El Psicoanálisis Lacaniano en España

El Blog de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis

20 de Abril de 2014

ENTREVISTA DE LACAN con Madeleine Chapsal para L’Express*

17:41:00 , por jalvarez Spanish (ES)

Siguiendo con la idea de ir publicando todas aquellas entrevistas a Jacques Lacan que se encuentran desperdigadas por la red, ofrecemos hoy una nueva entrega de otra más que interesante entrevista para el L’Express, y que pasa por ser la primera entrevista de Lacan a un medio de comunicación.

Estamos seguros de que disfrutarán ampliamente con su lectura.


jalvarez-redactor BLOG-ELP

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PRESENTACIÓN

La entrevista con Jacques Lacan realizada por Madeleine Chapsal que el lector encontrará traducida a continuación, es la primera entrevista que Lacan concedió a un medio de comunicación: el periódico L’express, el 31 de mayo de 1957, en su número 310 (pp. 20-22) (1). Lacan era todavía un psicoanalista sólo conocido entre el público especializado. Por aquellas fechas estaba realizando su Seminario IV (1956-1957). La relación de objeto y las estructuras freudianas.

La entrevista de L’Express
Todo el mundo conoce el nombre de Freud. Cualquier conocimiento y cualquier práctica que se refiera al hombre hoy está más o menos influida por él. Hay un antes y un después de él que hace que ya no se pueda hablar del hombre como antes. Pero su obra ofrece a la reflexión hallazgos, a la enseñanza recursos que se parecen a un nuevo descubrimiento. Eso es la actualidad. Al doctor Lacan, fundador, con el profesor Daniel Lagache, el profesor Juliette Favez-Boutonnier y el doctor Françoise Dolto, de la Société Française de Psychanalyse le hemos ido a preguntar acerca de ese trabajo en curso.
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L’EXPRESS.- Un psicoanalista, es muy intimidante. Se tiene la impresión de que podría manejarnos a su antojo..., que sabe más que uno mismo sobre los motivos de sus actos.

Dr. LACAN – No exagera usted nada. Pero, después de todo, ¿cree usted que ese efecto es específico del psicoanálisis? Un economista, para muchos, es también por su parte, tan misterioso como un analista. En nuestro tiempo es el personaje del especialista el que intimida. En cuanto a la psicología, aunque fuera una ciencia todo el mundo cree tener allí su entrada desde el interior. Ahora bien, hete aquí que con el psicoanálisis se tiene la sensación de perder ese privilegio, el analista sería capaz de ver algo más secreto en lo que, a usted, le parece lo más claro. He aquí que usted está al desnudo, al descubierto, bajo una mirada experta, y sin saber bien lo que usted le muestra.

EL OTRO SUJETO

L’EXPRESS - Hay ahí una suerte de terrorismo, uno se siente violentamente arrancado de sí mismo...

Dr. LACAN – El psicoanálisis en el orden del hombre, tiene, en efecto, todas las características de subversión y de escándalo que pudo tener, en el orden cósmico, el descentramiento copernicano del mundo: la Tierra, morada del hombre, ha dejado de ser el centro del mundo!

¡Pues bien! El psicoanálisis le anuncia que usted ha dejado de ser el centro de usted mismo, ya que había en usted otro sujeto, el inconsciente. Es una noticia que, en primer término como la de Copérnico, no fue bien aceptada. ¡Ese pretendido irracionalismo que se ha querido achacar a Freud! Ahora bien, es exactamente lo contrario: no solamente Freud ha comenzado a racionalizar lo que hasta ese momento se había resistido a la racionalización sino que también ha mostrado en acción una razón razonante como tal, quiero decir, razonando y funcionando como lógica, sin que el sujeto lo sepa, y esto en el campo mismo clásicamente reservado a lo irracional, a la sinrazón (à l’irraison), digamos el campo de la pasión.

Es esto lo que no se le ha perdonado. Seguramente hubiera sido más fácil admitir la introducción de la idea de fuerzas sexuales que se apoderan bruscamente del sujeto sin previo aviso y por fuera de toda lógica; pero que la sexualidad sea el lugar de una palabra, que la neurosis sea una enfermedad que habla, he aquí una cosa extravagante; y algunos discípulos incluso prefieren que se hable de otra cosa. No hay que ver en el analista a un “ingeniero de almas”, no es un físico [médico] (physicien), no procede estableciendo relaciones de causa a efecto: su ciencia es una lectura, una lectura del sentido. Sin duda es por eso que, sin saber bien qué es lo que se esconde detrás de las puertas de su consultorio, se tiende a tomarlo por un brujo, y quizás un poco más grande que los otros.

L’EXPRESS - Y quién ha descubierto esos secretos terribles que huelen a azufre... Aquí tenemos un ejemplo del efecto de la transferencia, gracias a ella el psicoanalista ocupa el lugar del sujeto que se supone que sabe, en este caso que sabe del Otro, del sujeto. Tener algo que decir al respecto, dado que todo el mundo tiene en su interior el objeto al que la psicología se refiere: una psique, una subjetividad.

Dr. LACAN
- Aún conviene precisa de qué orden son esos secretos. No son los secretos de la naturaleza tal como los han podido descubrir las ciencias físicas o biológicas. Si el psicoanálisis esclarece los hechos de la sexualidad no es acometiéndolos ni en su realidad ni en la experiencia biológica.

ESTRUCTURADO COMO UN LENGUAJE DESCIFRABLE

L’EXPRESS - Pero Freud ha descubierto, efectivamente, a la manera en que se descubre un continente desconocido, un nuevo dominio del psiquismo que se llama “inconsciente” o de otra manera [o se trata de otra cosa] (ou autrement) ¡Freud es Cristóbal Colón!

Dr. LACAN
– Saber que hay toda una parte de las funciones psíquicas que no están al alcance de la consciencia, ¡no se esperó a Freud para eso! Si me permiten esa comparación, ¡Freud sería más bien Champollion!. En la experiencia freudiana no se está en el nivel de la organización de los instintos o de las fuerzas biológicas. No las descubre sino operando, actuando, por así decirlo, a la segunda potencia.

No es de efectos instintivos en su primera potencia de lo que Freud trata. Lo que es analizable, lo es en la medida en que está articulado en lo que constituye la singularidad de la historia del sujeto. Si el sujeto puede reconocerse en ello, es en la medida en que el psicoanálisis permite la “transferencia” de esta articulación. Dicho de otra manera, cuando el sujeto “reprime”, eso no quiere decir que se rehúse a tomar consciencia de algo que sería un instinto –pongamos por caso un instinto sexual que quisiera manifestarse en forma homosexual–, no, el sujeto no reprime su homosexualidad, reprime la palabra donde esta homosexualidad juega un papel significante.

Usted ve, no es algo vago, confuso, lo que está reprimido, no es una especie de necesidad, de tendencia, que tendría que ser articulada (y que no se articularía porque está reprimida) es un discurso ya articulado, ya formulado en un lenguaje. Todo está ahí.

LA REPRESIÓN DE UNA VERDAD. «ALLÍ DONDE “ESO” HA SIDO REPRIMIDO, “ESO” HABLA»

L’EXPRESS - Usted dice que el sujeto reprime un discurso articulado en un lenguaje. Sin embargo no es eso lo que uno siente cuando se encuentra con una persona con dificultades psicológicas, un tímido por ejemplo o un obsesionado. Su conducta parece, sobre todo, absurda, incoherente; y, si se adivina que en rigor puede significar algo, eso sería algo impreciso, que se mece (s’ânnone), muy por debajo del nivel del lenguaje. Y uno mismo, en la medida en que llega a sentirse llevado por fuerzas oscuras, que se adivinan “neuróticas”, ellas se manifiestan justamente en movimientos irracionales, acompañados de confusión, de angustia.

Dr. LACAN
– De los síntomas, cuando usted cree reconocerlos, le parecen irracionales sólo porque usted los toma aislados y los quiere interpretar directamente. Vea los jeroglíficos egipcios: en la medida en que se buscó cuál era el sentido directo de los buitres, de los pollitos, de los hombrecitos de pie, sentados o agitándose, la escritura permaneció indescifrable. Resulta que por sí solo el pequeño signo “buitre” no quiere decir nada, sólo encuentra su valor significante al ser considerado en el conjunto del sistema al que pertenece. ¡Pues bien!, los fenómenos con los que nosotros tenemos que vérnoslas en el análisis, son de este orden, de un orden de lenguaje (d’un ordre langagier).

El psicoanalista no es un explorador de continentes desconocidos o de grandes profundidades es, en primer lugar, un lingüista: aprende a descifrar la escritura que está ahí, bajo sus ojos, que se ofrece a la vista de todos. Pero que permanece indescifrable en cuanto no se conocen sus leyes, su clave.

L’EXPRESS - Usted dice que esta escritura “se ofrece a la vista de todos”. Sin embargo, si Freud dijo algo nuevo, es que en el dominio psíquico uno se enferma es porque se disimula, se esconde una parte de sí mismo, que se “reprime”. Ahora bien, los jeroglíficos, no estaban reprimidos estaban inscritos en la piedra. Su comparación no puede ser pues total.

Dr. LACAN
- Al contrario hay que tomarla literalmente: eso que, en el análisis del psiquismo, hay que descifrar, está todo el tiempo ahí, presente desde el comienzo. Usted habla de represión olvidando una cosa, es que, para Freud y tal como él lo formuló, la represión es inseparable de un fenómeno llamado el “retorno de lo reprimido”. Allí donde eso ha sido (Là où ç’a été)(2) reprimido algo continúa funcionando, algo continúa hablando –gracias a lo cual, por lo demás, se puede centrar, designar el lugar de la represión y de la enfermedad, decir “está allí” (c’est là). Esta noción es difícil de comprender porque cuando se habla de “represión” uno se imagina inmediatamente una presión –del orden de una presión vesical por ejemplo– es decir, una masa vaga, indefinible, apoyándose con todo su peso contra una puerta que uno se rehúsa abrirle. Ahora bien, en psicoanálisis la represión no es la represión de una cosa, es la represión de una verdad.

¿Qué sucede cuando se quiere reprimir una verdad? Toda la historia de la tiranía está ahí para darle a usted la respuesta: se expresa en otra parte, en otro registro, en lenguaje cifrado, clandestino. ¡Pues bien!, es exactamente lo que se produce con la consciencia: la verdad, reprimida, va a persistir pero transpuesta a otro lenguaje, el lenguaje neurótico. A excepción de esto, que uno ya no es capaz de decir en ese momento cuál es el sujeto que habla, sino que “eso” habla, que “eso” continúa hablando; y lo que pasa es completamente descifrable, de la manera en que es descifrable, es decir, no sin dificultad, una escritura perdida.

La verdad no ha sido aniquilada, no ha caído en un abismo; está ahí, se ofrece, presente, pero convertida en “inconsciente”. El sujeto que ha reprimido la verdad no gobierna más, no está ya en el centro de su discurso: las cosas continúan funcionando solas y el discurso sigue articulándose, pero por fuera del sujeto [sin que el sujeto se entere] (en dehors du sujet). Y ese lugar, ese por fuera del sujeto, es estrictamente lo que se llama el inconsciente. Puede ver usted claramente que lo que se ha perdido no es la verdad, es la clave del [que permite acceder al] nuevo lenguaje en el que aquella se expresa en adelante. Y es ahí donde interviene el psicoanalista.

LA RED DEL LENGUAJE

L’EXPRESS - ¿No será esa una interpretación personal? ¿No parece que sea la de Freud?

Dr. LACAN
– Lea La interpretación de los sueños, lea la Psicopatología de la vida cotidiana, lea, en fin, El Chiste y su relación con el Inconsciente; es suficiente con abrir estas obras, no importa en qué página, para encontrar allí, con toda claridad, eso de lo que le hablo.

El término “censura”, por ejemplo, ¿por qué Freud lo eligió enseguida, al nivel mismo de la interpretación de los sueños, para designar la instancia que refrena, la fuerza que reprime? La censura, sabemos bien lo que es, es Anastasia, es una restricción que se ejerce con un par de tijeras. ¿Y sobre qué? No sobre cualquier cosa que va por el aire (qui passe dans l’air), sino sobre algo impreso, que puede imprimirse, que se imprime, sobre un discurso, un discurso expresado en un lenguaje. Sí, el método lingüístico está presente en todas las páginas de Freud, todo el tiempo se dedica concretamente a hacer referencias, analogías, aproximaciones lingüísticas... Y además, a fin de cuentas, en psicoanálisis usted sólo le pide al enfermo una sola cosa: que hable [que diga lo que se le pase por la mente]. Si el psicoanálisis existe, si tiene efectos, ¡es de todos modos únicamente en el orden de la declaración [confesión] (aveu) y de la palabra!

Ahora bien, para Freud, para mí, el lenguaje humano no surge en los seres como surgiría un manantial [espontáneamente o naturalmente]. Vea cómo se nos representa todos los días el aprendizaje de su experiencia para el niño: mete el dedo en la estufa, se quema. A partir de ahí, se pretende, a partir de su encuentro con el calor y el frío, con el peligro, que no le queda sino deducir, reconstruir la totalidad de la civilización... Es un absurdo: a partir del hecho de que se quema se lo pone frente a algo mucho más importante que el descubrimiento del calor y del frío. En efecto, que se quema y siempre habrá alguien allí que le haga, al respecto, todo un discurso. El niño tiene que hacer muchos más esfuerzos para entrar en ese discurso en el que se le sumerge, que para acostumbrarse a evitar la estufa. En otros términos, el hombre que nace a la existencia tiene que vérselas ante todo con el lenguaje; es un dato [algo dado]. Está asimismo atrapado en el lenguaje desde antes de su nacimiento, ¿Acaso no tiene un estado civil? Sí, el niño por nacer está ya, de cabo a rabo, rodeado por ese amasijo (amas) de lenguaje que lo recibe y al mismo tiempo lo aprisiona.

SÍNTOMA Y LENGUAJE. EL HOMBRE DE LAS RATAS

L’EXPRESS - Lo que hace difícil aceptar la asimilación de los síntomas neuróticos, de la neurosis, a un lenguaje perfectamente articulado, es que no se ve a quién se dirige. No está hecho para nadie puesto que el enfermo, sobre todo el enfermo no lo comprende, ¡y se necesita a un especialista para descifrarlo! Los jeroglíficos se volvieron, quizás, incomprensibles, pero en la época en que se los empleaba estaban hechos para comunicar ciertas cosas a algunos. Ahora bien, ¿qué es ese lenguaje neurótico que no es solamente una lengua muerta, no solamente una lengua privada, que es ininteligible para sí misma? Y después de todo, un lenguaje es algo de lo que uno se sirve. Y éste, por el contrario es sufrido. Vea al obsesivo, él ya querría expulsar su idea fija, salir del engranaje...

Dr. LACAN
- Están justamente ahí las paradojas que constituyen el objeto del descubrimiento. Si ese lenguaje, sin embargo no se dirigiera a Otro, no podría ser escuchado [entendido] gracias a otro en el psicoanálisis. Por lo demás, hay que reconocer ante todo lo que es y por eso situarlo bien en cada caso; eso exigiría un largo desarrollo; de otro modo es un desbarajuste en el que no puede entenderse nada. Pero es allí con todo, que eso de lo que le hablo puede mostrarse con claridad: cómo el discurso reprimido del inconsciente se traduce en el registro del síntoma. Y usted se dará cuenta de hasta qué punto es preciso.

Usted hablaba del obsesivo. Vea esta observación de Freud que se encuentra entre sus cinco grandes casos de psicoanálisis, titulado El hombre de las ratas. El hombre de las ratas era un gran obsesivo. Un hombre todavía joven, de formación universitaria, que va a encontrarse con Freud en Viena, para decirle que sufre de obsesiones: se trata tanto de inquietudes muy vivas en relación con las personas que le son queridas, como del deseo de realizar actos impulsivos, como cortarse la garganta, o se forman entonces en él prohibiciones concernientes a cosas aparentemente insignificantes...

L’EXPRESS - ¿Y en el plano de la sexualidad?

Dr. LACAN
- ¡He aquí un error de término! Obsesión, eso no quiere decir automáticamente obsesión sexual, ni siquiera obsesión de esto o de aquello en particular: estar obsesionado, eso significa encontrarse atrapado en un mecanismo, en un engranaje cada vez más exigente y sin fin. Si tiene que realizar un acto, cumplir con un deber, una angustia especial traba al obsesivo: ¿Podrá hacerlo? A continuación, una vez hecha la cosa, experimenta una necesidad torturante de ir a verificar, pero no se atreve por miedo a pasar por loco, porque al mismo tiempo sabe muy bien que lo ha llevado a cabo... Helo aquí comprometido en circuitos cada vez más amplios de verificaciones, de precauciones, de justificaciones. Atrapado como está en un torbellino interior, el estado de tranquilidad, de satisfacción se le ha convertido en imposible. Incluso el gran obsesivo no tiene, sin embargo, nada de delirante. No hay ninguna convicción en el obsesivo, sino únicamente esta especie de necesidad, completamente ambigua, que lo hace tan desgraciado, tan dolido, tan desamparado, por tener que ceder a una insistencia que procede de él mismo y que no se explica.

La neurosis obsesiva está muy extendida y puede pasar desapercibida si uno no está especialmente advertido ante los pequeños signos que siempre la traducen. Estos enfermos sostienen incluso muy bien su posición social, mientras que su vida está minada, devastada por el sufrimiento y el desarrollo de su neurosis. He conocido personas que tenían funciones importantes, y no sólo honorarias (honoraires), directivas, personas que tenían responsabilidades tan vastas y extensas como puedan suponerse, y que las asumían ampliamente, pero que no eran por eso menos presa de la mañana hasta la noche de sus obsesiones.

Así era el hombre de las ratas, enloquecido, maniatado por una recidiva de síntomas que le lleva a consultar a Freud, desde los alrededores de Viena donde participaba en grandes maniobras como oficial de reserva, y le pide su consejo en relación con una historia descabellada acerca del contra reembolso por correo del envío de un par de gafas a propósito del cual se pierde hasta no saber explicarse. Si se sigue literalmente hasta en sus dudas, el guión instituido por el síntoma en relación con cuatro personas, se reencuentra rasgo por rasgo, transpuesto en una vasta escenificación -y sin que el sujeto lo sospeche-, a las historias que han llevado al matrimonio del que el sujeto mismo es el fruto.

L’EXPRESS - ¿Qué historias?

