1 de Junio de 2013
Crónica: La angustia en la época de la transparencia: ¿Cómo librarse de la mirada absoluta? Miguel Ángel Alonso (Madrid)
Dentro del Ciclo de Introducción a la orientación lacaniana, el viernes 24 de Mayo de 2013 se celebró la última conferencia de este curso. Llevó por título La angustia en la época de la transparencia: ¿Como librarse de la mirada absoluta?, fue dictada por Rosa López e introducida por Amanda Goya, quien enmarcó la misma dentro de la ya ineludible reflexión acerca del sometimiento que padecemos, en el momento civilizatorio actual, por una mirada que se constituye con pretensiones de universal y absoluta, con la consiguiente carga paranoica que pudiera proyectar sobre el entramado social. Este hecho, para algunos pensadores, estaría promoviendo una mutación ontológica del ser y del sujeto contemporáneo.
El título tomado como referencia fue El ojo absoluto, de Gerard Wajcman, tanto por la disección que realiza sobre la civilización actual, como por la toma en consideración del tema objeto de la conferencia, ese ojo que ejerce su mirada desde todas partes pretendiendo la transparencia total, ante la cual el psicoanálisis contrapone el elogio de la sombra.
Rosa López, en primer lugar, expuso la incidencia que, con carácter general, tiene el objeto mirada sobre el ser humano. Se trataría de una mirada que siempre viene del Otro. Distinguió dos vertientes de la misma, una nos haría sentir valiosos por darnos un lugar en el deseo, la otra nos arrojaría a una angustia exponencial que nos hace sentir desecho, resto caído de la escena. Relacionadas con las dos vertientes aparecen dos categorías, el deseo y la angustia, muy próximas entre sí, separadas tan solo por una frontera lábil.
El acento de la conferencia fue colocado sobre la angustia en relación a la mirada del Otro. Al respecto se evocó la fábula lacaniana sobre el sujeto enfrentado a la mantis religiosa y al enigma de saber qué objeto es para la mirada de la mantis. Ilustración del sujeto alcanzado por su propia extrañeza, incluido a título de objeto arrojado al capricho del deseo del Otro. El ejemplo trasmite la experiencia de fractura y las dificultades para construir una identidad.
Como preámbulo al análisis de la civilización actual, se trazó un paralelismo entre la secuencia anterior y los fenómenos psicóticos. Se trajo a colación a Víctor Taus, alumno de Freud, y su artículo De la génesis del aparato de influencia en la esquizofrenia, donde describe formas de delirio en las que el sujeto es objeto de una perniciosa influencia proveniente de una maquinaria exterior. Rosa López presentó dos casos clínicos documentados en el artículo. Allí, el sentimiento paranoico del sujeto no puede ocultarse a la proliferación de miradas amenazadoras del Otro, quedando condenado a la inmovilidad absoluta. Una vez más, los sujetos psicóticos aparecen como visionarios, permitiendo predecir la llegada de una nueva civilización y constatar cómo la realidad supera, en mucho, al delirio.
El comienzo de El ojo absoluto de Gerard Wajcman, señala con precisión uno de los temas de la conferencia: “Una mutación sin precedentes está teniendo lugar en la historia de los hombres”. Mutación no realizada en secreto, sino a la vista, transformadora del mundo sin que los seres humanos nos demos cuenta, pues estamos asentados en un mundo que transita a gran velocidad, sin demora para una reflexión serena sobre esas transformaciones irreversibles.
A continuación, un planteamiento sugerente, la transformación de los ideales en imperativos. Si en el siglo XVIII, el significante ideal era la felicidad; en el XIX era la libertad; en el XX la salud; todavía sería pronto para aventurar el ideal del siglo XXI. Si seguimos a Wajcman, podemos pensar en el ideal de transparencia. La cuestión es que estos ideales, surgiendo como benéficos, son transformados en imperativos que muestran su vertiente mortífera. Como imposición de ideologías, el fundamentalismo de la salud prescribe lo bueno y lo malo; el ideal de felicidad se transforma en imperativo que obliga a gozar más y más.
En relación con el ideal de transparencia, en la actualidad todo puede ser visto, operaciones en directo, cuerpos que se trocean, etc. Lo que no es visto no existe. Al respecto, uno de los ejemplos más dramáticos es la negación de la existencia de los campos de exterminio alegando que no se han visto. La ideología de la transparencia abarca todos los campos humanos, la ciencia, la política, la medicina, la geografía, la vida privada, etc. Dos ejemplos, Facebook y Wikilieaks, uno aboliendo la vida privada, el otro los secretos del poder.
Una precisión interesante. Cuando Wajcman habla de ojo absoluto, no se refiere a la mirada tradicional de Dios, sino a los artilugios técnicos que pululan por las esquinas de las calles, y que graban nuestra imagen en todo momento. Objetos técnicos siniestros, porque ni siquiera precisan dormir, ven sin cesar, sin parpadeos.
Rosa López realizó una lectura clínica de la mirada absoluta en la civilización. En efecto, no parece muy aventurado emparentarla al delirio paranoico, riguroso, que no duda, que otorga sentido a todo lo que acontece. Es inevitable escuchar las resonancias. Este rigor absoluto puede relacionarse con la aspiración científica de que todo lo real sea visible y calculable. Se pueden poner múltiples ejemplos de encarnación, por parte de la ciencia, del imperativo de transparencia. Uno de ellos sería la máquina de resonancia magnética NeuroSpin, presentada como la revolución que entenderá el cerebro carteándolo en imágenes. En ese mapa, supuestamente, aparecerían las emociones, las percepciones, la conciencia, y hasta los pensamientos. Es la alianza entre política y ciencia.
Vemos que el imperativo es exigente. No se conforma con visualizar los órganos internos, además quiere arrancar el misterio de la subjetividad, nuestros más íntimos deseos, arrancar el inconsciente, eso que hace que el sujeto no pueda ser transparente consigo mismo. Algo pueril, pero con efectos devastadores que amenazan a todos. Es decir, la ciencia, no solamente ignora la singularidad del sujeto, la forcluye. Su afán universalista, regido por la ley del “para todos”, excluiría la singularidad, haría al sujeto invisible, transformándolo en cuerpo y en puro objeto de investigación. Es la idolatría consistente en naturalizar el espíritu.
¿Cuál sería el efecto más evidente producido por esta situación? Rosa López evocó a Jacques Lacan: “La angustia es el sentimiento que surge de esa sospecha que nos embarga cuando nos reducimos a un cuerpo”.
Esto llevó a reflexionar sobre los escenarios que la ciencia no tiene en cuenta. El sujeto es un exiliado de la naturaleza, de la biología, habita en lo simbólico, en el lenguaje. Es necesario entender que no somos un cuerpo, sino que tenemos un cuerpo. Por eso el ser humano ha de construir una identidad. Hechos como la sexualidad, la alimentación, la defecación, etc., quedaron afectados por las palabras, distorsionados y extraviados de sus rieles naturales. La ciencia y la tecnología no pueden organizar un retorno a la vida natural. Es tarea imposible.
La hipótesis hacia la que confluyó la argumentación tiene que ver con la cuestión de la transparencia. Un ejemplo, las ecografías de los fetos fotografiados en tres dimensiones. Algo siniestro, el niño mirado antes de salir del cuerpo materno. Wajcman lo ilustra de esta manera: “Bienvenido al mundo del hombre transparente”. Otro ejemplo, las cámaras de vigilancia domésticas, prótesis del ojo de la madre para la asistenta y el niño que toma a su cargo. Miradas imperativas, promoviendo un afán de evaluación encarnado por instituciones, médicos, educadores, conductistas, cognitivistas, sometidos por ideologías imperativas.
Estaríamos ante un sujeto tomado como objeto y enfrentado al enigma de la mirada del Otro. En la actualidad, el Otro es la ciencia, con su enorme capacidad para cambiar la naturaleza del mundo y del sujeto. Esto se enmarcaría dentro de la alianza entre ciencia y tecnología, una alianza que no es inocua, sino que induce al establecimiento de una ideología imperativa. Se trata de un encuentro con el cuerpo, transformado en objeto de investigación y mercancía. Órganos que se venden y se fabrican, lo cual nos sitúa en el escenario de Blade Runner, donde ya no se podía diferenciar a los humanos de los replicantes.
Ante esta evidente mutación civilizatoria surgieron algunas preguntas: ¿Tenemos algún margen de respuesta ante este panorama? ¿Este dispositivo puede borrar la experiencia de la verdad y del inconsciente? ¿Por qué en las consultas no aumentan los casos de paranoia? ¿Por qué no nos molesta que nos graben todo el tiempo? ¿Qué es lo que hace que el ser humano obedezca un orden que le resulta insatisfactorio?
En primer término, no aumentan los casos de paranoia porque ya formamos parte del sistema. Nuestro goce consiste en mirar y ser mirados. el mundo se constituye como omnivoyer.
En segundo lugar, el sujeto obedece a un orden insatisfactorio porque, como descubrió Freud, el sujeto se entrega al amo. Es una servidumbre que obedece a la estructura del sujeto.
Tercero, el psicoanálisis acoge y resguarda la categoría de la imposibilidad, que lo es de una síntesis total del sujeto, de un saber total, de una verdad absoluta. Habría un límite infranqueable que ningún saber puede traspasar.
Cuarto, también acoge al sujeto del inconsciente, postulándose a contracorriente de los afanes de la ciencia, pues los seres humanos no somos ecuaciones. Reivindica el derecho a la intimidad, a lo oculto, la defensa de la sombra frente a la luz totalitaria.
Quinto, se trataría de recuperar la subjetividad. Es la tarea que impone el psicoanálisis en su viaje a un real que no puede ser representado. Sería el modo que tiene el sujeto de recuperar la dignidad del deseo, el pudor de lo íntimo, y un saber hacer con lo extraño que lo habita.
27 de Mayo de 2013
¡LA QUE HEMOS LIAO! Gracia Viscasillas (Zaragoza)
500 PERSONAS ASISTEN EN ZARAGOZA A LA PRESENTACION DE LA ASOCIACION TEADIR-ARAGON CON LA PROYECCION DEL DOCUMENTAL “OTRAS VOCES. UNA MIRADA DIFERENTE SOBRE EL AUTISMO”.
Miércoles 22 de mayo, 19’30h, Teatro de las Esquinas.
Miércoles 22 de mayo 17’30h. Dos horas antes de la proyección llegamos al hall del Teatro de las Esquinas el núcleo fundador de TEAdir-Aragón. Sofía, la hermana de Martín (nuestro joven artista y diseñador de 14 años, que también asiste al evento bien acompañado por su padre, Carlos) y sus amigas montan la mesa para la venta de nuestras camisetas. Los mayores preparamos los listados, los folletos… ¿los folletos? ¿Dónde están los folletos? Llamadas, llamadas y por fin, Pedro -que había ido a recibir a la familia Mateu al completo-, los localiza en nuestra sede social.
A partir de las 18’45h comienzan a llegar familiares, amigos, colegas de la ELP… Tras los primeros saludos, voy en busca de Albert y charlamos tranquilamente de aquello que a él le interesa.
Cuando a las 19’15h llegamos al hall está lleno de gente, y siguen y siguen llegando. Besos, abrazos, encuentros, reencuentros, presentaciones… Alguien dijo que desde principio a fin llamaba la atención el ambiente festivo que allí se vivió.
A las 19’40h cuando entro al teatro junto con Albert casi no me lo puedo creer… sabía que el aforo era de 500 personas ¡¡¡y estaba lleno a rebosar!!!
Suena una canción, “Déjame vivir, libre… pero a mí manera”, la canción que Miguel eligió casi antes de hablar, toda una declaración de principios. Y así, Chambao y Jarabe de Palo acompañan con sus acordes la bienvenida de Mª. Jesús Sanjuan, Presidenta de TEAdir-Aragón y de Iván Ruiz, co-director de la película y Presidente de TEAdir.
Se apagan las luces y comienza el documental.
Silencio, lágrimas que resbalan o se contienen, risas que acompañan momentos de la película… Un prolongado aplauso.
Y de repente estoy ahí, sentada en la mesa preparada para el coloquio, con mis amigos: Mª. Jesús Sanjuan, José Antonio Marín, Iván Ruiz y Enric Berenguer. Un público numeroso pero todo se hace cálido y cercano. La presentación de nuestra asociación, las intervenciones del público…, en todas se subrayan las felicitaciones y la emoción. A destacar la intervención de Albert, que transmitió su gusto por estar en Zaragoza, y que tras decir que se sentía emocionado escuchó más emocionado aún como todo el auditorio rompía a aplaudirle.
Mientras tanto veo muchos rostros conocidos, me alegro, y multitud de gentes que no conozco, me alegro tanto más. Psicoanalistas y gente cercana a la Escuela, colegas de las instituciones en las que trabajo, médicos, psiquiatras, maestros, educadores y trabajadores sociales, artistas, amigos, y amigos de amigos de amigos, gente que nos escuchó en la radio o la televisión, o que vieron la recomendación en el periódico… pero sobre todo, luego lo sé, muchas familias.
Y cuando acabó, no acabó: muchos se acercaron al escenario para felicitarnos, para hablar, para interesarse por nuestras actividades… Y cuando salimos al hall, de nuevo estaba lleno, y también seguían en la plaza del Teatro, conversando, conociéndose, acercándose.
