografía, destacando el abismo entre uno, que acabaría convirtiéndose en el enemigo de los hombres, y el otro, cuyo nombre sobrevive al paso de los siglos, por haber contribuido a conservar la vida.
Nos servimos de este episodio para replantear las preguntas iniciales: ¿De quién puede formularse actualmente semejante frase de reconocimiento?, ¿quién se atrevería a hacerlo?
Epílogo
Freud era devoto del saber de Goethe. En cuanto a Napoleón, dejará escrita una breve pero afilada nota en la que deja constancia de la marca del destino que significó haber nacido el segundo entre una multitud de hermanos: “centenares de miles de seres anónimos habrían de expiar el hecho de que el pequeño demonio respetara a su primer enemigo”. Freud vincula la elección de Josefina a la huella indeleble de los primeros objetos, el primogénito José, su madre y el padre muerto. Josefina no lo ama, lo maltrata y lo engaña. El le perdona todo pero cuando la repudia comienza el eclipse del emperador, “un castigo por su infidelidad”.(8)
En la interpretación de Un recuerdo infantil de Goethe(9), Freud extrae la consecuencia de que “cuando alguien ha sido el favorito indiscutible de su madre, conserva a través de toda la vida aquella seguridad conquistadora…”, al punto que Goethe, afirma Freud, hubiera podido encabezar su biografía así: “Toda mi fuerza tiene su raíz en mi relación con mi madre.”
Sin embargo, no parece suficiente haber tenido un lazo edípico muy fuerte con la madre para sustentar tal seguridad conquistadora sino haberlo resuelto correctamente, sin un saldo de pasiva inhibición. Al menos eso ilustra el caso de Goethe, para quien no fue menos importante, la manera en que dirimió su rivalidad con el padre y con sus hermanos y el modo singular en que llegó a asumir la castración en su relación con los hombres y con las mujeres.
Quizás en este punto y por razones analíticas, Freud coincidiría con la opinión de Napoleón.
Notas:
1 A. Peluffo. I. Sanchez Prado (Eds):Hombres. Masculinidades del siglo XIX en América Latina. Iberoamericana. Madrid. 2010. Pág 7
2 Idem. Pág.7
3 Idem. P.7
4 Idem. P.13
5 Idem. P.13
6 Idem. P.35
7 R.Cansinos Asséns. Biografía. En Obras Completas de Goethe. Tomo I Aguilar.México. 1991. Pág. 181.
8 S. Freud: Borrador de una carta a Tomas Mann. O.C. Biblioteca Nueva. Madrid. 1973Tomo III. Pág. 3336.
9 S.Freud: Un recuerdo infantil de Goethe en Poesía y Verdad.O.C. Tomo III.. Pág 2437.
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DEL HOMBRE DE HOY AL HOMBRE LACANIANO, por Ana Lía Gana
Los semblantes de esta época atornillan a los hombres en posiciones contrapuestas; aquellos caballeros al estilo Juanito aggiornado que les impide tratar a las mujeres desde una posición viril legítima, como dice Lacan, o esos otros inhibidos en su acto, hasta aquellos a los que hay que bajarles los pantalones, como bien lo decía una paciente.
Por otro lado, se ubican los que proclaman un goce para sí, que no pueden o no quieren saber nada de articular su goce al cuerpo de la mujer, son aquellos que se parapetan en los gadgets que les ofrece una sociedad donde los sex-shops, los clubes de intercambio, el cibersexo, están a la altura de su mano, como a la de su pene, donde impera la mirada, el dar a ver... Es el reino del goce.
Lacan en Televisión habla de la ética del célibe cuando nos evoca al escritor francés Henri Millon de Montherlant, y la equipara a la ética Kantiana. (Sabemos que al primero le gustaban los muchachitos, y que Kant murió virgen). Una ética que rechaza el síntoma en tanto no universalizable.
Se trata de un principio moral, un imperativo categórico que subsume la voluntad de cada sujeto de una manera tal que sea para todos, que transcienda lo que hay de particular en los sujetos. Abolición de las diferencias, esa es la ética kantiana.
Cuando Lacan menciona a Montherlant es para precisar que la ética del soltero se ubica del mismo modo: un para todos los hombres, realizando un impasse sobre el Otro sexo, una modalidad de no querer saber nada de la no-relación sexual. Para Montherlant la felicidad es lo que vale, y esa felicidad sólo es la de falo.Lacan opone esta ética en “Televisión” a la ética analítica del “bien decir”, que al esforzarse en decir lo real del goce tiene en cuenta la dimensión del Otro.
De los primeros, podría decir que son amigos de las mujeres, o esos otros que han logrado una relación de pareja donde el lugar es el de pasivo hijo que responde a las demandas de una mujer, a aquellos que se ubican en la alegría del falo, como bien lo dice Lacan en la ética del célibe
En contraposición tenemos al hombre sin ambages, aquel que no teme a las mujeres, porque ha podido atravesar ese momento de su infancia, o es el que ha dado el paso gracias al análisis de que ese temor está referido a la madre en tanto ella debe permitir hacer la prueba de su castración.
Estas posiciones dan cuenta que el declive del padre es correlativo al declive de la virilidad en tanto que en la posición viril, al contrario de la posición femenina (en la que se produce una divergencia entre ser madre y ser mujer), convergen paternidad y virilidad.
¿Qué padres entonces tenemos a partir de aquí? Son los niños en análisis los que nos permiten ver qué padre es el que se presenta hoy en día en la consulta. Tenemos los que se ubican como hermanos de sus hijos, o compañeros de juegos, lugares estos que impiden que un hijo rivalice con su padre y entonces reina la fobia. O aquellos otros que utilizando la fuerza, la bofetada, para ejercer una falsa autoridad, dejan a sus niños en una indefensión de lo simbólico.
¿Y de qué se quejan las mujeres? Sus quejas nos permiten saber en la posición que se presentan los hombres hoy en día: No me escucha, no me habla, no se compromete.
Tenemos esa obra que está en cartel en Madrid “Una relación pornográfica”, la cual nos dice que es vía el goce que un hombre entra en relación con una mujer, después sin quererlo termina capturado por la lógica amorosa.
En el reino del declive de la virilidad nos encontramos con el caballero, aquel amigo de las mujeres; el impotente, inhibido en su acto; al célibe, casado con su pene, y en contraposición se ubica el hombre sin ambages, aquel hombre lacaniano que ha recorrido un análisis para no temer a una mujer y que se articula en una ética del bien decir.
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ADIÓS AL DODO, por Miguel Bassols
Una lectura interesante que debería añadirse a la bibliografía de nuestras Jornadas: El diario de Adán y Eva, de Mark Twain (Ed. Trama, Madrid 1996). Conocí el librito gracias a nuestra colega Gradiva Reiter y su lectura es tan aconsejable como la de aquel Drama muy parisino de Alphonse Allais que Lacan citaba a menudo para mostrar la no relación entre los sexos. El relato conecta además el tema de las anteriores Jornadas de la ELP -las soledades- con el del último Congreso de la AMP –sinthoma y semblantes– y podría muy bien acompañarse con la revisión de aquella película de Marco Ferreri de finales de los años setenta, Ciao maschio! (Adiós al macho), que vapuleaba la imagen de una masculinidad ya hacía tiempo en declive.
Veamos sólo el inicio de este nuevo Génesis, que parece reescrito por Mark Twain como una posible respuesta a la fórmula lacaniana: “no hay relación sexual”.
Fragmentos del diario de Adán
Lunes. La nueva criatura de pelo largo me sale al paso a cada momento. No deja de rondarme y de perseguirme. No me gusta, no estoy acostumbrado a tener compañía. Preferiría que se quedara con el resto de los animales… Día nuboso, con viento del este. Creo que tendremos lluvia… ¿Tendremos? ¿De dónde he sacado esa palabra? Ahora lo recuerdo: la usa la nueva criatura.”(pág. 9)
El primer hombre no parecía en efecto muy proclive, según el relato de Twain, a dar un lugar a la alteridad, a la alteridad de Otro goce que no fuera el goce de su soledad. Parece incluso, ese primer hombre, un poco paranoico: no llega a entender que si el Otro anda por ahí no es necesariamente para perseguirle a él, el hombre que se siente tan a gusto en su introversión libidinal… Tal vez sea esa ceguera –más bien fálica– la misma que le impide entender que la presencia de aquella criatura en el paraíso es muy distinta a la del reino animal con la que tiende a confundirla. Y es una criatura distinta, en primer lugar, porque está afectada por el lenguaje. Aunque, es cierto, parece afectada por un lenguaje un poco distinto al suyo, al de ese pobre y ciego primer hombre que sólo sabe declinar verbos en primera persona del singular.
