18 de Junio de 2013
Entrevista a Anna Aromí “Para conocer el inconsciente, tienes que pagar con los prejuicios”. Lidia Vidal (Barcelona)
Por primera vez en sus veinticinco años de historia la Sección Clínica de Barcelona hace unas jornadas de puertas abiertas desde mañana hasta el sábado (Via Laietana, 64). Quieren mostrar su trabajo en la formación no sólo de psicoanalistas, sino también de otros tipos de profesionales interesados en el psicoanálisis.
Lidia Vidal: La crisis ha hecho aumentar un 19% el número de casos de depresión en el Estado español. Se supo en el Congrés Català de Salut Mental. ¿Qué se puede hacer desde el psicoanálisis?
Annas Aromí: Jacques Lacan ya avanzó que se presentarían en forma de epidemia, tal como estamos viendo, la depresión, el autismo, la hiperactividad... Él lo analizaba como un efecto de la conjunción del discurso del capitalismo con el discurso de la ciencia. ¿Qué se puede hacer? Acercarse caso por caso para ver, por ejemplo, que no todo es depresión. Es decir, que encontramos personas que están en un momento de duelo o de tristeza normales y, en cambio, en el otro extremo personas con una melancolía muy grave. ¿Qué mantiene el diagnostico junto? Todos ellos, con su diversidad de vidas y de dificultades, toman la misma medicación.
Los profesionales de la salud advierten sobre el abuso de antidepresivos, ansiolíticos y pastillas para dormir. ¿Qué sucede si sólo nos medicamos y no afrontamos el problema?
Es difícil ir contra el discurso ambiente. Pero es la única salida si queremos mantenernos como sujetos y con el deseo particular de cada uno. A mí vienen a verme personas diciendo que no saben gestionar sus emociones. ¿Acaso somos capitalistas que tenemos que gestionarlas como si fueran un capital económico? En cualquier caso, no estamos contra el uso terapéutico de la medicación cuando es necesaria, pero tenemos en cuenta que no estamos hechos únicamente de neuronas, de ADN, o de sistema nervioso, también estamos hechos de palabras. El psicoanálisis se ocupa de la parte que tiene que ver con el lenguaje.
¿Qué aprenderíamos si nos escuchásemos?
No es fácil escucharse, y a veces es necesario ayuda para hacerlo. Podríamos decir que el psicoanálisis de orientación lacaniana opera con el lenguaje de una forma parecida a la de Ferran Adrià con los alimentos. Todos sabemos cocinar unos macarrones, pero él toma el trigo por un lado, la semilla del tomate por otro... y con eso hace una construcción original. En psicoanálisis el mismo discurso nos ayuda a separar los elementos y ver cómo se puede componer un nuevo plato que nos ayude a vivir mejor. La diferencia es que el cocinero no es el analista, es el propio analizante.
En este sentido, ¿el psicoanálisis incide en coger el toro por los cuernos de nuestra vida?
La vida es el camino que hemos hecho y cómo queremos continuar haciéndolo. Porque eso que llamamos futuro nos lo ganamos cada día. Por tanto, coger el toro por los cuernos es plantearse de donde sacamos las fuerzas para levantarnos: nuestro deseo.
¿Qué nos aporta el psicoanálisis que no hagan otras disciplinas también dedicadas a la psique?
En otras disciplinas lo que podemos esperar de una escucha es ayuda, comprensión, coaching... pero el psicoanálisis es una transformación en la que se pierden cosas. Otras prácticas prometen lo que el sujeto ganará; en cambio, para conocer tu inconsciente, que es de lo que se trata en psicoanálisis, tienes que estar dispuesto a pagar con los prejuicios que tienes sobre tí mismo y sobre el mundo. ¿Qué ganarás? Un acceso a una libertad en relación con tu deseo.
Los psicoanalistas tienen fama de ser cerrados. ¿A qué se debe que ahora abran puertas?
Se están proponiendo algunas leyes, tanto en España como en otros países, que plantean que el psicoanálisis no es suficientemente bueno para tratar casos como los de autismo, por ejemplo, y en cambio es sabido que los grandes avances con autistas provienen de la orientación lacaniana. Hay clínicas en Barcelona, Francia o Bélgica que hacen un trabajo excelente; por esto estamos contra los ataques, totalmente intencionados, que está recibiendo el psicoanálisis. Es por eso que abrimos puertas y explicamos lo que hacemos y la formación que damos.
¿Cuál es la orientación de futuro?
El futuro es hoy. Y tenemos un problema si el discurso que impera es “todos iguales”. Hay desconfianza hacia los políticos, pero muchos se olvidan de hacer política ¡y sólo hacen gestión! Y esto afecta también al psicoanálisis porque para gestionar se necesitan encuestas, agrupar a depresivos, hiperactivos... Seis millones de parados es una cifra inabarcable mentalmente, pero si es un vecino, un familiar… ¿qué tipo de sujeto se configura, está reducido a la cifra o utiliza su originalidad? Las singularidades no se pueden agrupar, pero esta idea va contra la gestión. Y se culpa a la población diciendo que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Los corruptos no se sienten culpables y, en cambio, los pobres que no han cometido ninguna infracción a menudo tienen sentimiento de culpa. Entonces, si se quiere hablar de culpa, lo hacemos en serio y con un psicoanalista.
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* Entrevista publicada en el Diari El Punt, en la edición del 12.6.13. Disponible en su versión original en: http://www.elpuntavui.cat/noticia/article/2-societat/14-salut/653941-per-coneixer-linconscient-has-de-pagar-amb-els-prejudicis.html
4 de Mayo de 2013
Dormir no es tan fácil. Vicente Palomera (Barcelona)
Dormir no es tan fácil como parece. El número de clínicas del sueño lo atestigua. En 1900, Freud descubrió que el sueño era una ficción en la que se cifra el deseo del sujeto y que, más fundamentalmente, la función del sueño es asegurar el dormir. Era una formulación sorprendente. “¿Cómo?” –puede decir nuestro interlocutor– “¿el deseo humano es deseo de dormir? ¡Qué descubrimiento! De ser así, mejor vayámonos todos a dormir”. Pero, dormir es una actividad compleja: lo saben bien los insomnes, los sonámbulos y quienes, angustiados ven su descanso asaltado por terribles pesadillas. Las pesadillas pueden expresar un miedo casi mortal, con sensaciones de opresión que dificultan la respiración y, llegado el caso, con la convicción de una completa parálisis. Todo indica que el camino de la representación normal del sueño puede verse trabado por alguna razón.
Sabemos que el sistema de expresión que es el sueño posee sus propias leyes (Freud, La interpretación de los sueños, 1900). Exige que todas las significaciones, hasta las ideas más abstractas, se expresen por medio de imágenes. El lenguaje, las palabras, no constituyen, según Freud, una excepción a este respecto; se encuentran en el sueño como elementos significantes y no por el sentido que poseen en el lenguaje verbal. Esta condición comporta dos consecuencias: conduce a seleccionar, entre las diversas ramificaciones de las ideas esenciales del sueño, aquella que permite una representación visual (Darstellbarkeit). Esta sería una condición que no parece cumplirse en la pesadilla.
Cuando, en 1931, el psicoanalista británico Ernest Jones publica su estudio sobre la pesadilla (On Nightmare, 1931), muestra que lo correlativo a la pesadilla es el íncubo o el súcubo, es decir, aquel ser que te oprime el pecho con todo su peso opaco de goce extranjero. En este magistral ensayo nos encontramos con la lámina del cuadro de Johann Heinrich Füssli titulado “Pesadilla”, donde se ve una muchacha que se despierta aterrada al ver que sobre su vientre se ha acostado un pequeño monstruo negro. La pesadilla es experimentada como presencia de un Otro inquietante, ilustrada por la figura del íncubo, ese ser maligno que hace sentir todo su extraño peso de goce que nos aplasta. La pesadilla indica pues que la angustia se presenta como un desbordamiento de lo imaginario en lo real del cuerpo.