Sé que esto no es una reseña al uso, pero disculpadme, realmente lo que allí ocurrió era para mí impensable. Fue un ACONTECIMIENTO.
Y si queréis ver fotos…, seguidnos en nuestra página de facebook “Teadir-Aragón”, una gran idea de Cristina.
21 de Mayo de 2013
El destino del Padre y su incidencia en la adolescencia*. Damasia Amadeo de Freda (Buenos Aires)
Freud establece una relación entre el destino de la subjetividad y el complejo de Edipo. A lo largo de su obra vemos cómo la figura del padre se vuelve central. La articulación del padre y el complejo de castración será determinante en las posiciones sexuales, tanto en la niña como en el varón. Como sabemos, dicha articulación será distinta en ambos sexos: la niña entra al complejo de Edipo a partir de saberse castrada como su madre, lo cual implica el abandono de dicho objeto de amor primario, para pasar al complejo de Edipo positivo; el varón, por su parte, renuncia a la madre para preservar su órgano y se identifica al padre bajo la forma del ideal a alcanzar. De esta manera sale del complejo de Edipo y entra en la latencia. Para los dos sexos la pubertad será el momento de reactualización de la elección de objeto infantil pero con la particularidad del hallazgo del nuevo objeto por fuera del otro parental.
La revolución que implica la "metamorfosis de la pubertad", y la crisis que supone la entrada en la adolescencia como momento de pasaje hacia la edad adulta, queda ilustrada por la comparación que hace Freud en 1934, en una carta dirigida a Arnold Zweig, en la que compara el momento sombrío de la adolescencia, momento al que de ninguna manera él querría volver, con los tiempos oscuros que se anunciaban con la entrada del nazismo en Viena. Si bien la comparación parece exagerada, era ese el sentimiento de Freud.
Veinte años antes, en 1914, en el texto "Sobre la psicología del colegial"[1], Freud relata su experiencia de adolescente en un tono menos lúgubre. En este texto, que fue escrito como homenaje al cincuentenario del colegio donde cursó sus estudios secundarios, Freud se retrotrae a la segunda mitad del siglo XIX para pensar la adolescencia a partir de su propia experiencia.
Este texto es ante todo un homenaje al padre, a la importancia que este tiene en la infancia para el niño. Las nuevas figuras de autoridad halladas en la adolescencia, representadas por maestros y profesores -a los que Freud también rinde homenaje allí-, son sucedáneos del padre y serán las responsables de hacer surgir el deseo de aprender, orientando al adolescente en la elección de las vocaciones definitivas para la edad adulta.
Freud llegará a decir ahí que el destino de un adolescente, en cuanto a poder descubrir y llevar a delante una vocación, dependerá en gran medida del buen encuentro con los profesores en esta época de la vida.
La actitud del niño, llegado a la pubertad, es caracterizada en ese texto por una lucha interna en abandonar las identificaciones al padre, destituirlo del lugar del ideal para así dar lugar a las nuevas identificaciones y a los nuevos ideales representados por las figuras de la educación. Dicho momento está caracterizado fundamentalmente por la rebeldía y la ambivalencia y se manifiesta en el cuestionamiento al padre, en su destitución en tanto garante más importante hasta ese momento de la verdad para el niño.
Bien se puede pensar que la crisis de la adolescencia que Freud planteara en este texto, era solidaria también del abandono de identificaciones sólidas y bien consolidadas que el ideal paterno proveyera al niño. Ese momento implicaba, entre otras cosas, el pasaje de esas identificaciones endogámicas a las exogámicas impuestas por la cultura. Es decir, las nuevas figuras del ideal ofrecidas por la educación escolar, en tanto orientadoras de vocaciones y deseos acordes a los intereses del adolescente, se desprenderían y tendrían su punto de apoyo en la orientación dada por el padre, lo cual supone también la idea de un Otro sólido y consistente que amortiguaría la crisis que el paso por la adolescencia implica necesariamente.
En la enseñanza de Lacan no hay homogeneidad con respecto a la noción del padre. A lo largo de los años vemos que esta se modifica. El primer momento se caracteriza por la reducción del personaje de la realidad a una función: el significante del Nombre del Padre. Dicha transformación se basa en el movimiento propio de su enseñanza, pero no deja de estar relacionada con la observación temprana que hace de su declive y que se puede ver ya en 1938, en el texto "La familia"[2].
De todos modos, el significante del Nombre del Padre no estaba muy alejado del mito del Edipo freudiano. Su función, que es la de sustituir al significante del Deseo del Madre para la emancipación del niño, si bien hace desaparecer a los personajes de la realidad para remitirlos a una función puramente lógica, metaforiza de todos modos el pasaje por el complejo de Edipo.
La posterior transformación del Nombre del Padre es llevada hasta su pluralización, y finalmente se verá reducida a ser un elemento más entre otros cuyo objetivo es el de mantener unidos los tres registros, lo cual modifica sustancialmente la idea freudiana del Edipo como articulador central. Ya no se tratará más del determinismo que dichos elementos introducen en la subjetividad del niño y que estaban estrechamente ligados al otro parental. Esta trasformación conceptual modifica la idea del determinismo que supone la noción de estructura y abre a la noción de creación que se desprende de la última enseñanza de Lacan.
Hoy, estamos en la época del Otro que no existe y del ascenso al cenit social del objeto a. Por otra parte, la época nos muestra por todas partes que del declive del padre, que arrastra a todas las figuras de autoridad, no se puede responsabilizar al psicoanálisis. Más bien es el amo oculto del capitalismo el que favorece esta caída. En este sentido, el psicoanalista es aquel que lee "la subjetividad de su época" y el que la interpreta.
El declive del padre y de los ideales, que encuentra su forma más acabada en la inconsistencia del Otro, ilustrada en todas sus formas en el mundo contemporáneo, tiene efectos en el modo de pensar la clínica.
Es esta última perspectiva la que propongo para pensar la clínica de los adolescentes en la actualidad. Algunos casos en los que la función paterna parece estar en cuestión, estar muy descalificada o simplemente ausente, la aparición en el análisis de un significante promisorio para el futuro pareciera venir a ordenar un Otro para ellos. El deseo de ser "bombero", en un adolescente que había tenido serias conductas piromaniacas en la niñez, las cuales testimoniaban de un empuje de la pulsión que parecería no encontrar ningún freno ni límite en la función del padre, transformó al significante "bombero" en un elemento ordenador de su futuro. La firme decisión de otro de llegar a ser "militar" -presentándose ya a las primeras entrevistas con dicho uniforme que la institución elegida para sus estudios secundarios le obligara a llevar- encontró su origen en un recuerdo de la infancia en el que el ser saludado por su nombre por el policía del barrio hizo del ser nombrado por un ser nombrado para y compensó el desentendimiento temprano de su padre respecto de él. Finalmente, la aparición del deseo de estudiar "criminología", en una adolescente cuyas coordenadas simbólicas respecto de su nacimiento están impregnadas de muerte y de rechazo por parte del padre, y cuyo entorno familiar actual no es mucho mejor, va en la misma dirección.
La hipótesis que me interesa introducir es la de que un significante cualquiera puede venir a ordenar una existencia y proyectarla hacia el futuro. De la misma manera que en la época de Freud -época de la existencia de un Otro consistente- este ordenamiento hacia el futuro era remitido exclusivamente a la transmisión que hiciera el padre y las figuras que lo representaban, así fuera para seguirlas o para oponérseles, en la actualidad el psicoanálisis puede tomar el relevo de esta función.
Mi idea es que el Otro cambia y que el psicoanálisis puede ayudar al adolescente a encontrar significantes que otrora se le adjudicaban al padre como principal agente de su transmisión. La clínica con adolescentes me enseña que el psicoanálisis puede ayudarlos a encontrar un significante propio por donde orientar sus deseos en una época marcada por la inconsistencia del Otro.
Notas:
1-. Freud, Sigmund. "Sobre la psicología del colegial", en: Obras completas Tomo II. Ed. Biblioteca Nueva. Madrid, España. 1973. Cap: LXXVIII
2-. Lacan, Jacques. La Familia. Ediciones Homo Sapiens, Argentina, 1977.
18 de Mayo de 2013
La feminización del mundo: el nuevo orden del toxicómano. Ernesto Sinatra (Buenos Aires)
La hipermodernidad es No-Toda
Partimos de una hipótesis*: la hipermodernidad, con su proceso de globalización, empuja al estado actual de la civilización denominado feminización del mundo [1] y el nuevo orden del toxicómano se inscribe en esas coordenadas.
Se trata del pasaje del Todo y la excepción –que caracteriza a la sexualidad masculina- al No-todo que rige el lazo izquierdo de las fórmulas de la sexuación; o para decirlo de otro modo, ajustando la teorización: es el tránsito del Otro que existe al Otro que no existe[2].
Afirmar que el Otro no existe indica la negación de los dos principios que sustentaban la lógica del Todo: la excepción falla en su función (desaparece, el padre ya no regula con su prohibición), lo que produce el estallido del Todo (el conjunto no cierra, pierde su consistencia). Tal inexistencia del universal cede su lugar a la generalización: el no-todo en todas partes, indica Miller[3], lo que da lugar a la multiplicación de fenómenos en red. Internet es, tal vez, la más precisa mostración de este acontecimiento de masas que en su extensión horizontal, no permite situar un Todo, impide cerrar el conjunto, armar un universal.
Como un efecto del furor de la web surge el intento de controlar, de regular Google, sobre el fondo de los escándalos producidos por las filtraciones de informaciones reservadas, hackeadas por Wikileaks.
En esta línea leemos hoy la globalización desde la posición del no-todo que corresponde en las fórmulas a la posición femenina. Se trata de destacar ahora que el modo de goce contemporáneo está determinado ya no más desde la perspectiva del padre como significante amo (S1) de la civilización, ya no más desde su función de prohibición (padre como agente de la castración), ya no más desde la negativización del goce, sino desde su positivación, desde la mostración del goce que hay.
Es ése el alcance de la frase de Jacques Lacan -pescada por Jacques-Alain Miller- que indica que el plus de gozar hoy ha ascendido al cenit de la civilización. El goce –el plus de gozar- se ha tragado al Ideal: es la satisfacción lo que rige el estado actual de la civilización y ya no el ideal.
Desde la perspectiva del No-Todo volvemos a considerar las cuestiones de las toxicomanías en la hipermodernidad, ya no desde la perspectiva discursiva del padre -quien como elemento complementario, antinómico, administraba la prohibición y estructuraba jerárquicamente las agrupaciones; ya no desde el Todo organizado y organizador que aquél aseguraba con su conjunto cerrado de leyes que regulaban el goce.
Freud interpretó a su época: el malestar era el síntoma que mostraba que la renuncia pulsional (¡hay que dejar de gozar! como mandato paterno de la civilización) no reinstalaba la felicidad, sino que –por el contrario- reforzaba el circuito infernal del superyó reintroduciendo la ferocidad del goce, ahora con la prohibición.
Hasta ese entonces, el conjunto se sostenía en el Todo a partir de la culpa y el castigo, de los pecados y su expiación: el imperativo proscriptivo de la civilización reforzaba el superyó. La iglesia florecía hasta allí con su negocio: “¡hay que dejar de gozar!” pero si has pecado, puedes expiar tus pecados; pero entonces vuelves a gozar, y entonces vuelves a la Iglesia para volver a expiar…, etc.
El imperativo actual de la civilización ha devenido "¡hay que gozar!", en una época que sabe demasiado de la inexistencia de la relación sexual: el estado debe regular lo que hasta ayer era considerado un derecho divino, no tan sólo natural: el matrimonio adviene igualitario, la identidad de género deja de soldar cuerpo y sexo.
De un lado el avance mediático del goce sexual ("todo para ver"); del otro la criminalidad exponenciada, muestra el espectro del goce que va "de la cosquilla a la parrilla".
La formulación freudiana del siglo pasado de "los delincuentes por sentimiento de culpabilidad" parece haber retornado ahora de un modo feroz, caracterizando la falta ostensible de la barrera del no. No es -al menos no solamente- que el castigo anticipa la culpa, sino que a menudo la sustituye: en muchos casos no hay evidencias clínicas de culpabilidad, sino una oscura percepción por parte del sujeto de un castigo que merecería, sin poder precisar bien por qué.
Debemos también mencionar otros fenómenos de la época del No-Todo: asesinatos a mansalva en lugares públicos, actos criminales realizados porque sí, es decir: sin más significación que su ejecución misma. No sólo sin culpa, sino también sin motivo, sólo la acción impulsiva contra el Otro (o contra sí mismo). Estas acciones criminales se han diseminado por doquier como un signo de la desaparición de la función del NO, aquella que -en el nombre del padre- aseguraba la función de la excepción (¿por qué no hacerlo?).
Es preciso destacar que las drogas suelen ser en estos casos, instrumentos no sólo de empuje a la acción, sino además de desculpabilización.
Las tribus urbanas muestran la coalescencia del goce y el saber
Para resistir a la inexistencia del Todo, proliferan micro-totalidades que intentan restituir un dominio en “un campo muy restringido del saber”[4]: a ellas responden ultra-especialistas que se dedican a explicarlos.