Y, de repente, el primer hombre se siente contagiado por el virus de la lengua del Otro que habla en él, con un deseo tan íntimo como ignorado, y que habla en un plural que no es mayestático, un plural que, en realidad, lo divide ya para siempre en su ser. El primer hombre entiende entonces, a su manera, que una lengua y un deseo lo antecedían, aunque sólo se le hayan hecho presentes en esa alteridad sobrevenida y posterior a él. “Mi vida no es tan grata como solía ser”, dirá después con cierto pesar, más allá ya del principio del placer que regía su paraíso.
Es lunes y el primer hombre puede muy bien añadir en el mejor estilo freudiano (cf. “El Humor” de 1927): “¡Bonita manera de empezar la semana!”
Veamos el martes
“Martes. He estado observando la gran catarata. Es el lugar más llamativo del Estado, creo. La nueva criatura la llama Cataratas del Niágara, ella sabrá por qué. Dice que se parece a las Cataratas del Niágara. No es una razón, no es más que un capricho, y una majadería. Jamás llego a tiempo de ponerle nombre a nada. La nueva criatura se lo pone a todo lo que se le cruza en el camino, antes de que pueda protestar siquiera. Y siempre con el mismo pretexto: parece esto o aquello. Por ejemplo el dodo. Dice que basta con mirarlo para saber al instante que “se parece a un dodo”. Está claro que tendrá que quedarse con ese nombre. Me fastidia molestarme por esto, y de todos modos no me sirve de nada. ¡Dodo! Se parece a un dodo lo que yo.” (pág. 9-10)
¡Ah, el parecer! Es precisamente uno de los nombres, el mejor tal vez desde nuestro barroco, del “semblante” lacaniano. Si parece las Cataratas del Niágara, entonces es ya las Cataratas del Niágara. Como por encanto, el semblante crea la cosa, el parecer crea el ser sin necesidad de tener otra cosa, ni necesidad de objeto original alguno al que referirse en la realidad. A partir de ese día, para el primer hombre el mundo es un mundo de semblantes, semblantes que podrán parecerle tan insustanciales como el goce que lo habita… Buena forma de introducir la lógica del falo a partir de la nada, de un goce surgido de ella, tan sólo de un parecer.
El primer hombre no sabe, sin embargo, que comparte de hecho con esa “Nada” del goce que agujerea el falo algo más que su nombre, –Adán– su anagrama. Es esa nada, pura creación de lenguaje, la que lo divide de arriba abajo en todo su ser a partir de ahora para descompletarlo de manera irreversible. Y no podrá encontrar ya su complemento en ser alguno.
Al primer hombre hecho de la nada, ese encanto del parecer femenino, ese encanto del deseo del Otro, le parece primero un capricho más bien inútil, hecho para confundir el orden del mundo. Pero -¡oh paradojas del parecer del objeto!– el primer hombre también encuentra en ese deseo inútil y extravagante –ella sabrá por qué– la anticipación del suyo, hasta el punto que terminará por identificarse con él.
Por ejemplo, terminará por identificarse con el dodo: “Se parece a un dodo lo que yo”, dice el primer hombre sin saber muy bien a qué se identifica en este nuevo mundo de semblantes surgidos del capricho del Otro.
¿Y qué es el Dodo?
El Pájaro Dodo, según nos informa la ornitología, se vio por primera vez alrededor de 1600 en la isla Mauricio. Sólo quedan hoy dos cabezas de Pájaro Dodo y dos patas repartidas en varios museos europeos. El Pájaro Dodo se extinguió hacia 1681 y ha quedado de él alguna buena ilustración como la que encabeza este breve comentario.
Esperamos que haya causado el deseo de seguir la lectura del sabroso relato de Mark Twain que, por lo demás, tiene en el diario de Eva otras interesantes derivaciones… Sin desperdicio para entender por qué la masculinidad requiere hoy de nuevos semblantes.
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AMOR DE HOMBRE por Beatriz García
Las modalidades del amor son extremadamente sensibles a las condiciones de la época. Freud, en su texto Sobre una degradación general de la vida erótica, habla de su conocida observación sobre la vida libidinal del hombre civilizado: cuando desea a una mujer no puede amarla, y si la ama no la desea, hecho que él va a relacionar con el tabú del incesto (la corriente sexual habría quedado ligada en lo inconsciente a la madre y/o la hermana) y por otra parte con el refrenamiento cultural de las pulsiones eróticas que establece un largo tiempo de prohibición entre la maduración sexual y el matrimonio, y que trae consigo una degradación general de los objetos sexuales. Esta segunda razón ya no se sostiene en nuestros días de permisividad sexual. Pero Freud mismo va a decir más adelante: “tampoco una libertad sexual ilimitada desde el principio procura mejores resultados. No es difícil comprobar que la necesidad erótica pierde considerable valor psíquico en cuanto se le hace fácil y cómoda la satisfacción. Para que la libido alcance un alto grado es necesario oponerle un obstáculo, y siempre que las resistencias naturales opuestas a la satisfacción han resultado insuficientes han creado los hombres otras, convencionales, para que el amor constituyera verdaderamente un goce”. Más adelante dirá: “a mi juicio, y por extraño que parezca, habremos de sospechar que en la naturaleza misma del instinto sexual existe algo desfavorable a la emergencia de una plena satisfacción”. Esta intuición freudiana se hace mucho más clara a la luz de la tesis lacaniana de la inexistencia de una proporción sexual entre hombres y mujeres.
En El normal caos del amor, Ulrich Beck analiza la valoración actual del amor en un mundo pos-tradicional e individualizado, donde la “causa común” que ligaba al matrimonio de la antigua economía familiar de la época industrial ha desaparecido. Ya no hay obligación de mantener la institución, y surge el ideal totalizante del amor como utopía de pequeño formato. Crece el número de divorcios, pero los divorciados corren inmediatamente hacia nuevas relaciones tras una promesa de felicidad que casi siempre escapa de nuevo. Es el amor como nueva religión, el amor romántico, que si bien no es un invento de ahora, sí toma una nueva dimensión como movimiento de masas trivializado y presentado con todos los atributos de la modernidad, del autoencontrarse y autoliberarse, inscripto en los textos de terapeutas y juristas que afirman el derecho a buscar esta moderna cuadratura del círculo: la creencia, contra toda realidad, en la posibilidad de un vínculo que mejore lo que uno es, que renueve permanentemente la pasión, sin sujeciones ni pérdidas de autonomía personal. A este ideal se le sacrifica todo: matrimonio, familia, etc. Hoy, que no hay nada seguro, la creencia en este ideal parece sostenerse firme.
Este amor moderno se fundamenta en el “yo soy yo”. U. Beck se pregunta, ¿es posible unir dos biografías autoplanificadas, o se echa con eso tanta arena en el motor que el fracaso está asegurado? Todo se basa en el ideal del amor, pero hay un problema: hombres y mujeres no esperan lo mismo de la vida en pareja, y esta diferencia lleva dentro un potencial de conflictos que estalla de forma virulenta en el mundo contemporáneo con la forma de la guerra entre los sexos. Parece que aquí tenemos de nuevo el obstáculo del que nos hablaba Freud.
El amor, para el psicoanálisis lacaniano, es tomado como respuesta, al modo de una suplencia, a la imposibilidad de la relación sexual. En el Seminario XVIII Lacan habla de los semblantes que velan y a la vez manifiestan dicha imposibilidad. Uno de ellos es el falo. La posición sexuada depende de la relación con el falo. El goce fálico es el único posible para los dos sexos, pero la función del falo como semblante no prescribe una buena identificación sexual masculina o femenina, no da acceso a la relación de un sexo con otro. El sujeto masculino neurótico cree que su goce fálico le permitirá garantizar la relación sexual. Cada vez constatará lo contrario.