Dr. LACAN
– Una deuda fraudulenta de su padre que, por cierto, aún militar, es degradado por fraude; un préstamo que le permite cubrir la deuda; la cuestión que queda oscura de la devolución de ese préstamo al amigo que vino en su ayuda; y por último un amor traicionado por el matrimonio que le proporcionó una “posición”. Durante toda su infancia, el hombre de las ratas había oído hablar de esta historia, -por un lado en tono de broma, por otro, en forma encubierta. Lo que es sorprendente es que no se trata de un acontecimiento particular, ni siquiera traumático, que retornaría de lo reprimido; se trata de la constelación dramática que presidió su nacimiento, de la prehistoria, por así decirlo, de su individuo; descendiente de un pasado legendario. Esta prehistoria reaparece a través de síntomas que la han vehiculizado bajo una forma irreconocible para anudarse finalmente en un mito representado, cuya silueta (figure) el sujeto reproduce sin tener de ello la menor idea. Pues ella está allí transpuesta como una lengua o una escritura puede serlo en otra lengua o en otros signos; está allí reescrita sin que sus relaciones se modifiquen; o más aún, como en geometría una figura (figure) se transforma de esfera en plano [transformación topológica], lo que no quiere decir que cualquier figura pueda transformarse en cualquier otra.

L’EXPRESS - ¿Y una vez que esta historia ha sido sacada a la luz?

Dr. LACAN
– Escuche bien: no he dicho que la cura de la neurosis se realice sólo con ver eso. Efectivamente piensa acertadamente que en la observación del hombre de las ratas, hay otra cosa que no puedo desarrollar aquí. Si fuera suficiente con que hubiera una pre-historia en el origen de una consciencia, todo el mundo sería neurótico. Está relacionado con la forma en que el sujeto toma las cosas, las admite o las reprime. ¿Y por qué algunos reprimen ciertas cosas [las mismas o del mismo tenor que otros no reprimen]?...

En fin, tómese el trabajo de leer el hombre de las ratas con esta clave que lo atraviesa de cabo a rabo: transposición a otro lenguaje figurativo y completamente desapercibido por el sujeto, de algo que sólo se comprende cabalmente en términos de discurso.

UN INSTRUMENTO TERRIBLEMENTE EFICAZ, ¿TERAPÉUTICO O QUÉ?

L’EXPRESS - Puede ser que la verdad reprimida se articule como dice usted, como un discurso de efectos devastadores. Sólo que cuando un enfermo llega a usted, no es alguien en busca de su verdad. Es alguien que sufre más o menos horriblemente y quiere ser aliviado. Si racuerdo bien de la historia del hombre de las ratas, había también un fantasma de ratas...

Dr. LACAN
- Dicho de otra manera, “mientras que usted se ocupa de verdad, hay ahí un hombre que sufre...”. Bien, de todos modos, antes de servirse de un instrumento, ¡hay que saber de qué se trata, cuál es su función, para qué y cómo está fabricado! El psicoanálisis es un instrumento terriblemente eficaz y, como además es un instrumento de un gran prestigio, se lo puede comprometer a hacer cosas que de ninguna manera está destinado a hacer; y además, haciendo esto no se puede sino degradarlo.

Hay pues que partir de lo esencial: ¿qué es esta técnica, a qué se aplica, de qué orden son sus efectos, me refiero a los efectos que desencadena por su pura y simple aplicación? ¡Pues bien!, los fenómenos de los que se trata en el análisis, y en el nivel propio de los instintos, son efectos de un registro de lenguaje: el reconocimiento hablado de elementos fundamentales de la historia del sujeto, historia que ha sido cortada, interrumpida, que ha caído en lo que no se ve sin más (dans les dessous) del discurso.

En cuanto a los efectos que se deben definir como perteneciendo propiamente al análisis, los efectos analíticos -como cuando se dice efectos mecánicos o efectos eléctricos- los efectos analíticos son efectos del orden de ese retorno del discurso reprimido. Y puedo decirle que, a partir del momento en que ha puesto al sujeto sobre un diván y si usted le ha explicado la regla analítica fundamental incluso de la manera más sumaria, el sujeto está ya comprometido en la dimensión de buscar su verdad.

Sí, por el solo hecho de tener que hablar como se encuentra obligado a hacerlo, ante otro, en primer lugar ante el silencio de otro que le escucha -un silencio que, en este sentido, no está hecho de aprobación, ni de desaprobación, sino de atención- el sujeto lo sentirá como una espera y esta espera es la de la verdad. No es necesario que como en los testimonios judiciales le hagamos prometer que nos diga la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, por el sólo hecho de la puesta en marcha del dispositivo auténticamente analítico el sujeto se ve comprometido a hacerlo y aún sin querer. Y, por otra parte, también por su propio interés se siente empujado por el prejuicio del que hablamos hace un rato: creer que el otro, el experto, el profesional especialista, el analista en este caso, sabe sobre usted mismo lo que usted no sabe; en definitiva, la presencia de la verdad se encuentra reforzada, animada, está ahí, digamos, en estado implícito.

Y sí, el enfermo sufre pero se da cuenta de que la vía hacia la que debe dirigirse si quiere superar o calmar sus sufrimientos, es del orden de la verdad, de su verdad: saber sobre ella más y mejor.

EL LENGUAJE SÍ, PERO EN OTRO ESCENARIO

L’EXPRESS - ¿Entonces, el hombre sería un ser de lenguaje? Sería esa la nueva representación del hombre que deberíamos a Freud: ¿el hombre es alguien que habla?

Dr. LACAN
- ¿El lenguaje es la esencia del hombre? No es una cuestión por la que me desinterese, y no detesto tampoco que las personas que se interesan por lo que digo, se interesen por otro lado por ella, pero hay que matizar este interés, pues es de otro orden que el de los filósofos o el de los lingüistas, y como digo a veces, es la habitación de al lado...

No me pregunto “quién habla”, trato de plantear las cuestiones de otra manera, de una manera más formulable, me pregunto “desde dónde eso (ça) habla”. En otros términos, si he intentado elaborar algo no es una metafísica o una nueva lingüística sino una teoría de la intersubjetividad, una teoría del sujeto. En ella el lenguaje es fundamental, pero hay que precisar que desde Freud, el centro del hombre no está ya allí dónde se lo creía, sino en Otro escenario, y hay que construir de nuevo a partir de allí (il faut rebâtir là-dessus).

CONFESIÓN Y PSICOANÁLISIS

L’EXPRESS - Si lo que es importante es hablar, buscar su verdad por la vía de la palabra y de la confesión [declaración] (aveu), ¿no sustituye el análisis, en cierta manera, a la confesión (confession)?

Dr. LACAN
– No estoy autorizado para hablarle de cosas religiosas, pero me han dicho que la confesión es un sacramento y que no está hecha para satisfacer ninguna especie de necesidad de confidencia... La respuesta, aún siendo consoladora, alentadora, y hasta directiva del sacerdote, no pretende constituir la eficacia de la absolución.

L’EXPRESS - Desde el punto de vista del dogma, usted sin duda tiene razón. Sólo que la confesión se combina, y desde una época que no cubre quizás toda la era cristiana, con lo que se llama la dirección espiritual. ¿No se cae ahí en el dominio del psicoanálisis? ¿Hacer confesar actos e intenciones, guiar un espíritu que busca su verdad?

Dr. LACAN
– La dirección espiritual ha sido, y por los propios religiosos, muy diversamente juzgada, se ha podido incluso ver en ella, en ciertos casos, la fuente de toda suerte de prácticas abusivas. En otros términos, insisto, es asunto de los religiosos saber cómo ellos mismo la sitúan y que alcance le dan. Pero me parece que ninguna dirección espiritual puede alarmarse por una técnica que tiene como finalidad la revelación de la verdad. Me ha ocurrido ver a religiosos dignos de ese nombre tomar partido en asuntos muy espinosos donde se hallaba comprometido lo que se llama el honor de la familia, y siempre los he visto decidir que mantener la verdad a cubierto es en sí mismo un acto de consecuencias devastadoras. Y además, todos los directores espirituales le dirán que la plaga de su existencia son los obsesivos y los escrupulosos, no saben literalmente qué hacer con ellos (par quel bout les prendre); cuanto más tratan de tranquilizarles, más eso resurge y con más fuerza, cuantas más razones les dan para no preocuparse, más vuelve la gente a plantearles preguntas absurdas...

Sin embargo, la verdad analítica no es algo tan secreto, ni tan misterioso que no pueda verse surgir espontáneamente en personas capacitadas para la dirección espiritual, la percepción de lo qué es. He conocido entre los religiosos personas que habían comprendido que una feligresa que viene a darles la lata con obsesiones de impureza era necesario llevarla decididamente a otro nivel: ¿era justa con su criada o con sus hijos? Y con esa apelación brutal, obtenían efectos completamente sorprendentes. A mi modo de ver, los directores espirituales, naturalmente si lo conocen como es debido, no pueden encontrar qué criticar al psicoanálisis; es más, si saben utilizarlo y sacar de él algunas conclusiones, puede serles de gran ayuda...

DOS PREJUICIOS EN RELACIÓN CON EL PSICOANÁLISIS: UN MEDIO DE LIBERACIÓN Y DE ADAPTACIÓN

L’EXPRESS – Tal vez, pero ¿El psicoanálisis está tan bien visto, en los medios religiosos o más bien hacen de él una ciencia del diablo?

Dr. LACAN
– Creo que los tiempos han cambiado. Sin duda, después de que Freud inventara el psicoanálisis, durante mucho tiempo fue considerado como una ciencia escandalosa y subversiva. No se trataba de saber si se creía en ella o no, se oponían a ella violentamente con el pretexto de que las personas psicoanalizadas se desencadenarían, se abandonarían a todos sus deseos, se librarían a cualquier cosa...

Hoy, admitido o no como ciencia, el psicoanálisis ha entrado en nuestros usos y costumbres, y las posiciones se han invertido de tal manera que cuando alguien no se conduce normalmente, cuando se comporta de una manera juzgada como “escandalosa” por su entorno, que se habla de ¡enviarlo al psicoanalista! Todo eso entra en lo que llamaré, no con el término demasiado técnico de “resistencia al análisis”, sino de “objeción masiva”. El temor a perder la originalidad, a ser reducido al nivel común, no es menos frecuente. Hay que decir que sobre esta noción de “adaptación” se ha producido en estos últimos tiempos una doctrina de tal naturaleza que primero engendra confusión y, a partir de ahí, se hace inquietante.

Se ha escrito que el análisis tiene como finalidad adaptar al sujeto, no completamente al medio exterior, digamos a su vida o a sus verdaderas necesidades; eso significa claramente que la sanción de un análisis sería que uno finalmente se ha convertido en un padre perfecto, en un esposo modelo, en un ciudadano ideal, en resumidas cuentas que uno es alguien “tan tolerante” que no discute más nada. Y eso es completamente falso, un prejuicio tan falso como el que veía en el psicoanálisis un medio de liberarse de toda constricción, de toda restricción.

L’EXPRESS - ¿No piensa usted que lo que las personas temen por encima de todo, lo que les hace oponerse al psicoanálisis, aún antes de saber si creen o no en él como ciencia, es la idea de que se arriesgan a ser desposeídos de una parte de sí mismos, modificados?

Dr. LACAN
– Esta inquietud es totalmente legítima en el nivel en que surge. Decir que no habría, después de un análisis, modificación de la personalidad, ¡sería verdaderamente curioso! Sería difícil sostener al mismo tiempo que se pueden obtener resultados por el análisis y que se puede no obtenerlos, es decir, que la personalidad permanecerá de todos modos intacta. Sólo que la noción de personalidad merece ser esclarecida, incluso, reinterpretada.

EL MÉTODO PSICOANALÍTICO Y LAS TÉCNICAS PSICOLÓGICAS ¿CURACIÓN Y/O REINSTALACIÓN DEL SUJETO?

L’EXPRESS - En el fondo la diferencia entre el psicoanálisis y las diversas técnicas psicológicas, es que el primero no se contenta solamente con guiar, con intervenir más o menos a ciegas, sino que cura...

Dr. LACAN
– Se cura lo que es curable. No se va a curar el daltonismo o la idiotez, aunque a fin de cuentas se puede decir que el daltonismo y la idiotez tienen que ver con lo “psíquico”, se refieren, afectan a lo “psíquico”. ¿Conoce la fórmula de Freud, «Allí donde ello ha sido [era], yo debe ser»? Es necesario que el sujeto pueda situarse, ponerse, reinstalarse en su sitio, ese sitio donde ya no estaba, reemplazado por esa palabra anónima, desubjetivada, que se llama el ello.

¿A QUIÉN VA DIRIGIDO ENTONCES UN PSICOANÁLISIS?

L’EXPRESS - ¿En la perspectiva freudiana, hay que pensar en tratar una cantidad de personas que no se consideran enfermas? Dicho de otra manera, ¿tendría interés psicoanalizar a todo el mundo?

Dr. LACAN
– Para empezar poseer un inconsciente no es el privilegio de los neuróticos. Hay personas que no están manifiestamente abrumadas por un peso excesivo de sufrimiento parasitario, que no están demasiado estorbadas por la presencia del Otro sujeto, en el interior de sí mismos, y que incluso se acomodan, por así decirlo, bastante bien a este Otro sujeto –y que sin embargo no perderían nada en conocerlo. Ya que, en suma, en el hecho de ser psicoanalizado no se trata de otra cosa que de conocer la propia historia, y eso en un sentido muy amplio que incluye la situación actual en su verdad y en su dependencia de aquella.

L’EXPRESS - ¿Es eso también verdadero para los creadores?

Dr. LACAN
- Es una cuestión interesante saber si es interesante para ellos ir deprisa en lo que precisamente les interesa o en cubrir con cierto velo esa palabra que les ataca desde afuera (es la misma, a fin de cuentas, la que viene a estorbar al sujeto en la neurosis y en la inspiración creadora).

¿Es interesante ir más rápido por la vía del análisis hacia la verdad de la historia del sujeto, o en dejar hacer como en el caso de Goethe, una obra que no es sino un inmenso psicoanálisis? Porque en Goethe eso es manifiesto: su obra es en su totalidad la revelación de la palabra del Otro sujeto. Llevó la cosa tan lejos como sólo es posible hacerlo cuando se es un hombre de genio. ¿Habría escrito la misma obra si se hubiera psicoanalizado? A mi modo de ver la obra habría sido seguramente otra, y no creo que hubiéramos perdido con ello.

L’EXPRESS - Y con respecto a todos los hombres que no son creadores pero que tienen pesadas responsabilidades, relaciones con el poder, ¿piensa usted entonces que se debería instituir el psicoanálisis obligatorio?

Dr. LACAN
- Se debería, en efecto, poder no dudar ni un instante de que si un señor ha llegado a ser presidente del Consejo, es sin duda porque se psicoanalizó a una edad normal, es decir temprana... Pero la juventud se prolonga a veces muy lejos. Un presidente del Consejo debería haberse analizado, y lo mismo podríamos decir de cualquier persona que ocupe un cargo de responsabilidad.

¡CUIDADO SOBRE LO QUE SE HACE EN NOMBRE DEL PSICOANÁLISIS!

L’EXPRESS - ¡Cuidado! ¿Qué es lo que se le podría objetar al Sr. Guy Mollet(3) si hubiera estado analizado? ¿Si pudiera invocar estar inmunizado cuando sus contradictores no lo están?

Dr. LACAN
- ¡No tomaré partido sobre el tema de si el Sr. Guy Mollet haría o no la política que hace si estuviera analizado! Y que no se me haga decir que pienso que el análisis universal sería el principio de resolución de todos los problemas y de todas las antinomias, que si se analizara a todos los seres humanos no habría más guerras, más lucha de clases, digo formalmente lo contrario. Todo lo que se puede pensar al respecto es que los dramas tal vez podrían ser menos oscuros, más claros, menos confusos.

Vea usted el error, es lo que le decía ya hace un rato: querer servirse de un instrumento sin conocerlo, antes de saber cómo está hecho, para qué sirve. Ahora bien, en las actividades que son vividas por el momento en el mundo, bajo el término de “psicoanálisis” se tiende cada vez más a recubrir, a desconocer, a enmascarar el orden primero cuya chispa Freud fue el primero en encender. El esfuerzo de la gran masa de la escuela psicoanalítica ha sido lo que llamo una tentativa de reducción: meterse en el bolsillo lo que había de más molesto, de más subversivo en la teoría de Freud. Año tras año, se ve acentuarse esa degradación que pretende recuperar el psicoanálisis para “fomentar” la salud mental de los ciudadanos y que se confunde con los valores de una adaptación normativa incuestionada, hasta llegar a veces, como en los Estados Unidos, a formulaciones que están en franca contradicción con la inspiración freudiana.

No es precisamente porque el psicoanálisis siga siendo discutido que el analista debe ceder a una demanda sospechosa e intentar hacer más aceptables sus observaciones repintándola con colores abigarrados que no armonizan con su ser propio, con analogías tomadas más o menos legítimamente de dominios científicos cercanos pero que no podrían, sin distorsionarlo gravemente, confundirse con él.

UN TOQUE DE ATENCIÓN EN LA FORMACIÓN DEL PSICOANALISTA

L’EXPRESS - Es muy desmoralizador lo que usted dice para los posibles analizados...

Dr. LACAN
– Si le resulta inquietante lo que le digo, tanto mejor. Desde el punto de vista del público, lo que considero como más deseable es lanzar un grito de alarma y que tenga, en el terreno científico, una significación muy precisa: que sea un toque de atención, una exigencia primera concerniente a la formación del analista y sus condiciones específicas necesarias.

L’EXPRESS - ¿Acaso no es ya una formación muy larga y muy seria?

Dr. LACAN
– A la enseñanza psicoanalítica tal como está constituida institucionalmente hoy en día –estudios de medicina y luego un psicoanálisis, análisis llamado didáctico, hecho por un analista calificado y delegado para ello– le sobra algo prescindible y le falta, en primer lugar algo esencial, sin lo cual yo niego que se pueda ser un psicoanalista verdaderamente formado: el aprendizaje de las disciplinas lingüísticas e históricas, de las llamadas ciencias humanas como la historia de las religiones, etc. Para enmarcar su pensamiento en relación con esta formación, Freud, por su parte, reanima ese viejo término que me complazco en retomar y recordar de “universitas literarum”.

Los estudios médicos, si no inconveniente,s son muy evidentemente insuficientes para situarse adecuadamente y comprender lo que dice el analizado, es decir, por ejemplo para distinguir en su discurso el alcance de los síntomas, la presencia de mitos o simplemente para comprender el sentido de lo que dice, como se comprende o no el sentido de un texto. Al menos, por el momento, un estudio serio de los textos y la doctrina freudiana se hace posible por el asilo que le da, en la Clínica de las enfermedades mentales y del encéfalo de la Facultad, el profesor Jean Delay.

L’EXPRESS - ¿En manos de qué personas no suficientemente competentes piensa usted que el psicoanálisis tal como fue inventado por Freud corre el riesgo de perderse?