Jorge Luis Borges, que conocía el libro de Jones, evocaría este mismo cuadro para referirse a una de sus pesadillas más recurrentes: "Siempre sueño con laberintos o con espejos. En el sueño del espejo aparece otra visión, otro temor de mis noches que es la idea de las máscaras. Siempre las máscaras me dieron miedo. Sin duda sentí en mi infancia que si alguien usaba una máscara estaba ocultando algo horrible. A veces me veo reflejado en el espejo, pero me veo reflejado como una máscara. Tengo miedo de arrancar la máscara porque tengo miedo de ver mi verdadero rostro, que imagino atroz” (Las siete noches, 1980).
A su manera, Borges nombra la máscara como la envoltura del real que acompaña las actividades del sujeto. Es la razón por la cual, en una sesión de su Seminario dedicado a La angustia (el 12 de diciembre de 1962), Lacan subraya que “la angustia de la pesadilla es experimentada, hablando con propiedad, como la del goce del Otro". La expresión goce del Otro adquiere todo su valor, indicando que la pesadilla pone en juego un goce oscuro que no se presenta en forma de lenguaje: de él no se puede decir nada, es opaco, impensable e innombrable.
Pero que una cosa no se pueda pensar o nombrar no implica que no pueda ser experimentada. Hay existencias que no tienen nombre, ni representación significante y no por eso son menos reales. Igual que la angustia, la pesadilla es un acontecimiento corporal que hace presente lo indecible, aquello que de lo humano es inhumano y escapa a la solidaridad con la palabra. La pesadilla pone en juego un goce opaco, desconocido y, por ello mismo, sumamente desagradable para el soñante, al hundir sus raíces en un punto límite que Freud llamó “el ombligo del sueño”, punto que nos conecta con lo no reconocido (Unerkannt) y no reconocible.
Tanto las afirmaciones de Borges como las de Lacan tienen un denominador común: la pesadilla y los sueños de angustia nos ponen frente a esa opacidad del goce Otro que, en su despliegue, nos visita. Por todo ello, en cada despertar de la pesadilla, de algún modo sobrevivimos a esa vivencia tan próxima a la muerte y la locura.
Si por su funcionamiento y modalidad de representación el sueño debe generar satisfacción, la pesadilla sería el fracaso del deseo del sueño, deseo de dormir. En suma, si el sueño es una satisfacción obtenida por medio de representaciones de palabras, la pesadilla encarna el fracaso de la figuración del deseo inconsciente del soñante. La pesadilla es un sueño coartado en su finalidad.
Finalmente, las pesadillas nos confrontan con una cuestión central en nuestra experiencia como seres hablantes: ¿qué hace que eso que los sueños nos susurran pueda llegar a despertar algo que toca la belleza del sueño de un modo a veces atroz y punzante? En verdad, las pesadillas se ven seguidas por un sobresaltado despertar, quedando interrumpido nuestro reposo antes de que el deseo reprimido del sueño haya alcanzado, en contra de la censura, su completa realización. En estos casos, el sueño no ha podido cumplir su función, pero ello no modifica en nada su peculiar naturaleza.
Como señalamos más arriba, el sueño es como un vigilante nocturno encargado de proteger nuestro reposo contra posibles perturbaciones. Pero también los vigilantes despiertan al vecindario cuando se sienten demasiado débiles para alejar sin ayuda ninguna la perturbación o el peligro. No obstante, conseguimos muchas veces continuar durmiendo aún en el momento en que el sueño comienza a hacerse sospechoso y amenaza convertirse en pesadilla. En tales casos, solemos decirnos, sin dejar de dormir: «No es más que un sueño», y proseguimos nuestro reposo.
* From: La Vanguardia, Suplemento Culturas/s, nº566, 24 de abril de 2013, p. 4.
22 de Abril de 2013
“La crisis cura, a la fuerza, los excesos del consumismo vacuo”. Entrevista a Manuel Fernández Blanco* (La Coruña)
Manuel Fernández Blanco, psicólogo clínico del Chuac, participa en las jornadas organizadas por el Instituto del Campo Freudiano que se celebran desde hoy en la Fundación Paideia bajo el título Tu yo no es tuyo.
—Inquietante, ¿no?
—Es una ambición que cada uno encuentre su yo auténtico, pero comprobamos que la mayoría no podemos identificarnos con todo lo que hacemos, soñamos o pensamos. El yo es una identificación imaginaria y a veces no nos reconocemos frente al espejo. Nacemos sin yo, y más adelante se hará depender de los ideales. Si el ideal es la belleza, tienes que aparecer guapo siempre; si es la inteligencia, listo siempre. Pero eso esclaviza, porque cuando uno no puede dar esa imagen, aparece la angustia.
—¿Hasta enfermar?
—En lo cotidiano siempre hay cosas, goces, que nos hacen vernos extranjeros para nosotros mismos: «Cómo yo, pensando lo que pienso, puedo desear esto o hacer esto». Aquí está una versión de tu yo no es tuyo. Un neurótico obsesivo tiene que lavarse las manos compulsivamente hasta el punto de despellejarse la piel, lo juzga absurdo, pero no puede evitarlo aun sabiendo que no es racional. Probablemente tiene su origen en que la mancha que intenta lavar no sale con agua y jabón. Hay algo más detrás. Cuando produce un sufrimiento importante e interfiere notablemente en la vida, constituye algo patológico.
—¿Hay nuevos trastornos?
—Ha cambiado. Antes el yo era esclavo de los ideales. Ahora vivimos una época de individualismo y narcisismo extremo. El sujeto moderno se afirma en el derecho a gozar del modo que quiere, es el empresario de su propia vida. En cierto modo, hoy día todo el mundo es soltero. Por eso, las patologías más dominantes tienen que ver con las dependencias ampliadas: al alcohol, las drogas, el juego, pero también la tecnología, las compras... Estamos en el yo me arreglo solo, y en una casa de cuatro, cada uno tiene su pantalla.
—¿Estamos más solos que nunca?
—SÍ. Es un poco contradictorio, porque el narcisismo siempre implica al otro, buscamos el reconocimiento del otro para ser yo. Pero si antes se oponía el yo al goce, o entraba en conflicto, ahora el yo se plantea desde el derecho al goce autista, y aunque nos arrepintamos, repetimos. La mayor voluntad no es la conciencia, sino las pulsiones, y uno es más bien su síntoma.
—¿Eso lleva a lo patológico?
—Hay quien repite felizmente, entre comillas, porque la felicidad permanente es complicada fuera de la debilidad mental. Pero si nos exigimos ser felices permanentemente, estamos abocados a la depresión generalizada, porque aún encima de no lograr el éxito, somos culpables de no lograrlo.
—¿Es una tendencia al alza?
—Los síntomas existieron siempre, pero las patologías de actuar para no pensar, ahora son más prevalentes. El yo clásico sufría por ser contradictorio, porque sentía o deseaba cosas inadecuadas. El yo actual es un derechista: tengo derecho a ser como me dé la gana. Es el Simplemente hazlo de Adidas o el Nada es imposible de Nike. Y creer que todo es posible lleva al desastre. Puede ser un imperativo atroz. Antes estaba la culpabilidad por gozar del modo inadecuado, ahora la culpabilidad por no gozar lo suficiente.
—Pese a todos los avances, ¿Ia sociedad está más enferma?
—El individualismo extremo ha propiciado que las respuestas colectivas no estén tan en primer plano. Empiezan, pero curiosamente no son movimientos sociales clásicos, que planteaban respuestas globales. Van por barrios, los desahuciados por un lado, las preferentes por otro... Muchas gente se pregunta por qué no hay un estallido social. Y lo que vemos son respuestas autopunitivas. La mayor violencia ahora es contra uno mismo porque la crisis ha desposeído de aquello que se consideraba garantizado, seguro, y aún encima el único culpable es uno mismo. La gente que se está suicidando no es marginal, vive todo esto como un fracaso personal. Son las consecuencias del neo-liberalismo del sujeto.