La libido, en su esencia fálica, sólo persigue un objeto, por lo que si bien es condición necesaria para acceder a la relación con el otro, no es en absoluto suficiente. El falo, que a diferencia del pene no está soldado al cuerpo, está hecho para ser dado. Lacan dice que el hombre está cautivo de su fantasma, su órgano lo tiene engañado, cree que relacionándose desde el semblante fálico va a poder acceder a la relación con una mujer, que multiplicando sus experiencias eróticas acabará descifrando el misterio del goce femenino. Desconoce así que una parte del ser femenino se sitúa en otra parte, que hay un goce que no entra en la lógica fálica, que está deslocalizado y del cual no se puede hablar. Soportar esto, que no es del lado fálico, es difícil para el hombre, máxime cuando algo de esto se encuentra en el corazón de su propio modo de gozar. Pero de esto él no quiere saber nada. Por eso el hombre se horroriza por el miedo a la pérdida de su fetiche, lo que cree que posee, y que lo protege de la experiencia horrorosa de este goce ilimitado.
Miller, en una entrevista sobre el amor, dice que amar es difícil para los hombres porque los feminiza. Sólo se puede amar verdaderamente desde una posición femenina, desde el no tener, el que ama entrega al otro su falta: no regalos, no lo que tiene, sino su castración. ¿Cómo ayuda a un hombre el análisis a poder amar? ¿Qué uso del semblante fálico sirve para que la diferencia sexual no se borre, y sin embargo el hombre no quede atrapado por los espejismos del tener, que lo alejan del amor?
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NUEVAS MODALIDADES DE LA DEGRADACIÓN DE LA VIDA ERÓTICA EN AL SIGLO XXI, por José Ramón Ubieto
Gleeden: el primer sitio web de encuentros extraconyugales http://www.gleeden.com/
“Específicamente dirigido a personas casadas con vocación de adúlteras. La idea surgió tras comprobar, a través de estudios, que el 30% de los inscritos en sitios de encuentros convencionales se presentan como solteros cuando en realidad están casados", explica Teddy Truchot, uno de los fundadores del sitio Gleeden, dirigido a facilitar la infidelidad organizadamente. Puesto en funcionamiento en diciembre del 2009, el sitio cuenta con algo más de 390.000 miembros –el 60% hombres y el 40% mujeres– en 159 países, básicamente en Europa. Y sobre todo en Francia... Detrás siguen Italia, Suiza, Bélgica, España –con unos 30.000 inscritos– y Australia. En Estados Unidos el lanzamiento comercial está previsto para el próximo enero.
“(…) No es el sexo, sin embargo, lo que buscan principalmente muchos de ellos”. Es el caso de Thierry, que ha establecido una relación íntima, más virtual que física, con una mujer que –como él– está casada y con hijos. "Hablo con ella todos los días. Sólo nos hemos visto una vez –la verdad es que no es fácil–, pero tenemos una gran complicidad", explica. El sexo no es aquí lo primordial. "Sexo lo habrá, sin duda. Pero no es nuestra prioridad. Yo lo que quiero es poder hablar a alguien, en casa ya nadie escucha", se queja.
Thierry había tenido antes alguna aventura fugaz, pero nunca hasta ahora una amante. Tras calificar su relación de "sentimental", admite no tenerlas todas consigo sobre las consecuencias que este affaire puede tener sobre su matrimonio. Su única seguridad es que los dos piensan, por ahora, de la misma forma: "Ninguno de los dos ponemos en cuestión nuestra familia y nuestros hijos, no queremos romper con todo". http://www.lavanguardia.es/ciudadanos/index.html
Próximo (“a golpe de clic”), cosmopolita (“en vuestra ciudad, en América latina, Asia”) sin riesgo (“une placer y seguridad”), real (“miembros reales”), legal (“apoyado en valores fuertes y honestoS”), moderado (“aseguramos confort y control de abusos”), discreto (“vuestro jardín secreto, donde vuestra infidelidad esta a resguardo “),prêt-à-porter (“sólo pagas lo que consumes y a tu ritmo, sin límite de tiempo, tanto para decididos como para indecisos”)
¿Quién da más?
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TEST DE AGUDEZA VISUAL
En menos de 5 segundos, adivine cuál de estos individuos es el Hombre Lacaniano

1 de Octubre de 2010
Too Mach! Conclusiones, ideas y problemas. Hacia las IX Jornadas de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis “Los hombres y sus semblantes”. Nº 3. Responsable: Gustavo Dessal (Madrid)

Editorial
¿Recuerdan el libro El varón domado? Esther Vilar obtuvo un éxito planetario con esta obra publicada en 1971, que estalló como una bomba en el mundo feminista. Su tesis -el verdadero poder lo poseen las mujeres, y los hombres son el fondo seres castrados por el dominio femenino- le valió incluso amenazas de muerte. “El hombre fue entrenado y condicionado por la mujer, de manera no muy distinta a como Pavlov condicionó sus perros, para convertirlos en sus esclavos. Como compensación por su labor los hombres son premiados periódicamente con una vagina”, escribía Vilar en esa época. Qué cosas.
Nada más divertido que esta cuestión de los sexos para ver pulular toda la fantasmagoría con la que los kleinianos nos han entretenido tanto. Un poquito de verdad en cada una de las versiones del padre... Una reedición actualizada saldrá próximamente. Habrá que comprarla para ver si, cuarenta años después, el premio sigue siendo el mismo.
Ernesto Sinatra (EOL) nos anuncia otro libro sobre los hombres en la editorial Grama. Too mach! lo entrevista sobre las visicitudes de la masculinidad en la clínica analítica.
Ricardo Acevedo, desde Málaga, nos envía un artículo aparecido en El País el 26 de junio pasado, firmado por Inmaculada de la Fuente. Se titula “La travesía de la masculinidad”, una fenomenología superficial sobre las nuevas formas de masculinidad en España. "Nadie se define ya como machista", dice Luis Bonino, psiquiatra y psicoterapeuta especializado en varones y relaciones de género, entrevistado por la periodista. "Pero queda mucho machismo encubierto", añade. "Ha habido cambios, pero en aspectos superficiales", precisa. No le gusta recurrir al tópico de la masculinidad. "Es una especie de esencia masculina donde se mete cualquier cosa. Prefiero hablar de un modelo masculino que se adapta a las condiciones históricas que le toca vivir", desmitifica. En las últimas décadas en España se ha pasado de un machismo en bruto a una igualdad legal en la que perviven prácticas del viejo modelo. Es lo que Bonino denomina micromachismos.”
Por lo visto, se impone acabar con el machismo incluso hasta en su modalidad microbiana. Incluso matar el germen desde el nacimiento. Sin ir más lejos, en Francia ya quieren descubrir en los jardines de infancia a los criminales en potencia. A lo mejor en el test le añaden el índice de micromachismo. Hasta podrían ver conexiones entre ambas cosas.
Vicente Palomera me envía una hermosa observación en forma de carta, recordándonos las “tres relaciones inevitables” en el hombre, postuladas por Freud en su artículo sobre los tres cofrecillos. En el fondo de todo hombre, y como también nos lo dice Juan Pundik, siempre encontramos la misma Cosa: la madre. Cada vez que se refería a la suya, el pobre Rimbaud escribía The Mother, con mayúscula y en inglés. Le parecería mejor para nombrarla en su goce, del cual huyó por primera vez a los 16 años.
“¡¡Esto no hay quién lo entienda!! ¿Estaremos también globalizando la sexualidad intentando “igualizar” lo imposible de igualar?”, exclama nuestra colega Josefa Estepa Martín (Córdoba) en su mail. Paradojas de una época en la que, al mismo tiempo, la publicidad nos asegura que somos inigualables...
Constanza Meyer y Alberto Estévez (Madrid) nos envían un extracto de sus intervenciones del martes pasado en la sede de Madrid. “Medroso del agujero”, escribe Alberto en referencia a la tendencia autoerótica del varón, mientras Constanza nos habla del ingenio poético de Cortázar para elevar el decir poético a la dignidad de un amor verdadero.