Dr. LACAN
– Actualmente, el psicoanálisis está, ciertamente, en vías de convertirse en una mitología cada vez más confusa. Se pueden señalar algunos signos -borramiento e incomprensión del complejo de Edipo, acento puesto sobre los mecanismos preedípicos, sobre la frustración, sustitución del término angustia por el de miedo. Todo eso no quiere decir que el freudismo, el primer resplandor freudiano, no continúe avanzando por todos lados como respuesta a la ex-sistencia de lo inconsciente. Se ven manifestaciones absolutamente claras de ello en todo tipo de ciencias humanas. Pienso, particularmente, en lo que me decía recientemente mi amigo Claude Lévi-Strauss del homenaje que los etnólogos finalmente rindieron al Complejo de Edipo, como a una profunda creación mítica nacida en nuestra época.

Es algo muy impresionante, totalmente sorprendente que Sigmund Freud, un hombre solo, haya logrado despejar cierto número de efectos que nunca habían sido aislados con anterioridad e introducirlos en una red coordinada, inventando de esta manera a la vez una ciencia y el dominio de aplicación de esta ciencia. Pero en relación con esta obra genial que es la de Freud, atravesando su siglo como un reguero de fuego, el trabajo que debería hacerse al respecto está muy retrasado. Lo digo con toda mi convicción. Y sólo se adelantará cuando haya suficientes personas formadas para hacer lo que necesita todo trabajo científico, todo trabajo técnico, todo trabajo donde el genio pueda abrir un surco, pero donde a continuación se necesita un ejército de obreros para cosechar.
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Notas:

1- Publicada posteriormente en Madeleine CHAPSAL, Envoyez la petite musique, Paris, Grasset, 1984, cap.: “Jacques Lacan”, pp. 38-66; retomado en la col. “Le livre de poche, biblio essais”, nº 4079, 1987, pp. 42-54.

2-. En el original francés, es decir en la transcripción de la entrevista está escrito así, y de ahí nuestra traducción, pero dado que se trata de una entrevista debe tenerse en cuenta que el aforismo de Freud: Wo Es war, soll Ich werden, al que se refiere Lacan, suele traducirse en francés como “Là où ça était, Je doit advenir”, “Donde Eso [Ello] era, debe Yo llegar a ser”. La cuestión es que “Là où ça était,...” es homofónico con: “Là oú ç’a été...”.

3-. [N del T] Guy MOLLET (1905-1975)
Político francés, militó en la Resistencia. Alcalde de Arras en 1945, elegido diputado en 1946 por la Sección Francesa de la Internacional Obrera, el que después sería el Partido Socialista Francés, de la que sería secretario general (1946-1969). Después de la victoria del Frente republicano (formado por los socialistas y los radicales de Méndez France) en las elecciones legislativas de 1956, Guy Mollet asumió la presidencia del Consejo de ministros a partir del 31 de enero de 1956. Su política colonial, en particular en Algeria, estuvo marcada por un endurecimiento que provocó la dimisión de P. Mendes France, y le acarreó numerosas dificultades, que se acrecentaron después de haber adoptado medidas a favor de los trabajadores y firmado el tratado de Roma (marzo de 1957) donde se plantearon las bases de Mercado Común Europeo, tuvo que dimitir (21 de mayo de 1957) al quedarse en minoría en la Asamblea nacional a causa de su gestión económica y financiera. La entrevista con Lacan se realiza pues poco después de esta dimisión, lo que hacía de G. Mollet un personaje de actualidad en aquel momento. Reclamado poco después del efímero gabinete Pflimlin durante la crisis de 1958, Guy Mollet se mostró favorable a la candidatura del General de Gaulle como presidente de la República y formó parte de su gobierno como ministro, antes de entrar en la oposición en enero de 1959, y de sostener la candidatura de F. Mitterand a la presidencia de la República (1965) y de promover la entrada de la S.F.I.O. en la Federación de la izquierda democrática y socialista (1966)

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*31 de mayo de 1957, nº 310 con el título. LAS CLAVES DEL PSICOANÁLISIS. Puede encontrarse asimismo en Bulletin de l’Association freudienne (bajo el título: “Les clefs de la psychanalyse”), 1986, nº 20, pp. 5-11; y en L’âne (bajo el título: “Entretien avec Jacques Lacan”), 1991, nº 48, pp. 28-33. En su número del sábado 11 de diciembre de 2004 en la sección de “Los archivos de L’Express” ha sido republicado esta entrevista con Lacan lo que da cuenta de su actualidad a pesar de los casi 50 años transcurridos desde su primera aparición.

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Trad. y notas de Juan Bauzá y Mª José Muñoz. (Revisión jalvarez-redactor BLOG-ELP).

18 de Abril de 2014

Un escalofrío. Juan Carlos Ríos (Granada)

00:05:00 , por jalvarez Spanish (ES)

Un día, transcurridos tres meses de conversaciones con Ramón, llega y nada más tomar asiento me mira con una seria sonrisa y dice “no estamos solos”, al preguntarle qué quería decir añade que hay una mujer mayor ahí “al lado”, sentada a mi derecha. El leve pero afilado escalofrío que me atravesó al instante no impidió que le preguntara ¿qué podemos hacer? Su respuesta fue clara: “dejarla ahí tranquilita, que no hable, que no nos moleste”.

Y así fue, la conversación con Ramón -un paciente diagnosticado de esquizofrenia que atiendo en un dispositivo público- pudo proseguir.

Este acontecimiento, a posteriori, me facilitó un atisbo de la lógica trinitaria que Lacan aborda cuando dice en el Semanario 23 que “lo real prende fuego a todo. Pero es un fuego frío”[1].

El escalofrío, ese calor frío, es una tupición, un disfraz de lo real.

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Notas:

1 Lacan J., El Seminario, libro 23, El sinthome, Buenos Aires, Paidós, 2006, p. 119

15 de Abril de 2014

El futuro es femenino*. José R. Ubieto (Barcelona)

15:05:00 , por jalvarez Spanish (ES)

En una época de incertidumbres lo único cierto son las paradojas, signo de una nueva era en la que ya no funciona únicamente la lógica que inauguró el régimen patriarcal, donde todo estaba escrito y calculado en una misma clave. “Estamos en la fase de salida de la era del padre, -escribía el psicoanalista Jacques Alain Miller-, y lo femenino toma la delantera a lo viril”.

El factor más decisivo es el nuevo rol de la mujer que implica nuevas maneras de hacer y sitúa lo femenino como la lógica que mejor convive con las paradojas y la incertidumbre. Si lo fálico exige la previsión contable, cierto conservadurismo y promueve vínculos jerárquicos, lo femenino se aviene mejor con la improvisación, la horizontalidad de la red y una identidad en construcción.

Basta echar un vistazo a los recientes movimientos sociales y políticos, a los fenómenos de resistencia activa en los países islámicos, a las propuestas de cambio social, donde el compartir se ofrece como alternativa al conflicto directo, para percibir que el futuro es y será femenino. El liderazgo y la presencia en ellos de muchas mujeres y hombres que coinciden en no rechazar lo femenino que los constituye, anuncia esta nueva lógica del no-todo fálico, opuesta a la idea de la norma-macho que definiría en exclusiva aquello que es normal para hombres y mujeres. Lógica femenina que se expresa bien en las prioridades, más cercanas al sufrimiento, a lo que no va, a lo que cojea en cada uno y en cada comunidad.

La paradoja, decíamos, es el rasgo propio de la hipermodernidad y por ello este cambio cohabita con el viejo paradigma patriarcal: el totalitarismo en la política y el feminicidio en el ámbito de las relaciones de pareja, son sus síntomas más claros.

"Para el hambre que dice usted estar pasando, la veo bastante gordita". Esta frase, dicha por el periodista Alfonso Rojo a la activista de la PAH, Ada Colau, rezuma un evidente machismo, aunque solo sea por considerar que la “normalidad” de un cuerpo de mujer debería ser la delgadez. Pero además Colau es una líder social atrevida, que no ha rehuido enfrentarse dialécticamente a hombres poderosos, hecho también poco normal. No se trata de una simple anécdota que condenar, llueve sobre mojado. Las leyes sobre el aborto y la educación, o el auge en Europa de la extrema derecha son otras formas de “normalizar” esos cuerpos femeninos agitados.

Si el régimen del “todo fálico” supone que la mujer quede reducida a su condición de objeto, en la escena sexual y en otros ámbitos de la vida, la propuesta actual redefine los roles y torna problemático el papel del hombre. Para empezar, ya no puede servirse igual de la potencia que le otorgaba esa disimetría y su rol central en la provisión de bienes. Hoy ya no son los hombres los únicos, y pronto dejarán de ser los principales, sustentadores de la familia.

Algunos leen este hecho, en su clave fálica, como la consecuencia de un cambio de poder: ahora ellas quieren mandar. Eso les provoca desorientación, inhibición, sentimientos de infantilización. Para otros el sentimiento de indignación y rabia, mezclado con el afecto depresivo, alcanza formas de odio que llegan al asesinato, tal como muestra la cifra de feminicidios.

El duelo de este tiempo que se acaba, difícil para muchos y muchas, se prolongará, y en él mientras tanto asistiremos a la paradoja del retorno más feroz de modos antiguos que resisten violentamente a un futuro que será femenino.
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* La Vanguardia, Tendencias, 13 de abril de 2014

Visite: http://joseramonubieto.blogspot.com.es/

12 de Abril de 2014

¡¡¡Novedad!!! Letras lacanianas, nº 8. "La distinción femenina". Revista de Psicoanálisis de la Comunidad de Madrid de la ELP.

02:42:00 , por jalvarez Spanish (ES)

EDITORIAL. Ana Lía Gana

¡Ah, de lo femenino!

Pasea por Letras Lacanianas,
que en cada escrito deja letras afines.
de esta distinción femenina
entre pura ausencia y pura sensibilidad.

Ella no se deja subsumir a la uniformización
que el amo propone,
su lógica encarnada se opone.

Ella se deprime y,
de esta manera, hace objeción,
no quiere entrar en los modos identificatorios
que el amo le expone.

Ella, blasonada de erotomanía
frente a la lógica de la mercancía,
no comulga con el sujeto
desencarnado de la ciencia.

Ella, como la Escuela es no-toda
afín a lo múltiple y a la invención,
quiere hacerse reconocer en su singularidad.

Ella no toda embarcada en el navío fálico,
tiene afinidades con el infinito,
aunque pueda, en su sin-fin, padecer algún extravío
en el mar de ese Otro goce que la habita,
en tanto que insimbolizable e indecible.

Y sí es a partir de ella que
una nueva alianza con el goce
presupone una cierta aquiescencia a
la feminización del mundo.

Ella se hace el síntoma de otro cuerpo,
el de su partenaire,
y nuevamente hace obstáculo para ser
reabsorbida en el individualismo de masas.

Es ella la japonesa que se deprime
frente a la construcción de un partenaire sin síntoma,
frente al parletre japonés que prescinde del Otro.

Ella es Otra, como Hannah,
que da esa interpretación banal
a la cuestión más peliaguda.

Banal por cuanto no es en lo universal
donde Arendt encuentra la causa; sino
en lo singular, en el cada uno de la responsabilidad.

Ella, entonces, se resiste
a la in-diferencia
en la que lo universal subsiste.

9 de Abril de 2014

El discurso de la ciencia imbeciliza. Marco Mauas (Tel-Aviv)

15:14:00 , por jalvarez Spanish (ES)

Circulan, por aquí y allá, diversas preocupaciones del efecto del uso de los gadgets en las funciones llamadas cognitivas de los sujetos contemporáneos: afectarían la memoria, la inteligencia, la concentración. Deslizarse demasiadas horas por internet puede afectar la posibilidad de leer.

Quisiera, para ir rápido y no entorpecer más de lo que ya está la paciencia de lectura de mis lectores, proponer la siguiente tesis radical: la ciencia de hoy en día, tal como está dicha y articulada cada vez con más fuerza en el mercado, imbeciliza y estimula la debilidad mental.

Un primer muestreo para esta tesis lo he tomado del sitio de Scientific American, en particular de un número dedicado a “Mind”(1). Una reverse engineering del pene. Se trata de un artículo (acerca de una investigación por el célebre científico Gordon Gallup) que muy seriamente propone la tesis doble:

1-El pene del macho humano es más largo en general que el de sus parientes cercanos, monos y gorilas, y esto es ventajoso y se entiende desde el punto de vista evolutivo, pues tiende a asegurar la paternidad, al mejorar la posibilidad de la fertilización por los espermatozoides que serían más efectivamente llevados a destino;

2-La forma del pene, en particular el glande, es evolutivamente conveniente en la medida en que posibilita la extracción de semen de competidores machos, eventualmente ya presente con anterioridad en la vagina de la hembra. Esto habría sido confirmado por experimentos utilizando modelos de genitales en el laboratorio, verificando la capacidad extractora de la forma del glande, y también mediante cuestionarios a voluntarios. En efecto, le idea de una infidelidad anterior al coito sería causante de una actividad sexual más intensa, que podría causar la aspiración por vacío del semen que estaba allí, previo a dicha actividad. El correo de lectores, si bien testimoniaba de respuestas serias, no carecía de simpáticas risas y hasta alguna alusión a la contingencia del género en la especie humana. Un lector por ejemplo, comentaba que su compañera se despertaba por las mañanas, se estiraba, y luego seguía con la frase: “I feel like a new man”.

¿Habrá oído hablar nuestro científico de Joan Riviere y su famosa analizante? Su investigación se reclama más bien de la llamada “reverse engineering” (ingeniería inversa). Descubrir los principios que están en la base de algún dispositivo, de modo de poder fabricar uno similar, sin que sea una copia exacta del original.

El psicoanálisis introdujo el falo en los discursos sociales: deja de no escribirse, es decir, es tomado en la articulación significante, y “en consecuencia el padre es desplazado.”(2) Lo que resulta de este texto que acabo de resumir muy apretadamente, extraído de una revista sumamente seria, apunta a la dirección contraria: el pene es tomado como modelo por la ingeniería inversa, y de allí somos llevados a la paternidad exaltada y a la monogamia darwinista.

La ciencia desarma la familia, y al mismo tiempo el discurso de la ciencia destruye la posibilidad de captar el alcance de su propio efecto. Si la debilidad mental es entendida como una dificultad para separar y articular dos capas, dos estratos que son producto de un mismo movimiento, no cabe duda de que la ciencia nos vuelve cada día más imbéciles.

¿Cuáles son las consecuencias para aquellos sujetos que apuestan a un análisis? Quisiera subrayar que para responder a esta pregunta, no es menos importante la otra cara, moebiana quizás, de la misma pregunta: ¿cuáles son las consecuencias para aquellos sujetos que no apuestan a un análisis, y sin embargo logran sustraerse a esta imbecilidad? Pienso por ejemplo en el testimonio personal de Philippe Sollers(3): le interesaba la enseñanza de Lacan por su lógica. Jamás pensó en analizarse, pero quizás por eso mismo, pues se las arreglaba con el desorden simbólico -del siglo XX- sin analizarse, le interesaba a Lacan, despertaba, según él, la curiosidad de Lacan(4).

Esta es una pregunta que me parece podría ser útil para la cuestión de las consecuencias, para las curas analíticas, de un orden simbólico desarticulado: ¿cómo tomar algo de aquellos que pueden ser puestos en serie, junto a Joyce y Philippe Sollers, en el denominador común de que se las arreglaron “para tener un cuerpo a pesar de todo, sin formar parte de un cuerpo constituido”? Además de ser un artista, como Joyce, Philippe Sollers lo dice, lo declara. ¿Esto ya es del siglo XXI?

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Notas:

1-. http://www.scientificamerican.com/article.cf m?id=secrets-of-the-phallus

2-. Eric Laurent: “El Orden simbólico en el siglo XXI”, http://litura.wordpress.com/2011/06/23/el- orden-simbolico/

3-. Sollers, Ph: “Lacan meme”, http://www.philippesollers.net/lacan.html

4-. Sollers, ibid: « Je pense qu’il [Lacan] s’est demandé comment on pouvait être comme moi sans passer par l’analyse. Je pense qu’il se l’est vraiment demandé, comme il se l’est demandé à propos de Joyce ou d’autres. Cela me paraît tout naturel d’être comme je suis sans passer par la psychanalyse et l’université. Comment peut-on être un corps pleinement agissant sans être membre d’un corps constitué.»

6 de Abril de 2014

Entrevista a Gustavo Dessal: "La chispa de un deseo puede cambiar a un sujeto, a una comunidad, a un país". Télam (Buenos Aires)

01:43:00 , por jalvarez Spanish (ES)

El psicoanalista y escritor argentino Gustavo Dessal, exiliado en España desde 1976, de cara al próximo congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), refiere sobre algunos equívocos entre psicoanálisis y psicología, despeja cierto tono apocalíptico propio de la época y asegura que la supervivencia de su práctica sólo la asegurarán los mismos analistas, además de comentar algunos apartados del reciente volumen colectivo Un real para el siglo XXI.

El libro, publicado por las ediciones Grama y la publicación francesa Scilicet bajo la dirección de Jacques-Alain Miller, está compuesto por una cantidad de artículos o ensayos que o bien reformulan conceptos clásicos de la clínica lacaniana o bien introduce, por ese expediente, ciertas novedades de peso. Dessal nació en Buenos Aires en 1952.

Es analista miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP) y de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP). Publicó, entre otros libros, Principio de incertidumbre, Clandestinidad, Operación Afrodita y Demasiado rojo.

Esta es la conversación que sostuvo con Télam desde Madrid, donde reside.

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Télam: El psicoanálisis ¿cura o sólo es una máquina de producir psicoanalistas?

Gustavo Dessal: El psicoanálisis cura, y es también una máquina de producir psicoanalistas. Podemos decir que el psicoanálisis cura, siempre y cuando pongamos en cuestión lo que eso significa. Freud imaginó su invento como algo capaz de lograr que un sujeto cambiase una existencia miserable por una infelicidad admisible. Jamás consideró que el fin del análisis consistía en curar en el sentido médico del término, devolverle al paciente la salud, puesto que forma parte de la esencia misma del discurso analítico cuestionar de raíz los conceptos de salud, bienestar, adaptación, normalidad, etcétera. Es una de las razones por las que el psicoanálisis se distingue de la psicología. Freud -y Lacan rescató este postulado ético fundamental, que estaba a punto de desaparecer del movimiento psicoanalítico- construyó una teoría de la subjetividad basada en el escepticismo lúcido. No creía en el progreso ni en la superación. No albergaba la más mínima esperanza sobre el ascenso de la razón, y aunque era un hijo de la Ilustración, se encargó de subvertir todos sus valores. La forma en la que concibió la cura se nutrió de esa posición. La curación analítica es el resultado de una experiencia, una experiencia en la que la elaboración de saber no es un simple medio para lograr un fin, sino que es ya un fin en sí mismo. Conocer algo sobre nuestro inconsciente, desprendernos de la ingenuidad que nos hace creer que nuestro malestar depende de condiciones que son ajenas a nosotros mismos, asumir la responsabilidad de al menos una parte del sufrimiento que padecemos, forma parte de la cura.