—¿La crisis traerá algo positivo?
—Durante años sostuvimos el ser en el tener. Cuando todos éramos ricos, la felicidad se sostenia en el consumo, y el sistema en la caducidad acelerada de los objetos. Había que tener lo último. En esa lógica entraban también las relaciones personales y eso llevaba a una fragilidad social de los lazos familiares. De algún modo, la crisis ha sido un antídoto. La felicidad no vive exclusivamente de los objetos y la civilización no se puede sostener solo en el hedonismo, en el principio del placer, porque siempre llama a ir más allá. Esto es lo que la crisis cura. Sí, la crisis cura, a la fuerza, de ciertas cosas, como de los excesos del consumismo vacuo que generaba insatisfacción. Había algo de exceso, para empezar, en el propio sistema capitalista, en la producción, las finanzas,... un sistema pulsional que lo devoraba todo y rápido, incluso a sus hijos. Hay una parte buena de la crisis porque recupera la idea de que la felicidad no hay que sostenerla en el consumo ilimitado. Pero al tiempo pasamos a lo contrario: del culto a la marca a que falte el arroz, y eso no entraba ahora en el programa, en la posguerra sí, pero ahora no. Se nos hizo creer que las cosas siempre irían a mejor, y no es verdad, y al no entrar en el programa del sujeto, los efectos son más arrasadores.
* From “La Voz de Galicia” (ed. paper), del 12 de abril de 2013
14 de Febrero de 2013
Mitra Kadivar ¡está libre! Jacques-Alain Miller (París)
He recibido a las 7’46 un correo de S*, aka le Pr Siamak Movahedi, Professor and Chair of the Sociology Department, University of Massachusetts, Boston.
El correo dice así: Esto viene de una pareja de psiquiatras: puede estar tranquilo. ““Dear Dr Movahedi, he hablado con el Dc. Ghadiri hace un par de minutos. Está sacándola del hospital ahora. Sinceramente suyo”.
He respondido: “Por favor, agradezca de mi parte al Dc. Ghadiri está feliz decisión. ¿Podría darme su numero de teléfono? Me gustaría felicitarle en este momento verdaderamente emocionante. ¡Larga vida a nuestra amistad!
Estimo que, por lo que parece, esta información es exacta, Mitra está libre. Espero con confianza una llamada o un correo de ella o de alguno de sus alumnos.
¡Esten atentos!
Jacques-Alain Miller
Traducción: Carmen Cuñat
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Mitra Kadivar hacia su liberación. Antoni Vicens (Presidente de la ELP)
Gracias a una red de contactos y de relaciones orientada por Jacques-Alain Miller, el muro que aislaba a Mitra Kadivar de sus amigos y colegas se ha abierto.
Ahora puede parecer que fue cortina de humo. Los miembros de la AMP hemos pensado estos días de qué modo el ejercicio y la transmisión del psicoanálisis necesita la libertad de pensamiento y de expresión, así como la posibilidad de desplazarse sin impedimentos por un mundo que, siendo global, no deja de tener muros quizá más espesos que nunca. Con su liberación, nos sentimos todos un poco más libres para ejercer nuestro trabajo.
Hacemos llegar nuestra gratitud a todos los que han intervenido en esa red y, sobre todo, a Mitra Kadivar que ha sido el sujeto de este episodio. No olvidaremos esta enseñanza.
Antoni Vicens
Presidente de la ELP
8 de Febrero de 2013
Miedo al miedo. Antoni Vicens (Barcelona)
La angustia nunca es lo que parece. Uno de los pacientes de Freud, conocido como el hombre de los lobos, describió la angustia insoportable que sintió de niño al ver una mariposa moviendo las alas. Por supuesto, ese paciente no sufría ninguna amenaza física por parte del insecto; el movimiento le atraía por su significado, más que enigmático para él. ¿Iba a ser devorado por ella, como por una mantis religiosa? No era la mariposa, la causa de su angustia. Su angustia no tenía otra causa que la angustia misma, que dividía al mundo entre lo familiar y lo desconocido, y que recortaba en lo conocido algo que le impedía saber.
Tomemos la preocupante crisis económica, financiera y política de nuestro tiempo. La historia nos enseña –si es que nos enseña algo– que situaciones comparables han tenido salidas terribles, hasta lo peor. ¿Estamos angustiados? En realidad, podemos tener miedo, y sentirnos paralizados y sometidos hasta lo insoportable por una situación que nos impide tomar las decisiones que querríamos. La angustia es diferente: nadie ni nada parece provocarla, salvo nuestra propia deriva vital.
¿Y si la angustia no fuera una de las caras del mal, o uno de los dolores del malvivir? ¿Y si la angustia fuera la puerta hacia la invención de algo nuevo en la vida, el paso estrecho hacia una oportunidad que puede ser seguida? Difícil, porque nadie quiere vivir en la angustia. El miedo es diferente: la literatura y el cine de terror satisfacen una demanda de miedo estético. La angustia, en cambio, no aparece ni en pinturas, ni en películas.
La angustia aparece sin nada que la acompañe. Es angustia, y nada más; pero cada cual sabe qué es. Es una experiencia de separación, y de separación precisamente de aquello que permitiría hacerla hablar.
Los filósofos empezaron a hacerle caso a partir del siglo XIX. Kierkegaard, con su obra El concepto de la angustia, la introdujo en el vocabulario filosófico. Se apoyó en ella para plantear una objeción radical al mundo de Hegel, un mundo que tendería a la perfección absoluta gracias a la posibilidad de encontrar, en ideas cada vez más elevadas, hasta la idea divina, la mediación para cualquier conflicto o contradicción. Kierkegaard le opuso la objeción más simple: quien ha sentido al menos una vez angustia, sabe que no se sale de ella por ninguna mediación. La angustia sólo desaparece verdaderamente cuando se encuentra con su propia falta de fundamento. En una ausencia absoluta del otro con quien podría pactar, estamos obligados a crear nuevas formas para la existencia. De ahí nació la filosofía existencialista: la existencia humana es imprevisible, el ser humano es inacabado, y cada cual tiene una responsabilidad sobre su porvenir. Es una nueva versión del análisis de Kierkegaard, que diferenció bien la angustia del sentimiento de culpa. A la vez, el libro de Kierkegaard contenía una afirmación sorprendente: las mujeres viven más cerca de la angustia que los hombres. Dicho de otra manera, la angustia aparece como una feminización de la existencia. Es por ello que los hombres son más débiles frente a la angustia.
Heidegger describió la angustia como miedo al miedo, y como una vivencia intransferible. Vivimos huyendo de la angustia, buscando refugio en las cosas que nos resultan familiares, pero por poco esas mismas cosas se convierten en extrañas, inquietantes, siniestras. La angustia nos revela nuestra existencia, que generalmente está velada por una cotidianidad, o por síntomas de los que debemos ocuparnos, o por conflictos o amores de todo tipo. El filósofo alemán consideraba que esa experiencia no es solamente un sentimiento o un afecto: es una vivencia metafísica, si se puede mantener la contradicción entre estos dos términos. Es una vivencia de incompletud del mundo; por ello en ese momento no podemos vernos reflejados en él. Cuidamos del mundo en la medida en que esperamos hacerlo acogedor para nuestros deseos. Pero la angustia nos sume en la impotencia, nos pone frente a la nada, o frente a la desaparición de la totalidad que creíamos soporte de la ley.
Sartre tomó un camino parecido, cuando relacionó la angustia con la libertad; no una libertad concreta, la de elegir entre dos cosas, por ejemplo, sino la libertad misma de existir. La angustia corresponde a lo que el futuro tiene de indeterminado, lo que significa que deja en nuestras manos la responsabilidad sobre lo que seremos.