Cerramos hoy con una historieta de Caloi, el gran humorista argentino.
“C’est très réussi. Bravo!” nos alienta Eric Laurent a propósito de Too mach! Seguimos esperando contribuciones.
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ENTREVISTA A ERNESTO SINATRA
Too mach!: Has vuelto a "reincidir" en la temática masculina con un nuevo libro, esta vez titulado "¡Por fin Hombres al fin!, que saldrá el mes que viene en Ediciones Grama. ¿Qué es lo que hizo surgir el interés sostenido de elaborar este tema, hasta entonces poco frecuente en la literatura psicoanalítica?
Ernesto Sinatra: Este libro es el producto de una investigación que lleva ya algunos años. Su primer producto gráfico se remonta a la década de los ’90 con la publicación de “¿Por qué los hombres son como son?” (ATUEL, 1993); allí pretendí indagar el tema de la masculinidad en un tiempo en el que el debate acerca de “¿Qué quiere una mujer?” dominaba la escena psicoanalítica. Procuraba interrogar porqué el “enigma de la femineidad” (nombre lacaniano con el que se traducía la pregunta freudiana) casi había desplazado la indagación teórico-clínica de la posición masculina. Contaba con una hipótesis, muy ‘a mano’: lo escurridizo de la femineidad y su compleja construcción desde la niñez contrastaba con la aparente simpleza del falo-centrismo del varón. Años después comprendí que, más acá de la pertinencia (o impertinencia) de este argumento, se ponía allí en juego una interrogación suscitada en mi análisis personal. Exactamente diez años después volví a las andadas: escribí “Nosotros los hombres -un estudio psicoanalítico” (Ediciones TRES HACHES, 2003) lo que me valió -en la contratapa del libro- el título de ‘reincidente’. Me encargué allí de la profundización de los temas que habían suscitado mi atención en ¿Por qué los hombres…?: la estructura de la amistad -frecuente substancia aglutinante del ser masculino; las características cambiantes de la época; las transformaciones de la intimidad en hombres y mujeres…
Allí donde en la presentación anterior había un interrogante -de clara procedencia femenina- (¿Por qué los hombres…?) respondí entonces (no sin humor) con un enunciado asertivo que me contenía -en cuanto enunciador- en el conjunto de los hombres. Y allí donde parecía concluido el ciclo -y ya transformado en incorregible- he vuelto al ruedo, años después, con este libro en el que presento a la masculinidad por su nombre (Hombres), flanqueada ahora por dos frases admirativas que funcionan adjetivando el sustantivo de base. Otra vez las mujeres versionan lo masculino desde una emisión regocijada (¡Por fin hombres!) o con decepción flagrante (¡Hombres al fin!). Desprendemos de ello lo que no deja de ser obvio: que el destino masculino no puede prescindir de estas versiones femeninas, ya desde la cuna. Este libro hace serie con los dos primeros que lo prepararon: revisando conceptos y aseveraciones, poniéndolos a prueba y/o modificándolos, buscando nuevas vías de interrogación; hasta repitiendo -incluso- formulaciones anteriores por su comprobada actualidad. En él se ofrecen conceptos y matemas que intentan formalizar lo que se sustrae en los intercambios entre hombres y mujeres: el sentido que se fuga cuando se pretende atrapar en él al ser masculino (y no menos al femenino). Por ello, se trata en él de una investigación que sigue en curso, es decir: que permanece inacabada, abierta, inscribiéndose en una lógica inconsistente. Pero al nombrarla de este modo, esta suerte de definición se halla en consonancia con lo que hemos aprendido de la estructura real de las mujeres.
Too mach!: ¿Cuáles son las particularidades de la posición masculina en la actualidad?
E. Sinatra: ¿Es preciso reivindicar a los hombres en la actualidad? ¿Sería adecuada la reinvención de una “identidad masculina” para responder a cierta presión de la época -que representantes de la sociología contemporánea han denominado “feminización del mundo”? Y lo que de ello se desprende: El “modelo masculino” ¿habría perimido? “Ser un hombre de verdad” ¿define una substancia masculina que, como la testosterona, permanecería invariable a través de los siglos, más allá de las modificaciones de los semblantes con los que los hombres se visten en cada época? ¿Equivaldría ello a decir que “los hombres son hombres”, incluso más allá de los cambios en la jurisprudencia que ha conducido a promulgar el matrimonio igualitario, por ejemplo? ¿Siguen siendo los hombres como eran tan sólo algunas décadas atrás, o encuentran -ellos y ellas- alguna diferencia substancial en su forma de asumir hoy su masculinidad?
Y del lado de ellas: ¿Es verdad que muchas mujeres cada vez que se encuentran con un “hombre de verdad” exclaman asombradas ¡Por fin hombres!? ¿No es acaso cada vez más frecuente encontrar en la consulta un tipo de mujeres -al que gusté en llamar: nuevas patronas- que se ha cansado de esperar de los hombres una solución y ha decidido “hacerlo por mí misma” (como decía una de ellas echada en el diván analítico), ya sea prescindiendo de ellos o tomando la iniciativa como una verdadera “mujer de las llaves” (denominación empleada por un analizante para describir a las mujeres que usan objetos como anzuelos de seducción -para mostrar que ellas sí tienen (departamentos, autos…)? Hay hombres que responden con síntomas a este nuevo estado de cosas.
Y al revés: ¿acaso no encontramos, por el contrario, otras mujeres que prefieren la versión anterior de los hombres y sueña con “que los hombres vuelvan a ocupar su lugar para sentir otra vez que el hombre es nuestro sostén, el padre de familia” y -entre muchas otras cosas- “que vuelvan a mantenernos”?
Too mach!:¿Qué nuevos síntomas padecen los hombres?
E. Sinatra: También los tiempos son generosos en proporcionarnos ejemplos por doquier del desajuste entre la naturaleza de los cuerpos y las elecciones sexuadas. En el libro recorro fenómenos actuales y casos clínicos para intentar demostrar hasta qué punto el goce femenino no sólo es un problema para una mujer sino que no lo es menos para un hombre. Ya que, y por más que en el vértigo de los tiempos que corren se hable a viva voz de ‘los hombres-esquivos’ -los que huyen del compromiso emocional con las mujeres- ¿no es menos cierto que muchas de ellas también no saben qué hacer con su sexualidad y tienen que inventarse Otra mujer como modelo para imitar (y/o para despedazar en sus fantasmas)?
Por eso: ¿en qué consiste hoy la “identidad masculina”? ¿Sigue siendo determinada por lo que le ha sido transmitido a cada hombre por su padre, acaso?, ¿o se trata de que lo que hoy domina la identidad son las identificaciones promovidas por lo que dictan los especialistas, lo que aconsejan los blogs, las imágenes colgadas en Facebook o por el ojo omnivoyeur de la televisión que nos mira, por ejemplo?
Y de ser así, ¿hasta qué punto no son los fragmentos del padre tradicional los que se nos ofrecen en los mismos gadgets: objetos restos de la producción de las tecno-ciencias que inundan el mercado de consumo planetarizando el mundo?, ¿no son acaso esos aparatos -que-enseñan-cómo-gozar, trozos de información producidos por saberes expertos?
De todos modos, el Padre de la tradición ha implosionado en nuestras mismas narices. Y no se trata aquí de producir ningún arrebato nostálgico para reintroducirlo (ni tampoco de acudir a ningún fundamentalismo reivindicante).
El discurso psicoanalítico –tal como lo precisó con extrema claridad Jacques-Alain Miller- ya no es el revés del discurso del Amo como en el siglo de su nacimiento. Los tiempos de la rígida moral victoriana y su empuje a la represión son ya cosa del pasado. La versión actual del capitalismo híper-moderno ha desempolvado el goce que dormía en el inconsciente y lo ha elevado a un papel protagónico en la sociedad del espectáculo esparciéndolo por doquier.