El ejemplo que da Miller es el de los Otaku –personalidades monomaníacas refugiados en una zona del saber que exploran hasta intentar totalizarla[5]- agregaremos las tribus urbanas, a partir de las cuales distinguimos un rasgo diferencial en la configuración de las micro-totalidades, la coalescencia saber + goce: Skaters, Grunges, Góticos, Heavies, Hard Cores, Skin Heads, Emos, Raperos, Floggers... la lista no cierra mostrando su inconsistencia estructural.
Se nombra un goce, se lo aísla, se lo asocia con un saber bien delimitado, se inventa una clase a partir de destacar esa coalescencia goce/saber ¡y ya está! Se ha constituido una micro-totalidad.
El elemento aglutinante de las tribus parece ser –lo que llamaré- un goce éxtimo: exclusión del universo social con inclusión solidaria en la banda; marginación de las leyes del Otro con inserción fuertemente normativa en su micro-totalidad. Las substancias tóxicas suelen ser, entre ellos, coadyuvantes del lazo asociativo.
Para explicar cada micro-totalidad, surgen los ultra-especialistas. Pero ¡cuidado psicoanalistas!, ya que también los especialistas han pluralizado las toxicomanías clasificándolas en múltiples adicciones: al trabajo, al alimento, al juego, al sexo, a las dietas...
Es preciso recordar que es el goce que desborda cualquier clasificación, y que él nunca podrá ser reabsorbido por el significante.
Los no-incautos del inconsciente yerran, como el toxicómano
Miller en su Curso del 2009 -Sutilezas Analíticas - sostiene que la teoría de la libido freudiana cree en la relación sexual, mientras que la teoría de las pulsiones de Lacan parte de la inexistencia de la relación sexual ¿Cuál es la diferencia? Es que si se parte de que no hay relación sexual no hay un goce que una vez hubo y que está perdido, sino que todos los goces son equivalentes. Pero que tampoco habría un goce que convendría ¿Y entonces que hay? Un goce, un goce, un goce,… la singularidad de una forma de vida; es decir, de lo múltiple de las formas de goce, de lo que el goce sexual es uno entre otros.
Se trata entonces de caracterizar los fenómenos actuales para deducir de ellos cuál es la particularidad de los goces que los comanda. Y las toxicomanías ocupan aquí un lugar decisivo, ya que la liberación social de la prohibición paterna y el consiguiente empuje al goce son un campo fértil para el consumo de substancias ilícitas.
La dialéctica prohibición-empuje al goce estalla de un modo inercial en las narices de los legisladores cuando pretenden volcarse de un lado o del otro del disenso: si la respuesta promueve liberar las drogas, se torna inevitable un llamado al consumo; mientras que, al revés, si la respuesta surge del lado de la prohibición, la respuesta de los verdaderos consumidores tampoco se hace esperar: “¡Ah, me lo prohibís! Entonces… quiero más!!!"
La criminalización del consumo (prohibición) o su sanitarización (legalización), ambas tienen, además, efectos paradojales: la primera castiga luego de culpabilizar, la segunda victimiza para después curar; pero -en verdad- ambas convergen en no responsabilizar al sujeto de las elecciones realizadas. Aunque, en rigor, el problema es que los sistemas institucionales que existen para intentar regular el goce a partir del Estado de derecho, no tienen dicha función ya que sólo pueden dirigirse al sujeto como universal, y es harto evidente el modo en el que fallan cuando intentan dirigirse a uno por uno.
Es en ese campo -estrecho- de la promoción de las responsabilidades subjetivas, singulares, en el que encuentra su razón de existir -precisamente- el psicoanálisis… y el psicoanalista hace su ingreso como un ser extraño al campo del Derecho, no menos extraño a las normas que rigen a la sociedad de consumo -pero paradójicamente, nunca excluido de ella- aunque crítico con el discurso dominante que encarna hoy la ciencia. En fin, como bien lo señala Eric Laurent, el psicoanalista ocupa ese lugar extraño como un inmigrante y bien sabemos las dificultades que acarrea dicha posición de extimidad.
Como el Dios Jano, el problema de la legalización de las toxicomanías muestra, una vez más, las dos caras de la pulsión de muerte repartidas entre prohibición y empuje al goce[6] ¿Cómo responder entonces con estas notas a la legislación en cierne?
La época del No-Todo esta centrada en lo ilimitado, en la ausencia de prohibición a partir de la falta de límites ¿Cuál era el invento del Padre? Hacer creer que lo que no es sino imposibilidad, es prohibición. Esa es la tontería que cree el neurótico y que constituye su debilidad mental: creer que está prohibido lo que es imposible, es decir, lo que no hay.
Y es en este punto, el de la increencia en el padre, donde reencontramos a nuestros toxicómanos; ellos han sido pioneros en avanzar por los senderos del No-Todo en el nombre del goce[7]; ellos han hecho resonar en sus cuerpos los ecos de la pulsión de muerte intentando desalojar de allí las marcas de castración -adjudicadas al padre. Por eso, a fuerza de ser no-incautos, los drogadictos erraron su destino, ya que esas marcas que adjudicaron a la insistencia del padre, no eran sino el signo de la imposibilidad de la relación sexual que afecta a cada parlêtre.
Este paso: del cínico al incauto, es el que amenaza constantemente retornar aplastando al toxicómano. Mientras tanto, él -y ella- siguen consumiendo sus cuerpos para seguir sin consumir el inconsciente.
Y una vez más a tono con la hipermodernidad (concentración, densificación de los valores de la modernidad, no su Aufhebung [8]) el toxicómano muestra la particularidad de la época al situar una paradoja en el centro del goce que obtiene en el momento del flash: si bien la defensa contra el goce femenino actúa en ambos sexos y las drogas con su fuerte impulso autoerótico cortan al sujeto del partenaire evitando la apuesta sexual, también es cierto que con el uso de ciertas drogas parecería alcanzarse una sensación extática que podría identificarse con el goce femenino. Así considerado, el uso de ciertas drogas sería tanto un rechazo del goce femenino como una coartada para acceder a él sin pasar por el hombre como relais: orgasmos autoeróticos con la droga como partenaire.
Una mujer histérica "cansada de los hombres", "eterna anorgásmica", comprobó en el análisis la causa de su adicción: llegó al consumo luego de un desencuentro con su "enésimo" partenaire (del que no paraba de quejarse); interrogada por las drogas empleadas indicó que eran las mismas del susodicho. Siguiendo las vías de la identificación, por despecho, había conservado la substancia y –nuevamente– perdido el partenaire. Es de destacar que esta solución le producía un goce "poderoso, ¡lo más parecido a un orgasmo que tuve en mi vida!".
De la falta de amor al goce -¿femenino?- prescindiendo del partenaire, empleando la plasticidad identificatoria femenina moldeada, ahora, sobre la droga arrancada al hombre.
Consideraciones finales: sobre el goce hipermoderno
Una interrogación final recae sobre la época: ¿Se desprende necesariamente el goce femenino de la estructura del No-Todo?
Ya que cabe destacar aquí que sólo el goce femenino se exceptúa del cierre autista del goce[9], y es notorio que existe una variedad de goces contemporáneos que no parecen prescindir del falo, y a los que no consideraríamos goce femenino, a pesar de que es evidente que su locus nascendi es el No-Todo.
La paradoja se intensifica al considerar que es el rechazo de la femineidad lo que afecta al parlêtre (hombres y mujeres) de un modo estructural bajo la forma del fantasma fálico[10].
La hipótesis de una densificación de goce fálico no regulado por el Nombre del Padre (lo que sería la causa de las presentaciones bizarras de algunas satisfacciones actuales) debería ser considerada, lo que nos llevaría a concluir que del No-Todo no se desprenda necesariamente goce femenino. Salvo que se generalice la extensión de este concepto identificándolo con la satisfacción que se extrae de un cuerpo en su singularidad, más allá del significante, del falo y del NP –es la vía que ha seguido recientemente Jacques-Alain Miller en El ser y el Uno en su Curso de la orientación lacaniana.
Una vez más, la toxicomanía -con el desorden de los objetos que impulsa- muestra el estado actual de la civilización y nos obliga como practicantes del psicoanálisis a caracterizarlo para responder en acto a las urgencias cotidianas.
______________
Notas:
1. En su Curso del 2011 –El Ser y el Uno (inédito)- Jacques A.-Miller sitúa que la fractura entre el viejo y el nuevo orden, el main stream del Siglo XXI lo constituye la "aspiración a la femineidad".
2. MILLER, J.-A: Seguimos aquí los desarrollos de Jacques A-. Miller en El Otro que no existe y sus comités de ética (con E. Laurent); PAIDÓS Editorial;Págs. 76/77
3. MILLER, J.-A: Íbid; Pág. 77
4. MILLER, J.-A. : "El inconsciente es político"; en LACANIANA N°1 (EOL); pág. 16: "Siempre se puede explicar que la estructura del no-todo es abstracta y que, de hecho, en la realidad las cosas no funcionan así. Y es que esta máquina implica la constitución insistente de micrototalidades que, al ofrecer nichos, abrigos, cierto grado de sistematicidad, estabilidad, codificación, permiten restituir cierto dominio. Sin embargo, esto es a costa de una especialización extrema de los sujetos allí atrapados, que traduce la presencia de dicha máquina. Así para restituir un dominio, es preciso elegir un campo muy restringido de significantes, un campo muy restringido de saber".
5. Íbid; pág. 17
6. LAURENT, Eric: Entrevista en Revista Ñ del 10 de mayo de 2012: "Entre el empuje al goce y la prohibición, el problema no se resolverá por una dialéctica que ya mostró sus resultados. Es necesario inventar instrumentos de orientación, incluso instrumentos legales nuevos para salir de esa falsa oposición, que es la doble cara de la pulsión de muerte."
7. Paradójicamente: sin nombre, ya que al goce siempre lo visten con los semblantes del Otro de la civilización, sobre todo para burlarse luego de ellos
8. Con la caída del padre que declinó en la declinación de la virilidad, asistimos a lo que Lyotard denominó pos-modernidad, es decir, la época del Otro que no existe en la que se suponían superadas las condiciones socio-históricas de la modernidad; eran sus consecuencias la caída de los meta-relatos, de aquellas configuraciones que sostenían el discurso de las generaciones: la religión, el marxismo (incluso el psicoanálisis al ser considerado como una cosmovisión); se comenzó a descreer de los instrumentos conceptuales absolutos que aplicarían códigos con valor universal, supuestos explicar el Todo de lo que acontece. A la teorización de pos-modernidad de Lyotard, respondió Gilles Lipovetsky con el concepto de híper-modernidad, en el que se destaca la concentración de los objetivos de la modernidad y ya no su Aufhebung, no la superación dialéctica de la modernidad.
9. MILLER, J-.A. La fuga del sentido –Los cursos psicoanalíticos de J.A.Miller- Ed. Paidós; pág. 221
10. MILLER, J-.A. El Ser y el Uno; Curso de la Orientacón Lacaniana 2011, (inédito) cuarta clase del 9 de febrero: "el fantasma instituyente del sujeto es fálico".
2 de Mayo de 2013
¿Desea usted ser evaluado... o analizarse? Iván Ruiz Acero (Barcelona)
La evaluación se ha convertido hoy en el modo como dotar de garantía -esa es la pretensión- al objeto que está en juego en las relaciones entre los seres humanos. Nada escapa a lo que ha venido a llamarse el «discurso de la evaluación». Cualquier producto que pretenda hacerse entrar en el mercado debe pasar por un estricto control de calidad que lo valide para ser comercializado. Se convierte, así, en el producto de su propia evaluación.
Hemos asistido en pocas décadas, por ejemplo, a la desaparición de muchos alimentos primarios, pues para considerarlos como tal, como alimentos de consumo, deben pasar por sistemas de estrictos control de calidad en los que se les aplican las modificaciones correspondientes hasta convertirlos en otra cosa, comercializables, pero otra cosa.
La conocida ISO (International Organization for Standardization) es una organización no-gubernamental establecida en 1947, que tiene como misión la promoción de estándares internacionales relativos a bienes y servicios. Se ha convertido en la referencia mundial que dicta los procedimientos necesarios para que algo pueda cobrar, después de su proceso de control de calidad, el estatuto de objeto, y pueda circular como tal por el mundo.
Podría pensarse que las razones de una modificación tal de los procesos de producción responden únicamente al perfeccionamiento de lo que conocieron los siglos XVIII y XIX como la industrialización. Sin embargo, lo que se nos presentan hoy como las razones más poderosas que subyacen en la modificación del estatuto de objeto es lo que impone hoy el discurso capitalista, el capitalismo avanzado como han resuelto en llamar otros.
El «discurso de la evaluación» es, entonces, el siervo del discurso del capitalismo, pues los procesos del primero consisten en producir objetos de consumo válidos para el segundo. Se trata de que todo objeto que sirva para el consumo entre en el mercado después de haberse evaluado las condiciones que permitan gozar al sujeto de ese objeto. Es lo que a Jacques Lacan le llevó a hablar del Capitalismo como de un discurso, el quinto si lo añadimos a los cuatro discursos con los que había ordenado los funcionamientos del lazo social(1).
En el año 1975, Lacan anticipó la lógica de lo que vemos hoy en el capitalismo llegar a su máxima expresión: “el capitalismo va demasiado rápido, se consume, se consuma tan bien que termina por consumirse” (Lacan, 1992, p. 28). En efecto, en el propio funcionamiento voraz del objeto, del que el sujeto extraería el goce que le falta, el capitalismo se consume a sí mismo pero el sujeto también. El discurso capitalista lleva en su propia estructura los cuatro términos y las cuatro posiciones en las que el sujeto entra en el discurso como objeto del otro.