Freud intentó situar la angustia a partir de la inhibición (la dificultad para avanzar en una actividad para la que estamos sobradamente preparados) y del síntoma (una imposibilidad creada por una situación en la que falta la última palabra). La cara visible de la angustia es el miedo a lo desconocido, la ausencia de referentes simbólicos que no sean la presencia de nuestro propio cuerpo en su relación con la palabra que lo habita. A eso corresponde el silencio de la angustia, y la expectativa de algo nuevo que vendrá a rellenar el vacío que ella hace presente. Para Lacan, la angustia es el único afecto que no engaña, esto es, del que tenemos certeza, tanto en nosotros mismos, como en el otro en quien la percibimos. Podemos conjeturar que Descartes se apoyó en una vivencia de angustia para su certeza filosófica, así como Pascal, para la elaboración de su apuesta que, recordemos, ponía en el tablero el valor de la vida frente a la muerte.
Lacan enseña que la angustia no está en lugar de ninguna otra cosa. No es como un lapsus: si olvidamos las llaves de casa, quizá es que no deseamos volver. El olvido está en lugar de una verdad que no queremos reconocer. Pero la angustia no es así: estamos angustiados porque estamos vivos, porque tenemos un cuerpo, al que las palabras afectan, y sobre el que no tenemos dominio. Finalmente, la angustia es un camino estrecho y árido, el mismo de la vida, y que nos introduce en el desierto de lo que aún no está definido. ¿Y si la más alta cualidad humana residiera en la capacidad de dar valor a la angustia y soportarla como algo propio?
From: La Vanguardia - Culturas
21 de Enero de 2013
"Hay tantas normalidades como personas". Jean-Claude Maleval (Rennes)
Usted es autor de textos científicos como Lógica del delirio, Locuras histéricas o Necrofilia y perversión... Habrá visto de todo... ¿Qué ha visto?
Mi primera impresión al contemplar mis treinta años como psicoanalista es que somos muy diferentes...
¿Y...?
Pero, sobre todo, vivimos en mundos diferentes. Cada uno se construye el suyo. Y he visto que el mundo insólito del otro no tiene nada que ver con el tuyo. Por eso, comunicar nuestros mundos parece una ilusión.
De ella vivimos.
Y por eso la normalidad sólo es otra ilusión. Hay tantas normalidades como personas. Freud enseñó que la normalidad sólo es una manera más de vivir aprovechando mecanismos psicopatológicos. Cada uno construye su normalidad con sus esquemas enfermos.
¿Todos somos neuróticos?
O neuróticos o psicóticos en alguna medida.
¿La psicosis más grave duele más?
No existe proporción gravedad-dolor. Hay quien sufre muchísimo con una psicosis leve y quien no sufre nada con una gravísima.
¿El dolor psicológico sirve para algo?
A veces forma parte inevitable de la curación al empujar a la creatividad. Y es exactamente lo que persigue el psicoanálisis: estimular nuestra capacidad de autoterapia.
Autoterapia: al menos es barata.
Necesitas a otra persona para incentivar esa capacidad. El psicoanalista estimula al sujeto para que halle sus propias soluciones.
¿Y al psicoanalista quién lo estimula?
Los psicoanalistas nos psicoanalizamos. En cambio, los psicólogos cognitivo-conductuales no necesitan aplicarse su propia terapia, porque curan a partir del síntoma.
¿Y los psicoanalistas cómo curan?
Ayudamos al paciente a deconstruir y reconstruir su personalidad y su existencia.
Lo dice como si fuera sencillo.
En realidad, la estructura de las personas no es tan compleja: el reto es su diversidad, y por eso Lacan repetía que "el psicoanálisis hay que redescubrirlo en cada sujeto".
Pero, cuando la enfermedad es grave, ¿mejor ir al psiquiatra a que te medique?
Yo trato a pacientes con psicosis graves aunque ya estén en tratamiento psiquiátrico.
¿Por qué van a su consulta?
Porque sienten la inquietud de conocer sus estructuras profundas y así desvelar los mecanismos que causan sus conflictos.
¿Y si tus problemas no son tan graves?
También me piden ayuda quienes simplemente sufren disfunciones de pareja.
¿No es más efectivo tomar pastillas para curarse, por ejemplo, el insomnio?
Las pastillas sólo tratan el síntoma que es el insomnio, pero no le dirán por qué a usted le cuesta dormir ni le revelarán cuál es el conflicto profundo que le quita el sueño.
Otros ven el psicoanálisis como parloteo de gente rica, aburrida y narcisista.
Es una opinión. Muchos psicoanalistas cobran en proporción a la renta del sujeto y para otros el precio es parte de la terapia.
Explíqueme su último caso.
Un bisexual con problemas de adaptación.
¿Ser bisexual es un problema?
Es un problema sólo en la medida en que él lo vive como un problema.
¿Por qué lo vive como un problema?
Porque me explica que tiene relaciones hetero y homo, pero ninguna le satisface.
¿Y usted qué piensa?
Yo no juzgo. Escucho, espero y ayudo a que cada uno encuentre sus propias respuestas. Les estimulo y ayudo a autoexplorarse.
¿Cómo?
Más que de curar una enfermedad, se trata de aprender a vivir con una condición determinada: otro paciente homosexual quería ingresar en un monasterio, pero su homosexualidad le hacía dudar de su vocación.
¿Y...?
Acabó asumiendo plenamente su condición homosexual y entonces descubrió que en realidad no quería ingresar en el convento.
¿Se puede ser "un poco" homosexual?
Digamos que nadie es enteramente homosexual o heterosexual, sino que todos somos en cierto grado ambas cosas.
¿Cómo ayuda al sujeto a descubrirse?
Trato de ayudar a que aprenda a vivir con todo aquello que, aun estando en nosotros mismos, escapa a nuestro control.
¿Un tic, una fobia, una manía...?
Son síntomas que revelarían un conflicto que sólo quien lo sufre puede llegar a descubrir con nuestra ayuda. Más que curar, podríamos precisar que ayudamos al sujeto a explorarse, saberse, aceptarse.
¿Y así mejora su existencia?
En la medida en que de ese modo aprende a convivir con lo que no controla de sí mismo.
¿Puedes mejorar sin sufrir?
El sufrimiento sólo adquiere sentido cuando te obliga a actuar; si no, es absurdo. El sufrimiento sólo es útil cuando te lleva a la transformación creativa de tus conflictos.
¿Si dejas de sufrir, pierdes creatividad?
Eso preguntan quienes se plantean psicoanalizarse. Y yo les contesto que depende de cada uno. Conocerte también puede hacerte más creativo.
From: http://www.lavanguardia.com/lacontra/20130118/54362013786/la-contra-jean-claude-maleval.html
29 de Diciembre de 2012
La epidemia silenciosa. Miquel Bassols (Barcelona)
La angustia -que no es lo mismo que el miedo, ni la depresión, ni siquiera el ataque de pánico con el que a menudo se la relaciona- se propaga cual pandemia en este siglo XXI. Más extendida de lo que podría pensarse, tal vez, precisamente, porque se vive en silencio. Un trastorno -o quizás una señal de alarma- de terapia incierta, que tiene relación con el deseo, y con nuestra percepción del Otro
Palpitaciones, sudor frío, escalofríos, temblores, mareo, ahogo, nudo en el estómago, sensación de locura, de muerte inminente... Son los signos más visibles del cuadro clínico denominado trastorno de ansiedad, en cuya clasificación encontramos desde el panic attack, pasando por el stress, hasta las fobias más diversas. Se ha convertido hoy en uno de los diagnósticos más comunes, asociado muchas veces al de depresión, hasta el punto que ha merecido el título de la epidemia silenciosa del siglo XXI.