La civilización actual al igual que el psicoanálisis dan hoy trato a las renovadas formas de goce que se manifiestan; pero a diferencia de la civilización, que al promover satisfacciones contradictorias fuerza la imposibilidad real de “gozar libremente” y desencadena fenómenos bizarros, el psicoanálisis responde recogiendo el guante y se encarga de darle tratamiento a tales afecciones que enmarcan la época: depresiones por caída del deseo; trastornos de la alimentación; poli-adicciones…, ¿no son los cuerpos invadidos de la fantasía de Cronenberg los que explotan con la introducción de los tóxicos híper-modernos enmarcando los síntomas actuales de los hombres?
Y mientras todo ello ocurre, los hombres no dejan de refugiarse entre ellos debatiendo acerca de sus grandes temas, es decir de sus “vicios”: siempre encausados por el goce fálico (aunque no sólo determinados por él), ellos hablan de las mujeres, de los deportes, discurren acerca de la amistad, condescienden a tratar problemas de familia, del amor… Las preocupaciones masculinas continúan allí dando la medida de sus goces.
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TRES RELACIONES INEVITABLES EN EL HOMBRE. por Vicente Palomera
Querido Gustavo:
Al momento de empezar a pensar cómo corresponder a tu amable invitación, me vino a la cabeza -seguramente influenciado por tu faceta de escritor- la deliciosa novela de Isaac Bashevis Singer titulada Enemigos, una historia de amor. El libro se editó en español en 1978, por Plaza & Janés, el mismo año en el que Singer recibió el Premio Nóbel de Literatura. Existe también una entretenida adaptación de la novela al cine hecha por Paul Mazursky, en 1989, (con Anjelica Huston, Lena Olin y Ron Silver).
La novela trata de la historia de Herman Broder, judío polaco cuya familia fue aniquilada en el holocausto nazi. Él logra escapar gracias a que una campesina polaca, Yadwiga, lo esconde en un henil. Terminada la guerra se va a vivir a Brooklyn y se casa con Yadwiga porque cree que se lo debe, pero también tiene una amante, Masha. Y, por si fuera poco, descubre que su mujer, Tamara, que creía fusilada por los nazis, sigue viva y acaba de llegar a New York.
Pero lo más extraordinario es que descubrimos en la novela de I.B. Singer lo que Freud trata en “El tema de la elección del cofrecillo” (“Das Motiv der Kätstchenwahl”), a saber, las tres relaciones inevitables del hombre con la mujer: “Podríamos decir que para el hombre existen tres relaciones inevitables con la mujer, aquí representadas: la madre (die Gebärerin), la compañera (die Genossin) y la destructora (die Verderberin). O las tres formas que adopta la imagen de la madre en el curso de la vida: la madre misma, la amada, elegida a su imagen, y, por último, la madre tierra, que la acoge de nuevo en su seno.
En la novela de Singer, las relaciones de Herman Broder son, pues, Tamara, la primera esposa, que encarna la figura de la muerte; Yadwiga, la de la madre; y Masha, la amante. Igual que en el análisis de Freud, la pregunta es: ¿porqué la más bella, la única verdaderamente amante, es la que se calla? Freud propone ver este personaje como la figura invertida punto por punto por el inconsciente, de la diosa de la muerte, la más terrible, aquella que fija ella sus elecciones sin réplica.
El silencio es la particularidad que llama la atención de la tercera mujer. Freud lo señala en su artículo: “Puede llamarnos la atención que aquella tercera mujer tenga en varios casos, además de su hermosura, ciertas particularidades…”. Freud se detiene ante algunos indicios bien interesantes. Encuentra que reiteradamente aparece en ellas la mudez como atributo, ya sea en forma directa o en otras que considera asimilables: el ocultarse (La Cenicienta); la palidez del plomo (en comparación con la naturaleza estridente del oro y la plata) en Porcia (El mercader de Venecia); la modestia en Cordelia (El rey Lear), que ama y calla.
Se ve bien en la novela que el discurso de la mujer y su mutismo no están en una relación de exclusión recíproca: las mismas heroínas que hablaban en el terreno masculino, pueden también encontrar el deseo de callarse. Toda palabra femenina se desdobla en un silencio portador del misterio de la vida como de la muerte.
Gustavo, ayer me pedías una líneas: ahí van, escritas a vuelapluma, y para que las incluyas como tú prefieras en Too mach! , aunque veo que he querido hacer resonar el tema de la elección del "suitable match" para el hombre.
Un abrazo psicoanalítico,
Vicente
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REFLEXION por Juan Pundik
Me ha dejado reflexionando la frase de Rosa López cuando escribió que el mensaje que hace unas generaciones se transmitía de madres a hijas como un saber inequívoco sobre el deseo masculino: “no te dejes engañar, todos quieren lo mismo”, ha dejado de estar vigente.
A la luz de la clínica cotidiana creo que a dicho mensaje, más que haber perdido vigencia, se le ha caído el semblante. Detrás del cual lo que hay es que todos, aunque quizás no todos, quieren lo mismo: a su madre.
Tal vez entonces la imposibilidad del deseo masculino no alcance a cobrar toda la dimensión del estatuto enigmático que antes se reservaba al “continente negro” de lo femenino, y en consecuencia las preguntas que propone Rosa “¿Qué quieren los hombres?”, incluso “¿Dónde se meten los hombres?”, puede que tengan dramáticas y decepcionantes, o al menos frustrantes, posibles respuestas.
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UN COMENTARIO. por Josefa Estepa Martín
Estimado Gustavo:
Al leer los textos de Rosa López y de Rosa Ruiz, se me viene a la memoria la letra de la canción: "Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, contigo porque me matas, sin ti porque yo me muero".
Me despierta inquietud el pensar el momento actual a la luz de lo que estas dos autoras presentan. Si un hombre se dirige a una mujer sometido a su demanda, malo. Si mantiene los patrones "viriles" tradicionales, malo. Si se pierde entre lo uno y lo otro, difícil de encontrar.
Y las mujeres... ¿marcando el compás? ¡¡Esto no hay quién lo entienda!! ¿Estaremos también globalizando la sexualidad intentando “igualizar” lo imposible de igualar?
Mejor será mantener el enigma, y que de vez en cuando salte una chispa de sorpresa que dé luz a Eros.
Saludos.
Josefa Estepa.
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ENTRE EL HOMBRE Y EL AMOR, LA MUJER. por Constanza Meyer
Como dice el poema de Antoine Tudal, “Entre el hombre y el amor, hay la mujer”, por lo que he decidido abordar el tema del amor en el horizonte de las dificultades de las relaciones entre hombres y mujeres afectadas por el pasaje del Discurso del Amo a la primacía del discurso Capitalista.
Muchos creen en el encuentro virtual y se satisfacen con ello sin necesidad de poner en juego nada del amor, gozando más que nunca de su inconsciente y amparados por el velo que ofrece la propia virtualidad y la inmediatez de los contactos. Por otro lado, no podemos dejar de evocar el que parece ser el concepto de amor por excelencia, el desarrollado por los escritores románticos. Se trata de un amor que nunca se alcanza, un encuentro imposible, del cual sólo puede decirse algo de su imposibilidad. ¿Qué lugar para el amor en este escenario?
Me detendré en una frase de Lacan que siempre me ha resultado enigmática: “¿Qué es una mujer? Es un síntoma” recogida en RSI y ampliada en la “Conferencia de Ginebra sobre el síntoma” en términos de que “la mujer es aquello con lo que el hombre nunca sabe arreglárselas” o “Hay mujeres, pero La mujer es un sueño del hombre”, ambas intervenciones de 1975 que tienen por trasfondo la no relación o la no complementariedad entre el hombre y la mujer, así como el giro en la concepción del síntoma que se presenta como modalidad de acceso u ordenamiento del goce, y que implica asimismo un anudamiento particular de Real, Simbólico e Imaginario.