El psicoanálisis no promueve la idea de que al final del camino nos espera la felicidad o la armonía, sino un modo diferente de habitar el desamparo, la soledad y la infelicidad de la condición humana. Una manera menos tonta.

Por supuesto, quiero dejar bien claro que esto no está reñido con el hecho de que un psicoanálisis debe aportar efectos terapéuticos que se traduzcan en un alivio sustancial a muchos de los síntomas que traban la vida de una persona. Pero partiendo de la base de que jamás alcanzaremos un equilibrio que no solo es imposible por definición (el conflicto es ineliminable) sino que supondría la disolución de lo que hace de un sujeto algo único, irrepetible. Y, como decía al principio, el psicoanálisis es también una máquina de fabricar psicoanalistas. Es, por así decirlo, la parte fundamental del proceso de producción. El psicoanálisis solo perdura en tanto existen analistas. Es una praxis, y no una filosofía, por lo tanto requiere practicantes que deben formarse en el diván, además de cultivar los textos de su disciplina (en lo posible de algunas otras también). El éxito del psicoanálisis, es, por encima de todo, su supervivencia, lograda a partir de que continúa fabricando psicoanalistas, psicoanalistas que deben -ellos sí- curarse definitivamente de algo: del deseo de curar.

T: Se habla del estadio del espejo. ¿Cómo pensar ese estadio en los niños ciegos?

D: A pesar de la importancia que Lacan le dio a la dimensión visual en sus primeras formulaciones sobre el estadio del espejo, hay que tener en cuenta que la constitución de la imagen del yo no es una experiencia empírica, puramente escópica. El espejo no es necesariamente un espejo real. Tengamos en cuenta que existen culturas que durante siglos no han tenido recursos ni técnicos ni naturales para observar el reflejo de su imagen. Ni en un ojo de agua, ni en un trozo de vidrio. Por otra parte, sujetos que ven perfectamente pueden padecer graves trastornos del yo y de su imagen corporal. El estadio del espejo es una fase que debe asegurar el modo en que lo imaginario se asienta en el sujeto humano, pero depende de una serie compleja de elementos. La vivencia de una imagen unificada del cuerpo requiere la intervención fundamental de la mirada, pero no tanto la del sujeto mismo, sino la del Otro, encarnada en particular por la madre, si tenemos en cuenta que la madre es para el psicoanálisis una función, y no una entidad biológica. Incluso un ciego puede tener la experiencia de sentirse mirado. La mirada es algo que se percibe en las palabras del Otro, en lo que dice y lo que no dice, en el lugar que su discurso nos ha reservado. En ese sentido, el valor que nuestro inconsciente percibe en el deseo de ese Otro primordial está interviniendo de forma radical, y entre otras cosas determina la constitución más fallida o lograda de la imagen del yo que, insisto, no se reduce a la captación visual de nuestro reflejo. De todos modos, lo dicho no invalida que los ciegos de nacimiento manifiestan en su mayoría trastornos importantes en el nivel de lo imaginario.

T: En la conferencia que dio Jacques-Alain Miller al cierre del congreso en Buenos Aires (y que abre este volumen), dice que a Lacan, la pasión por el nudo borromeo, le sirvió para llegar a esa zona irremediable de la existencia, la misma zona que Edipo en Colona, donde se presenta la ausencia absoluta de caridad, de fraternidad, la ausencia de cualquier sentimiento humano. Una frase como ésta, ¿no daría lugar a ficciones distópicas o apocalípticas? ¿Estamos viviendo en ese mundo?

D: Para Lacan, la referencia a Edipo en Colona, que encontramos en su seminario VII, La ética del psicoanálisis , tiene un propósito muy específico. No es el Edipo de Tebas, en el que Freud se inspiró. Es una obra en la que vemos a Edipo luego de que se le revelase la verdad. Ciego, desamparado, vaga a tientas por el mundo. Es la metáfora de alguien que, habiendo franqueado todas las barreras (ha cometido parricidio e incesto), entra en una zona en la que ya no hay nada. ¿Por qué Lacan se interesa en esto? Por supuesto, no se trata de que el analizante deba ser empujado a llevarse por delante los límites de la civilización, sino que, de manera estrictamente simbólica, y solo en el caso de que esté dispuesto a ello (un análisis solo prosigue hasta el extremo en que el analizante lo desea, o lo admite, o lo soporta) puede hacer la experiencia de alcanzar el fundamento mismo de su existencia: algo que carece de todo amparo, una soledad inaugural que no conoce atenuantes. Pero desde luego, el análisis no se detiene allí. No es una experiencia nihilista. Todo lo contrario. Atravesar esa zona tiene como función el despojarnos de las falsas ilusiones, de los espejismos de los ideales, y prepararnos para una nueva forma de apertura al mundo, un poco más advertidos de que existe algo que se llama lo real, lo que no se anuncia, ni se previene, ni se pronostica.

En la actualidad, existen dos grandes modos de tratar lo real: el modo que impone la ciencia, consistente en imaginar que lo real puede ser reducido por completo, que puede llegar incluso a eliminarse de la vida (la muerte, la enfermedad, lo imprevisible, la locura, y todas las formas de encuentros fallidos que podamos poner en una lista), lo cual conduce al retorno de lo peor, es decir, de un mundo en el que el deseo absoluto del bien universal provoca efectos iatrogénicos monstruosos y, por otro lado, ciertos autores que predican el apocalipsis, la idea de que la metáfora bíblica de Sodoma y Gomorra ya se ha realizado. Vivimos en un mundo que ha cambiado, pero creo que es un error tanto el ignorarlo como el suponer que nada ha quedado en pie. No comparto la idea de que caminamos hacia lo peor. Quiero decir que no comparto la idea de que eso sea algo nuevo. Siempre hemos caminado hacia lo peor (en definitiva es eso a lo que Freud llama la pulsión de muerte), pero no debemos desechar que existe otra cosa, algo que si bien no detiene eso por completo, al menos puede atemperar sus efectos: Eros. Supongo que a algunos les parecerá un término en desuso, pero yo no lo considero así. No me refiero a la creencia ingenua en el poder del amor, como en la época del flower power (que tuvo tanta dignidad como el Mayo del 68), sino a que el psicoanálisis no es una filosofía del pesimismo sin más. El psicoanálisis promueve el deseo, algo que está del lado de la vida. Y el deseo puede llegar a ser un arma increíblemente poderosa. La chispa de un deseo puede cambiar a un sujeto, a una comunidad, a un país, incluso a una era.

T: Uno de los apartados es sobre pornografía. ¿Qué es la pornografía para el psicoanálisis de orientación lacaniana en la época de la agitación de lo real?

D: No tengo una reflexión al respecto, e ignoro si en el psicoanálisis de orientación lacaniana hay una elaboración importante sobre este tema, que la invención de internet ha multiplicado de forma exponencial. Tampoco estoy seguro que hoy en día la pornografía cumpla un papel muy distinto al de antaño. Ha ido conquistando el mismo terreno que tantas otras cuestiones relacionadas con la sexualidad, y con el modo en que una sociedad admite determinadas prácticas. La tolerancia hacia la degradación es cada vez mayor. Lo vemos a diario en los medios, en los que la obscenidad ya casi no asombra a nadie. La pornografía es la demostración de que el deseo es en esencia perverso, en especial el deseo masculino. La imagen, y su tratamiento moderno gracias a las tecnologías de la red, la puso al alcance de cualquiera. Todo el que quiera puede buscar la forma de soñar con el goce que no existe. Antes no era fácil acceder a las fuentes de pornografía, hoy en cambio lo es. Lo que indudablemente tiene sus efectos en la clínica, o mejor dicho, en la forma en que la pornografía invade la vida cotidiana de la gente. Ya no es necesario que tu mujer te descubra en la cama con otra. Le basta con meterse en tu ordenador y ver las páginas que has visitado. Los pacientes hablan todo el tiempo de esos avatares. Pero no diría que el mundo está a punto de estallar por ese motivo.

T: Las toxicomanías, ¿pueden pensarse como una nueva religión?, ¿cómo sería eso?

D: No lo creo. El uso del tóxico ha variado mucho en las últimas décadas. Timothy Leary intentó fundar una religión con el LSD, y en cierto modo consiguió un número nada despreciable de adeptos. Una religión supone un lazo social, es un lazo social, sin ninguna duda. Y en ese sentido, los ‘60 y ‘70 representaron un intento de crear una suerte de religio en la que las drogas eran un medio para generar un sentimiento de lo común. Pero actualmente las drogas son la antítesis del lazo social. El toxicómano se entrega a un goce solitario, un goce que no está sostenido por ningún discurso ideológico. Se trata o bien de encontrar una satisfacción singular, que no se inscribe en el dominio del relato de la subjetividad, o es una defensa contra el goce invasivo de la psicosis. Las toxicomanías constituyen un síndrome muy complejo, que no admite una definición común. Existen sujetos que consumen sustancias o -si se admite la extensión del término- son adictos a ciertos comportamientos. Pero no creo que ninguno de ellos esté particularmente interesado en convertir ese rasgo en el componente de una religión.

T: ¿Por qué el speed dating es importante al punto de tener un apartado propio en este libro?

D: Desconozco la razón por la cual los responsables de este libro incluyeron esta nueva práctica. Supongo que, con toda razón, se trata de mostrar el surgimiento de fenómenos que muestran una variación de las costumbres eróticas y amatorias, producida entre otras cosas por el cambio actual de paradigma. La licuefacción del amor apuntada por Zygmunt Bauman fue el punto de partida para reflexionar sobre nuevas formas en las que los sujetos organizan y sustentan el lazo social. En una sociedad en la que nada es ya muy duradero -ni un trabajo, ni la permanencia en un mismo lugar geográfico, ni la vida en común, ni la unidad familiar-, es lógico que la vida sexual también se vea afectada. Las personas tienen cada día más el sentimiento de que deben adaptarse a una nueva forma de vida, en la que deben abandonar la expectativa de una continuidad, una solidez, una duración. Quien no se adapta a lo efímero, corre el riesgo de quedar excluido. Desde luego, todavía lo líquido convive con ciertos restos sólidos, pero es evidente que avanzamos en esa dirección. No se puede perder ni un minuto, y el speed dating es una fórmula adecuada para la gente que le da al amor el tiempo justo para una agenda en perpetuo cambio, y que además se resiste a renunciar a lo que considera como su realización personal.

La vida se configura como un enjambre de unos solos, como pensaba Lacan sobre el inconsciente al final de su enseñanza. Pero todavía existe el slow dating, aquellos que confían en la existencia de la relación sexual, y se esfuerzan por inscribirla mediante los usos clásicos, tradicionales. De momento, sostengo que la modernidad no ha logrado aún el reinado absoluto del cinismo. Tal vez lleguemos a eso, no lo descarto. Pero los psicoanalistas tenemos que cuidarnos de no ceder a la tentación de gozar del fantasma del apocalipsis.

4 de Abril de 2014

¡Escuchemos a los autistas! Ecoutez les autistes! Vilma Coccoz (Madrid)

00:34:00 , por jalvarez Spanish (ES)

Nos hacemos eco del título del manifiesto que Jean-Claude Maleval escribió con motivo de la proclamación del autismo como Gran Causa Nacional 2012 en Francia.

Maleval se hace allí portavoz de los autistas, de su conmovedor reclamo por ser considerados seres inteligentes, de su clamor por el merecido respeto a sus particulares invenciones, trabajosamente elaboradas para contener las angustias inconmensurables que padecen y que no consiguen transmitir sino en la desesperación y en las crisis. En la Declaración de los derechos de personas autistas se recoge explícitamente como “el derecho [de estas personas] a no ser expuestos a la angustia, a las amenazas de tratamientos abusivos.”

No deja de ser estremecedor que en los protocolos de actuación generalmente aplicados sean prioritarias las estrategias de aprendizaje evaluables, es decir, una solución universal, válida para todos los autistas. Este postulado se deriva de la referencia al aprendizaje del hombre normal frente a cuya vara de medir las “obsesiones” del sujeto autista son anormalidades indeseables, que se deben suprimir cuanto antes. Clama al cielo que en la literatura autodenominada “científica” que se esgrime como base de esos abordajes pedagógicos sean ignoradas las numerosas monografías clínicas y los relatos auti-biográficos, nombre que propuso Donna Williams para los testimonios.

El método ABA es un método de aprendizaje, no un modo de conocimiento del autismo. El método TEACCH está dirigido a construir una realidad compartida, un sistema de comunicación basado en pictogramas, pero no se interesa en la vida afectiva ni en el trabajo de protección contra la angustia.

La orientación psicoanalítica, centrada en la particularidad subjetiva, no deja de lado ninguno de los ámbitos en los que se despliega el funcionamiento del ser humano. Siendo lo natural al ser humano el lenguaje, la palabra. En las personas aquejadas de autismo Lacan pudo detectar un “estado congelado de la palabra.” Lo esencial, pues, es ofrecerles el clima subjetivo adecuado para que pueda germinar su enunciación singular, la cual, presa en el trabajo de la defensa, se niega al intercambio. Aislado del Otro, el autista sólo se escucha a sí mismo. Ecos, murmullos, cánticos, sonidos, parrafadas, estribillos…surgen de forma inesperada, como saludos enviados a un buen entendedor.

El psicoanalista, representante del Otro, se ofrece como el destinatario discreto de esta “palabra a la espera”. Debe saber callarse sus expectativas, a sabiendas de que, incluso una valoración positiva puede convertirse en una demanda obligando al sujeto autista a permanecer cautivo del no.

El Sí a la palabra, al lazo social, depende de haber sido escuchado. Porque escuchar forma parte de la palabra.

1 de Abril de 2014

UN REAL PARA EL SIGLO XXI. Textos de orientación. (Selección 4). Marco Focchi, Dominique Holvoet, Francisco-Hugo Freda.

02:02:00 , por jalvarez Spanish (ES)

La causa real es la causa no necesaria
Marco Focchi

La noción de causalidad no tiene buena prensa en el pensamiento moderno. Bertrand Russell, en un texto que da la salida a la reflexión contemporánea sobre este problema, afirma que "La ley de causalidad, […] como muchas ideas que circulan entre los filósofos, es una reliquia de un tiempo desaparecido, al que sobrevive, como la monarquía, únicamente porque erróneamente se supone que no provoca estragos"[1].

Hume, en efecto, ha asestado un golpe decisivo al concepto de causa, liberándolo del vínculo con la necesidad. La causalidad, vínculo lógico entre la causa y el efecto, no es demostrable, y la relación entre causa y efecto puede constatarse exclusivamente a nivel de la experiencia, ahí donde únicamente el uso nos da la prueba de que a una cierta causa le sigue siempre un efecto determinado.

Sin embargo, es a él a quien puede atribuírsele el fundamento de la noción de causa que Lacan busca cuando, en "Position de l'inconscient"[2], dice que únicamente la instancia del inconsciente permite "que se capte la causa en ese nivel en el que un Hume pretende desemboscarla".

El concepto freudiano, sobre el que Lacan se basa para proponer aquí la noción de causa, es el de Nachträglichkeit, el efecto de retroacción, en el que un elemento heterogéneo, que Freud define como traumático, se vuelve activo solamente cuando, en un segundo tiempo, toma sentido para el sujeto.

En otros términos: para Freud, como para Hume, la causa permanece externa al plano lógico y discursivo, y es esto lo que le da consistencia como real. Al mismo tiempo, la causa, considerada como real y, por lo tanto, fuera de sentido, se torna efectiva únicamente cuando toma sentido en la dimensión subjetiva.

Aparece entonces una conceptualización de la causa que no coincide en absoluto con el concepto de causa en el discurso científico.

Cuando, en las neurociencias, se busca una molécula responsable de un comportamiento, —difundiendo en el público una idea de concreto y de eficacia particular ya que una molécula se sabe dónde está y se sabe cómo tratarla—, nos basamos sobre el concepto de causalidad, que es un concepto extensivo generalizado.

La extensión está definida por el hecho de ser partes extra partes, partes separadas unas de otras. La extensión es pura exterioridad, sin conciencia, sin pensamiento, sin nada que la anime. De hecho, la física —la disciplina que estudia específicamente esta exterioridad (lo que ocupa esta exterioridad)— es una ciencia de los cuerpos inertes, sometidos a la ley fundamental de la energía según la cual un cuerpo se pone en movimiento únicamente si recibe un impulso del exterior o, si ya está en movimiento, se detiene únicamente si encuentra un obstáculo exterior a él mismo.

Cuando las neurociencias, con todos sus innegables progresos, buscan en el cerebro la causa de un comportamiento, caen inevitablemente en la investigación de una causa externa (que el cerebro esté situado dentro del cráneo no cambia nada con respecto a la definición de partes extra partes).

A la inversa, si nos preguntamos dónde se sitúa el elemento heterogéneo o traumático que se activa a posteriori con el mecanismo del Nachträglichkeit, la única respuesta que podemos dar es que no está localizado, que no tiene coordenadas espaciales, es un encuentro sin lugar, y es un "mal encuentro". Este encuentro, contingente, no solamente no tiene lugar de cita, sino simplemente no puede ser referido a ninguna coordenada espacial, es un aleteo, una deshilachadura de la existencia en la que el tiempo se detiene.

La causa, en psicoanálisis, como causa del deseo, no tiene un carácter extensivo, no está situada en un exterior, porque está en el Otro. El sujeto extrae del Otro la causa de su propio deseo y, cuando no es así, cuando la voz o la mirada no están situadas en el lugar del Otro —que no es un lugar del espacio— las cosas son más difíciles; por ello toman la forma del delirio o de alucinaciones.

Lacan ha jugado con esta idea en una de sus últimas conferencias. Si la libertad consiste en el hecho de tener en uno mismo su propia causa, según la definición aristotélica clásica que recorre bajo diversas formulaciones toda la filosofía (tener en sí su propia causa es diferente de ser "causa sui", prerrogativa que Spinoza reservaba a la substancia, la única que él llamaba Dios), entonces, el psicótico es, por definición, el hombre libre.

La última enseñanza de Lacan hizo pedazos las distinciones estructurales de las categorías clínicas, suprimiendo los límites que separaban claramente la neurosis y la psicosis. La locura entendida como imposibilidad de afrontar la sexualidad mediante el saber, del logos, de la razón, implica a todos los seres hablantes sin distinción de categorías.

La sexualidad, ahí donde el psicoanálisis encuentra su propio real, diferente del extensivo de la ciencia, es un campo en el que el vínculo entre la causa y el efecto está roto. En "Posición del inconsciente", Lacan ha pensado la causa en referencia a una "razón": la causa perenniza la razón que subordina el sujeto al efecto del significante. Con la generalización de la locura a todos los seres hablantes, esta razón ha sido retirada, como si ni siquiera se hablase más del efecto del significante al que el sujeto está subordinado.