Tal como nos recuerdan los gestores de la salud, es hoy una de las causas más frecuentes de baja laboral. Frente a su avance, tan sutil como imparable, se ha ido desplegando un amplio arsenal terapéutico: psicoterapias de diversas orientaciones, con técnicas de sugestión, ejercicios de relajación y de respiración, de confrontación y exposición repetida al objeto temido... Todo ello acompañado de la oportuna medicación con ansiolíticos, cuyo consumo ha aumentado en las últimas décadas de modo exponencial. Resultado: si bien se consiguen por una parte algunos efectos terapéuticos, pasajeros con demasiada frecuencia, por la otra la epidemia sigue avanzando de manera impasible, desplazándose de un signo a otro, como un alien que siempre sabe esconderse en algún lado de la nave vital del sujeto para reaparecer, poco después, allí donde menos se lo esperaba.
"Ya no tengo tanto miedo a volar en avión —me decía una joven que había utilizado uno de dichos métodos—, pero ahora siento un vacío tremendo cada vez que debo separarme de mi madre". "Es una espada invisible que me atraviesa el pecho", me decía un hombre, y era, en efecto, una espada de sinsentido que hendía cada momento de su vida cotidiana.
Constatamos entonces este hecho: cuantos más efectos terapéuticos se intentan producir directamente sobre los signos manifiestos de la epidemia, más esta retorna con signos nuevos. Y retorna para dejar al descubierto una experiencia que transcurre en silencio, una experiencia singular e intransferible que ya desde hace tiempo se ha llamado con este término: la angustia.
La experiencia subjetiva de la angustia es, en efecto, distinta e irreductible a ninguno de los signos que intentan describirla y que sólo nos indican algunas de sus manifestaciones. La experiencia subjetiva de la angustia permanece en el silencio más íntimo del sujeto como algo indescriptible, sin concepto, no se deja atrapar por gimnasia mental alguna, por ninguna sugestión más o menos coercitiva ante el objeto que la causa.
Más allá de los signos en los que se expande la epidemia silenciosa, el silencio de la angustia es, él mismo, un signo fundamental que recibe el sujeto desde su fuero más íntimo con estas preguntas: ¿qué quieres? ¿qué eres finalmente, tanto para aquellos a quien quieres como para ti mismo, una vez confrontado a ese silencio que te agita ensordecedor? El signo de la angustia toma entonces un valor de agente provocador, de esfinge que plantea a cada sujeto la pregunta más certera sobre su ser y su deseo. Tantos ideales largamente sostenidos y esa pregunta había quedado enterrada bajo su excesivo ruido.
La angustia se manifiesta entonces como el signo de un exceso, de un demasiado lleno en el que vive el sujeto de nuestro tiempo, inundado por la serie de objetos propuestos a su deseo. Es el signo de que hace falta un poco de vacío, de que hace falta la falta, como decía hace tiempo el psicoanalista Jacques Lacan en su seminario dedicado por entero a ese extraño afecto, La angustia.
Es interesante subrayar que la ciencia de nuestro tiempo ha detectado este exceso por su otra cara, más bien como un defecto, como una insuficiencia. Lo ha detectado en el denominado retraso genómico del ser humano, como la razón última de los crecientes signos de su ansiedad. ¿En qué consistiría este retraso? La civilización humana habría transformado el mundo con tal rapidez que nuestro soporte genético no habría dispuesto de tiempo suficiente para adaptarse a él. El reloj de nuestro organismo tendría así un retraso genético, anclado como estaría en sus respuestas a una realidad que ya no existe. Diremos por nuestra parte que sólo puede entenderse este retraso si lo consideramos con respecto al tiempo subjetivo que podemos definir como el tiempo de lo simbólico, el tiempo de una civilización que exige una satisfacción inmediata de las pulsiones, el tiempo de un mundo que exige cada vez más rapidez, más satisfacción inmediata, siempre un poco más... "Dios mío, dame un poco de paciencia, ¡pero que sea ahora mismo!", decía una historia que sigue la misma lógica que el sujeto que llega hoy angustiado a nuestras consultas. Este rasgo de urgencia temporal, de ahora mismo, tiene su traducción en un rasgo espacial, en un demasiado lleno. La realidad de la angustia es así una realidad a la que parece faltarle el vacío necesario para que este exceso no termine con su propia existencia, con su cohorte de objetos virtuales donde todo debe estar al alcance de la mano, sí, ahora mismo.
Deberíamos entender entonces el efecto llamado retraso genómico más bien como un efecto invertido de este exceso, producto él mismo de nuestra civilización, de su maquinaria simbólica. Es a este exceso de ruido al que responde el silencio ensordecedor de la angustia de un modo singular en cada sujeto. Y ante él, parece tan inútil huir como intentar adaptarse con formas más o menos coercitivas, más o menos sugestivas, que lo desplazan siempre hacia otro lugar.
La angustia, inevitable, hay que saber atravesarla tomándola como signo de la pregunta radical del deseo de cada sujeto sobre el sentido más ignorado de su vida. Pero para responder a esta pregunta, primero hay que saber dar la palabra al silencio de la angustia, hay que hacerla hablar en cada sujeto, uno por uno. Cosa nada fácil en un momento en el que sobran consignas y protocolos para silenciarla de nuevo. Solamente desde ahí, sin embargo, la angustia nos librará el sabio secreto del que es respuesta, aunque siempre sea con su tiempo de urgencia precipitada.
From: http://www.lavanguardia.com/cultura/20121128/54355912682/epidemia-silenciosa.html#ixzz2FvGdbUTH
3 de Octubre de 2012
Cuerpos violentados. ¿Por qué se consiente? José R. Ubieto (Barcelona)
Es habitual escuchar relatos de deportistas que se quejan de la presión que sienten para alcanzar el éxito y de cómo deben forzar su cuerpo hasta límites insospechados, un sufrimiento físico y psicológico que sólo el brillo de las medallas parece ocultar.
“No pain, no glory” es un viejo lema que acompaña el esfuerzo como requisito para alcanzar el objetivo, sea éste de elite o de la práctica deportiva común. El problema es cuando el éxito tiene un precio que desborda al sujeto mismo. Muestra entonces su reverso que no es otro que la ferocidad de un imperativo sin límites que pide siempre más. Hace un par de años conocimos el caso de un concursante de sauna, en Finlandia, que murió al ganar una competición por violentar su cuerpo hasta la muerte.
¿Cómo consiente alguien a una presión extrema? Una respuesta simple sería reducir la causa a la demanda insistente y abusiva del otro (entrenador, familia, sociedad). Sin descartar este factor, la pregunta es por qué el sujeto consentiría a esa coacción durante tanto tiempo.
Hay factores ligados al momento vital (infancia, adolescencia) del deportista y a la fascinación que produce en él la influencia de un tutor poderoso y reconocido como experto o triunfador en ese mismo ámbito.
Pero hay otro factor clave ligado a la significación que tiene hoy el cuerpo para todos nosotros. El psicoanalista Jacques Lacan nos recordaba que el hombre está capturado por la imagen de su cuerpo, lo adora como si fuese su única consistencia. El cuerpo se convierte así en nuestro nuevo partenaire y por eso asistimos a un culto alrededor de ese nuevo ídolo. Hoy la búsqueda de la excelencia pasa por un nuevo coraje que discipline el cuerpo: desde el body building hasta la creciente industria del dopaje y el mercado de remodelado del cuerpo, que alcanza a actores, deportistas, militares y ciudadanos de a pie.
Todas estas estrategias de disciplinar los cuerpos apuntan en la misma dirección: alcanzar una imagen de nosotros mismos aceptable y amable para el otro, lo que incluye también el creciente furor por los tatuajes, tan presentes en los deportistas de élite. La paradoja es que el cuerpo en sí carece de límites y siempre pide “un esfuerzo más”, lo que puede alimentar el sadismo de algunos o llegar al extremo de la muerte como freno final.
“En la sociedad de consumidores nadie puede convertirse en sujeto sin antes convertirse en producto, y nadie puede preservar su carácter de sujeto sino se ocupa de resucitar, revivir y realimentar a perpetuidad en sí mismo cualidades y habilidades que se exigen a todo producto de consumo”. Esta afirmación de Bauman explica muy bien esta nueva violencia a la que se ve sometido el cuerpo y el sujeto, que exige convertirse en un producto.