Lacan se refiere a la angustia del sujeto como bien preciado, pues es un afecto, entre los otros, que no engaña. Cuando el capitalismo se sirve de esa angustia para prometerle al sujeto el objeto que lo colmará, lo está situando en posición de objeto, pues sus elecciones, sus preferencias, están sometidas a la lógica del discurso que necesita de él su angustia, su división. No podía hacerse esperar, entonces, que la evaluación entrase en el campo de la política, convirtiéndola en la «política de las cosas», expresión de Jean-Claude Milner con la que ha titulado uno de sus últimos libros (Milner, 2011).
Si los mecanismos de evaluación permiten medir y controlar lo que a un objeto lo convierte en cosa, ¿por qué no hacerlo con el ser humano, de quien su variabilidad es la gran amenaza de cualquier orden establecido? Se trata entonces de convertir al individuo contemporáneo, al ciudadano, al empleado o al usuario, en cosa, gracias al control y la evaluación eficaces de las variables implicadas en cada contexto.
Hace algunos años tuvo lugar en París un interesante diálogo entre Jean-Claude Milner y Jacques-Alain Miller, en el marco del Curso «La Orientación lacaniana» que este último, psicoanalista y responsable del establecimiento de los Seminarios y Textos de Jacques Lacan, dicta anualmente en la Universidad París- VIII. El aggiornamiento de la teoría y práctica psicoanalíticas, que Jacques-Alain Millar lleva a cabo en su curso, es fiel a la propuesta de Lacan sobre la promesa del psicoanálisis: introducir algo nuevo aunque sea por medio de la interpretación de los falsos semblantes con los que la civilización, en cada momento histórico, esconde su malestar. La clínica del sujeto, que la escucha del psicoanalista privilegia, no va por tanto sin la clínica de la civilización, y ahí, al psicoanálisis, le corresponde desvelar esos impasses. Es por esta razón que Miller invitó a sus clases al que es considerado hoy uno de los lingüistas más importantes en Francia, y que formó parte de la intelectualidad francesa de los años sesenta y setenta con los que Lacan nutría sus intercambios.
Las conversaciones entre Miller y Milner, que tuvieron lugar durante las clases del 3 y 10 de diciembre de 2003, fueron publicadas primero en francés y, hace muy poco, en 2004, en castellano. El título ¿Desea usted ser evaluado?, condensa en sí mismo la interpretación con la que el psicoanálisis lacaniano señala el cambio radical producido en las formas del vínculo social; o, dicho más precisamente, el modo en cómo ha sido substituido el ya antiguo contrato social.
Los problemas con los que la sociedad se encuentra hoy son planteados al político a la espera de una solución. Es este el nuevo paradigma de las relaciones entre la política y la sociedad. Y esta solución es planteada por la política y esperada por los sujetos contemporáneos en términos de evaluación. Lo que hemos llamado al inicio el «discurso de la evaluación» es en realidad una nueva configuración del vínculo entre los seres humanos que pretende referirse lo más posible a la medida y a lo calculable. Milner presenta la evaluación como un sistema de creencia que constituye el alpha y el omega de la solución que se propondrá a todo problema planteado. Lo que en otra época funcionaba como un tercero, el gran Otro, la ley, ha sido borrado en beneficio del estadio del espejo que confronta a la soledad de un individuo frente a otro. Solo cuenta lo que ha sido expresamente estipulado por las partes firmantes del contrato. Ya no estamos en el régimen de la ley sino en la emergencia de un contrato, en el que lo que no expresamente dicho no cuenta para nada. Así, la evaluación emerge como un fenómeno de civilización que eleva ese contrato al elemento garante del vínculo entre los seres humanos: “la evaluación es un procedimiento pesado. Esta pesadez surge de la lógica del contrato, no de la lógica de la ley” (Miller y Milner, 2004, p. 27), dice Miller en la primera de las conversaciones.
Ningún sujeto es hoy ajeno a los procesos de evaluación. Las grandes empresas gestionan desde Recursos Humanos la implicación de sus empleados en los procesos de producción, pero no solo eso, controlan desde los procesos de selección de personal; o desde la formación que les brindan después, sus capacidades, sus motivaciones y toda una serie de variables que correspondían, hasta hace poco, a la intimidad de cada sujeto. La evaluación de los procesos lleva incluso a la paradoja de aplicar los mismos métodos para medir las variables de los productos que fabrica una multinacional, por ejemplo, que para evaluar las empresas de servicios en salud mental.
Pero tampoco el ámbito universitario ha podido frenar la conquista del discurso de la evaluación en el corazón de lo que fuera su objeto más preciado: el saber. El conocido Proceso de Bolonia ha arrancado el saber de lo que se sostenía en un vínculo de transmisión -lo que Freud reconoció pronto como el amor de transferencia- y ha confrontado a la comunidad universitaria a la lógica empresarial más mortífera. Nos encontramos ante el rasero que la evaluación necesita aplicar a todo aquello susceptible de ser evaluado. Y es el individuo mismo quien consintiéndolo, o sin saberlo, “acepta que su capacidad evaluadora sea a su vez evaluada en el marco de un nuevo contrato”. Miller explica, así, la seducción que el discurso actual de la ciencia ejerce sobre la evaluación además de lo sibilino de su procedimiento:
“Los evaluadores se presentan en nombre de la ciencia […] es una iniciación y se transmite como una iniciación. Se puede ver como aquello que tienta a la gente, en el sentido de la tentación, de prestarse a la evaluación, diciendo: Una vez que usted será acreditado-evaluado, podrá evaluar a otros. El contenido mismo de la evaluación, de la operación evaluadora, se escapa. Es un cuestionario, entrevistas, este tipo de cosas. Lo más importante es que el otro haya consentido a la evaluación. Consentir a ser evaluado es mucho más importante que la operación de evaluación en sí misma. Digamos incluso: la operación es la de obtener su consentimiento a la operación (Miller y Milner, 2007, p. 31).
Lo que el procedimiento revela es su propia perversión en la que lo que se está realmente el juego es la obtención del consentimiento ciego del sujeto, que “hace pasar a un ser de su estado de ser único al estado de uno-entre-otros. Es lo que el sujeto gana, o pierde, en la operación: él acepta ser comparado, se vuelve comparable, accede al estado estadístico” (Miller y Milner, 2007, p. 31).
Si el psicoanálisis de Jacques Lacan tiene una función en este siglo es justamente preservar lo que la evaluación sacrifica en su proceso, esto es lo más singular de cada sujeto, que no puede ser asumido por ninguna lógica de grupo. El psicoanálisis lacaniano se erige así en un discurso opuesto a la lógica de la evaluación. Si pudiéramos referirnos a algún tipo de evaluación surgida del vínculo asimétrico entre el analizante y el analista, hablaríamos de la evaluación a la que cada sujeto puede acceder desde el corazón de su experiencia psicoanalítica. De ella, el sujeto podrá sopesar los efectos de su propia palabra en el malestar que lo condujo al analista y la reorientación sobre su propio deseo que este encuentro pudo haber producido. Entonces, la pregunta lanzada por este libro contendrá en sí misma su propia respuesta: ¿Desea usted ser evaluado… o analizarse?
Notas:
1-. Para seguir la construcción de los cuatro discursos, ver Lacan, 1992.
______________
Referencias:
-. Lacan, Jacques (1992). Seminario XI. El reverso del psicoanálisis. Buenos Aires: Ed. Paidós
-. Lacan, Jacques (1992). El Seminario. Libro XI. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós
-. Milner, Jean-Claude (1997). La política de las cosas. Málaga: Miguel Gómez Editores
-. Miller, Jacques-Alain y Milner, Jean-Claude (2004) ¿Desea usted ser evaluado? Málaga: Miguel Gómez Editores
From: http://psicologiasocial.uab.es/athenea/index.php/atheneaDigital/article/view/-1170-Ruiz
23 de Abril de 2013
Maratón. Fernando Martín Aduriz (Palencia)
Cuando he llegado a la meta en una carrera de maratón de media distancia he encontrado sensaciones dispares. La de Murakami, Haruki, el escritor japonés, cuando llegó a Maratón procedente de Atenas fue: «Por fin llego a la meta. No siento de ningún modo la satisfacción de haber logrado nada»(1). Hoy, al escribir este texto a sugerencia de Antoni Vicens, trato lo primero de imaginar la sensación de quienes el pasado día quince de abril en la avenida de Bolyston, Boston, tras llegar a meta siguieron corriendo para donar sangre a la multitud herida, una vez confirmado que el ruido eran bombas y no cohetes artificiales, y que decenas de personas mutiladas exigían de los maratonianos aún un esfuerzo más. También imagino la sensación de quienes fueron detenidos sólo dos kilómetros antes de finalizar la prueba, y su pregunta, que sería la mía, de por qué no podían cruzar la meta tras meses de entrenamiento.
Conocemos el destino de un niño de ocho años que se encontraba allí tras ver llegar a la meta a su padre. A veces, no tantas como me hubiera gustado, mis hijos me han ido a ver llegar a la meta, y en la última, cuando aún me restaban cinco kilómetros buscando de dónde sacar fuerzas para seguir -siempre lo mismo- fantaseaba con que su mirada burlona me iba a permitir un segundo de alegría. En seis ocasiones he concluido una Media Maratón, y en las seis el paso por meta cumple tanto una función alegre como de pregunta por el sin-sentido de aquello. Pero como no se trata de enfermar de sentido, de nuevo trato de usar del síntoma con desapego.
Las bombas de Boston me recuerdan el empeño histórico del ser humano por mostrar lo mejor justo al lado de lo peor. Ligan ese instante de felicidad para tantos y tantos, con la presencia de lo peor de lo humano. Lo mejor, con el horror. La meta como satisfacción y también como evocación del agujero, siempre presente.
Y luego están nuestros otros más cercanos. Nuestros acompañantes, como se ha constatado en Boston, ciudad cuya seña de identidad importante es el histórico maratón, terminan siendo partícipes de todo lo que rodea una carrera así. Unos amigos se reparten a lo largo del Maratón de Madrid, muy próximo ahora y en estado de alerta tras Boston, para entregar agua a su maratoniano hijo. La felicidad se comparte, o se comparte el haber logrado nada, que diría Murakami. Sabemos por Lacan, lo importante que es esa nada.
En cualquier caso, las bombas de Boston no son un ataque a un símbolo, sino un ataque real a personas, a seres humanos, al igual que el 11-S no era un ataque a unas torres emblemáticas, como mostró Éric Laurent en su conferencia de Madrid del 8 de mayo de 2004 tras el 11-M, donde no los definió como atentados a significantes amo, sino que los denominó “crímenes en masa”(2) y donde diferenció la maléfica voluntad del terrorista, del mal encuentro con la catástrofe natural, cuya referencia es la mala voluntad de los dioses.
En ese mismo libro que antes he citado, y que fue mi objeto causa para volver a correr, Murakami afirmaba que «no existe en ninguna parte del mundo real nada tan bello como las fantasías que alberga quien ha perdido la cordura», pero la secuela de este crimen posterior a la fantasía de los terroristas hermanos de Boston, este horror que nos va a asociar para siempre la meta de una Maratón, -la de Boston aún más, aunque publicitada la convocatoria de 2014, seguramente con el noble objetivo de taponar el agujero-, es un horror puro traumatismo y es por eso que ahora, una vez más, “nos encontramos con la impotencia del discurso a la hora de leer el acontecimiento”, Laurent dixit, y también, siguiendo su lectura de los ataques terroristas y de la estela que dejan, pienso que lo que ahora nos aguarda, al menos ante los próximos maratones, es lo que propone denominar angustia pre-traumática.
Por mi parte, y tras la Vigo-Baiona, ya pienso en correr algún día la Behobia-San Sebastián, la más bella, dicen, de los maratones de media distancia. En otros términos, el inconsciente sigue siendo Baltimore al amanecer, y la lectura de sus destellos finalmente ocupa todos nuestros días. Por lo que ante lo imprevisible del horror que anida en el ser humano, sabemos que siempre amanece, que no es poco.
Notas:
1-. MURAKAMI, H., De qué hablo cuando hablo de correr, Tusquets, Barcelona, 2010, p. 89.
2-. LAURENT, É, “El tratamiento de la angustia postraumática: sin estándares pero no sin principios”, en El psicoanálisis, núm., 7, p., 36, ELP, Barcelona, 2004.
22 de Abril de 2013
“La crisis cura, a la fuerza, los excesos del consumismo vacuo”. Entrevista a Manuel Fernández Blanco* (La Coruña)
Manuel Fernández Blanco, psicólogo clínico del Chuac, participa en las jornadas organizadas por el Instituto del Campo Freudiano que se celebran desde hoy en la Fundación Paideia bajo el título Tu yo no es tuyo.
—Inquietante, ¿no?
—Es una ambición que cada uno encuentre su yo auténtico, pero comprobamos que la mayoría no podemos identificarnos con todo lo que hacemos, soñamos o pensamos. El yo es una identificación imaginaria y a veces no nos reconocemos frente al espejo. Nacemos sin yo, y más adelante se hará depender de los ideales. Si el ideal es la belleza, tienes que aparecer guapo siempre; si es la inteligencia, listo siempre. Pero eso esclaviza, porque cuando uno no puede dar esa imagen, aparece la angustia.