El tiempo suspendido del elemento heterogéneo no encuentra razón a la que engancharse y va a la deriva, circunscrito cuando es posible por un síntoma.

Ese momento suspendido sin razón es el hic Rhodus hic salta de nuestra clínica en la que la apuesta es hacer de un síntoma una razón, no por la que vivir, sino con la que (complemento circunstancial de medio) vivir.

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Traducción Carmen Cuñat

Notas:
1. Russell B., « Sur la notion de cause », Philosophie, 1/2006, n°89, p. 3.
2. Lacan J., « Posición del inconsciente », Escritos, Barcelona, RBA, 2006, p. 818.

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Hacer materia de lo real
Dominique Holvoet

Si el psicoanálisis freudiano ha surgido de los vestigios del paternalismo decadente de finales del XIX, Lacan abre con la categoría de lo real un camino hacia otra consistencia, propia del siglo XXI, por debajo del sentido que venía a garantizar el Nombre-del-Padre, incluso por debajo del fantasma que constituye un último recurso cuando el Otro ya no responde. Esta otra consistencia, Lacan la sitúa en un lugar marcado por el encuentro inicial del goce y del cuerpo, marcando este último con un cuño indeleble que hace eco en el cuerpo mediante la simple repetición de lo mismo, trozo de real inexorable a toda demanda, fuera de sentido, sin relación de causa a efecto.

Con el tema del próximo congreso de la AMP, Jacques-Alain Miller nos introduce a este inexorable como otro nombre de lo real al que aspira un análisis sin alcanzarlo nunca, a no ser por pequeños fragmentos, "fragmentos asistemáticos"[1].

El encuentro inicial contingente, que no responde a ningún querer decir, produce efectos de goce siempre perversos, desvirtuados que, sin embargo, son, escribe Miller, "lo que queda de vivaz como sueño",[2] dejando entender que, como los elementos de la tradición, quedan envueltos por una ilusión, atrapados en las redes del sentido y de la intención, manteniéndose al nivel del fantasma. Lo que busca un análisis, llevado tal y como Lacan lo enseña, es a despojar lo real del sentido, a tomarlo, este trozo de real, tal y como es, sin la pantalla del fantasma, sin creer más en cualquier otro remedio que no sea tragarlo crudo: ¡Así sea!

En su contribución al What's up n°7, Éric Laurent nos invita, partiendo de este punto de no garantía radical, a tener en cuenta "lo que de la substancia gozante no se articula ni en el circuito pulsional, ni en el aparato del fantasma". Destaca entonces un resto no negativizable "que ya únicamente se comporta como una quasi-letra en su iteración"[3]. Lo que queda entonces, cuando el análisis desemboca en ese punto de desalienización de las ficciones del decir, es esa marca sin sentido, en su materialidad de letra. Esta marca es lo que Lacan ha llamado el sinthome y que Graciela Brodsky en el What's up n°8 extrae "como forma de saber hacer ahí, de arreglárselas con lo real, de "hacerse" a lo real como el artesano se hace a la materia con la que trabaja"[4] – que este real sea por lo tanto menos insoportable ya que ha sido puesto a trabajar. Lo Real puesto a trabajar no es ya entonces, propone Graciela Brodsky, un real "clínico". Esto permite desembocar en el sinthome como "un programa de goce cuya repetición […] demuestra finalmente ser, para el sujeto, la solución encontrada para tratar lo real en tanto que imposible de soportar". Hay que perturbar la defensa contra lo real de forma que se desprenda un trozo de real que haga que vuestra solución sea individual, sin división y sin reparto, que sea vuestro programa de goce –esto en el régimen del Uno-solo tal y como lo ha aislado J.-A. Miller en su último curso. Como lo sugiere Sergio Laia en el What's up n°5, he aquí lo real que el psicoanálisis lacaniano ofrece al siglo XXI, no el real cósmico sino un trozo de real, "la sutilidad, la fineza de un real, para un siglo que está incesantemente enredado en lo real"[5].

Ese trozo de real, producto de un análisis terminado, ¿no está ya en gestación en lo que Lacan dice de la sublimación en las últimas páginas del Seminario VI, cuando destaca la perversión como protesta, resistencia a toda normalización padecida? La sublimación en esta perspectiva se distingue, tal y como anota Lacan, "de la valoración social que se le dará posteriormente […] De ahí, vienen más o menos a insertarse en la sociedad […] las actividades culturales, con todas las incidencias y todos los riesgos que conllevan, hasta incluir la remodelación de los conformismos anteriormente instaurados, incluso su estallido"[6] Y es entonces cuando Lacan aventura el deseo del analista como ofreciendo un soporte a todas las demandas sin responder a ninguna, insistiendo sobre el vacío al que el deseo del analista debe limitarse e invitando a practicar el corte en la interpretación. Únicamente entonces "se deja un lugar al deseo para que se sitúe ahí". Lo que Lacan llama aquí "el deseo" ¿no se convertirá finalmente en su enseñanza en el trozo de real fuera de sentido e irremediable, producto y resorte de un fin de análisis?

En el fondo, el psicoanálisis es esa práctica que demuestra que las palabras no bastan para decirlo todo[7], que incluso "nunca estaremos mejor enseñados que por lo que no entendemos, por el nonsense"[8]. El siglo XXI necesitará este nonsense surgido de cada uno de los análisis acabados para que, de lo peor que genera el discurso de la ciencia conjugado al del capitalismo, pueda surgir algo nuevo, algo nunca visto, algo inédito que no sea acéfalo, que no sea desubjetivizado sino llevado por un cuerpo hablante, un serhablante que de su real hace materia.

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Traducción: Carmen Cuñat

Notas:
1. Miller J.-A, Un real para el siglo XXI, Presentación del tema del IXº Congreso, Scilicet, Colección rue Huysmans, 2013, p. 25
2. Ibid. Subrayado por nosotros.
3. Laurent É, What's up n°7, De lo Real en un psicoanálisis.
4. Brodsky G., What's up n°8, La clínica y lo real.
5. Laia S., What's up n°5, Una oferta del psicoanálisis de orientación lacaniano para el siglo XXI
6. Lacan J., El Seminario, libro VI, El deseo y su interpretación, Paris, La Martinière – Le Champ freudien, 2013, p. 571.
7. «Lo que no puede decirse", tema del congreso de la NLS programado para mayo 2014 en Gante.
8. Miller J.-A., "El psicoanálisis, su lugar entre las ciencias", Mental, n°25, Seuil, 2011, p. 22.

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El artista...
Francisco-Hugo Freda

A la pregunta, ¿qué es lo que usted pinta? Picasso respondió: «Yo pinto la pintura». El diálogo continuó y Picasso afirmó que él había pintado un solo cuadro.

Terminando la entrevista, con una cierta tonalidad depresiva, declaró: «La pintura gana siempre». De dicha entrevista extraigo estos puntos, los cuales me servirán para intentar responder mínimamente a la idea de Freud de que los artistas abren puertas por donde el psicoanálisis intenta entrar. Además, Freud indica claramente que hay un misterio en el artista, y que el psicoanálisis no puede encontrar ni dar la clave que permitiría entender y explicar cómo un artista llega a producir aquello que produce. Dicha posición de principio, le permitió a Freud servirse de grandes producciones de artistas para poder entrar y esclarecer algunos misterios que guarda el inconsciente. Lacan no se ha privado tampoco de apoyarse en las producciones artísticas de sus amigos artistas, y de muchos otros, para esclarecer puntos de su trabajo conceptual. Jacques-Alain Miller, en su enseñanza, se ha servido en infinitas oportunidades de la producción literaria, teatral, cinematográfica. Podríamos estudiar las referencias de cada uno de los tres y descubrir ciertos gustos, en los psicoanalistas citados, por cierto dominios del arte; aunque podemos ya decir que en ellos tres por lo menos, la música brilla por su ausencia. Debe haber alguna razón.

Es Lacan, seguramente, quien más explotó la figura de un artista, me refiero a Joyce, evidentemente, y a su Seminario sobre Joyce. Un seminario muy particular, como bien lo sabemos –y al cual tuve el honor y el placer de asistir-, en el cual Lacan se acerca a Joyce para indagar un punto (entre otros, evidentemente) que resumiré de la manera siguiente y bajo una forma interrogativa: ¿Se puede crear un real? En ese seminario, Lacan responde a esta pregunta diciendo que ese es su trabajo y utilizando la fórmula crear un real para el psicoanálisis. Pero hay ahí un problema. Picasso, como lo he indicado anteriormente, no dudó en decir que la pintura es y que la pintura resiste, y que el artista encuentra la manera de poner en forma mínimamente la pintura bajo la forma de un cuadro, por ejemplo. Pero el cuadro, el cuadro hecho, el cuadro expuesto, no es otra cosa que el reflejo de la pintura, lo cual le lleva a decir al malagueño, que él pintó un solo cuadro, uno solo, y que no acabó de pintarlo, dado que la pintura resiste al cuadro, resiste a tal punto que todavía se continúa pintando.

Podría aplicarse perfectamente a la pintura la fórmula lo que no cesa de pintarse. Y no solamente a la pintura. Sin embargo, parecería que Lacan le responde a Picasso, y de hecho le responde, cuando declara que su fórmula yo no busco encuentro no le sirve más, que él ahora estaba buscando, sin encontrar. Y ¿qué es lo que Lacan buscaba? Lo que él mismo dice: un real para el psicoanálisis; un real para el psicoanálisis, para defenderlo de aquello a lo que el psicoanálisis tiende, que es a la religión.

Permítanme un paréntesis. Me imagino que Lacan soñó con Francisco; soñó que iba a llegar un Francisco; soñó que iba a llegar un Francisco y que iba a restaurar la religión, con alegría y con el beneplácito de casi todo el mundo. Y tal vez porque soñó con Francisco, es decir, porque el siglo XXI será religioso -como lo intuyo Malraux-, es que Lacan pensó que había que construir un real para el psicoanálisis, un real a la altura de la época. Es decir, un real que tenga en cuenta la religión y su cara oculta: la mujer. O sea, un real capaz de dialogar con la religión y la mujer sin ser arrastrado hacia el sentido.

El Seminario 23 de Lacan clama por la instauración de una nueva relación ante lo real. Allí emerge la interpretación como poética, es decir, la interpretación como un hacer, un hacer en el sentido original del término -como su raíz etimológica lo indica- que es un hacer artesanal, un hacer artístico. Es decir, que al saber y hacer del sinthome se suma el saber y hacer de la interpretación, en tanto que la interpretación, que es suspensión del sentido, indica la zona de sombra que ella misma genera. Como la verdad, la interpretación no puede decirlo todo, y ella vale más por lo que no dice que por lo que dice.

Tal vez sea en ese punto donde los artistas abren puertas por donde los analistas deban transitar; porque ellos osan hacer de lo inconcluso, de lo no terminado, de lo que falta, de lo impreciso, de lo peor: lo mejor. Schubert hizo «La sinfonía inconclusa»; habría que escucharla con cierta atención. No sé si hay otros ejemplos, pero todos los artistas dicen que algo les falta a la obra que realizan, a tal punto que según dice la anécdota, después de haber concluido el Moisés, Miguel Ángel, dándole un martillazo en la rodilla, le gritó: ¡parla!

Actualmente, en el Museo Guggenheim de Bilbao, toda la segunda planta está ocupada por el catalán Antoni Tàpies. Los responsables de la muestra dieron como título a lo que se presenta «Del objeto a la escultura».

En la primera planta, precisamente, en la sala 104 llamada Arcelor Mittal, encontramos la instalación permanente de Richard Serra llamada «La materia del tiempo». Títulos sugestivos, que indican exactamente lo que estamos intentando decir. Tàpies, el catalán, toma lo que encuentra a su alrededor, un vaso, un cuchillo, una silla, un trapo viejo, una pila de platos, un pedazo de madera, un canasto; los ordena, los desordena, los arruga, los rompe, los entrelaza al punto de hacer de esas manipulaciones una escultura. Hace lo que dice Lacan en «La ética del psicoanálisis»: elevar el objeto a la dignidad de la Cosa; y es en esta elevación que se produce el milagro del arte. Es en esta elevación que una pila de platos en las manos de Tàpies se convierte en una escultura digna de pertenecer al museo de las grandes esculturas de la humanidad.

Lo mismo hace Serra en otra perspectiva. Él quiere darle forma al tiempo, un tiempo acorde a la época. Para eso descompone la geometría y la topología; desarticula la espiral; corta el toro; juega con la doble hélice; inventa una escultura a partir de estudiar la complejidad de una espiral buscando, al mismo tiempo, en otra escultura, la interacción entre la esfera y el toro. Es en el interior de dichas figuras monumentales que Serra me invita a mí, en tanto que espectador de su obra, a integrarme a la misma, a recorrerla por su interior a los efectos de «hacer vibrar en el cuerpo la sensación del espacio trabajado por él».

Entre la primera planta y la segunda del Guggenheim ¿qué hay?, ¿qué es lo que ahí palpita? Ahí palpita el hacer del artista que, como todo «Hacer», da forma, aunque inconclusa, a aquello que palpita en silencio al interior de cada objeto. ¿Para qué? Para dar forma a eso que por principio palpita en silencio; solo hay que saber esperar.

En mi última sesión de análisis evoqué cómo había quedado grabada en mi memoria la frase de Lacan: «Yo sé que quiere decir saber esperar». El esperar analítico no quiere decir contemplación; es un saber hacer y, en principio, un saber hacer contra la tendencia propia a la concatenación significante, que es la religión y la burocracia.

Como decía el gran artista argentino Charly García antes de que la Universidad Nacional de San Martín le entregaran el título de Doctor honoris causa, respondiendo a la pregunta sobre cuál había sido la clave de su éxito, él respondió: «No hay plan B».

No hay plan B si se desea un real propio al psicoanálisis para el siglo XXI.

28 de Marzo de 2014

Acerca de la autorización y el testimonio: una investigación. Héctor García de Frutos (Barcelona)

01:44:00 , por jalvarez Spanish (ES)

Entre otros

El banquete de los analistas respira al tempo de los acontecimientos. Creo que las jornadas de la ECF de octubre de 2009, tituladas “Comment devient-on analyste au XXIème siècle?”, fueron un acontecimiento.

La pregunta “¿cómo se deviene analista?” se acompañaba de un S2, leitmotiv del encuentro: “el analista no se autoriza sino de sí mismo”. A lo que cabría añadir que se autoriza después entre otros, piezas disjuntas que le sirven para hacer, de la soledad del acto, una episteme y una política. Ambas, episteme y política, conciernen al Otro. Respectivamente: el del saber, el de la verdad.

La ética del analista, en cambio, se sostiene de la inexistencia del Otro, y se instala en cada uno por una responsabilidad solitaria. Pero no solipsista. Es preciso decir algo de nuestra ética, aún sin Otro al que decir. Lacan instauró este principio: no en vano, el seminario sobre la ética del psicoanálisis articula el nombre de lo real (La Cosa) al de sublimación, instituyendo la búsqueda de un decir en torno de lo indecible(1).

La razón de ser de éste trabajo reside en una consideración: que, quizás, autorizarse como analista podría acompañarse del testimonio de un saber sobre la causa que a uno lo autoriza. Es lo que se escuchó en aquellas jornadas, en que 120 personas evocaron su devenir analistas. Respondieron elaborando y exponiendo para otros eso que en su análisis les había llevado a autorizarse a atender tras un diván, ante el hecho de que no hay Otro del analista (si exceptuamos ese inconsciente que cada uno necesita vaciar para hallar su posición). Que no hay Otro que sancione un ser de analista, es solidario con la orientación según la cual éste deviene: no de una vez por todas, sino a ratos, bajo la lógica de lo posible y no de la necesidad. Quizás por eso el AE sea nombrado por tres años, y no de forma consumada(2).

Por otra parte, es poco usual que un analizante espere a la nominación de AE, o a finalizar su análisis, para empezar a atender. Y, en el caso en que opte por no situarse como psicólogo, ni como psicoterapeuta (títulos que el Otro social garantiza), es probable que se interrogue por su posición ahí.

En lo que concierne al psicoanálisis, desde Lacan, se autoriza de sí mismo quiere decir que no es posible pedir permiso a un Otro, puesto que ni su analista, ni la Escuela, sabrían otorgárselo. En efecto: la enunciación “se autoriza de sí mismo” no corresponde solamente al que podría autorizarse, sino también a la posición de la Escuela(3). La autorización no parte de la Escuela por decisión expresa de ésta; tampoco del sí mismo del analista recién acuñado. Este de sí mismo significa muy probablemente a su cuenta y riesgo, en la medida en que implica un acto para el que no hay fundamento ni imaginario, ni simbólico.

Cabe añadir que el practicante, si elige sostener una posición analítica, se autoriza no para todos sino en cada caso, pero sólo a partir de cierto momento de su análisis. Y seguramente lo dice, lo cuenta aquí y allá, a sus íntimos, a sus colegas. Sin embargo, generalmente, no hace público qué de su análisis lo autorizó. ¿Pero si no expone a otros ese saber del que es producto, ése que le permitiría operar desde el discurso analítico, con el fin de someterlo a verificación epistémica… cómo podría autorizarse entre otros?

La autorización no es la garantía

La ELP admite una versión del ‘autorizarse entre otros’: la etiqueta ‘AP’. Una auto-asignación que, ya desde Lacan, la Escuela se limita a anotar, de la misma forma que anota la declaración de ejercicio de cualquier otra profesión(4).

Hoy, en la medida en que se reconoce un nuevo miembro, y puede añadirse al nombre una etiqueta (‘AP’), la Escuela admite implícitamente que esa persona ejerce el psicoanálisis orientada por la formación que ésta dispensa. Aún cuando la autorización a la práctica no se avala, es valorada por la comisión de admisión.

Un redoblamiento de esta aceptación, regulado esta vez por una comisión distinta, la de la garantía, adquiere estatuto de nombramiento y queda remarcado por un título y unas siglas: AME. Es, junto al pase, la segunda forma de garantía: se garantiza que el AME y su práctica son producto de la formación dispensada en la Escuela. ¿Bajo qué criterios? Lacan, he ahí el problema, solamente propuso uno: el sentido común(5). Es decir: que no hay criterios específicos.

Más tarde, en 1977, Lacan cedió algunas indicaciones para la selección de los candidatos a AME: acuerdo del analista del candidato; testimonio de sus controladores; calidad de las producciones escritas; y eventualmente una entrevista con el susodicho. Son puntualizaciones clásicas, que no escatiman la rememoración de cierto estilo IPA(6).

El primer comité de acción de la Escuela Una agitó el título de AME: “Como cualquier título, es un semblante, pero la ausencia de una performance que lo fundaría en lo real lo aleja de una pertinencia analítica precisa” (7).

No en vano, en el anexo del año 2000 a los estatutos de la AMP se apuntaba hacia una mejor definición del procedimiento de nominación de los AME(8); Miller mismo llegó a considerar que la nominación del AME era estrictamente tautológica(9).