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Publicado en LA VANGUARDIA, Tendencias / 27 de septiembre de 2012. Con la amable autorización del autor.
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3 de Mayo de 2012
“El Psicoanálisis es el reverso de la Política”*. Jacques-Alain Miller (París)
Anguila
El autor examina las íntimas, escurridizas y eléctricas relaciones entre el psicoanálisis y la política: si bien “el psicoanálisis es exactamente el reverso de la política”, sucede que “el inconsciente es la política”. Por lo demás, “indudablemente el psicoanálisis no es revolucionario” pero “es subversivo” y “produjo daños sensacionales en la tradición”.
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Por Jacques-Alain Miller *
El inconsciente no conoce el tiempo, pero el psicoanálisis, sí. El psicoanálisis da lo que Stendhal llamaba “la audacia de no ser como todo el mundo”. Ahora bien, hoy en día, todo el mundo aspira a no ser como todo el mundo. Este era indudablemente el caso de Lacan y su modo de no ser como todo el mundo le fue por otra parte a menudo reprochado. En relación con la política, él enseñaba sobre todo la desconfianza respecto de los ideales, de los sistemas, de las utopías, que siembran el campo político. No creía en las leyes de la historia. Ni una palabra permite creer que mantenía la idea de una ciudad radiante, ya sea situada en el pasado o proyectada en el futuro. Ni nostalgia, ni tampoco esperanza, sino una gran sobriedad respecto de la política, acompañada de numerosos comentarios que iban desde la ironía hasta el cinismo, marcados por sarcasmos y burlas, que subrayan que la política es a la vez cómica y asesina. De las Memorias del cardenal de Retz había retenido lo siguiente: “Siempre son los pueblos los que pagan el precio del acontecimiento político”. Describía también al conquistador, llegando siempre con la misma orden en la boca: “¡A trabajar!”. Para Lacan, la alienación al trabajo era un hecho de estructura, pero que no introducía una revuelta colectiva propiamente dicha, la lucha de clases alentando a los explotados a combatir para convertirse en los explotadores de mañana. Resumiendo, diríamos que en el campo político Lacan estaba en contra de todo lo que está a favor.
Además, la política procede por identificaciones. Manipulando palabras clave e imágenes busca capturar al sujeto, mientras que lo propio del psicoanálisis consiste en operar a la inversa, ir en contra de las identificaciones del sujeto. Una a una, la cura las deshace, las hace caer como las capas de una cebolla. Enfrentar al sujeto con su propio vacío, permitiéndole así despejar el sistema que, a su pesar, ordenaba sus lecciones y su destino. En este sentido, el psicoanálisis es exactamente el reverso de la política.
Pero el inconsciente es otra cosa. Lacan decía habitualmente que “el inconsciente es la política”. No es una sustancia escondida en el individuo, en su mundo cerrado, que se trataría de forzar. El inconsciente es una relación y se produce en una relación. Es por ello que tenemos acceso a él en una relación con ese otro que es un analista. En la vida psíquica de un sujeto, un otro siempre está ya implicado como modelo, objeto, sostén u obstáculo. La psicología individual es de entrada psicología social. Si el hombre es un animal político, es por ser a la vez hablante y hablado por los otros. Sujeto del inconsciente, recibe siempre de un otro, del discurso que circula en el universo, las palabras que lo dominan, que lo representan y que lo desnaturalizan también.
El psicoanálisis enseña algo sobre el poder, la influencia que se puede ejercer; no hace falta mucho para imponerse: esencialmente, algunas palabras bien elegidas. Convertida en una industria capital para el consumo, la publicidad ha sacado ampliamente provecho de esto. En las democracias como las nuestras, la política ya no puede dirigirse a aquellos que todavía llamamos ciudadanos sin pasar por la publicidad. El marketing político se ha transformado en un arte e incluso en una industria que produce un montón de siglas, slogans, emblemas, pequeñas frases; y esto, en función de los datos recolectados por encuestas de opinión, sondeos agudos y grupos de discusión; escuchar lo que allí se dice sirve en primer lugar para cernir los términos susceptibles de imponerse a la opinión. Es asombroso que, lejos de ocultarse estas manipulaciones, se las exhibe. Informado de la existencia de las mismas, el público quiere conocerlas, visitar las bambalinas. No sólo se pone en escena el decorado, sino que también se convierte en espectáculo el reverso del decorado; al menos, uno de los reversos del decorado.
Los que practican la política son los primeros en saber que ésta no es más una cuestión de grandes ideales, sino de pequeñas frases. Ellos se las arreglan con eso y los ciudadanos parecen querer que así sea. Que la política no esté más idealizada no es una desgracia de la democracia. Sin duda ése es su destino, su lógica y, si así puedo decirlo, su deseo. La decadencia generalizada de lo absoluto en el campo político es notoria: algo bueno en oposición al fanatismo, pero que no abre la vía a la discusión racional entre ciudadanos desapasionados. Estamos en el reino de la opinión. El debate público se desarrolla sobre un fondo de increencia, de engaño, de manipulación declarada y consentida.
Esta es la regla del juego, deplorarlo también forma parte de él. Ya nadie denuncia esto como abyecto, excepto algunos maldicientes o imprecadores, que por otra parte hemos reducido a la impotencia. Si acaso alguno de ellos tiene talento, nos felicitamos del condimento que aporta al debate público. Forma parte del mismo movimiento de la civilización que revela sin descanso el carácter artificial, construido, de todas las cosas en este mundo: el lazo social, las creencias, las significaciones. El psicoanálisis participa de esto, ya que ningún otro discurso ha sido más potente en sacudir los semblantes de la civilización.
Aquel que practica el psicoanálisis debe lógicamente querer las condiciones materiales de su práctica. La primera es la existencia de una sociedad civil stricto sensu, distinta del Estado. El psicoanálisis no existe allí donde no está permitido practicar la ironía. No existe allí donde no está permitido cuestionar los ideales sin sufrir por ello. En consecuencia, el psicoanálisis es claramente incompatible con todo orden totalitario. Al contrario, el psicoanálisis hace causa común con la libertad de expresión y el pluralismo. Mientras la división del trabajo, la democracia y el individualismo no hayan producido sus estragos, no habrá lugar para el psicoanálisis.
El liberalismo no es, sin embargo, la condición política del psicoanálisis. En los Estados Unidos, por ejemplo, si bien el psicoanálisis lacaniano interesa a los intelectuales, su práctica real sólo subsiste. Según la opinión de Freud, el psicoanálisis se desnaturalizó al atravesar el Atlántico; los inmigrantes que lo difundieron dejaron Europa detrás como un mal recuerdo y sólo les quedó conformarse a los valores del american way of life. Esta expresión cayó en desuso, ya que este estilo de vida se está volviendo cada día más el nuestro; si el divorcio de las sensibilidades y de las costumbres entre Estados Unidos y Francia, incluso Europa, pudo por supuesto cristalizarse a nivel político, no impidió de ningún modo la americanización en marcha.
Como tal, el psicoanálisis ¿es revolucionario o reaccionario? Se trata de un Jano, un señuelo, que se utiliza explícitamente en los debates de sociedad en los que al psicoanálisis se le hace decir una cosa y su contrario. Pero su doctrina sólo requiere que un analista esté allí antes que nada para psicoanalizar y subsidiariamente para hacer avanzar al psicoanálisis y difundirlo en el mundo; aún mejor, si para esto interviene en el debate público.
Indudablemente, el psicoanálisis no es revolucionario. Sin duda, se dedica más bien a poner en valor invariantes que a depositar sus esperanzas en cambios de orden político. Pretende operar a un nivel más fundamental del sujeto, donde los puntos del espacio-tiempo están en una relación topológica y ya no métrica. Lo más distante se revela de repente lo más próximo. Un psicoanalista es de buen grado partidario del “Nada nuevo. Más eso cambia y más es la misma cosa”, profesa el analista; salvo que tal vez pueda empeorar, si alguna vez se creyó que podía ser mejor.