—¿Hasta enfermar?
—En lo cotidiano siempre hay cosas, goces, que nos hacen vernos extranjeros para nosotros mismos: «Cómo yo, pensando lo que pienso, puedo desear esto o hacer esto». Aquí está una versión de tu yo no es tuyo. Un neurótico obsesivo tiene que lavarse las manos compulsivamente hasta el punto de despellejarse la piel, lo juzga absurdo, pero no puede evitarlo aun sabiendo que no es racional. Probablemente tiene su origen en que la mancha que intenta lavar no sale con agua y jabón. Hay algo más detrás. Cuando produce un sufrimiento importante e interfiere notablemente en la vida, constituye algo patológico.
—¿Hay nuevos trastornos?
—Ha cambiado. Antes el yo era esclavo de los ideales. Ahora vivimos una época de individualismo y narcisismo extremo. El sujeto moderno se afirma en el derecho a gozar del modo que quiere, es el empresario de su propia vida. En cierto modo, hoy día todo el mundo es soltero. Por eso, las patologías más dominantes tienen que ver con las dependencias ampliadas: al alcohol, las drogas, el juego, pero también la tecnología, las compras... Estamos en el yo me arreglo solo, y en una casa de cuatro, cada uno tiene su pantalla.
—¿Estamos más solos que nunca?
—SÍ. Es un poco contradictorio, porque el narcisismo siempre implica al otro, buscamos el reconocimiento del otro para ser yo. Pero si antes se oponía el yo al goce, o entraba en conflicto, ahora el yo se plantea desde el derecho al goce autista, y aunque nos arrepintamos, repetimos. La mayor voluntad no es la conciencia, sino las pulsiones, y uno es más bien su síntoma.
—¿Eso lleva a lo patológico?
—Hay quien repite felizmente, entre comillas, porque la felicidad permanente es complicada fuera de la debilidad mental. Pero si nos exigimos ser felices permanentemente, estamos abocados a la depresión generalizada, porque aún encima de no lograr el éxito, somos culpables de no lograrlo.
—¿Es una tendencia al alza?
—Los síntomas existieron siempre, pero las patologías de actuar para no pensar, ahora son más prevalentes. El yo clásico sufría por ser contradictorio, porque sentía o deseaba cosas inadecuadas. El yo actual es un derechista: tengo derecho a ser como me dé la gana. Es el Simplemente hazlo de Adidas o el Nada es imposible de Nike. Y creer que todo es posible lleva al desastre. Puede ser un imperativo atroz. Antes estaba la culpabilidad por gozar del modo inadecuado, ahora la culpabilidad por no gozar lo suficiente.
—Pese a todos los avances, ¿Ia sociedad está más enferma?
—El individualismo extremo ha propiciado que las respuestas colectivas no estén tan en primer plano. Empiezan, pero curiosamente no son movimientos sociales clásicos, que planteaban respuestas globales. Van por barrios, los desahuciados por un lado, las preferentes por otro... Muchas gente se pregunta por qué no hay un estallido social. Y lo que vemos son respuestas autopunitivas. La mayor violencia ahora es contra uno mismo porque la crisis ha desposeído de aquello que se consideraba garantizado, seguro, y aún encima el único culpable es uno mismo. La gente que se está suicidando no es marginal, vive todo esto como un fracaso personal. Son las consecuencias del neo-liberalismo del sujeto.
—¿La crisis traerá algo positivo?
—Durante años sostuvimos el ser en el tener. Cuando todos éramos ricos, la felicidad se sostenia en el consumo, y el sistema en la caducidad acelerada de los objetos. Había que tener lo último. En esa lógica entraban también las relaciones personales y eso llevaba a una fragilidad social de los lazos familiares. De algún modo, la crisis ha sido un antídoto. La felicidad no vive exclusivamente de los objetos y la civilización no se puede sostener solo en el hedonismo, en el principio del placer, porque siempre llama a ir más allá. Esto es lo que la crisis cura. Sí, la crisis cura, a la fuerza, de ciertas cosas, como de los excesos del consumismo vacuo que generaba insatisfacción. Había algo de exceso, para empezar, en el propio sistema capitalista, en la producción, las finanzas,... un sistema pulsional que lo devoraba todo y rápido, incluso a sus hijos. Hay una parte buena de la crisis porque recupera la idea de que la felicidad no hay que sostenerla en el consumo ilimitado. Pero al tiempo pasamos a lo contrario: del culto a la marca a que falte el arroz, y eso no entraba ahora en el programa, en la posguerra sí, pero ahora no. Se nos hizo creer que las cosas siempre irían a mejor, y no es verdad, y al no entrar en el programa del sujeto, los efectos son más arrasadores.
* From “La Voz de Galicia” (ed. paper), del 12 de abril de 2013
10 de Abril de 2013
El porvenir de la salud mental en manos de Nuka. José R. Ubieto (Barcelona)
Obsoleto el modelo paternalista que rigió la relación asistencial (clínica, educativa y social), hoy se consolida un nuevo paradigma de abordaje del malestar psíquico. Fruto de la alianza entre las “neurociencias de éxito” (no confundir con los avances científicos serios en este campo) y la dominante y omnipresente reingeniería social. Su característica principal es renunciar a escuchar al sujeto, cerrándole la boca con el abuso de la medicación y el mal uso de los protocolos. Coherente con su reducción del sujeto al hombre neuronal (“Y el cerebro creó al hombre” Damasio dixit).
Sus efectos secundarios son ya una realidad en los dispositivos asistenciales: desconfianza de los pacientes, posición defensiva de los profesionales, aumento de la burocratización y debilitamiento del vínculo transferencial.
Se trata de un paradigma que deja solo al sujeto frente a su dolor y genera odio porque transforma la mirada inquisitiva del psi en una nominación degradante, vía la etiqueta diagnostica o incluso el insulto, menos sutil (simulador, tramposo,...).
La salud es hoy un asunto público, forma parte de la política y también del negocio. Es, sin duda, un factor clave de la economía como lo muestran las cifras astronómicas de la industria farmacéutica y las empresas de biotecnología.
Eptisa Casta Salud, división del grupo de ingeniería Eptisa, es una de las empresas, participadas por fondos de inversión, que está especializándose en la gestión privada de la salud mental en nuestro país. En la actualidad dispone de 5 centros de salud mental con 1.000 camas y 450 trabajadores en Asturias, Ávila, Madrid y el País Vasco (http://www.castasalud.es/es/). Combina esta actividad con estudios de mercado, consultoría en salud mental y la distribución de metadona para los centros del Instituto de Adicciones de Madrid salud.
Sus responsables ejecutivos ponen el énfasis en la innovación que suponen sus métodos, que incluyen lugares de práctica para estudiantes universitarios (UCM y UAM) y la joya de la corona: el robot terapéutico japonés de nombre Nuka*. Con la forma de una foca bebé está dotado de cinco sensores (tacto, luz, audición, temperatura y postura) que le permiten interactuar con los pacientes, estimulándolos y a la vez relajándolos cuando procede. Incorpora registros positivos y negativos de los pacientes y los procesa para establecer un feed-back con ellos. Conocida como PARO (Personal Asistant RObot), Nuka se ofrece como una herramienta terapéutica basada en la idea de evolución de la terapia animal, promete beneficios similares a la terapia animal suprimiendo los posibles riesgos derivados de ésta.
Experimentado por primera vez en Fukushima, con los ancianos supervivientes del tsunami, a los que ayudó a sobrevivir al trauma de la catástrofe, se ofrece ahora como el partener del malestar psíquico. La agradable textura del robot peluche versus la ira y el descontrol impulsivo de los pacientes tratados.
Adele Robots, la compañía distribuidora contempla el ámbito socio-sanitario como uno de los de mayor potencial de crecimiento y de aplicación de la robótica. Nuka cumple bien con los requisitos del método LEAN, referencia clave en la reingeniería: barato (para la empresa, gratis ya que sus 70.000 euros de coste los financiamos los contribuyentes europeos), de “probada” eficacia empírica (avalado por el Centro de Investigación de Enfermedades neurológicas de la Fundación Reina Sofía), extremadamente rentable (sustituye el trabajo de varios cuidadores y terapeutas) y con un gran porvenir en la expansión prevista de la empresa en Europa del este y Latinoamérica.
El hombre neuronal cifrado en los 5 registros de Nuka, traumatizado por el tsunami de la hipermodernidad, está en manos de una solicita foca-bebé. La reingeniería social aplicada al malestar psíquico ha encontrado en la terapia animal una superación de los costes de las “viejas” terapias, eliminado cualquier desperdicio (la muda, significante amo en el método LEAN) que la singularidad pudiera hacer emerger.
5 de Abril de 2013
Crónica: ADOLESCENCIAS POR VENIR. Lierni Irizar (San Sebastián)
El día 8 de marzo se presentó en San Sebastián el libro “Adolescencias por venir" de la editorial Gredos.
Esta actividad, organizada por la Biblioteca de Orientación Lacaniana -Sede San Sebastián de la ELP- contó con la colaboración de la Biblioteca Municipal de la ciudad, en cuyo local se realizó la presentación.
La presentación corrió a cargo de Isabel Montes, (directora de la B.O.L. de la Sede de San Sebastián), quien mostró su especial satisfacción por presentar este libro, no solo desde su experiencia clínica con adolescentes, sino también desde su trabajo de años desde el marco de Escuelas de Padres en diferentes centros de la ciudad. La posibilidad de compartir un libro escrito por psicoanalistas, orientados por Freud, Lacan y J.-A. Miller, pero con un lenguaje claro, de divulgación, abierto a ser leído por profesores, padres y otros profesionales que trabajen con adolescentes.
Tras explicar la estructura coral del libro (17 textos de 17 autores), puso en valor las diferentes aportaciones de cada autor, que consiguen abrir interesantes preguntas sin zanjar las respuestas con axiomas absolutos, dejando una puerta abierta a la investigación y al debate.
El título de “adolescencias”, en plural, establece así una apuesta por remarcar que existen diversidad de formas de vivir la adolescencia y una pluralidad por tanto de adolescentes, cada uno con su experiencia y su historia particular, buscando y encontrando las salidas.
Destacó también la importancia de la orientación psicoanalítica que no ofrece recetas estandarizadas, ni protocolos, sino que se orienta por la práctica del uno por uno.
Señaló la diferencia, que se plantea en alguno de los textos, entre orientaciones psicológicas que insisten en “saciar el apetito adolescente de identidad” y el enfoque del psicoanálisis que consiste en acompañar a cada adolescente en la búsqueda de la causa de su deseo, de su singularidad y encontrar ahí su autorización.
El libro plantea también cuestiones relativas a la adolescencia en la actualidad, en el siglo XXI y, por tanto, no es ajeno al marco histórico social contemporáneo, ya que “no hay adolescente sin Otro”, es decir, sin sus padres, profesores, la institución o el analista. Recalcó la importancia de no dejar a los adolescentes solos. Que los adultos que les acompañan, sea desde el marco que sea, estén a la altura de su función.
Tras esta presentación, Isabel Montes pasó la palabra a los tres participantes en la mesa.
En primer lugar, Fernand M. Aduriz, compilador y autor de uno de los textos, nos explicó que se cerraba en San Sebastián el ciclo de presentaciones del libro, tras una variada experiencia de presentaciones en distintas comunidades. Parece que el libro ha tenido muy buena acogida, lo que hace plantear la posibilidad de una 2ª edición.
Comenzó su intervención planteando la adolescencia como un discurso que no tiene edad y señaló la diferencia entre acción y acto, como un modo de separar adolescencia y madurez. Retomaba así el texto de Philippe Lasagna, que plantea que los adolescentes son muy activos, pero, por el contrario, no hacen nada en el sentido de un acto concebido como una acción que tiene consecuencias. Retomó también la idea de este autor que afirma que la elección de los adolescentes es no elegir. Estar entre varias hipótesis sin elegir ninguna y probando un poco todas. Esta circunstancia, enmarcada además sobre ese fondo de lo "liquido " que impera en nuestra época. Antes uno no tenía que elegir ya que sabía dónde viviría, más o menos con quién se iba a casar y qué oficio iba a desempeñar "para siempre”. Hoy se considera que el sujeto puede tener varias vidas, varios oficios, incluso varias familias.
Planteó también la adolescencia como la clínica del amor y se refirió a la adolescencia en el momento contemporáneo, con sus dificultades en el lazo social, y en la que surgen fenómenos como "el botellón" que se pretende prohibir sin ofrecer alternativas a los jóvenes, que carecen de lugares donde encontrarse. Así mismo se refirió a cuestiones identificatorias con ejemplos como el de “las tribus urbanas” y también a las formas actuales de tratamiento: la medicación (droga legal) y el esteroide cognitivo.
Insistió en la importancia de mantener abierta la conversación entre los adultos y los jóvenes.