Dice Lacan en la lección del 21 de enero de 1975 que esto puede demostrarse por estructura, es decir que puede verse precisamente porque al no existir la complementariedad, no hay garantía de que el goce del cuerpo del Otro exista, por lo que sólo es posible si se sostiene en el objeto a minúscula. Esto vale tanto para un hombre como para una mujer, aunque en su caso se trata de hacerla entrar en el goce fálico. Para Lacan, hacerla síntoma es invitarla a entrar en el goce fálico, permitiendo que ella haga obstáculo al goce autoerótico. En este sentido, si nos remitimos a las fórmulas de la sexuación y pensamos en términos de necesario, imposible, posible y contingente, veremos que como señalan Jorge Alemán y Sergio Larriera: el decir posible del amor y el decir contingente del falo son los únicos capaces de poner en suspenso el No cesa, “Mientras que el amor suspende la disyunción entre uno y otro sexo, la contingencia fálica, el falo, establece en ambos sexos un goce parcial que sustituye al mítico goce absoluto llamado goce sexual. (…) podrán, en cambio, establecer una sustitución: creyendo estar gozando el uno del otro en el abrazo carnal, disfrutarán del goce de cada uno con el falo” (El inconsciente: existencia y diferencia sexual, J. Alemán y S. Larriera, 2007) .
Los semblantes juegan aquí un papel importante ya que el hombre deberá hacer uso de los semblantes fálicos en el juego de la seducción para que su partenaire acceda a hacer semblante de objeto en el escenario de su fantasma. Si amar es dar lo que no se tiene a quien no es, los semblantes del tener y del ser deberán poder jugar su partida, lo que permitirá que ella se aloje en el hueco y acceda al goce fálico y, eventualmente, al goce Otro. De acuerdo con el modo en que se sirva de los semblantes, entonces, el hombre podrá despegarse un poco de su fantasma y conectado con algo de la verdad subjetiva acceder al encuentro con el partenaire.
No debemos olvidar, por otro lado, que el síntoma es el modo en que cada sujeto goza de su inconsciente con lo cual en el encuentro cuerpo a cuerpo se trataría de que la mujer preste el cuerpo para que el hombre goce de su inconsciente de otra manera y eso le permita eventualmente a ella el acceso a un goce del cuerpo.
Lacan, sin embargo, va más allá en R.S.I y nos dice: “Lo que hay de sorprendente en el síntoma, en ese algo que, como ahí, se besuquea con el Inconsciente, es que uno allí cree (on y croit)”. Se trata de la creencia en la especie de las mujeres, para lo cual Lacan recupera la figura de la ninfa Ondina, una apariencia de mujer que se convierte en mortal por engendrar un hijo con un hombre, que es en parte lo que llamaba “sueño de un hombre”, es decir, convertir esa apariencia en causa de su deseo. Por otro lado, Lacan apunta también a la creencia en lo que ella (una mujer) dice, lo que muestra para él el punto de locura del amor, y no duda en comparar esta creencia con la certeza que se tiene en la psicosis respecto de las voces.
No obstante, siempre hay un límite y si efectivamente esta creencia lo tiene, concluye Lacan que “Creerla, es un estado, gracias a Dios, difundido, porque a pesar de todo eso hace compañía, uno ya no está solo. Y es en eso que el amor es precioso, raramente realizado, como todos sabemos, sólo dura un tiempo, y a pesar de todo está hecho por esto, que es esencialmente de esta fractura del muro donde uno no puede sino hacerse un chichón en la frente, si no hay relación sexual.” (R.S.I., Lección 21 de Enero de 1975)
En este sentido, el amor ya no podemos pensarlo idealizado a la manera del amor cortés o del amor romántico, sino como aquello que permite el lazo a un otro sexuado por la vía de los goces en tanto que semblante.
Si pensamos, entonces, que la mujer como síntoma de un hombre implica en cierto modo la emergencia de algo del decir posible del amor, ¿cómo entra en juego ese decir posible del amor?
Para ilustrarlo, he elegido un texto que para mí representa como pocos aquello que del amor en el encuentro sexual puede decirse, algo de la palabra de amor. Se trata del capítulo 68 de Rayuela (1963) de Julio Cortázar que se sirve del “gíglico”, ese lenguaje inventado presidido por el sinsentido, único capaz de evocar algo de lo indecible del amor para que en su lectura el lector alcance a tocar en el juego homofónico los vericuetos del encuentro amoroso fuera de toda referencia al significado. Precisamente porque la correspondencia del signo saussureano queda destruida este texto es capaz de resonar en el inconsciente de cada uno en el puro significante que funcionaría como semblante para hablar de la relación sexual que no existe. En el texto él y ella pueden encontrarse y decir en el resonar propio del sinsentido algo de su goce. Si bien este poema lleva por título el número de un capítulo dentro de Rayuela, la estructura misma de la novela no constituye algo fijo y el lector puede encontrarse con este capítulo en cualquier momento dependiendo de la entrada al texto que haya elegido. Rayuela plantea la lectura como una construcción del lector que rompe con los modelos e invita a que sea el azar, la contingencia o el deseo quien guíe al lector en su recorrido (representado en el propio juego de la rayuela que propone un viaje de la tierra al cielo). El poema además, al estar situado entre los llamados “capítulos prescindibles”, puede ser leído a su vez como el puente entre el lado de acá y el de allá, ese puente que en otro momento de la novela se presenta como el tablón que aspira a unir ambas orillas.
“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.” (Rayuela, J. Cortázar)
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AMOR DE HOMBRE. por Alberto Estévez
Que un tema no sea habitual para un discurso no significa necesariamente que no se reflexione acerca de él, pero seguro que aún de manera insuficiente. Amor de hombre no sólo es algo que refiera a unas jornadas, invita a plantear una cualidad, una diferencia, la distinción de este amor. Cuando recibí la tarea, pensé este amor del varón en su modalidad más problemática, el amor hacia el Otro, que para el discurso psicoanalítico es el Otro sexo.
Una existencia comandada por el falo trastorna, y deja como saldo impedimentos observables en la vida amorosa, en la que se trata de dar lo que no se tiene. A esto hay que sumarle el empuje al goce y la desaparición del lazo que promueve el discurso capitalista. ¿Pero esto nos permitiría concluir, más aún en nuestros tiempos, que al hombre le está vetada la posibilidad de amar?
La transferencia, que es otro nombre del amor, y concepto fundamental del psicoanálisis, nos da el índice de un registro que se computa como amor para el varón.
El hombre sólo dispone de un acceso a una mujer, el que le abre el objeto causa de su deseo, y esto dispone las piezas de la partida para él, deberá cruzar la línea en busca de a, que se encuentra del lado mujer; y afrontar el miedo que supone atravesar la cerca fálica que marca su territorio, su finis terrae, y adentrarse en el Otro contorno, atravesar la barra vertical que separa el lado macho del lado mujer en el cuadro de las fórmulas de la sexuación, y entrar en una circunscripción donde también hay estacas que delimitan, pero no-todo el suelo que se pisa. No pocos problemas para el varón.
Rehusar la alteridad es la tendencia del varón a la soledad; territorio de lo Uno, la serie de Unos como eslabones donde lo limitado y localizado, lo repetitivo, son sus valores. Medroso del agujero y al cobijo de la masturbación, el hombre escapa al enfrentamiento sexual reteniendo para sí, y embruteciéndose al dictado de su circuito autoerótico. Debe inventar un lazo, pero ciertamente, lo quiera o no lo quiera el amor, la relación sexual no se inscribe.
Un varón que responde a una estructura obsesiva propone que en su pareja hay algo que falla, y plantea en sesión su anhelo de obtener un plus de disfrute con ella, que a su pesar, dedica todo su tiempo a limpiar la casa y ocuparse de la hija de ambos. Se imagina, son sus palabras, el polvo ideal con otras, porque en relación al disfrute con su pareja, estima que se encuentran al 10%. Diferente sería, me aclara para que no me extravíe, haber conseguido tocar techo en lo que respecta a hacer el amor con su mujer.
¿Es posible no temer la diferencia sexual bajo el gobierno del falo? ¿No es una contradicción en sí misma hablar de alojar la falta cuando la lógica es la del tener? ¿Es obligado requisito la feminización del varón si hablamos de amor? Y si así fuera, ¿comportaría cierta desfetichización del objeto?
Todos los hombres no buscan suplir con el amor la relación sexual que no hay, porque lo que tampoco hay es ninguna necesidad del amor. Algunos de ellos siempre tendrán a la madre de su lado, y el socorro de su fantasma. Puede ser más que suficiente para rechazar el amor durante toda su vida.