Así, hoy, para la comisión de la garantía de la EOL parece preciso: a) restituir su dimensión de apuesta; b) reinventarla; c) situarla más allá del padre(10). Es aún un trabajo pendiente.

El título de AME permanece como gesto de confianza, que instaura un grado del que quizás se deriva, en el affecto societatis, cierta jerarquía. Es posible, incluso, que la figura del AME sea necesaria para conservar cierto orden beneficioso para la comunidad analítica. Lacan no dice nada distinto a esto: “(…) será preciso que acepten ustedes la atribución a algunos de funciones directivas, para obtener una distribución prudente de vuestra responsabilidad colectiva. Es una costumbre que puede discutirse en política; ella resulta inevitable en todo grupo que haga valer su especialidad respecto al cuerpo social. A este respecto responde el AME”(11).
Se deduce que el AME lo es esencialmente de puertas afuera. La topología entre extensión e intensión del concepto ‘analista’ releva del AE.

En contraposición, la autorización singular debe distinguirse de la garantía… pero no es sin el concepto de Escuela, pues ésta articula psicoanalista y psicoanálisis(12). Y esto es, precisamente, porque (en palabras de Éric Laurent): “la orientación lacaniana instala en el lugar del rasgo identificatorio, el vacío de la definición del analista” (13).

Ese vacío es un principio ético y formal que sostiene el rigor del dispositivo del pase: la renovación constante de respuestas heteróclitas a la pregunta ¿Qué es un analista? No hay propiedad definitoria del analista. Y es por esto mismo que el acto de autorización concierne también a la intensión del término analista.

El silencio de la Escuela respecto de la autorización impide confundir a ésta con la formación. El punto de encuentro entre ambas dimensiones quizás atañe al goce: en efecto, una autorización plausible derivaría de cierta dislocación del modo de satisfacción, y las transformaciones de goce en un sujeto pueden leerse, advirtió Miller, como efectos de formación.(14)

La cuestión es saber si la vacilación de goce que puede hallarse eventualmente en el origen de la autorización requiere o permite una formalización. Y si dicha formalización puede ser expuesta. Sólo así la formación de uno importa a otros.

El pase epistémico

Entonces, Lacan hizo una proposición sobre el AE; pero no sobre la autorización. Ello no parecería una invitación a callar sobre el tema, sino una ausencia de pronunciamiento por parte de la Escuela más allá del “autorícese de sí mismo”. Puede interrogarse su continuación: “entre otros”.

Las jornadas de la ECF de 2009 pusieron sobre la mesa un saber expuesto al respecto, caso por caso. Y esto se hizo bajo el modo del testimonio. Lo nuevo en esas jornadas fue que se testimonió sin garantía, a diferencia de la forma en que el AE testimonia. ¿No se trata esto de un acto inaugural en la relación entre el psicoanálisis y el psicoanalista?

Quizás este paso no carezca de nexo con la investigación que Lacan y Miller han realizado en torno del final de análisis y el pase. Situemos muy brevemente algunos de sus momentos cruciales.

En 1967, el final del análisis viene dado por el rebajamiento del fantasma y la destitución subjetiva que le es consustancial(15). El deseo del analista se funda también en un deser(16): el del analista que ha conducido la cura. Lacan aseverará que la experiencia en el dispositivo debe ser comunicada: dentro y fuera de la Escuela(17). Y añadirá que la elaboración de una doctrina concierne al jurado, cuyo trabajo no se limita a la función de la elección(18). Los ejes de esta doctrina serán: el Edipo, como sede de lo simbólico; el funcionamiento de la sociedad analítica y la identificación imaginaria; lo real del campo de concentración(19).

En 1973, Lacan precisa que el pase acontece cuando algo oscuro es captado por el pasante como un relámpago, bajo la forma de un desvelamiento que es efecto didáctico(20). Sin embargo, el inmovilismo de la Escuela Freudiana de París lleva a Lacan a interesarse particularmente por el recién creado Departamento de Psicoanálisis. En 1977, considerará que la Sección Clínica es una forma de interrogar al psicoanalista, de empujarlo a considerar sus razones(21). Pase y enseñanza se articulan: de lo que se trata es de problematizar el ejercicio del psicoanálisis. Por otra parte, se ve que para Lacan la Escuela no era el único lugar dónde interrogar la praxis analítica.

Ese mismo año, Miller publica un texto crítico con el dispositivo del pase hasta el momento, que es al mismo tiempo una defensa férrea del pase como invención. Distinguirá el momento de pase, el relámpago que resalta Lacan, del procedimiento que eventualmente concede una nominación(22). La paradoja es que el final de análisis implica una autorización por sí mismo que es correlativa de la caída del sujeto supuesto saber… y a la vez Lacan propone a este autónomo un examen, con condecoración incluida(23). Pero queda patente que no hay que concebir el pase como una invitación a la jerarquía. El Otro cae para ser restituido de otra manera.

En 1978, Lacan lamentaba la falta de testimonios que dieran una respuesta a la acuciante pregunta sobre la autorización; afirmará que el pase es un fracaso(24). Lacan piensa el pase para elucidar la autorización. Eso puede ser sorprendente hoy, pues la mayoría de AEs nombrados llevan ya muchos años de práctica clínica. Con el Lacan de 1978 podríamos decir entonces que no sólo es importante que el AE dé testimonio de cómo la nominación afecta hoy a su práctica. También lo es que interrogue su momento de autorización a la práctica del psicoanálisis.

En 1991, al final de su curso El banquete de los analistas (25), Miller evidencia que el pase es una salida simbólica, con una lógica y episteme propias. Se asienta en un inconsciente estructurado como un lenguaje, solidario de un real que es la estructura. Su causa es un elemento no-todo-saber: el objeto a(26). La salida es por tanto híbrida: epistémica, concierne a un saber(27); y subjetiva, concierne a un deseo(28). El sujeto se reinstaura, paradójicamente, en una lógica del pase que sigue siendo la del atravesamiento del fantasma, cuyo acontecer implica la destitución subjetiva. Ergo, hay un sujeto que ya no es sujeto, nos dice Miller. La destitución no remite tanto al síntoma como al saber: el analizado sabe lo que es en su deseo(29). Esto es, en la praxis, sabe ser un desecho para otro sujeto(30).

Se dio, después, una vuelta más al tema. Y es que el esfuerzo epistemológico que, a semejanza de la reducción científica(31), hace del objeto el pedazo de real simbolizado con el que se opera, vio su lógica causal aligerada por el hecho de revelarse éste como semblante de ser(32).

Así, el pase fue mutando. Del saber sobre el deseo, al resto de goce; del atravesamiento del fantasma, al sinthome … El punto de límite más preciso al respecto es una invención: en su curso de 2011, Miller introduce un término, “outrepasse” (33). Hay más allá del pase, que a la vez pertenece al pase mismo.

El pase gozoso

Esta orientación, seguramente, fue progresiva. Pero se torna particularmente explícita a partir de la publicación del seminario de Lacan El sinthome, en 2005.

Si en 1991 Miller recordaba que un análisis se termina, en la conversación clínica de Barcelona de 2005, época de apogeo de los CPCT, pluralizó sus terminaciones(34). Introdujo la idea de ‘ciclos de análisis’; incluso la de “nuevo ciclo del lacanismo” (35) para marcar un momento de cambio en la forma de aprehender la clínica. Hebe Tizio resaltó respecto de estos ciclos que sólo pueden contarse como tales a partir del aparataje conceptual que permite el más allá del Edipo del último Lacan(36).

Este nuevo ciclo tiene efectos en el pase. Algunos pueden aislarse en el curso anterior a las jornadas de 2009 que marcaban el inicio del presente trabajo: ‘Choses de finesse en psychanalyse’. Ahí Miller no solo sugiere un viraje político, devolviendo al dispositivo del pase su dimensión de pilar de la vida en la comunidad analítica (como réplica a las equívocas nominaciones de ‘analista’ que produjeron, en algunos casos, los CPCT); sino también una reorientación epistémica. Constató, en efecto, un nuevo fracaso del pase en la ECF: la Escuela, capturada por los efectos terapéuticos de la clínica aplicada, pasaba por alto a los AE después de los tres años de testimonio(37). En consecuencia, redobla su interrogación acerca del interés del analista: ¿qué razones le llevan a atender, más allá del beneficio económico que le proporciona su profesión(38)? Esta problemática Lacan la evoca en su última enseñanza. De lo que se deduce que esta última enseñanza, aún siendo pragmática, y privilegiando el saber hacer con por encima del saber, demanda razones al que se autoriza.

En la clase siguiente Miller evoca un acto de Freud para recordar que un analista no cesa de dejarse enseñar por su inconsciente, y que ejercer no lo exonera de dar testimonio(39). Y es que los analistas olvidan pronto aquello que los fundó como analistas, el acto del que derivan; así, deben elucidar, elaborar y testimoniar (en el marco de su Escuela) respecto de aquello que el análisis hizo de su inconsciente(40). Ello es válido para todo analista: desde el AE hasta el debutante(41).

Se esboza por tanto un lazo claro entre la autorización a la práctica y el testimonio.

Miller precisa que esta dimensión del inconsciente del analista aún no ha sido aislada, lo cual la disloca en parte del dispositivo del pase tal y como venía existiendo, en sus distintas variantes, desde 1967. Y no porque remita a un más allá de lo teorizado por Lacan en su Proposición: este testimonio concierne al deseo del analista. Maticemos: la dimensión evocada remite, me temo, al ejercicio mismo del psicoanálisis, al hecho de que uno se ve llevado a ejercer, y no hace otra cosa. Eso es lo que lleva a Miller a interrogarse en esta clase por el goce en el acto del analista.

El goce aquí es aquello que no tiene estructura de ficción, lo que no queda capturado en el discurso(42). Hay del goce que excede a su formalización como objeto a. En esta vía, un psicoanálisis es esencialmente una ficción, y eso interroga el estatuto del analista: éste testimonia de cierta articulación entre goce y ficción, de la cual resta por saber qué parte de goce deriva del deseo del otro(43). El momento de pase, en la medida en que deriva de la caída de la transferencia, abre la puerta al inconsciente real. Se da cuenta de la caída de una hystoria, así como del advenimiento de una nueva satisfacción(44). Dar cuenta del inconsciente real necesita un paso suplementario al atravesamiento del fantasma.

Miller lo dirá así en la conferencia de clausura de PIPOL V, en 2011: “Los problemas del deseo pueden ser puestos en forma de ecuación. La ecuación tiene soluciones: el pase. Sin embargo, el goce del cuerpo, el del inconsciente real, es insoluble. Es por ello que el final del análisis no llega mientras lo insoluble siga siendo insoportable. Se acaba con una satisfacción”(45).

La autorización como principio

El pase de la Proposición, el del atravesamiento del fantasma, es también una ecuación. Como tal, presenta una variable, o interrogante: la x del deseo del analista. A esa variable, responde, en cada caso, una cifra que es solución a la ecuación, el objeto a. Pero, quizás, lo particular de esta ecuación es que el deseo del analista, en la medida en que es un deseo, no se deja atrapar. Es pues una solución contingente, producto de la ficción analítica. Lo cual no le quita ni un ápice de su valor.

Este pase es epistémico en la medida en que hay saber sobre el fantasma, por el hecho mismo de su descomposición en elementos. Pero no coincide con el final de análisis por la satisfacción. Consiste, si se quiere, en una formalización del goce, sostenida en la invención del objeto plus-de-goce.

En la hystorización analítica no es extraño que puedan ubicarse tiempos progresivos en la formalización del fantasma. Habría un primer tiempo de ver cuando el inconsciente transferencial revela un esbozo, un cierto entrever, de la escena primaria entre los padres. El analizante puede situar ahí un primer saber sobre la fijación libidinal que le concierne, y desplazar la suposición de saber del lugar imaginario que ocupa el analista al simbólico del inconsciente transferencial.

Seguiría un segundo tiempo, el de comprender, que se desbroza no sin esfuerzo por la vía del desciframiento del inconsciente transferencial. Este tiempo se sostiene del enigma del sentido, de la suposición de que algo oculto debe revelarse. Eventualmente, este desciframiento puede permitir cierta rectificación subjetiva, mediante la desautorización del fantasma entrevisto como sostén de la realidad. Sin embargo, esta desautorización no aísla el borde lógico del inconsciente, ahí dónde se agujerea.

El tiempo de concluir sólo adviene con la destitución subjetiva, y la expulsión del objeto como desecho que le es consustancial. En este tiempo puede hablarse de atravesamiento del fantasma: queda a cielo abierto que el inconsciente es una elucubración transferencial de saber sobre el goce que implica al Otro. Es entonces manifiesto que uno iba solo con el propio fantasma(46). Soledad que, por tener un pie en el Otro, no es la soledad del Uno.

Muy posiblemente, la autorización a la práctica analítica deriva de un cambio de posición respecto del fantasma. Un testimonio de este paso podría permitir a la autorización adquirir semblante de ‘entre otros’. Y digo semblante porque el lugar del analista en su práctica es el de la pieza suelta. De ahí que se haga equivaler al analista con una función, un operador, un aparato de uso: ni es sujeto, ni se identifica. Que aquél que debuta pueda situarse en ese lugar está por confirmar. Pero la satisfacción en el sinthome es otra cosa.

La dimensión de outrepasse puede quizás situarse aquí. Este nuevo pase permitiría verificar que hay de lo real más allá de lo verdadero: un más allá del fantasma(47). Un destino(48). Un destino sin raíles.

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Notas:

1-. Lacan, J. (1986). Le séminaire de Jacques Lacan, Le séminaire, livre VII : L’éthique de la psychanalyse, 1959-1960. Paris: Seuil. p. 154 y p. 158.
2-. Yacoi, A. (2012). El AME: Una nominación sin riesgo.
http://www.eol.org.ar/template.asp?Sec=Textos_presentados&SubSec=Comision_de_Garantia&File=Comision-de-Garantia/El-AME-una-nominacion-sin-riesgo.html
3-. 1er Comité de Acción de la Escuela Una. (2000). El impasse de la garantía.
http://www.wapol.org/es/acercaamp/Template.asp?Archivo=escuela_una/documentos/comite/002.html
4-. Lacan, J. (2001). Proposition du 9 octobre 1967 sur le psychanalyste de l’École. En Autres Écrits. Paris: Seuil. p. 244.
5-. Brodsky, G. (1995). ¿Dónde encontrar al AME?
http://www.wapol.org/fr/las_escuelas/TemplateArticulo.asp?intTipoPagina=4&intEdicion=4&intIdiomaPublicacion=5&intArticulo=180&intIdiomaArticulo=1&intPublicacion=10
6-. 1er Comité de Acción de la Escuela Una. (2000). El impasse de la garantía.
7-. Ibíd.
8-. Statuts de l’AMP (1992/2000).
http://www.causefreudienne.net/uploads/document/34b883b6008e837e7cba84eb10c10765.pdf
9-. 1er Comité de Acción de la Escuela Una. (2000). El impasse de la garantía.
10-. Comisión de Garantía de la EOL (2013). Seis propuestas para la garantía y la nominación de AME.
http://www.eol.org.ar/template.asp?Sec=Textos_presentados&SubSec=Comision_de_Garantia&File=Comision-de-Garantia/Seis-propuestas-para-la-garantia-y-la-nominacion-de-AME.html
11-. Lacan, J. (1970). Adresse du jury d’accueil. Scilicet 2/3. p. 50. Citado en: Miller, J.-A. (1988). Matemas II. p. 114.
12-. 1er Comité de Acción de la Escuela Una. (2000). El impasse de la garantía.
13-. Tarrab, M. (2002). Sobre la formación analítica y la Escuela.
http://www.wapol.org/es/acercaamp/Template.asp?Archivo=escuela_una/documentos/ocho_textos/tarrab.html
14-. Comisión de Garantía de la EOL (2013). Seis propuestas para la garantía y la nominación de AME.
15-. Lacan, J. (2001). Proposition du 9 d’octobre sur le psychanalyste de l’École. En : Écrits. Paris : Seuil. p. 252.
16-. Ibíd., p. 254.
17-. Ibíd., p. 255.
18-. Ibíd., p. 256.
19-. Ibíd., pp. 256, 257.
20-. Wachsberger, H. (2013). Une École pour la passe (1967-1994).
http://www.causefreudienne.net/uploads/document/51e514c93368842bc5233bcf7c3c4ee3.pdf
21-. Ibíd.
22-. Miller, J.-A. (1988). Introducción a las paradojas del pase. En Matemas II. Buenos Aires: Paidós. p. 108.
23-. Ibíd., p. 110.
24-. Wachsberger, H. (2013). Une École pour la passe (1967-1994).
25-. Miller, J.-A. (2000). El banquete de los analistas. Buenos Aires: Paidós. Clases XXI a XXIV.
26-. Ibíd., p. 375.
27-. Ibíd., p. 378.
28-. Ibíd., p. 379.
29-. Ibíd., p. 393.
30-. Ibíd., p. 402.
31-. Lacan, J. (1966). La science et la vérité. En : Autres Écrits. Paris : Seuil. p. 855.
32-. Lacan, J. (1985). El seminario, libro XX, Aún. Buenos Aires: Paidós. p. 114.
33-. Miller, J.-A. (2011). L’Être et l’Un. Cours du 3 mai 2011. Inédito.
34-. Miller, J.-A. y Otros. (2005). Efectos terapéuticos rápidos. Buenos Aires: Paidós. p. 94.
35-. Ibíd., p. 120.
36-. Ibíd., p. 106.
37-. Miller, J.-A. (2008). Choses de finesse en psychanalyse. Cours du 12 novembre 2008.
38-. Ibíd.
39-. Miller, J.-A. (2008). Choses de finesse en psychanalyse. Cours du 19 novembre 2008.
40-. Ibíd.
41-. Ibíd.
42-. Miller, J.-A. (2008). Choses de finesse en psychanalyse. Cours du 14 janvier 2009.
43-. Ibíd.
44-. Ibíd.
45-. Miller, J.-A. (2011). Conferencia de clausura. PIPOL 5. El Psicoanálisis, 20. p. 16.
46-. Miller, J.-A. (2000). Teoría de Turín acerca del sujeto de la Escuela.
http://www.wapol.org/es/las_escuelas/TemplateArticulo.asp?intTipoPagina=4&intEdicion=1&intIdiomaPublicacion=1&intArticulo=291&intIdiomaArticulo=1&intPublicacion=10
47-. Miller, J.-A. (2011). L’Être et l’Un. Cours du 3 mai 2011. Inédito.
48-. Ibíd.

25 de Marzo de 2014

Masotta, Lacan, Barcelona.* Nora Cattelli (Barcelona)

00:58:00 , por jalvarez Spanish (ES)

Cuando llegó a Barcelona, a finales de 1975, había cumplido cuarenta y cinco años y estaba volcado casi enteramente a la enseñanza del psicoanálisis, por lo que aquí se lo recuerda, sobre todo, en su papel de difusor de Jacques Lacan.