Posteriormente, Vilma Coccoz, autora de uno de los textos del libro, realizó una interesante reflexión con el título “Palabra de cada uno”, que transcribimos a continuación:
“Uno de los principios fundamentales de la práctica psicoanalítica es acoger las diferencias subjetivas considerando a cada quien, uno por uno, en su singularidad. Y ello con el fin de que cada uno encuentre su manera de decir, su enunciación personal. Lo que llamamos “estilo”, es el color de la palabra, depende de ese lugar desde donde se habla. Difiere del rol, que puede aprenderse y repetirse, y de los enunciados, del conjunto de lo que se dice. Ese lugar desde el que hablamos se traduce por una manera de decir, y por lo tanto, por una manera de escuchar. El lugar desde donde se habla es lo que llamamos “posición subjetiva” y es convocada cuando debemos pronunciarnos ante las cosas importantes en la vida, las cosas en las que nos comprometemos y en las que encontramos una satisfacción.
Desde ese lugar de la palabra pueden surgir auténticos actos de palabra. Un acto es algo muy distinto de un comportamiento. Hanna Arendt, en los años ‘60, anticipaba lo peor si prosperaba la psicología de la conducta porque pensaba que ello traería como consecuencia la supresión de las diferencias personales, aquellas que hacen los actos memorables, ejemplares, dignos de ser recordados.
El psicoanálisis nos enseña que la matriz de ese lugar desde donde hablamos se ha forjado a partir de lo que Lacan llama “nuestras necesidades más humildes” durante nuestra experiencia de la infancia. Formamos parte del mundo y de su murmullo constante, de su incesante blablá. Nada nos garantiza que podamos, que sepamos en todo momento hablar desde ese lugar genuino.
Psicoanalizarse enseña a asumir el riesgo de ese lugar, consintiendo al vértigo que supone la ausencia de garantías, cada cual habla en su nombre y además, nada nos asegura que sepamos hacerlo en cada momento. Aunque, por eso mismo, cuando acontece, nos reporta, en términos de Virginio Baio, la alegría del acto ético.
Ese es el lugar que conviene cuando recibimos un jovencito o jovencita en nuestra consulta, el lugar que le otorga la posibilidad de ocupar el suyo, su lugar auténtico en la palabra, su decir propio, que tiene que ir conformándose en el enfrentamiento a poderosas fuerzas. Por una parte, los discursos de los adultos, por otra, la palabra de sus pares y, por último, lo que acontece en su cuerpo. No nos extrañe que se despiste a veces, en el abanico de posibles donde busca probar y probarse a sí mismo que es real, que lo que está viviendo no es un sueño. Por eso Lacan, contrario a toda visión romántica, vinculaba esta época de la vida al despertar. Porque es un momento de encuentro con un imposible, con un límite de la estructura en lo relativo a la sexualidad. (Si pensamos que todo es posible andamos extraviados). Lacan decía, respecto a las ficciones que prohíben el goce que, si no existieran, habría que inventarlas. Y ello en la medida en que las prohibiciones prefiguran el lugar de lo imposible que salvaguarda el deseo.
Lacan definía al adulto como aquél responsable de su goce, es decir, de las consecuencias de sus actos y palabras. Ironizaba al considerar que, en su mayoría, los adultos se presentan como adulterados.
En el intercambio con los jóvenes, en nuestra necesaria conversación, es importante respetar la disimetría entre adultos y adolescentes. Los jóvenes de hoy tienen un radar muy sensible a la impostura y no actúan como antaño, rebelándose, denunciándola. Se callan, renuncian, lo dan por perdido, se repliegan en un moroso abatimiento.
Nos corresponde a nosotros aclararnos y esforzarnos en ocupar el lugar que conviene para ayudarles en la ardua tarea de afianzar su decir, su manera singular de enfrentarse a la existencia. Cada ser que llega a este mundo debe recorrer ese camino y cada uno representa una experiencia inédita. Así se desprende de lo que dice el poeta Xabier Lete, en una hermosa canción de la que hay diferentes versiones”.
Izarren Hautsa
El polvo de las estrellas se convirtió un día
En germen de vida
Y de él surgimos nosotros en algún momento
Y así vivimos, creando y recreando nuestro ámbito.
Sin descanso. Trabajando pervivimos
Y a esa dura cadena estamos atados.
(…)
El hombre (…)
Busca afanosamente la sabiduría y la luz
Y en esa búsqueda no conoce el descanso
Se orienta por sendas oscuras
Y va inventando nuevas leyes,
Jugándose en ello la vida.
(…)
Del mismo tronco del que nacimos nosotros
Nacerán otras ramas jóvenes que continuarán la lucha.
(…)
Por la fuerza y evidencia de los hechos
Convertirán en fecunda y racional realidad
Lo que en nosotros es sueño y deseo.
Finalizó su intervención afirmando: ¡Qué bueno sería un encuentro de adultos y jóvenes para comentar este precioso poema!
Por último, intervino Juan Jesús Ugarte, psiquiatra y psicoanalista en Bilbao, quien alabó la idea del libro, muy útil para la clínica, y comenzó subrayando el plural del título “adolescencias” o dicho de otro modo, la Adolescencia no existe. No hay adolescente típico, no hay un universal del adolescente sino que estamos ante una multiplicidad de singularidades (como señala S. Tendlarz). El adolescente queda situado en el intersticio en el que es aún el depositario del discurso del Otro y se trata para él de producir un efecto de separación en el que abandona la niñez y elige una posición como sujeto frente al goce.
Entre los diversos trabajos que conforman el libro, todos ellos muy instructivos, destacó dos. En primer lugar el de Hugo Freda, en el que se subraya cómo las nuevas formas del síntoma se imponen como un modo de "hacer". Este "hacer", ya adelantado por Lacan, tiene una serie de funciones y entre ellas, la más importante, la de restituir la figura del padre. En esta configuración "lo social" va a tomar el relevo de la función del padre. La crisis de la adolescencia puede ser definida entonces como una crisis del padre. En segundo lugar, se centró en el texto de Dolores García de la Torre, "¿Conviene al educador estar analizado?" donde examina el modo en que la experiencia analítica permite al educador analizante un abordaje nuevo en lo imposible de la educación. Resalta los aspectos del deseo del educador y la transferencia del alumno a los maestros como fundamentales en la experiencia educativa, aspectos ya señalados por Freud en el texto "Sobre la psicología del colegial" (1914).
Terminó su intervención recomendando vivamente la lectura del libro a todos aquellos que trabajan con adolescentes, tanto del campo psi como de la educación.
Tras las intervenciones tuvimos la oportunidad de asistir al intercambio de pareceres entre los ponentes y el público asistente entre los que se encontraban profesionales de la educación, padres, y psicoanalistas de la ciudad. No faltaron en el debate ejemplos divertidos extraídos de la práctica clínica, como el del joven que afirmaba estar harto de unos padres, que desde que había devenido adolescente, habían decidido hablarle todo el tiempo de sexo. O ejemplos más dramáticos como el de un joven que tras cinco años de terapia cognitivo-conductual y un intento de suicidio, afirma ante el analista que es la primera vez que alguien le escucha a él sólo, sin la presencia de la madre.
Tuvimos el honor por tanto de cerrar en Donostia la serie de presentaciones de este libro valioso para cualquiera que quiera acercarse a pensar las adolescencias y el modo de acompañar a los adolescentes uno por uno.
21 de Marzo de 2013
Conjecturas sobre el psicoanálisis en el siglo XXI. Gustavo Dessal. (Madrid)
Esa mañana, una mañana radiante de octubre del año 2087, una mañana que lo prometía todo, el hombre H. se despertó a su hora acostumbrada, tras un descanso perfecto. En su cerebro parpadeaban aún los restos de un agradable sueño, químicamente inducido por su Programa Onírico Personalizado. Al incorporarse en la cama, un sensor térmico encendió el proyector de estructuras audiovisuales con el resumen de las noticias y las ofertas del día.
Se dirigió a la cocina, estudió el menú de desayunos balanceados propuestos en la pantalla del ordenador, pulsó la opción 3, y al instante el dispensador de microcápsulas regurgitó un saludable complejo multivitamínico. Mientras lo saboreaba acompañado de un zumo de naranjas sintetizado, echó un vistazo a su agenda electrónica. Dos ciberconferencias y una proyección holográfica para decidir algunas operaciones de compra para su empresa. Una jornada tranquila.
A través de la ventana observó la calle, el tráfico de vehículos antigravitatorios, y los transeúntes, que vistos desde esa altura se asemejaban a pequeños insectos multicolores. En ese momento se dio cuenta que hacía mucho tiempo que no pisaba la calle. No lo recordaba con exactitud, de modo que al entrar en la ducha de ultrasonidos solicitó el dato al ordenador del baño. Un año y treinta y siete días sin salir de su casa, verificó en la pantalla. El ordenador le ofreció la opción de activar el vídeo de aquella salida, pero el hombre no quiso perder tiempo con eso. Una sensación desacostumbrada lo invadía en los últimos días, algo indefinido en el pecho, una suerte de ahogo que lo obligó a sentarse de nuevo en la cama. Hoy lo sentía con más fuerza.
El ordenador Madre captó la alteración de su tono vital, y de inmediato lo interrogó.
“¿Le sucede algo?”
“No estoy muy seguro. Es una sensación extraña, aquí en el pecho.”
“¿Un dolor?”
“No sabría responder con exactitud. El dolor es una vivencia casi olvidada. Creo que alguna vez lo experimenté en la infancia, antes de que nos introdujesen el Regulador Enzimático Intramuscular. Desde entonces no he vuelto a sentir nada semejante. Diría más bien que se trata de una extrañeza.”
“¿Una extrañeza? Defina ese término, por favor.”
“Es que precisamente una extrañeza es algo difícil de definir.”
“Nada es difícil de definir”, replicó la Voz. “Por favor, apoye su índice izquierdo en la pantalla para que podamos efectuar un análisis de sus valores clínicos.”
El hombre H. obedeció y tocó con su dedo la pantalla.
“Error”, dijo la Voz. “Ese es su dedo derecho, donde tiene el Nanoprocesador de Operaciones de Crédito. Por favor, apoye el índice izquierdo.”
“Es la costumbre”, se disculpó el hombre H., y cambió de dedo. Al cabo de unos segundos el ordenador mostró la tabla completa de sus biomarcadores.
“No hay nada irregular”, dictaminó la Voz. “Los indicadores son normales, la próxima caducidad visceral tiene lugar en febrero del próximo año, y los niveles de hedonina son excelentes para su edad. ¿Asiste usted a las reuniones sociodinámicas virtuales? Su historial biopsicológico indica que no lo hace con regularidad”
“Es cierto”, confesó el hombre H. Últimamente no tengo ganas.”
“Por favor”, insistió la Voz, “defina el modo lingüístico que acaba de emplear.”
“¿No tener ganas? Oh, es algo así como no sentir deseo de hacer algo.”
“Pero la asistencia a las reuniones sociodinámicas no depende de ningún deseo”, recriminó la Voz. “Su Programa de Ocio Asistido las ha consignado en su agenda mensual. Sólo es cuestión de conectarse. Además, puede hacerlo mientras duerme activando la opción Desdoblamiento Auxiliar de Conciencia. Es una manera de ahorrar tiempo.”
“Lo sé, pero aún así no puedo evitar sentir la extrañeza.”
“¿Ha visto a su familia últimamente?”
“No mucho. Mi anterior contrato matrimonial venció hace más de dos años, y estoy en lista de espera. Al parecer hay una demora bastante grande.”
“Es verdad”, admitió la Voz. Se está perfeccionando el Programa de Combinatorias Psicosexuales a fin de mejorar el servicio. Los usuarios son cada vez más exigentes, y eso crea dificultades y retrasos. Además, con la nueva reforma de las leyes de Empatía Integral de Género no damos a basto con las operaciones de cambio de sexo, y eso está complicando las reestructuraciones neovinculares.”
“Es lo que nos sucedió a nosotros”, suspiró el hombre H. con un tono de resignación. “Mi mujer y yo teníamos asignada la fecha para la cirugía transexual, pero hubo un problema burocrático. Finalmente intervinieron a mi esposa, pero a mí no, y cuando por último me volvieron a otorgar una fecha, el contrato matrimonial había concluido. Ahora estoy esperando que el Comité de Incidencias decida qué es lo más conveniente, si cambiarme de sexo o aguardar a que me asignen otra mujer.”
“Entiendo”, comentó la Voz. “De todas maneras, siempre que lo necesite puede solicitar a su médico unas cápsulas de estabilizador hormonal.”
“Las he probado, pero no resuelven la extrañeza”, porfió H. “Tal vez debería hablar con alguien.”
“¿A qué se refiere?”, preguntó la Voz.
“No lo sé. Alguien a quien contarle mi extrañeza, eso que se me ha puesto aquí en el pecho.”
“El registro de imágenes digitalizadas realizado esta noche por el tomógrafo de su cama no revela nada anómalo en su pecho”, informó la Voz.
“¿Y si la extrañeza fuese invisible”?, preguntó el hombre H.”
“Nada es invisible para nuestros ojos”, aseguró la Voz. “Todo está perfectamente bien. Despreocúpese y emprenda su jornada laboral. He dado la orden para que su Regulador Enzimático Intramuscular aumente 10 miligramos la dosis diaria de hedonina.”
“Gracias”, respondió el hombre H., y sonrió con humildad.
Se sintió reconfortado, incluso feliz. Tan feliz, que pocos instantes después atravesó el cristal de la ventana.