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Clike aquí www.caloi.com.ar para ver las historietas de Caloi, el gran humorista argentino.
26 de Septiembre de 2010
Too Mach! Conclusiones, ideas y problemas. Hacia las IX Jornadas de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis “Los hombres y sus semblantes”. Nº 2. Responsable: Gustavo Dessal (Madrid)

MADRID
20 Y 21 DE NOVIEMBRE DE 2010
Círculo de Bellas Artes
Sala de las Columnas

Gabriela Galarraga nos envía esta curiosa foto. ¿Quién de esos tres hombres es el padre de la criatura? ¿El que la lleva en brazos y la observa con distante satisfacción? ¿Aquél que con la mirada algo emocionada alza su copa? ¿O el que nos mira fijamente, feminizado por ese ramo de flores y el collar que en su cabeza forma un halo de santidad? Una foto sólo de hombres, a excepción, tal vez, del bebé dormido. De él ni siquiera sabemos el sexo. En cualquier caso, el trío pertenece a una época donde la paternidad, pese a su declive, mantenía aún las formas tradicionales. José Ramón Ubieto nos señaló hace unos días que eso también está cambiando: los varones, a regañadientes algunos, y con mayor entusiasmo otros, se implican cada vez más en el goce de la puericultura. ¿Los hará eso más pueriles y menos aptos para la contienda sexual? Queda mal decirlo en estos términos, ahora que las palabras y las intenciones hay que manejarlas con cuidado (como nos lo explica Rosa López al referirse a los "buenos chicos"), y depurar en lo posible las animaladas del macho. Habrá que verificar en los divanes si los padres maternizados son dignos de amor.
Por su parte, Rosa Ruiz se pregunta de qué modo la crisis del universal "hace vacilar" los semblantes de la virilidad. Los fenómenos de cambio abundan, la carta de almor se mantiene.
Pero no todo cambia. Hay cosas que se conservan, y para recordarlas nada mejor que los conservadores, ingleses a ser posible. Me encantan los conservadores ingleses. Muestran sus rasgos de perversión mejor que nadie. Ahí lo tenemos al bueno de Mike Weatherley, un diputado que por su comportamiento "ejemplar" fue presentado durante la campaña del primer ministro británico Cameron como una de las nuevas personalidades conservadoras destinadas a crear la "Big Society", la "Gran Sociedad" que el ministro quiere reinstaurar en el Reino Unido. Todo le iba de maravillas a Mike, de 53 años, casado por segunda vez con Carla Adriana, una exuberante brasileña de 39. Lástima que un periodista entrometido tuvo que descubrir la semana pasada que Carla ejerce la prostitución en un lujoso local de Londres. Al parecer Weatherley la conoció en Brasil, en un viaje de negocios, y ella se dedicaba ya a esos menesteres, probablemente solicitados por Mike para aliviar el estrés laboral, aunque la pequeña aventura acabó en matrimonio.
Desde esta sencilla tribuna, enviamos un caluroso saludo a Mike, por contribuir al mantenimiento del clasicismo analítico madre/prostituta, que ha hecho la felicidad de tantos hombres durante décadas, y que Freud describió y explicó con tanta finura en "Sobre un tipo especial de elección de objeto en el hombre". No sé si el lema "Soy como gozo" sería propicio para una campaña política. Dependerá de los países. A los conservadores españoles esa fórmula no les va del todo mal. Algunos defienden a capa y espada que los buenos trajes a medida siguen siendo esenciales para la salud del semblante.
PEQUEÑAS NOTAS SOBRE LOS BUENOS CHICOS.
por Rosa López (Madrid)
Si desde la adolescencia a las mujeres les atraen los chicos malos, y hay algunos dispuestos a encarnar esa figura, querría referirme en esta ocasión a los buenos.
El drama que conduce al análisis a muchos hombres está íntimamente ligado con la lucha interna entre el ideal que tratan de alcanzar desde la infancia, y el goce que lo contradice. La formación reactiva, que Freud supo encontrar rápidamente al enfrentarse a la neurosis obsesiva, es la seña característica de su relación con el otro sexo, y los cambios de época sólo se reflejan en la variación de los ideales al uso.
Ya no se lleva erigir una dama intocable al modo de la cortesía del siglo XIII. Los caballeros que por la mañana salían al campo de batalla a destrozar cuerpos y por la noche escribían poemas a la dueña de sus pensamientos han pasado a la historia.
Sin embargo, en la clínica vemos desplegarse nuevas formas ideales del respeto a la mujer basadas, ahora, en la igualdad de los sexos. El temor a ser acusados de “machistas” (significante casi en desuso) lleva a muchos hombres a caer en la pasividad frente al sexo opuesto. “Quisiera ser como Javier Barden, y termino siendo como los documentales de la 2: muy interesantes, pero nadie los ve”, me dice un joven que no sabe cómo hacer para que ellas lo miren como a un hombre en lugar de convertirle en el mejor amigo.
“No puedo evitar mostrarme como un pusilánime -afirma otro paciente- pues si pienso en abordarlas sexualmente me asalta la idea de hacerles daño”
Las dificultades de los hombres actuales para usar el semblante viril en la conquista, lo que necesariamente implica romper puntualmente la barrera del respeto, se reflejan en la queja repetida de las mujeres. El mensaje que hace unas generaciones se transmitía de madres a hijas como un saber inequívoco sobre el deseo masculino: “no te dejes engañar, todos quieren lo mismo”, ha dejado de estar vigente.
“Antes te invitaban a cenar como antesala de..., ahora te llevan a cenar en lugar de...”, comenta una mujer que busca desesperadamente pareja. El deseo masculino parece cobrar el estatuto enigmático que antes se reservaba al “continente negro” de lo femenino. “¿Qué quieren los hombres?”, incluso “¿Dónde se meten los hombres?”, es la pregunta que se repite por doquier.
Esos buenos chicos, respetuosos y pasivos, tienen deseos inconfesables que no saben cómo gestionar. El imperativo superyoico del “deber ser” los ha forjado a fuego desde su más tierna infancia y la culpa, anticipándose al pecado, los convierte en prisioneros.
Tratando de asumir la presunta igualdad entre los sexos confunden la paternidad con el cuidado maternal de los hijos, lo que se traduce en una pérdida progresiva de la potencia sexual. La convivencia cobra tintes fraternales, y la abstinencia parece imponerse sin remedio. El respeto a la mujer se transforma en sometimiento a su demanda, con el contragolpe agresivo que en ocasiones puede conducir a lo peor.
El corsé del buen chico que desde la infancia ha cifrado su felicidad en completar a la madre, es una condena dramática que se verifica en muchas curas analíticas. ¿Hasta dónde puede un hombre renunciar al goce bajo el dominio del superyo?
Tomemos el tema de la homosexualidad, aparentemente tan liberada por el discurso social del momento, desde la perspectiva de aquellos hombres que no han logrado asumirla. Ningún orgullo proclamado a los cuatro vientos podrá hacerles salir del armario, pues están dispuestos a la renuncia a ese goce inadmisible antes que romper el molde desde el que quieren ser amados por la mirada del Otro.
“¿Hasta dónde la tendencia homosexual tiene que determinar mi estilo de vida?”, se pregunta un hombre poco antes de tomar la decisión de casarse con una mujer y formar una familia “clásica”. Sólo hará falta un poco de tiempo para que el retorno del goce evitado le demuestre que se había equivocado de respuesta. El deseo de dominio promovido por el yo quedará quebrantado por el modo de goce, pero aún así, no cederá fácilmente el terreno ganado.
El proceso analítico tiene como horizonte la identificación al síntoma en su formulación “soy como gozo”, lo que supone un consentimiento al ser en detrimento del deber ser. No obstante, la clínica demuestra que no es fácil para un hombre realizar este pasaje, pues la fuerza de los imperativos superyoicos y el sentimiento de culpabilidad suponen un extraordinario impedimento.