El psicoanálisis no es revolucionario, pero es subversivo, que no es lo mismo, es decir que va en contra de las identificaciones, los ideales, las palabras clave. Es bien conocido que nos preocupamos cuando alguien cercano comienza un análisis: tememos que deje de honrar a su padre, a su madre, a su pareja y a su Dios; algunos, por otra parte, aspiraron, sin éxito, a un psicoanálisis adaptativo más que subversivo.
No nos engañemos, “más eso cambia y más es la misma cosa”, pero ¡cambia de todos modos! Que siga siendo la misma cosa significa: lo que se gana por un lado, se pierde por otro, y esto no se reabsorbe. Si es subversivo, no por ello el psicoanálisis es progresista ni reaccionario. ¿Sería entonces desesperanzado? Digamos más bien que un psicoanálisis opera de la esperanza. Procede a la ablación de la esperanza y un cierto alivio resulta de ello.
No sólo los psicoanalistas no son militantes del psicoanálisis –excepto a veces, y no necesariamente para su felicidad–, sino que son más bien propensos a fastidiar a los militantes. Resulta de ello que los psicoanalistas se muestran frecuentemente muy abrumados por su operación que sacudió todos los semblantes, en particular todas las normas que atemperaban la relación sexual insertándola en la familia y la procreación. Los psicoanalistas hubieran querido que los semblantes de antes resistieran hasta el fin de los tiempos. ¡Lejos de ello! El psicoanálisis produjo daños sensacionales en la tradición. A estos desastres se sumaron las posibilidades inéditas que ofrecen los avances de la biología, la reproducción asistida, la clonación, el desciframiento del genoma humano, la perspectiva de que el hombre mismo se convierta en un organismo genéticamente modificado. Está claro que el Nombre-del-Padre ya no es más lo que era.
* Ex presidente de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. El texto es transcripción de la conferencia “Anguille en politique”, dictada en radio France-Culture en 2005; traducida al español por Daniela Fernández, especialmente para Página/12, con relación a la visita del dictante, quien participa en el VIII Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, “El orden simbólico en el siglo XXI no es más lo que era”, que se celebra en estos días en Buenos Aires.
From: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-192679-2012-04-26.html
29 de Febrero de 2012
¿Por qué el cibersexo resulta adictivo?*. José R. Ubieto (Barcelona)
El consumo de cibersexo afecta principalmente a varones jóvenes y su auge va paralelo al declive del discurso amoroso. Esta disociación es un clásico, y Freud la nombró como la “degradación generalizada de la vida erótica” para explicar la dificultad específica del hombre para conjugar amor y satisfacción sexual.
La era virtual añade algunas particularidades y amplía también sus posibilidades. Si el amor, que implica dirigirse al otro a través de la palabra, siempre pone en juego nuestra falta (de oratoria, de decisión, de ingenio), el sexo virtual cortocircuita a ese otro, que no se presenta cara a cara. Eso tiene sus ventajas ya que nos ahorra ese sentimiento de falta y nos permite la ilusión de la potencia que no desfallece nunca.
Esas prácticas de ciberporno forman parte ya de la cotidianeidad de algunos pacientes que hablan de ello en las sesiones y muestran el uso que hacen de esa fórmula de “(no) relación” sexual. Donde la prostitución todavía implicaba algún riesgo de desfallecimiento o impotencia, el cibersexo les ofrece la seguridad de un control remoto que les permite, como señalaba uno “penetrar en lo más íntimo de la mujer”. Es una variante hipermoderna del onanismo, un goce idiota (Lacan) que prescinde del otro.
La adicción al sexo alcanza también a personajes famosos: políticos, deportistas, actores. En esa compulsión encuentran una dependencia del objeto sexual que resulta ser una verdadera paradoja. Donde el dominio de la escena prometía una liberación de los enredos del amor, hallan sin embargo su fiel atadura. Y no sólo del sexo sino también de los complementos que a menudo requiere su práctica: estimulantes de toda clase que se añaden a sus “obligaciones”.
*LA VANGUARDIA, Cultura / Viernes, 17 de febrero de 2012. Con la amable autorización del autor http://joseramonubieto.blogspot.com/
23 de Noviembre de 2011
Confiar en lo imposible. Óscar Ventura (Alicante)
Asistimos, con la entrada en la pubertad del siglo XXI, a la mayor crisis de confianza que se tenga noticia, no tanto por la expectativa catastrófica que despierta en muchos. Sabemos, de una manera u otra, que en toda crisis suele verse bascular el estado de ánimo y con bastante frecuencia hacia lo peor.
Bien en la intimidad de cada sujeto, como en lo colectivo, pueden constatarse sus efectos angustiantes. Pero esta no es la novedad.
Lo realmente interesante y que al mismo tiempo se convierte en una causa mayor de inquietud social para la civilización contemporánea, es que al contrario que en las crisis del siglo XX, donde todavía la creencia en los semblantes de autoridad posibilitaban resolverlas y eran una fuente de confianza, sucede hoy en día que esas figuras de la confianza están fragmentadas de tal manera que se vuelve muy difícil tanto localizarlas como brindarles confianza alguna. La gente ha abandonado la confianza en el otro, no se siente representada. Aunque los ciudadanos de las democracias occidentales sigan utilizando el voto como recurso de una dignidad posible, están habitados por una profunda increencia que vuelve a las sociedades inestables, imprevisibles. Hoy por hoy, Europa lo experimenta en carne propia.
Las buenas formas de la autoridad, esas que permiten el pacto y al mismo tiempo vuelven fructíferas las diferencias, no sólo están devaluadas sino que lo más probable es que estemos siendo partícipes de su extinción.
La economía es uno de los ejemplos más cercanos por su crudeza y el más sencillo de entender, porque sus efectos, hoy en día, pueden verificarse de una forma directa en la proximidad de cualquiera. Les puedo asegurar que los psicoanalistas somos testigos privilegiados de la cuestión.
A la decadencia generalizada de los referentes simbólicos de la autoridad por los cuales las sociedades se orientan, o se orientaban, se suma la esterilidad de la gestión política, también generalizada, hay que decirlo. La ineficacia de la política europea para regular las sociedades en sus aspectos más fundamentales es una realidad que no se reduce a un país o a una región en particular. La ausencia masiva de ideas, la debilidad intelectual, un pragmatismo empecinado más en la repetición y en el protocolo que en la audacia del pensamiento y en la reflexión, vuelven impotente el acto político. Seguramente que entre otros, estos son los rasgos contemporáneos de esa gestión empresarial que todavía se llama política, sierva de las estructuras del mercado y atrapada en la paradoja de sus propios actos destinados, supuestamente, a estabilizar las cosas. Y lo que observamos que ocurre es que, cuanto más el discurso de la política pretende recuperar la confianza perdida, más vacila la confianza y más efímera se vuelve.
Lo pudimos observar de una forma amplificada en el transcurso de esta semana. En unas pocas horas, Europa se deslizó de un supuesto pacto de estabilidad que recuperaría la confianza de los mercados a una incertidumbre que dejó KO a los circuitos financieros. Esta vez fue el acto del presidente Papandreu convocando a los ciudadanos a un plebiscito para que se pronuncien por la forma -si es fuera o dentro de Europa- en que Grecia va a gestionar su pobreza y su desamparo durante los próximos 30 años, lo que añadió al día de Halloween la cuota de terror necesaria para confirmar una vez más que vivimos en una época en la cual lo único que dura, que se perpetua en el tiempo, parece ser la inestabilidad permanente. Una suerte de angustia generalizada.
Habrá sin duda que aprender a vivir con ello y esto no es sencillo, sobre todo cuando en la perspectiva lo que se percibe es una nebulosa respecto a lo que podría ser el desenlace de estas nuevas formas de crisis. El mundo de hoy ya no responde a las viejas consignas, cualquiera sea el lugar ideológico donde ellas se inscriben.