Pido disculpas por esta pequeña parodia de ciencia ficción, que introduzco a modo de apólogo, precisamente para disimular con el uso de la imaginación mi absoluto desconocimiento sobre lo que nos aguarda en este nuevo siglo. ¿Existe el siglo XXI? Desde luego, existe en nuestras conciencias, incluso puede escribirse con los números romanos, esos que por alguna razón que ignoro se escogieron para nombrar los siglos. No estoy tan seguro, sin embargo, de que tengamos ya una subjetivación histórica suficiente como para hacer consideraciones sobre un siglo que acaba de comenzar. En el fondo, hablar del siglo XXI, o pretender hablar de él, de un siglo que todavía sigue siendo en parte el futuro, es un modo inconsciente de asegurar nuestra existencia, como si nos regocijásemos de nuestra fortuna. “Hemos nacido en el siglo XX, pero ha llegado el siglo XXI y continuamos aquí. Podemos hablar como testigos vivientes de dos siglos”. Posiblemente sea más acertado decir que somos capaces de reflexionar sobre el final del siglo XX, un final que nos es aún muy cercano, mucho más cercano que el siglo XXI, el cual es un enigma que necesitará cien años para revelarse.
¿Y qué es lo que puede decirse sobre el psicoanálisis a la luz de este fin de siglo, de su modo de existir, de aquello en lo que desembocó, y también de la encrucijada que atraviesa de cara al futuro? Ante todo, puede decirse que ha logrado sobrevivir, lo cual no es poca cosa. Si algunas décadas atrás se hubiera hecho una encuesta sobre qué discurso tenía más probabilidades de llegar vivo al siglo XXI, el psicoanálisis o el marxismo, no tenemos ninguna duda sobre cuál habría sido la respuesta casi unánime. El psicoanálisis era visto como una moda intelectual, como todavía siguen considerándolo la mayoría de los intelectuales locales, especialmente los marxistas, que no se dan por aludidos respecto a la bofetada que la historia les ha dedicado.
Pero el psicoanálisis no es una moda intelectual, posiblemente debido a que no fue concebido como una cuestión del intelecto, lo cual no significa, por supuesto, que el intelecto le sea ajeno. El psicoanálisis es una experiencia y una praxis que se ocupa del ser, seguramente no la única, aunque muy probablemente la única en nuestra cultura occidental. Por supuesto, discursos sobre el ser han habido de sobra, pero ninguno de ellos se acompañó de una praxis y una experiencia, o mejor dicho, ninguno de ellos fue el resultado de una praxis y una experiencia de lo real.
Si el psicoanálisis ha conseguido sobrevivir a las modas, a los avatares de la historia, incluso a las vicisitudes del propio movimiento psicoanalítico, es debido a tres razones principales: primera, la imposibilidad estructural de establecer ninguna clase de alianza con los dispositivos del poder, cualquiera fuesen; segunda, su indeclinable voluntad de proteger la verdad como acontecimiento singular, jamás extrapolable, en ningún caso extensible a lo universal, y por sobre todas las cosas separada de toda pretensión moral; tercera, su decidida orientación hacia lo real, lo real del sufrimiento del ser hablante.
Sin duda, estas tres razones no habrían sido suficientes de no haberse desplegado sobre el terreno firme de una terapéutica extraordinariamente peculiar, tributaria de la tradición del logos, pero a la vez desgajada para siempre del discurso de la medicina, discurso que sigue siendo prisionero de los ideales antiguos de la salud y la armonía. Porque una terapéutica que hace de la enfermedad el signo prodrómico de la condición humana, una terapéutica que no pretende curar al ser humano de su condición, sino más bien enfrentarlo a su incurabilidad, una terapéutica que no promete ni consuela, es cuanto menos una terapéutica peculiar. Lo curioso, lo maravilloso, lo verdaderamente apasionante, es que muchas personas, incluso después de cinco años de haber comenzado el siglo XXI, prefieran confiarse a las incertidumbres de esta terapéutica en lugar de apostar por las otras, las que se consumen como cualquier otro producto del mercado actual, como un objeto que se adquiere para remediar en vano la castración.
La castración. De eso, nadie quiere saber nada. A través de las formas más variadas, el discurso contemporáneo exalta las virtudes de una época en la que el sujeto está cada vez más próximo a la tierra prometida, al paraíso al alcance de la mano, a la democratización del goce, a la prolongación de la vida, a la definitiva evitación del dolor, al derecho a las satisfacciones inmediatas y a la perpetua novedad. El psicoanálisis no se opone a nada de eso. Oponerse, cuestionar la dirección de la historia, procurar el rescate de los valores que poco a poco se transforman, no es asunto del psicoanálisis. Para eso existe la Iglesia. Y cuando algunas personas formulan a la ligera el juicio de que el psicoanálisis es una forma de religión, no hacen más que demostrar que no han comprendido una palabra, ni sobre el psicoanálisis ni sobre la Iglesia. La Iglesia no tiene que preocuparse por nada. Ha ganado su batalla, la ha ganado para siempre, porque no hubo ni habrá jamás ningún período de la historia que se libre del oscurantismo, ni siquiera el actual, tan moderno y avalado por la racionalidad científica. Y la Iglesia representa eso, la necesidad humana de mantenerse parcialmente sumergidos en la oscuridad.
Por ese motivo, porque el psicoanálisis no es la Iglesia, a pesar de compartir con ella ese indeciso dominio llamado espiritualidad, no está en su mano ni en su propósito promover un discurso moral sobre todo aquello que en la modernidad sirve de coartada para ocultarle al sujeto la castración. El psicoanálisis no es un método de denuncia, ni un juicio moral, ni una forma de filosofía o de psicología. Se limita a recibir a aquél que dice tener un síntoma, y si lo dice será porque lo tiene, y si lo tiene no se valorará su medida, su objetividad o su importancia. Ningún método puede pretender una objetivación del sufrimiento, salvo el método de dejar hablar al que lo padece, y acompañarlo en el derrotero de su verdad.
Después de un siglo de existencia, y a las puertas de un siglo nuevo, el psicoanálisis ha conocido toda suerte de oposiciones, y renovadas figuras hostiles se suman a la larga lista de sus adversarios. Si algo inédito vemos dibujarse en el siglo XXI, si algo podemos afirmar con cierto fundamento sobre este siglo que aún no existe, que no es más que un siglo por venir, es que por primera vez en la historia del psicoanálisis son los Estados modernos los que ponen sobre él un punto de mira, y comienzan a preguntarse si esa extraña praxis que ha discurrido desde siempre por circuitos extraterritoriales a los espacios políticos y universitarios, que ha ejercido una acción en los dispositivos de salud mental, pero una acción que ha permanecido relativamente oculta a los poderes públicos, comienzan a preguntarse, decíamos, si esa praxis no debería ser sometida a examen, a verificaciones, a pruebas de cientificidad, a balances de resultados, a mediciones de calidad.
De momento estamos en una fase inicial del proceso, una fase en la que el estado democrático, a través de sus funcionarios y burócratas, todavía está dispuesto a concederle al psicoanálisis una especificidad que lo exceptúe relativamente de la fiscalización y el control que pretende ejercer sobre los instrumentos terapéuticos de la salud en todos sus aspectos. Se acepta, por ahora, que el psicoanálisis no es exactamente una psicoterapia, que su método, su proceder y su concepción de la salud, la enfermedad, la cura y el bienestar no son pasibles de ser evaluados con criterios estadísticos o de rendimiento. Pero no debemos caer en la ingenuidad de creer que mediante una bula el Estado nos concederá un estatuto especial. Esta primera fase es sencillamente un paso en el programa de expulsión del psicoanálisis del ámbito público, y su relego a la esfera privada e íntima de ciertos sectores y minorías que siempre seguirán existiendo y dirigiéndose al psicoanálisis, al menos hasta que sobreviva el último analista.
¿Cuál será, entonces, la política, la estrategia y la táctica que el psicoanálisis deberá darse para intentar atravesar el nuevo siglo y alcanzar la otra orilla? ¿Una batalla frontal contra los poderes del estado, empleando los medios de comunicación, los debates públicos y las alianzas con otros colectivos de psicoterapeutas? ¿Una retirada estratégica hacia los espacios privados, los que sin duda dieron alojamiento y respetabilidad al psicoanálisis durante décadas? ¿Una reconversión o reciclaje de nuestra doctrina y nuestra clínica a fin de adaptarla a los paradigmas de cientificidad y eficacia que dominan el discurso del cálculo y la evaluación? Algunas corrientes del psicoanálisis ya están pensando en esta última opción, y sus representantes no dudarán, si es preciso, en sacrificar cualquier concepto o principio que pueda resultar inconveniente para recibir el sello de aceptación ministerial. “Hay que adaptarse a los tiempos que corren”, dirán algunos. Otros, más resignados, opinarán que “más vale existir a medias que desaparecer del todo”.
Los analistas lacanianos no queremos adaptarnos, ni reciclarnos, ni renunciar a los principios que rigen nuestra cura, porque esos principios son innegociables, en tanto son parte de la trama fundamental del psicoanálisis, sin los cuales la práctica analítica no sólo pierde su forma, sino también su esencia, su sentido, su especificidad, o lo que es aún peor, su ética.
El siglo XXI, en lo que respecta al psicoanálisis, será conocido como el siglo en el que ya nunca nadie se asombrará de oír hablar del inconsciente, ni de la sexualidad infantil, ni del complejo de Edipo, ni de la decadencia de la imago paterna, ni de la pulsión de muerte. El siglo XXI será seguramente el siglo en el que todo saber podrá admitirse, por la sencilla razón de que a nadie le importará lo más mínimo. Sólo importarán las cifras, las cuentas, las fórmulas que nos muestren cuánto cuesta erradicar una fobia, disolver una obsesión, o acallar un delirio. Seguramente estamos derrotados de antemano, porque si se trata de abaratar costos, el psicoanálisis siempre saldrá perdiendo.
El psicoanálisis no hace rebajas ni descuentos, apuesta por el deseo a pura pérdida, y no reembolsa al sujeto la satisfacción con la que sueña. Pero al menos nos quedará el placer de seguir recibiendo a quienes los argumentos objetivos no les convenzan del todo, y prefieran la aventura de aprender a arreglarse con su síntoma con los viejos y misteriosos poderes de la palabra, cuyos efectos serán siempre incalculables.
19 de Marzo de 2013
Rentabilizar o morir. Pepa Freiría (Barcelona)
¿Cómo haremos para rentabilizar la institución?
Es la pregunta que parece atrapar a quien consiente en tomar a su cargo la lógica actual del “Progreso de la civilización”. De tal modo que, dentro de las instituciones, cualquier acción puede llegar a ser tomada por la idea de hacer más rentable la cosa, hacerla producir más y más… beneficios comparados con el total de recursos empleados para obtenerlos.
En el universo de la Protección a la infancia y en el ámbito de los servicios creados para acoger niños desamparados, se habla de rentabilidad social del mismo modo que en los planeamientos de infraestructuras. Bajo esa idea se buscan familias de acogida para los niños tutelados que están en centros o en residencias educativas. El coste para el Estado por niño y día en un centro es muy superior al que supone estando con una familia.
Si innovar o morir ha sido un lema orientador en el cosmos empresarial, su deriva hacia algo mucho más prosaico, parece haber explosionado contaminando a diestro y siniestro. Rentabilizar ¿aspira acaso a ser la respuesta universal al cierto enigma que aún sostenía la palabra innovación?
El problema de considerar a toda institución, sea del tipo que sea, social, jurídica, cultural, religiosa, sanitaria, pública o privada… según criterios de rentabilidad, no es un problema moral.
Llegar a la idea global de que una institución es un lugar en el que todos sus miembros deben creer que si no son rentables, morirán, es un problema de varité, de amenidad, de vida, al fin.
El delirio numérico-acumulativo de la rentabilidad, requiere de instancias evaluadoras que aprenden rápido a manejar las cifras como una amenaza, una falsa espada de Damocles porque la cuestión no es rentabilizar o morir. La cuestión se parece más a lo que se preguntó en mi consulta un niño de 5 años sin ningún control de esfínteres, que intentaba buscar una manera de sostenerse, bordeando el agujero de lo real: Si seguimos sumando trocitos de plastilina, se caerán por el borde de la mesa al infinito y más allá, y si no ¿qué?
m>qué, ese recorte posible de una contingencia singular, lo más valioso a mantener a flote en cada institución, en cada vida humana y es de lo que se ocupa el psicoanálisis allá por donde vaya.
16 de Marzo de 2013
Crónica: proyección y el coloquio, La primera sesión, de Gèrard Miller. Renata Cuchiarelli (Andorra)
Presentación del documental
El psicoanálisis: una cuestión social
La actividad estuvo organizada por el Centre d’Atenció Psicològica i Psicoanalítica con los auspicios de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP). Contó con la colaboración de la Comunitat de Catalunya de la ELP y la participación de Eugenio Díaz, psicoanalista, miembro de la ELP inscrito en dicha comunidad.
La sala se encontraba llena, alrededor de 120 personas acudieron a ver el documental “La primera sesión” realizado por el psicoanalista Gèrard Miller. La presentación corrió a cargo, por parte de la organización, de Assumpció Lluís Pons, psicoanalista, miembro de la Comunitat de Catalunya de la ELP e integrante del equipo del Centre, miembros del CAPIP, miembros de la Alianza Andorrano –Francesa y del Comú de Andorra la Vella. Eugenio Díaz presentó el documental y moderó el coloquio.