Venía de una breve estancia en Londres, donde había pensado instalarse al salir de Argentina, en 1974, durante el frágil gobierno de María Estela Martínez de Perón, que cayó el 24 de marzo de 1976 y dio lugar, hasta 1983, al gobierno de las Juntas Militares y al terror de Estado.

En los tres años de Barcelona, hasta su temprana muerte en septiembre de 1979, se dedicó, por tanto, a enseñar psicoanálisis. Elegir una vertiente específica del pensamiento, la literatura, el arte o la sociología no estaba en su naturaleza, pero las instituciones psicoanalíticas son voraces y lo convirtieron, paulatinamente, en un hombre con una misión.

Antes, Oscar Masotta había sido muchas cosas, cumplido muchos papeles, ensayado muchas posiciones, adoptado muchas máscaras. En 1999 salió en Buenos Aires, compilado por Marcelo Izaguirre, “Oscar Masotta, El revés de la trama”, un libro que reúne todas esas máscaras: sobre ellas escriben y hablan críticos, historiadores, artistas, psicoanalistas, lingüistas, semiólogos. Y se encuentran, hasta cierto punto, con una misma y sorprendente característica: salvo en su dedicación final al psicoanálisis, las máscaras no fueron sucesivas, sino simultáneas. En el prólogo a “Conciencia y estructura”, donde Masotta reunió muchos de sus escritos hasta 1967, se lee: “Pero quisiera avisar al lector, además, con respecto a las fechas de publicación de los ensayos -1955-1967– que no intente descubrir en ellas los hitos de una evolución intelectual. Yo no he evolucionado desde el marxismo al arte pop, ni ocupándome de las obras de los artistas pop traiciono, ni desdigo, ni abandono el marxismo de antaño”. Muchos y superpuestos Masottas. Estaba el joven sartreano de la revista Contorno, que en los años cincuenta postuló, desde la izquierda, el primer rescate ideológico del peronismo: “No se trata de discutir si Perón era un payaso (o no lo era). Se trata de describir las con diciones que hicieron posible que ese hombre nos gobernara durante diez años, que esa ‘ilusión comique’ pudiera convertirse en la esperanza del proletariado argentino”.

Estaba el crítico capaz de reordenar la tradición literaria argentina a través de fulgurantes lecturas de Roberto Arlt, incluido “Roberto Arlt, yo mismo”, uno de los mejores textos de la literatura autobiográfica en castellano del siglo XX.

Estaba el innovador interesado en el cómic, que recoge a Humberto Eco, parafrasea a Roman Jakobson y está atento al Roland Barthes del estudio sobre la fotografía.

Estaba el animador precoz de happenings (en 1966, “El helicóptero” y “Para inducir al espíritu de la imagen”) ya la vez su inmediato deconstructor: “Quiero decir que de la misma manera que no soy ni músico, ni pintor, ni escultor, ni actor, ni director: no he comprometido ni comprometo el grueso de mi actividad ni mi futuro a ninguna de esas actividades. Quiero decir, además, que no creo en los happenings”.

Estaba alguien capaz de unir en una nueva sensibilidad la mirada sobre la cultura alta y la baja, dice Beatriz Sarlo, quien lo llama “intelectual faro”.

Estaba alguien, dice con justeza Alberto Giordano, que usaba como nadie el registro de la polémica, un registro que, sin duda, había aprendido de las trincheras existencialistas.

Estaba, al mismo tiempo, un triturador de tendencias filosóficas: Sartre, Merleau-Ponty, el marxismo y, dentro de esa mezcla urgente, ansiosa y extraordinariamente dinámica, Jacques Lacan.

Si algo define la cultura argentina de aquella época es su carácter autoconsciente del lugar -americano, periférico, multiforme– desde el cual se lee y de los modos de apropiación que ese lugar supone.

En los años sesenta, antes incluso de la publicación de los Escritos (1966), Jacques Lacan es leído por Masotta desde ese lugar: como parte de una membrana inaprensible y amplia, no sólo psicoanalítica, una membrana que, por definición, estaba fuera y dentro de las instituciones académicas o profesionales. Como lo estaba el mismo Masotta, que no había acabado sus estudios universitarios, pero al que la Universidad de Buenos Aires le dio un cargo, cuando fundó, junto con el arquitecto César Janello, un Centro de Estudios Superiores de Arte. En 1966 el golpe de Onganía, que terminó con el gobierno constitucional de Arturo Illia, intervino las universidades y acabó con esa tarea. Hay que recordar que eso supuso el primer exilio masivo de intelectuales argentinos: físicos, matemáticos, historiadores, críticos, antropólogos, gramáticos, sociólogos. Entonces se inició, en las principales ciudades del país, un tipo singular y eficientísimo de transmisión académica sin academia: los grupos de estudio.

Hubo grupos de estudio de El capital, de lectura de Hegel, de Freud, de lingüística, de literatura y peronismo, de literatura latinoamericana, de crítica y teoría literaria, del presidente Mao, e incluso de griego y de latín, porque hasta los profesores de estas disciplinas -al menos, los que entre ellos no venían del catolicismo de derecha– habían renunciado a la universidad. Los que no emigraron a Estados Unidos, Francia, Suiza o Venezuela reunían los grupos en sus casas, o en incipientes instituciones paralelas.

En 1973 hubo otra vez elecciones libres, pero la vuelta a la universidad, en medio de la efervescencia política y la creciente violencia, no liquidó ese modo paralelo de enseñanza, que se mantuvo más tarde, durante la terrible dictadura del '76, en medio de grandes dificultades y peligros. Porque pertenecía a esta tradición, el Oscar Masotta que llegó a Barcelona era ya, desde 1969, una figura principal de los grupos de estudio y un personaje influyente y absorbente de las instituciones psicoanalíticas: había fundado en 1974 la Escuela Freudiana de Buenos Aires, había viajado a París, había visto a Jacques Lacan.

Hay que decir “instituciones psicoanalíticas” y no “institución psicoanalítica”, porque en la Argentina incluso la pétrea delegación de la IPA (siglas en inglés para la Asociación Psicoanalítica Internacional fundada por Sigmund Freud) había sufrido diversas rupturas y cuestionamientos, y desde finales de los años setenta había incorporado la lectura de Jacques Lacan (no sus técnicas), mientras que la Barcelona a la que llegó Masotta poseía su propia –y aún más pétrea– delegación de la IPA, seguidora hasta hoy de la escuela inglesa (sobre todo de Melanie Klein y W.R. Bion) y en cuyos textos, programas y bibliografías el nombre de Jacques Lacan no suele aparecer.

Pero Masotta se instaló en otro orbe. Daba sus cursos en el estudio de Josep Guinovart, e inmediatamente se contactó con la mucho más esponjosa intelligentsia de Barcelona.

Era pausado, brillante, paciente, sistemático, ordenado, infatigable. Quien esto escribe puede atestiguarlo, porque asistió a unas pocas clases de uno de sus grupos de introducción a Freud y debió abandonarlas porque se desempeñaba como secretaria de dirección de una absorbente empresa multinacional de sulfato de aluminio.

Ese Masotta que llegó a Barcelona íntegramente dedicado al psicoanálisis ¿era el mismo que había salido de Buenos Aires? Puede conjeturarse que hay tres generaciones que sufren el destierro y lo sufren de muy distinta manera. Los niños y adolescentes son capaces, episódicamente, de mimetizarse con el país de llegada, los jóvenes son lo suficiente dúctiles como para volver a construirse una identidad o a transmitir la ya habida sin demasiado menoscabo narcisista. Mientras que los mayores de cuarenta años sufren una devastación mayor: ¿cómo soportar la invisibilidad que, a partir del exilio, los define? Imposible saber si entre los cuarenta y cinco y cincuenta años Masotta experimentó alguna vez la amenaza de esa mirada que atraviesa al extranjero sin verlo. Al parecer, no fue así, porque siguió sus tareas fundacionales, legó una importantísima biblioteca de psicoanálisis, viajó por toda España y se rodeó de discípulos. En ese brevísimo tiempo publicó algunos de sus más importantes textos sobre Freud y Lacan.

Hubo, en realidad, dos círculos de Masotta en Barcelona. Uno fue el psicoanalítico, con sus rupturas, alianzas, escuelas, nomenclaturas y cartas. Otro fue el de los letrados barceloneses atravesados por la urgencia de esos años singulares. Entre ellos estaba Alberto Cardín, muerto en 1992, a los cuarenta y cuatro años, poeta, narrador, traductor, antropólogo, crítico, fundador o animador de revistas –Diwan, Sinthoma, El Viejo Topo, Revista de Literatura o La Bañera– polemista, satírico clásico.

En 1993 se publicó Un cierto psicoanálisis, donde se reunieron sus acerados textos sobre los efectos de la llegada de esa peculiar flexión argentina en la trama intelectual de Barcelona. Todavía está por estudiarse ese cruce diverso, pero existió y he aquí una prueba: en la revista digital Virtualia (EOL) se encuentra una mesa redonda de 1977 sobre erotismo y pornografía hecha –siguiendo el modelo argentino– en casa de Masotta en Barcelona.

Hay que leerla. Allí discuten el mismo Masotta, Germán Garcia, escritor y psicoanalista argentino que también vivió esos años barceloneses, Alberto Cardín y, último pero no menos importante, Federico Jiménez Losantos.
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*Publicado en el periódico La Vanguardia-Culturas

22 de Marzo de 2014

Santiago Castellanos “La medicina aborda el cuerpo como si se tratara de una máquina sin tener en cuenta la subjetividad”* Marta Berenguer (Barcelona)

02:00:00 , por jalvarez Spanish (ES)

Santiago Castellanos es psicoanalista y médico. Miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP-España) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP). ¿Qué es el cuerpo para el psicoanálisis? ¿Cómo se entiende la enfermedad desde esta práctica? ¿Enfermedad y sufrimiento pueden estar anudados? ‘El dolor y los lenguajes del cuerpo’ es un libro que supone, de algún modo, el testigo que significó para el psicoanalista y médico Santiago Castellanos pasar del discurso de la medicina al discurso psicoanalítico. La medicina, como los propios sujetos, a menudo también se cruza con impasses, con imposibles, con interrogantes que no tienen respuesta. Esa frontera quizá fue la que impulsó a Santiago Castellanos, gracias también a su propia experiencia analítica, a encontrar un espacio para que la medicina dialogara con el psicoanálisis. Un lugar que encontró por la vía de la fenomenología del dolor y más en concreto por una enfermedad que se ha bautizado como “fibromialgia”. Lo que en realidad habita debajo de esa palabra es una complejidad que Santiago Castellanos ha investigado desde la clínica. Tras años de tratar y escuchar a pacientes que padecen de fibromialgia su experiencia se transforma en una cartografía para auscultar de cerca los interrogantes del “síndrome de fatiga crónica”. Desde La Casa de la Paraula* hemos querido conversar con él acerca de su libro y de cómo medicina y psicoanálisis se dan la mano.

Marta Berenguer: La medicina y el psicoanálisis tienen discursos diferentes sobre qué es el cuerpo. ¿Cómo entiende el cuerpo el psicoanálisis?

Santiago castellanos: Sí, es un tema que se aborda en el libro. El paradigma vigente hoy día en la medicina y el discurso de la ciencia sigue siendo el del cuerpo como una máquina. En esto hay una diferencia muy importante en relación al psicoanálisis porque en el modelo de la medicina, que surge a partir del siglo XVII con el discurso de la ciencia, el problema que se plantea, y que en el tratamiento de los casos de fibromialgia se pone muy en evidencia, es que se excluye la subjetividad. Para el psicoanálisis el cuerpo es producto del encuentro del organismo con el lenguaje. Lo propio del ser humano no es el cuerpo en el sentido de lo viviente, del órgano o de los aparatos que lo constituyen, sino que el cuerpo está afectado por el lenguaje. Ese cuerpo sintomático con el que tanto la medicina como el psicoanálisis operan no se trata solamente de órganos, de funcionamientos neurofisiológicos, hormonales o bioquímicos sino de la incidencia de la palabra en ese organismo y en ese cuerpo. Todo esto divide mucho las aguas y lo hace particularmente en el caso del tratamiento del dolor. La medicina define el dolor como una experiencia subjetiva, una experiencia sensorial que va más allá incluso de si hay lesión o no que justifique el dolor. Es un hecho de la clínica que pueda haber dolor sin que aparentemente exista una causa orgánica conocida. A pesar de ello la medicina insiste en seguir abordando el cuerpo del dolor como si de una máquina se tratara sin tener en cuenta la subjetividad.

La mirada se ha convertido en un amo de nuestra época. También para la medicina donde la imagen parece que casi quiera atravesar el cuerpo como si fuera una transparencia para saber qué le pasa a un sujeto. Este tema lo trata muy bien Gérard Wajcman en ‘El ojo absoluto’. ¿Qué puede decirnos al respecto?

Sí, es muy relevante lo que dices. Hoy en día el desarrollo de la tecnología ha avanzado mucho, ha alcanzado varios niveles y hay que reconocer lo positivo que esto potencialmente puede tener para la ciencia, para el tratamiento, para determinadas enfermedades. Sin embargo, efectivamente, por mucho que la tecnología avance lo que no puede atrapar en una imagen es ese lugar de la subjetividad. Todos los intentos de la tecnología médica para querer atrapar algo de la subjetividad en determinadas enfermedades o padecimientos se encuentran con un imposible. Es por ello que en mi trabajo de investigación sobre la fibromialgia, una enfermedad que se caracteriza por el dolor como tal, describo como esta dolencia se escapa a la lógica de la ciencia, a este intento de atraparlo todo. En el libro se cuestiona este mismo discurso y este es el punto crucial donde la mirada de la ciencia fracasa.

Hay una frase suya en el libro ‘El dolor y los lenguajes del cuerpo’: “No hay enfermedades sino pacientes”. ¿Por qué eligió estas palabras?

Es una frase planteada desde la lógica que comentaba antes. Puedo hablar de esta frase ahora siendo médico pero también desde el lado del discurso psicoanalítico. Aunque no necesariamente hay que ser psicoanalista para decir esto, lo tengo más claro ahora que lo podía tener hace 30 o 40 años cuando me inicié en el ejercicio de la medicina. Todavía hay sectores de la medicina que piensan que hay enfermedad pero que para cada paciente es diferente. En estos ambientes es donde los psicoanalistas podemos estar de acuerdo en defender esa función clásica del médico como aquél que escucha, acoge al paciente, lo interpreta y lo aloja, algo que tiende a perderse. Para tratar de buscar una cierta alianza con los sectores de la medicina, tenemos organizada una red que se llama Psicoanálisis y medicina. La misma enfermedad puede ser experimentada por cada uno de una manera completamente distinta y los mismos tratamientos, los mismos fármacos, incluso en enfermedades que son claramente orgánicas también tienen efectos distintos. Esto es un hecho de la clínica que se tiende a perder cada vez más. Una de las razones es por la aparición de los protocolos de uso generalizado que se sostienen en “todos los pacientes tomados por igual”, a todos con el mismo protocolo. Esta es la rigidez en la que opera hoy día el discurso de la medicina pero hay médicos, hay sectores de la medicina que se resisten, se dividen, se dan cuenta que esto no funciona así.

¿Cómo ha sido su recorrido? ¿Cómo llega un médico a ser psicoanalista?

Yo tenía una vocación por la medicina desde la más tierna infancia, desde muy niño. Después de haber realizado un análisis largo puedo decir que, entre otras cosas, esto estaba en la lógica de curar al padre. No solamente me hice médico por eso pero una de las razones que alimentaba este deseo de curar era, en realidad, el deseo de curar al padre. En un momento de mi vida me encontré con determinados problemas de la vida amorosa por los cuales inicié un análisis y a partir de allí hago todo un recorrido. Mi aproximación al psicoanálisis viene por los enredos de la vida amorosa. Rápidamente me intereso por esta práctica porque junto con la medicina son dos discursos que aún siendo diferentes se mueven en una frontera común: el tratamiento del cuerpo y sus enfermedades. Mi propio recorrido analítico se prolonga durante algo más de veinte años y finalmente me conduce al ejercicio de la práctica del psicoanálisis. Estuve un tiempo navegando entre dos discursos: el de la medicina y el del psicoanálisis. Ahora puedo decir que desde el discurso del psicoanálisis trato de hacer algo también hacia el discurso de la medicina. Ya no navego por dos discursos. Finalmente trato de buscar entre sectores de la medicina conexiones y diálogos con el psicoanálisis.

¿El deseo de curar más bien propio de la medicina y el deseo del analista son compatibles?

Sí, efectivamente el psicoanálisis tiene efectos terapéuticos. No es que el psicoanálisis no quiera curar. Es una orientación que tiene una cura con efectos terapéuticos pero la experiencia de un análisis va más allá de la cura. Así pues, más que compatibilizar o no una cosa con la otra, puedo decir que es durante el recorrido de mi propio análisis donde este deseo de curar como tal se orienta de otra manera, en la lógica del discurso analítico. Lacan dice que más que del deseo de curar se trata de ir al encuentro con el propio síntoma y de que el analizante pueda hacer algo con eso. Para mí en particular cuando en un momento dado, tras diez años de análisis y formación, me autorizo en la práctica del psicoanálisis eso era fuente de angustia. Estaba especialmente preocupado en realizar esta práctica por la cura de los pacientes porque navegaba todavía entre dos discursos. Eran los impasses de mi propio análisis que finalmente a lo largo del tiempo de alguna manera se resuelven. El deseo del analista es otra cosa.

¿De qué se trata? ¿Da cuenta de ello en sus testimonios de pase de analizante a analista?

He venido a Barcelona a hacer un testimonio de pase. En el psicoanálisis de orientación lacaniana, cuando alguien considera que ha finalizado su análisis y lo da por terminado, hay un procedimiento en la misma Escuela donde el analizante da cuenta de este análisis a unas personas que lo escuchan, los pasadores, y después existe un cártel del pase que escucha ese análisis y lo da por concluido o no. El pase es un testimonio singular de cómo se resolvió la experiencia neurótica de cada uno y de cada una, una forma para que el psicoanálisis pueda extraer de ese testimonio alguna enseñanza para su práctica.

Es el procedimiento por el cual la Escuela autoriza de alguna forma el pasaje de analizante a analista. En el psicoanálisis de orientación lacaniana hay un fin de análisis. No hay una promesa de felicidad para resolver la neurosis pero hay un recorrido lo suficientemente largo como para que se pueda hablar de un fin de análisis y esto se pueda conversar con el conjunto de la comunidad psicoanalítica.

¿Y qué puede aprender el psicoanálisis de su experiencia analítica?

Como lo podría resumir…

Veinte años de análisis en una respuesta breve, entiendo que es difícil.