FORMAS CONTEMPORANEAS DE LA SEXUALIDAD MASCULINA.
por Rosa Ruiz (San Sebastián)
¿ De dónde proviene este desconocimiento enigmático, este no saber sobre lo femenino que llevó a Lacan a decir “La mujer no existe” y a Freud a declarar al final de su obra y después de haber abordado en numerosos escritos el tema de la sexualidad femenina que “la mujer es como el continente negro”, un enigma a descubrir, algo que hace límite, tope con el que él mismo tropezó una y otra vez. ¿De dónde procede este enigma que representa a la mujer? Podemos decir que, a nivel del inconsciente, hay un solo significante simbólico que se inscribe de modo igualitario entre los sexos: el falo. Ahora bien, para el psicoanálisis, no es la anatomía la que marca el destino sexual sino la manera en que el ser hablante, sea hombre o mujer, “elige” posicionarse frente a la función fálica.
Para Lacan, si bien hay una única función para inscribir la diferencia sexual a nivel simbólico, hay dos maneras de posicionarse o de inscribirse frente a la sexualidad: “la lógica masculina” que se rige por la lógica universal del falo, por el para todos, lógica edípica que instaura la castración universal fundada en la excepción mítica del padre; y la “lógica femenina” que no se rige por el para todos, ni por el universal. Esta imposibilidad estructural para poder alojar un universal de lo femenino, nos conduce a un más allá del Edipo. Se puede decir que una mujer está “no toda” sometida al régimen fálico aunque ello no evita que pase por el mismo.
Ahora bien, podemos preguntarnos por ciertos cambios subjetivos que se han producido en la civilización actual y que han afectado tanto al lazo social como a la relación entre los sexos y, en concreto a la sexualidad masculina. Se viene hablando de una crisis de lo universal que ha implicado una declinación del padre respecto a épocas anteriores en las que dominaba su soberanía, aunque ésta nunca fue absoluta, toda. Sin embargo, constatamos que han variado en la actualidad las características definitorias, es decir, la intención del significante padre y de ser así ¿cuáles son a partir de tal declinación, las consecuencias en la definición del significante “hombre”?
Empezaré tratando de reseñar algunas de las formulaciones que abordan el tema de las nuevas virilidades que he venido señalando tras la lectura de diversos escritos que se refieren al Seminario IV “La relación de objeto”, donde Jacques Lacan va caracterizando a los hombres de una época, a los que denominó “estilo de los años ‘45”, a partir de tomar el caso del pequeño Hans (conocido por “Juanito”). Miller dice que Lacan hizo de este caso un paradigma para analizar a los hombres de esa generación respecto al tipo de relación sexual. Bien, seguidamente citaré tres autores que giran en torno a este tema y que aluden al Seminario IV y a las referencias que hace Lacan en el mismo.
Mónica Torres (1) en su artículo “Nuevas virilidades de Nuestro tiempo” le cita diciendo: “(…) hay una clase de hombres como Juanito, que encuentra la solución, la respuesta a la virilidad por la vía del ideal materno. De alguna manera, Lacan nos habla de cuál sería la clase de virilidad que supone para Juanito adulto”. Podemos leer en el Seminario IV: “Juanito se sitúa en determinada posición pasivizada y, cualquiera que sea la legalidad heterosexual de su objeto, no podemos considerar que agote la legitimidad de su posición”. Otro autor que extrae ciertas referencias de Lacan, es Ernesto S. Sinatra (2), donde en su libro “Nosotros, los hombres…”, entre otras cosas y además de referirse a Lacan, habla de la disgregación del lazo asociativo entre hombres y mujeres debido a la declinación posmoderna del padre.
Y el tercero, y en el que más me detendré, es un artículo de Jacques-Alain Miller (3) “Buenos días sabiduría” que se refiere a Lacan cuando cita lo que piensa de la joven generación de “hombres” del ‘45: “Esas simpáticas gentes esperan que las iniciativas vengan de la otra orilla -dejando la iniciativa a las damas- esperan, para decirlo todo, que les bajen los calzones”.
Lacan, después de haber lanzado el retrato de la juventud de 1945, pasa a la juventud de 1957 y hace un seguimiento de la lectura de Kojève, que se inspira en las novelas de Sagan, pues le enseña la figura contemporánea de las relaciones sexuales. Miller dice que Lacan nos muestra, a través de la lectura que hace de Kojève, su interés por “(…) la pura imagen de las relaciones sexuales de la época. Participa de la idea de que existiría una evolución de las prácticas sexuales, una fluctuación de la moda en las relaciones sexuales, en su estilo, hasta el punto que está decidido a señalar una evolución entre la generación del veinticinco y la del cuarenta y cinco e incluso en la del cincuenta y siete. Se trata entonces de una evolución (…) de un cierto número de cambios profundos en las relaciones entre el hombre y la mujer”. Es decir, que Miller nos muestra cómo Lacan analiza la época para deducir de ello las nuevas formas contemporáneas que va adoptando la sexualidad.
Lo que me ha parecido importante de la lectura de este artículo es cómo Miller se desmarca de los filósofos y escritores que cita, ya que para el psicoanálisis el “telón de fondo” es la estructura (el Nombre del Padre y su más allá) y ello sin desdeñar las nuevas formas o modalidades que los síntomas adoptan y que afectan al lazo social y la relación de hombres y mujeres en cada época. Sin contradecir la idea de Kojève del declive viril y ciertas descripciones que hace de las relaciones sexuales de esa época, lo que J.-A. Miller remarca es que esta idea del declive viril en el mundo contemporáneo (del ‘57) no es pensable sin el declive del padre.

Se pregunta “¿Qué es la desaparición de lo viril?”. Dice: “Es lo que queda de la fórmula de sexuación masculina si obliteramos la parte izquierda de la fórmula. Entonces queda simplemente el todos, todos juntos, el todos lo mismo (...). Es el daño hecho a la función paterna lo que explica el sentimiento de desaparición de lo viril”. Y añade: “Detrás de la desaparición de lo viril está el declive del padre que Lacan señalaba ya en los Complejos familiares al final de su primer artículo”.
Bien, para ir finalizando, nos podemos preguntar qué pasa en nuestra civilización, qué consecuencias tiene la destitución del padre, de su función, de lo universal…, frente a un ascenso del objeto a al cenit en lo social, objeto plus de goce que refuerza más lo autoerótico haciendo todavía más inexistente la relación sexual entre hombres y mujeres. ¿Cómo esta crisis universal que se sitúa del lado de la posición masculina afecta a la sexualidad “viril” y a la relación con el otro sexo?
Antes de acabar, no puedo dejar de citar otro artículo de J.-A.Miller (4) titulado “Intuiciones Milanesas” que, en parte, viene a responder a las consecuencias que tiene la caída del reino del padre, el mito, la crisis de lo universal, del “todo” que la civilización actual comporta y que, como dice el autor, está conduciendo a una primacía en lo social del “no-todo” que Lacan articula con la sexualidad femenina y esto se puede relacionar con el auge de los valores llamados femeninos en la sociedad. En la época actual de la globalización, la estructura del todo (sexuación masculina) ha dado paso a la del no-todo. ¿Es que la crisis del universal, del todo, hace vacilar los semblantes de la “virilidad”? ¿De qué manera afecta esta caída respecto a la sexualidad masculina? ¿Y al juego de la comedia entre los sexos, sobre todo del lado del “tener”? Son preguntas, para mí, sin responder y que conducen a seguir trabajando y a estar presentes en las próximas jornadas de la ELP.
Notas
1-. Torres, M, “Nuevas virilidades de nuestro tiempo”. P. 33. Una práctica de la época. El Psicoanálisis en lo contemporáneo (varios autores). Grama Ediciones.
2-. S. Sinatra, E., “Nosotros, los hombres” – un estudio psicoanalítico. Editorial Tres Haches.
3-. Miller, J.A, “Buenos días sabiduría”. Colofón nº 14. Revista FIBCF. Abril 1996.
4-. Miller, J.A. “Intuiciones Milanesas”. (12.05.2002). Revista, Cuadernos de Psicoanálisis nº 29.
«Pero lee sobre todo tu propio inconsciente, ese libro con una tirada de un solo ejemplar cuyo texto virtual llevas por todas partes contigo, y en el que está escrito el guión de tu vida, o al menos su rough draft»