Todos ellos colaboraron para que sea posible la proyección de la película. Se contó con la presencia de los medios de comunicación, la radio y la televisión andorrana. Eugenio Díaz introdujo al público en el tema del documental tomando como referencia los testimonios de 16 sujetos, todos ellos analizantes, respecto de su encuentro/desencuentro con un psicoanalista, testimonios particulares que giran en torno a un acto subjetivo, la decisión de consultar un psicoanalista. Se destacó la pertinencia de la palabra analizante, puesto que es ella, la persona, quien se dirige al psicoanalista, y sólo hay una condición para que un psicoanálisis sea posible: que el sujeto crea que tiene algo que ver con lo que le pasa. La cuestión en juego: la responsabilidad. Eugenio Díaz señaló también la sencillez del realizador para abordar los fundamentos del psicoanálisis, que ofrece la posibilidad de desmontar los mitos de lo que de un psicoanálisis se espera.
Comentario a cargo de Eugenio Díaz
Del sujeto de la responsabilidad
Los primeros comentarios que realizó Eugenio Díaz estuvieron vinculados a la transmisión de que no hay la cura tipo, en el sentido de existe el caso por caso, respecto del uso del diván, del tiempo de la sesión, de la figura del psicoanalista, del tiempo del tratamiento, de los honorarios, de cómo recibir a alguien. No hay la interpretación y el silencio estándar. Todo esto desmonta muchos mitos: no hay estándar pero sí que hay principios, es decir, no todo vale, y eso exige mucho “a la pareja de baile”, por un lado al analizante, que se siente solo porque no hay un estándar, y tocado por la responsabilidad, pero también al psicoanalista que tiene que estar a la altura de esa responsabilidad. Tiene que estar él a su vez analizado y en control, en cierto modo podríamos decir, que es mucho más fácil seguir un guión, pero resulta que se trata de ver cómo cada uno responde de su manera particular a algo que le anime por la vida. Va a referir la cuestión de que no todo se cura retomando que en la película esto también se puede escuchar. Este va ser el punto de partida para un debate que se abrió y duró una hora y cuarenta minutos.
De lo inesperado, del efecto sorpresa: una transmisión posible.
La primera pregunta va a ser: ¿Psicólogo y psicoanalista? ¿Cómo decidir a cuál hay que ir? ¿Cómo hacer la diferencia de lo que uno necesita?
Hay muchas orientaciones dentro de la psicología, hay psicoanalistas que son psicólogos, pero el punto es que cuando alguien elige no sabe bien por qué, elige incluso más allá de lo que cree elegir. Resulta que hay una serie de orientaciones dentro de la psicología que tienen una lógica de decirle a la persona lo que le pasa, lo que tiene que hacer, por el contrario el psicoanalista de entrada no juzga, no le dice lo que le pasa; aquí se hace referencia al testimonio de aquella paciente que se comía las uñas y acude a una consulta por primera vez y se encuentra con que le nombran lo que le pasa con un diagnóstico: “Usted tiene onicofagia”, y es entonces que ella refiere claramente que no se sintió escuchada. De entrada, elegir un psicoanalista supone la idea de que uno tiene algo que ver con lo que le pasa, uno no es víctima sino que tiene cierta responsabilidad en lo que le acontece en la vida. Cuando uno decide no sólo visitar a un psicoanalista sino continuar en la experiencia de un análisis, es porque la responsabilidad respecto a su malestar ha sido tocada. No hay un estándar de lo que cada uno tiene que hacer respecto a ese malestar, eso es una invención, del orden de lo particular.
Hace falta que algo falle para tomar la decisión de “ir a mirar al reverso del decorado”, nos dice Gèrard Miller. Esta frase ilustra la idea de responsabilidad, aceptación y la posibilidad de un “reingreso en la vida” de forma diferente.
Un participante plantea la vinculación del lenguaje, el inconsciente y la política. Poder poner en relación estos tres términos. Nos dice: “El lenguaje ha sido raptado por una utilización, cuando en realidad lo que tiene el lenguaje es ponernos en el mundo, en este sentido el psicoanálisis más allá de una práctica es también una especie de antropología que explica un poco como son los componentes del ser humano hablante. La sociedad contemporánea está modificando este sujeto, cambiando al mundo, hay una especie de secuestro del lenguaje, ¿cómo acoge entonces el psicoanálisis este tipo de problemas, las patologías actuales, hay patologías contemporáneas? Hay un sujeto que está interiorizando este cambio, y lo vemos en la política”.
La respuesta es que el psicoanálisis tiene que ver con aquella vía del lenguaje que no es utilitarista. El lenguaje que vemos en los lapsus, fallidos, olvidos, chistes, sueños, en donde el sentido no está predeterminado, son las formaciones del inconsciente, es aquello que aparece sin cálculo. Estamos en una época en donde el lenguaje es muy utilitarista, estigmatizante, segregador, donde el lenguaje indica: “Tú eres eso”. El lenguaje del inconsciente es lo más antiutilitarista que hay, porque le dice al sujeto todo lo que tú dices es verdad, me da igual que te hayas equivocado, me da igual que hayas dicho una palabra por otra.
Tomando los términos de la política, estamos en una época en que la política elude la responsabilidad, una política que no es política, “no sé si ha muerto, pero se encuentra en vías de morir” -nos dice Eugenio Díaz. No hay más la política de encontrar la buena manera de que una sociedad avance, no estamos en esa lógica, sino más bien en encontrar la manera de que algunos usen eso para un beneficio propio. Es la política del capitalismo, pero no la del capitalismo frente al socialismo, sino como la única política que existe.
Lacan nos dice del capitalismo que es un discurso, un discurso cerrado, el discurso del amo, que trata de eliminar la subjetividad, y por lo tanto la responsabilidad. El psicoanálisis propone lo contrario, hay subjetividad, hay responsabilidad. Uno es responsable de lo que dice y de lo que hace. En este momento surge la distinción entre los términos responsabilidad y culpa, son conceptos que se juntan y muchas veces los tratamos como sinónimos. Se hace referencia a dos tipos de culpabilidad, la que tiene que ver con el delito o la culpabilidad que uno siente. La responsabilidad se dirige a vincular una satisfacción en aquel malestar subjetivo. El capitalismo, retomando la anulación de la responsabilidad, genera dos escenarios, la impunidad y la culpa. El capitalismo genera una serie de cuestiones en torno a los derechos y los deberes, promueve un derecho ilimitado, en este sentido, una lógica impune: nadie es responsable o todos somos culpables.
Luego surge un comentario respecto a que el psicoanálisis supone un sujeto responsable pero que su entorno también lo es, entonces: ¿el psicoanálisis tiene en cuenta ese entorno? El psicoanálisis trabaja con la verdad subjetiva. La familia que uno trae es la que se ha construido, en este sentido, se puede intervenir con la familia desde ese lugar. En psicoanálisis con niños, sí se trabaja con las familias.
También aparece la reflexión de un participante, quien cree que los analizantes tienen el mismo perfil socio económico. Se comenta entre el público que no es exactamente eso lo que se desprende de la película, y aparece el tema del pago en primer plano, para referir que efectivamente se paga, que eso es una cuestión ineludible, pero que hay muchas maneras de acudir a un psicoanalista, sobre todo en algunos países en donde el psicoanálisis se encuentra en los hospitales o en los centros de salud, por ejemplo. Hay la consulta privada pero no es la única vía. El pago toca el asunto de cuánto se está dispuesto a pagar, en cualquier nivel socioeconómico en el que el sujeto se encuentre.
Se propone explicar la relación entre el lenguaje y el silencio, ya que a partir de la película surge una idea referida a que el psicoanalista podría rechazar un paciente si éste no es capaz de expresarse o abrirse. Eugenio Díaz refiere aquí que hay un recorte que se ha hecho para la película y que lo que se desprende es que se tienen que dar ciertas condiciones, pero el psicoanálisis no parte de la idea de que la persona no sabe expresarse. Es el psicoanalista el que puede transformar la demanda en algo por decir.
La pregunta que insiste: qué es ser un psicoanalista.
La pregunta de qué es ser un psicoanalista y quien regula esta práctica se hizo presente entre el público. Esta pregunta empalma con la ética, ya que la pregunta nunca se cierra. El hecho de que el psicoanalista pueda responsabilizarse de esta pregunta abierta a partir del control y de la escuela. Es a partir de allí que puede autorizarse y dar una respuesta. Hay tres condiciones: psicoanalizarse y llevar el análisis hasta el final, realizar el control de los casos, y; la lectura y la formación permanente, presentación de textos, trabajos en grupo. Hay final de análisis, pero no hay final de formación. El psicoanálisis no es un saber cerrado, en el que queda todo dicho, todo amparado como en el saber universitario. Un participante refiere la idea de que justamente lo que permanece abierto y nunca se cierra, nos dice, -“es la pregunta de qué es ser un psicoanalista”. No hay título de psicoanalista. El hecho de que no haya un protocolo, lo ubica en un lugar máximo de responsabilidad. Esto nos hace pensar que hay una responsabilidad de estar a la altura de eso con lo que uno se encuentra, que hay alguien que sufre, de una manera particular, y ha de hacer un arreglo particular con ese sufrimiento.
Interviene Pepa Freiría, miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, quien retoma la pregunta acerca de la diferencia entre la psicología y el psicoanálisis comentando que no encuentra una disyunción ni algo problemático respecto de este binomio, sino que el primero refiere a una titulación, la universitaria y el segundo a una elección, una cuestión de formación continuada. Refiere que ella trabaja en ambos ámbitos. El ser psicólogo es una titulación, tiene sus dimensiones y sus prácticas, ser psicoanalista se trata de otra cosa, una cuestión que, nos dice, empalma con una impresión que le va a dejar el testimonio de cada uno de los analizantes. Que aquello se trata de un espíritu subversivo notable, -“gente que buscaba algo más allá de los protocolos, de los estándar, de las evaluaciones”-, y retoma una frase: “Necesitaba ir a ver a alguien, pero no a cualquier alguien”. Que un encuentro sea posible, cuando un sujeto va a buscar a alguien, depende de que dicho encuentro sea con algo particular, único que le devuelve el psicoanalista.
Se diferencia también el ámbito de la psicología y el psicoanálisis refiriendo la cuestión del campo del saber, respecto de dónde está situado éste en cada uno de ellos. En la psicología como en la medicina el campo del saber está situado en el Otro, la persona acude a un profesional para pedirle una respuesta, una solución, al Otro. En el psicoanálisis, es el sujeto quien, a partir del encuentro con un psicoanalista y el ejercicio de su función, puede implicarse en lo que le pasa y construir un saber acerca de ello. Cuestión que le permitirá separarse de los determinantes del Otro, localizar y reducir su malestar, liberarse de lo que esté dispuesto a ceder. El sujeto se pondrá en marcha en esa experiencia del “algo por decir”, cada vez.
Eugenio Díaz retoma esta cuestión de la pregunta, como un sostener que la vida es un interrogante, que la subjetividad supone un interrogante, la x de qué es ser un psicoanalista es el de la vida misma. Retoma el punto de espíritu subversivo de los analizantes refiriendo que, ya en el hecho de que un sujeto suponga que el hablar de su malestar puede cambiar algo al respecto, puede esbozarse una subversión, que hay un malestar que no es definitivo. Si hay algo subversivo en el psicoanálisis es esto, que uno puede responsabilizarse de eso que le ocurre, que hay posibilidad de un movimiento y puede rectificarlo. Aquí aparece la pregunta de cómo se puede estar frente al otro y no juzgar. Efectivamente existe algo de un juicio ya en la mirada, en los gestos, vivimos con el juicio, pero en esta relación particular se trata de otra cosa, lo que se dice es su verdad, hay el que sufre, no hay lo que es apasionante.
También aparece la pregunta de si un psicoanalista puede rechazar a alguien y de -“cómo sabe si está bien lo que está diciendo, sino se sabe lo que se quiere decir”-. Retorna el punto aquel de que no hay una buena manera de decir, sino el decir del inconsciente, en donde el paciente habla sin filtro, dice todo lo que se le ocurre, asocia libremente. Es ésta, la oportunidad de encontrarse con su decir, la que permite vehiculizar su padecimiento a la vez que su deseo. El sujeto siempre sabe lo que dice y nunca sabe lo que dice, lo que dice es su verdad, el psicoanálisis le ayuda a que eso que dice, que es su verdad, la pueda desmenuzar, pelar las capas de la cebolla alrededor de eso que dice pero que no lo sabe. No hay la palabra justa, es la palabra que dice el sujeto la que cuenta, el psicoanalista acompaña para que el sujeto encuentre la buena manera, que es la propia. Freud inventó una manera, la regla de la asociación libre, porque piensa que esa es la manera de acceder al inconsciente, que no se pierda por la vía de la razón. A veces esta regla ocurre, se pone en marcha mediante el dispositivo, otras, se formula explícitamente.
Una noticia
“Existen muchos mitos y tabús en relación al psicólogo y más aún del psicoanalista”. La presentación de la película nos deja la clara transmisión de que para pasar por la experiencia de un psicoanálisis, el sujeto ha de responsabilizarse. Y es en ese recorrido en el que encontrará la manera particular de transformar su malestar.














«Pero lee sobre todo tu propio inconsciente, ese libro con una tirada de un solo ejemplar cuyo texto virtual llevas por todas partes contigo, y en el que está escrito el guión de tu vida, o al menos su rough draft»