No hay fórmulas universales. Europa vuelve a inclinarse en sus viejos síntomas como respuesta, y empuja a forzar una homogenización cuando ni siquiera existe una subjetivación suficiente de las diferencias. De ahí al desencadenamiento de fenómenos de segregación masivos hay una línea muy sutil.
Hay que encontrar las buenas fórmulas sin duda. Los presagios de un futuro de incertidumbre absoluta suelen ser solidarios con la puesta en acto de todo tipo de fundamentalismos, incluido el económico. Es necesario estar advertidos de ello.
La verdadera apuesta ética tal vez consista en reconocer el punto de imposible al que se ha arribado. Cuando lo imposible se reconoce, la incertidumbre puede tomar entonces la buena forma de la invención política.
*Publicado en: http://www.diarioinformacion.com/opinion/2011/11/06/confiar-imposible/1187264.html
7 de Noviembre de 2011
“Los psiquiatras han acabado como simples expendedores de fármacos”, entrevista a Carmen Carceller (Valencia)*
Foto: Fernando Bustamante
Paco Cerdá: ¿Qué es el psicoanálisis?
Carmen Carceller: El psicoanálisis es un tratamiento fundado a finales del siglo XIX por Freud que sirve para tratar el malestar que surge en la civilización una vez se ha alcanzado cierto nivel de bienestar social. Esa «nerviosidad moderna» de la que hablaba Freud, que se adquiere cuando el individuo choca con sus ideales o con los imperativos a los que le aboca la sociedad, es lo que puede ayudar a curar el psicoanálisis con algo tan simple como hablar y ser escuchado. Porque así se produce un efecto terapéutico: el malestar se apacigua al pasar al registro del lenguaje.
La crisis será un terreno muy fecundo para el psicoanálisis…
Sí. La crisis es una consecuencia del malestar que conlleva la civilización. Este malestar, y el callejón al que nos ha conducido el capitalismo, es el culmen de la neurosis. Produce lo que vulgarmente se llaman ataques de ansiedad o de pánico. Es lo que suele llevar a las personas a las consultas de los psicoanalistas.
¿Y cuál es su perfil?
El perfil es muy variopinto. Desde personas que han pasado por un largo proceso de psiquiatría y salud mental, hasta personas ilustradas que saben que lo que les va a curar es hablar sobre sí mismos para encontrar la causa de su deseo. Eso es lo que ha hecho Carla Bruni, como es conocido.
¿Qué beneficios reporta?
Un saber sobre el propio inconsciente. A través de la palabra, de los sueños, de la asociación libre de ideas… El analista no dará consejos ni adoctrinará al paciente, sino que es el propio individuo el que acabará por tener un saber sobre su inconsciente y, por tanto, se conocerá mejor a sí mismo.
Usted tiene una visión muy negativa sobre la psiquiatría actual.
Sí. Hay un pacto entre los laboratorios farmacéuticos y el vademécum de la psiquiatría en el que están tipificados todos los trastornos. Para cada trastorno hay una pastilla. Ése es el juego en el que ha entrado la psiquiatría. La mayor parte de psiquiatras ha acabado convertido en simples expendedores de fármacos en connivencia con los laboratorios.
¿Mucha gente se curaría de sus problemas psicológicos sin necesidad de fármacos?
Está claro que en los casos de psicosis, los casos graves, la medicación es necesaria. Pero mucha otra gente no necesita medicación. La clave del psicoanálisis es que el sujeto se responsabilice de su propio malestar y no lo achaque a la genética o el azar. Pero lo cierto es que la población está sobremedicada y va directamente a por «la pastilla» pensando que le va a reportar la ansiada e inexistente felicidad.
Y el psicoanálisis ayuda a ver de otro modo esa felicidad.
Sí, el psicoanálisis atempera la tendencia del sujeto a siempre querer más: tener más dinero, ser más importante, poseer más mujeres u hombres, más coches, más operaciones de estética. Esa dinámica en la que el sujeto está instalado, en parte abocado por la sociedad capitalista, es la que modera el psicoanálisis al enseñar al paciente a saber hacer con los ideales y las pulsiones que siente. Además, el psicoanálisis tiene un punto revolucionario de quitarle el miedo al sujeto. Porque las políticas del Estado actual están fundamentadas en el miedo. Y el psicoanálisis atempera ese miedo sin dar pastillas y adormecer al sujeto, sino despertándolo del letargo.
¿A qué políticos les vendría bien sentarse en el diván?
¡Uf…! La clase política necesita realmente pasar por el diván, y así nos irían mejor las cosas. Los políticos actuales no van mucho a las consultas ni se preguntan por sus propios deseos, y lo que vemos es la cara feroz del «yo», que es un sistema de engaño. Deberían pasar unos cuantos por el psicoanalista…
El caso de Camps parece de manual…
Sí, Camps lo ha demostrado. Seguro que le vendría bien ir a un psicoanalista y hablar de lo que le pasa. Así tomaría un poco menos de medicación, porque a veces se le ve demasiado medicado.
Woody Allen les ha hecho una gran campaña de marketing…
Sí, sí. Empezó su análisis en Nueva York hace muchos años y parece ser que lo sigue. Es un gran amante del psicoanálisis y siempre hace pequeños homenajes al psicoanálisis en sus películas, y sus personajes son muy freudianos.
¿Qué tópicos del psicoanálisis le gustaría que derribar?
El primero, que es muy caro y sólo apto para ricos. Hay pacientes, sin mucho dinero, que encuentran psicoanalista lacanianos por 20 euros la sesión, y con una vez a la semana les es suficiente. Y el segundo tópico falso es que es para personas muy cultas. No es así: tenemos a personas muy sencillas, que no han leído ni una sola línea de psicoanálisis y menos todavía a Freud, pero que consideran que esto les será más útil que la medicación o que otras terapias más cognitivo-conductuales que te dicen lo que tienes que hacer.
El psicoanalista de los pueblos siempre ha sido el cura en el confesionario. ¿Eso se mantiene?
Eso es cierto, sí. Precisamente Foucault le recriminaba al psicoanálisis su semejanza con la religión… Es verdad que durante muchos años este tipo de prácticas lo ejercían los curas en el confesionario. La diferencia es radical, claro. Pero tienen en común lo fundamental: la palabra. El decir la culpa, el pecado, hablar sobre lo escondido, sobre lo no dicho, tiene ya un efecto terapéutico. El solo hecho de nombrar el malestar produce un efecto de evaporación de ese malestar. Y eso lo han sabido siempre los curas. Sin embargo, la diferencia es abismal: la confesión busca culpabilizar al sujeto, y el psicoanálisis pretende que el sujeto se haga cargo de la «culpa» y la trate.
¿También se psicoanaliza el psicoanalista? ¿Usted se sienta en el diván?
¡Eso es fundamental! Si no, no está practicando un buen psicoanálisis. La formación del psicoanalista es permanente. Uno hace su propio análisis, pero cada tres o cinco años tiene que volver a su propio análisis. De lo contrario, analiza con su propio fantasma y sus prejuicios. Y las curas se atascan y no funcionan.
¿Qué síntomas debería tener el lector que pueda venirle bien acudir al psicoanálisis?
La angustia, que ahora se llama «ansiedad» o «estrés», y que es un sentimiento que aparece cuando uno está cerca de su deseo, por paradójico que parezca. No hace falta una fobia, una psicosis extrema o un malestar muy fuerte para acudir al psicoanalista. De hecho, hay gente que viene a la consulta porque le va mal con su pareja o que tiene problemas en el trabajo.
* Entrevista publicada en http://www.levante-emv.com/












«Pero lee sobre todo tu propio inconsciente, ese libro con una tirada de un solo ejemplar cuyo texto virtual llevas por todas partes contigo, y en el que está escrito el guión de tu vida, o al menos su rough draft»