Veinte años de análisis es un tiempo largo y en un análisis tan largo suceden muchas cosas pero podría decir que inicié mi primer análisis en un momento de mi vida en el que estaba muy embrollado por la vida amorosa. No podía separarme de una relación que me producía sufrimiento, dolor y era fuente de malestar. La pregunta era: ¿Por qué no podía separarme? Realmente estaba en un momento de mi vida donde las cosas me iban bien en general pero en el amor me iba muy mal. El sentido común me decía que aparentemente tenía que resolver el tema de alguna forma pero no podía hacerlo. ¿Por qué? ¿Qué quería decir ese síntoma de no querer separarse? Finalmente me di cuenta de que en esta dificultad para la separación había una satisfacción en juego de mi parte. Había un funcionamiento, había un goce, no era casual. De este síntoma yo obtenía una satisfacción. Podemos decir que es una satisfacción paradójica: es fuente de malestar y de sufrimiento pero también de satisfacción. En esa relación había, lo que en psicoanálisis llamamos, un modo de goce particular en juego. En mi vida había en ese aspecto un punto mortificante que se pudo resolver en el análisis sino en su totalidad, porque siempre hay restos sintomáticos, sí lo suficiente como para darlo por finalizado y poder vivir el amor en una lógica un poco diferente. Una lógica en la que uno se embrolla y se desembrolla pero de otra manera como para poder resolverlo y hacer algo diferente con mi vida.

Volviendo al tema del libro…

No es casual que yo hiciera un libro sobre el dolor. El dolor fue un tema de investigación en el campo médico. Primero me dediqué a los cuidados paliativos, estuve interesado en el tema del dolor. Tiempo después en el psicoanálisis estuve interesado también en el campo del dolor y en el de la fibromialgia en particular. Fue un trabajo de investigación en el que estuve seis o siete años largos. En el transcurso del análisis pude darme cuenta que me había interesado por el tema del dolor ajeno como una metáfora de tratar el dolor propio. Este dolor propio que también se manifestaba en el amor y en otros aspectos de mi vida está vinculado a lo que es la constitución de mi neurosis, de mi novela familiar. El libro lo escribo en un momento en el que yo estaba en plena investigación de esta cuestión desde el punto de vista analítico. Era ya el tramo final de mi análisis. Todo este trabajo se condensa, de alguna manera, en este libro. Tiempo después, en el testimonio del pase de mi fin de análisis, doy una vuelta más a ese libro donde ya el dolor queda como un resto que sigue estando. Hay algo del dolor en mi vida que sigue estando presente pero que ya no opera en la misma lógica que antes de iniciar el análisis. En lugar de escribir una tesis decido presentarme al dispositivo del pase.

“El dolor es todo aquello que el paciente dice que lo es”. ¿Nos comenta esta frase de Sternbach?

Existe una discusión sobre este tema porque no hay en medicina un “dolorimétro”, un aparato para medir el dolor.

¡Menos mal!

¡Menos mal! El dolor es una experiencia sensorial, una experiencia sensitiva. Pío Baroja en 1895 publica una tesis sobre el dolor que es muy interesante. En este trabajo habla de cenestesia, de lo que el cuerpo experimenta como tal, como el dolor, más allá de si hay lesiones o si hay causas orgánicas. Podríamos decir que, por un lado está el dolor puramente orgánico, cuando uno se fractura algo por ejemplo; y por otro también está la experiencia subjetiva del dolor que a veces se experimenta directamente en el cuerpo, no en el campo de los afectos, sino como si se tratara de un cortocircuito y pasara al cuerpo. Esta frase de Sterbanch es una respuesta a sectores de la medicina que tratan de objetivar el dolor y si a alguien por ejemplo le duele la rodilla, se hace una radiografía y no hay lesiones entonces se pone sobre la mesa la versión de que el dolor es imaginario. Esto en el mismo campo médico se establece de otra manera. Pío Baroja habla de la cenestesia del dolor. Como decía también Shopenhauer el dolor nos hace sentir vivos, nos despierta. Es una visión un poco trágica de la vida pero es una experiencia que se experimenta en el cuerpo, no es imaginaria, es real. Otra cuestión es cómo se puede tratar todo esto.

¿Qué factores psicológicos o contextuales influyen en la experiencia dolorosa?

Quizá no se trata exactamente de factores psicológicos. Si hablamos del dolor de la fibromialgia podríamos decir que hay algo en la vida del sujeto que en un determinado momento sucede y que desestabiliza completamente la homeostasis del cuerpo. Esa desestabilización es experimentada como un síntoma bajo la forma del dolor. Un dolor particular, un dolor generalizado. No es un dolor focalizado en una parte del cuerpo. El síntoma elemental de la fibromialgia es el síntoma cardinal, que tiene la característica que es más bien un dolor generalizado que ocurre en el cuerpo, en las extremidades y esto es lo particular de la fibromialgia. Hay algo de esta experiencia del dolor que se manifiesta de una manera invasiva e invalidante hasta el punto de que estas pacientes tienen una afectación muy importante de lo corporal. Después, en cada caso es distinto: ¿cuál es la circunstancia que desequilibra su homeostasis?; ¿por qué existen esos desequilibrios que antes no estaban?; ¿en qué condiciones aparecen?; ¿de qué se trata?; ¿se trata de un caso de neurosis, de un caso de psicosis?. Cada paciente es diferente. Lo que he podido comprobar en la clínica es que en los casos de fibromialgia siempre hay un factor emocional en juego. Hay algo en la vida del sujeto que acontece, marca un antes y un después, y esto es posible poder hablarlo, tratarlo. Eso no quiere decir que ese factor emocional sea la causa de la enfermedad. Yo no me atrevería a decir que la causa de la fibromialgia es un problema emocional, la medicina tampoco puede decir que la causa de la fibromialgia es un problema de tipo físico u orgánico porque no hay ninguna causa conocida o establecida. Lo que sí puedo decir con rotundidad es que el factor emocional o de la subjetividad es determinante. Hasta el punto de que en alguno de los casos que recojo en el libro se puede comprobar que es posible una curación del padecimiento en un tratamiento con la palabra. Que sea posible la curación del padecimiento no quiere decir que la causalidad sea estrictamente emocional. Evidentemente hay un terreno a explorar: la relación entre el cuerpo, el organismo, el lenguaje, etc.

En el libro también cuenta que Freud trató en 1895 en su clínica a una paciente, Isabel R., que hoy sería diagnosticada de fibromialgia. ¿Muchos médicos que han firmado ese diagnóstico a sus pacientes quizá se sorprenderían?

Yo creo que sí, se sorprenderían. Efectivamente el caso de Freud es un caso de neurosis, de una mujer de estructura histérica que por los síntomas que presenta podría considerarse como un caso de fibromialgia de la actualidad. En el texto de Freud este es un caso muy detallado en el que se explica muy claramente como él procede en el tratamiento del síntoma y lo considera como un síntoma de conversión. Viene a decir que la paciente, para evitar un dolor de tipo moral, desplaza este síntoma al cuerpo y aparece allí en forma de dolor. El psicoanálisis puede interpretar el sentido de este dolor y resolverlo. Casos como los que cuenta Freud me los he encontrado en la clínica. Habría otros casos diferentes que no son tan sencillos, no se ubican del lado de la neurosis de conversión o la neurosis histérica. Precisamente lo que planteo en el libro es la tesis, y esta es la novedad, de que la fibromialgia se puede pensar como un fenómeno transclínico. Se puede dar en casos de neurosis pero también en las psicosis o en todos aquellos pacientes que no pueden ser encasillados en una estructura subjetiva concreta. El trabajo es un poco más complejo.

Teniendo en cuenta que ya Freud en 1895 trató con una mujer que hoy podría ser diagnosticada de fibromialgia esto demuestra que evidentemente detrás de esta palabra hay algo más. ¿Pero por qué ahora hay tantos casos?

Efectivamente hay un millón de casos registrados en este país y es evidente que ha tomado un carácter “epidémico” entre comillas. La fibromialgia es un diagnóstico médico no analítico pero para seguir con ese significante que viene de la medicina realmente ha tomado unas dimensiones enormes. Ocurre también con otros trastornos como la anorexia, el trastorno bipolar, las depresiones, los trastornos obsesivos compulsivos, los trastornos de atención y de hiperactividad, o finalmente el autismo. Creo que la fibromialgia también hay que ubicarla en esta lógica. Cuando una mujer -digo una mujer porque la mayoría de las pacientes son mujeres- consulta al médico por una serie de síntomas cuya causa no es conocida, si esos síntomas toman un carácter un poco desbordante en la lógica de la clínica médica clásica y además aparece el tema del dolor, no es muy difícil que termine encasillada o diagnosticada como una mujer con fibromialgia. Podemos pensar la fibromialgia y el dolor como una forma de lenguaje del cuerpo. El cuerpo habla a través del dolor, crea un cortocircuito cuando la subjetividad no puede hacerlo. Es decir, cuando algo del lado de la subjetividad, de las emociones o de los afectos, no puede ser tramitado simbólicamente, el cuerpo manifiesta los síntomas directamente.

En los casos clínicos que cuenta en su libro se entrevé que el dolor crónico, la fibromialgia se anuda en gran parte a las vivencias amorosas de las pacientes. ¿Qué papel juega el deseo en estos casos?

La dificultad con el deseo es uno de los elementos que yo me he encontrado en la clínica. Inicialmente en mi investigación consideré que la fibromialgia era la manifestación sintomática, bajo la forma del dolor, de una problemática del deseo y del amor en las mujeres. Por un lado me encontraba con la modalidad de la relación estrago con su partenaire. Esto lo encontré y llegué a formular la hipótesis que este era el problema central. Participé en grupos con mujeres durante un tiempo. Se reunían siete u ocho mujeres cada quince días y al final todas terminaban hablando de la sexualidad o de las distintas dificultades del deseo con su partenaire, con su marido. Finalmente tuve que dejar de organizar los grupos porque no se llegaba a ningún lado. Cuando en un grupo se empieza a hablar de la sexualidad se acaba por no decir nada porque no se habla verdaderamente de lo que a cada mujer le pasa. Eso es algo que, probablemente, sea completamente distinto a lo que digan en grupo. El tema del deseo es importante en la clínica de casos de fibromialgia, pero no el único. También me encontré casos en los que aparecían cuestiones que se vinculaban con la relación de estrago con la madre. Hay una gran complejidad en la clínica y hay que considerar cada caso en su singularidad.

Sobre este tema hay un caso que cuenta en el libro muy revelador.

Es el caso más corto que recuerdo porque se resuelve el síntoma en muy poco tiempo. Cuando ella puede resolver algo de la encrucijada en la que estaba respecto a su madre, prácticamente se resuelve el síntoma. Pero a lo largo de mi experiencia clínica también me encontré con un caso de melancolía, del lado de la psicosis. Y entonces me cuestioné y descarté la hipótesis de que todo gira alrededor del deseo. Descubrí que la clínica de la fibromialgia estaba más en el campo de mujeres y que era un fenómeno transclínico. En el caso de la melancolía, por ejemplo, la estructura de la psicosis está particularmente presente. El dolor de existir, propio de la melancolía, toma una forma casi delirante pero no en la modalidad del delirio de auto injuria, que podría ser el más propio de la melancolía, sino de la vivencia del cuerpo como algo muerto, como algo del lado de lo mortificante. Se podían escuchar relatos como: “me duele hasta la carne” o “me duelen las cejas de los ojos”. Hay algunos relatos de pacientes que hablan de cómo se experimenta el cuerpo que podrían ser delirios de tipo cenestésico muy difíciles de etiquetar en el campo de la psicosis que requieren de una clínica más fina y prolongada donde uno puede observar que hay una estructura que es algo distinto de la neurosis.

Esto supuso un cambio muy grande en la manera de abordar el tema. Se supone que una de las cosas que hay que verificar en cada paciente desde el principio es la modalidad particular de su estructura porque la orientación de la cura es completamente distinta. Hay pues que tomarse un tiempo. No se puede dar nada por supuesto, siempre es una cuestión a verificar.

¿La precipitación es enemiga de la clínica?

Sí. No solamente hay que tener en cuenta de qué modalidad de estructura se trata para una orientación de la cura sino también la función que tiene el diagnóstico de “fibromialgia” para esa paciente. En algunas pacientes esta posibilidad de identificarse con el padecimiento: “soy fibromiálgica” es algo que hay que respetar porque tiene una función de anudamiento en su estructura y, en los casos de pacientes con estructura de psicosis, eso no se puede mover mientras no se busque otra solución. En los casos de neurosis cuando alguien dice “soy fibromiálgica” puede ser completamente diferente. Se trata más bien de una identificación demasiado sólida de la que hay que intentar salir para poder trabajar analíticamente lo que hay detrás de esa identificación. En otros casos es más bien lo opuesto, esa identificación hay que respetarla. Actualmente, por ejemplo, hay un gran debate sobre la posibilidad de que a estas mujeres se les reconozca la incapacidad por invalidez. En general los tribunales médicos valoran a todas las mujeres por igual y en base a ello tienden a no reconocer su incapacidad porque no distinguen a cada mujer. Pero en muchos casos hay que reconocer esta incapacidad porque es una enfermedad muy seria, muy grave, que puede colocar a una mujer en un estado realmente difícil donde no puede trabajar, donde no puede llevar una vida y hay que sostenerla, hay que apoyarla, tiene el derecho a poder recibir las prestaciones que cualquier ciudadano tiene cuando se trata de otro tipo de enfermedades. Sin embargo se les niega automáticamente. Hay mujeres que se pueden tratar y curar. El psicoanálisis puede abordar esta clínica del diagnóstico diferenciado, esta es su particularidad.

¿Por qué dice que la medicina se encuentra en un impasse en relación a la comprensión del padecimiento de la fibromialgia?

Porque todos los intentos que ha habido del lado de la medicina de buscar una causalidad genética, neuroendocrina o de otro tipo, son intentos que se encuentran con un imposible. Hay mucho dinero en juego en esto. Se han invertido cantidades ingentes de dinero en la investigación de este padecimiento sobre todo en el campo de la genética y ahí hay un impasse.

¿Cómo pueden dialogar medicina y psicoanálisis?

Los síntomas corporales de la fibromialgia son tan masivos que exigen la colaboración de las dos disciplinas. Desde la atención a estas pacientes es de donde surgió en mi centro de trabajo un proyecto para intentar que los médicos me derivaran a las pacientes diagnosticadas de fibromialgia. A partir de ahí, mantenía una discusión sobre lo que había que hacer y lo que no había que hacer con ellas. Porque no olvidemos que no se trata solo del problema del dolor. Hay síntomas digestivos, síntomas respiratorios, síntomas neurológicos, trastornos del sueño, tienen que tomar medicación, hay que ayudarlas a dormir… Es decir, hay un trabajo que entra en el campo de la medicina también. Pero la medicina es un campo que se queda corto. En el libro describo, precisamente, esta experiencia de colaboración y de alianza que inventamos entre psicoanálisis y medicina.

Hoy día cualquier protocolo que desde el campo de la medicina trate la fibromialgia incluye el tratamiento psicológico como algo complementario al médico. En general se recomiendan las terapias cognitivo-conductuales, las que están de moda, y ahí hay una diferencia muy grande entre lo que se postula desde una orientación psicoanalítica y desde las terapias cognitivo-conductuales. Estas últimas básicamente lo que vienen a decir es la necesidad de hacer un tratamiento psicológico para encontrar una vía de adaptación al dolor. En el impasse donde la medicina ya no puede responder para tratar el dolor, la función del psicólogo cognitivo-conductual es que el paciente acepte esta especie de destino irremediable.

En la experiencia que iniciamos con la orientación psicoanalítica se trata de otra cosa, no tanto de adaptarse al dolor, sino de tratar de buscar en el relato de las pacientes el síntoma qué hay detrás, tratar de movilizarlo, tratar de curarlo. Hay casos que se curan, que se resuelven, en los que el síntoma pasa a ser otra cosa. Pero todo hay que decirlo: el psicoanálisis no tiene tampoco una respuesta para todo, hay casos muy graves donde de lo que se trata no es tanto de resolver el síntoma sino de poder hacer otra cosa con eso y conseguir un alivio suficiente.

Supongo que a veces también entra en juego la resistencia del propio sujeto. Un análisis a veces es como abrir una caja de Pandora.

Por supuesto. Esto es una elección de cada paciente. Uno puede decidir instalarse cómodamente en un síntoma que le produce, como decía Freud, algún beneficio secundario. Freud lo llamaba el beneficio secundario de la enfermedad porque se termina convirtiendo en una forma de vivir la vida en relación al otro que le da un lugar. Pero tengo que decir también que eso es excepcional en los casos que yo me he encontrado. La fibromialgia es un síntoma tan severo y que produce tal grado de incapacidad y dificultad con la vida que gran parte de las mujeres buscan encontrar una salida. La buscan primero en el campo de la medicina y dan muchas vueltas hasta llegar al psicoanálisis pero cuando llegan quizá sea para ellas una vía para salir de allí.

Obviamente también hay casos en los que a veces la propia vida resuelve el tema. Uno se desestabiliza, entra en esto y también a veces sale de la vía del dolor por sus propios medios; pero cuando esto se instala, en general, buscan una salida. Y el psicoanálisis tiene mucho que decir al respecto.

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* From: La Casa de la Paraula: http://www.xoroi.com/amigos/

19 de Marzo de 2014

Escupa, por favor. Enric Berenguer (Barcelona)

12:00:00 , por jalvarez Spanish (ES)

No hace mucho comentábamos que la nueva psiquiatría basada en “marcadores biológicos” no tardaría en empezar a formar parte de nuestra vida cotidiana. Lo anunciaba la autodestrucción programada de la psiquiatría, tal como se la había entendido durante cierto tiempo, mediante la serie acelerada de los DSM (Diagnostical and Statistical Manual of psychiatric disorders). Pero, como suele ocurrir a menudo en nuestro tiempo, cosas que tendemos a situar en un futuro lejano aparecen de repente en las noticias matinales mientras tomamos, aún somnolientos, el primer café.

Visto/oído, distraídamente, en France24, esta mañana: en el tono impostado de excitación que se suele gastar para dar cuenta de los grandes avances científicos, destinados siempre a hacer nuestro mundo, supuestamente, mucho más feliz de lo que ahora mismo es, una voz femenina lee su reportaje informándonos de un nuevo test puesto a punto para detectar en la saliva los niveles de cortisol, relacionados, nos precisa, con el “estrés y la depresión”. De este modo se podría conocer objetivamente el estado de alguien de un modo simple, objetivo (no recuerdo si dijo caro o barato, quizás no dijera nada al respecto), sin tener que preguntar al interesado y antes de que éste lo sepa por sí mismo. Sabremos, pues, si está muy estresado, si está deprimido... y otras cosas aún más inquietantes.

Esta prueba, aplicación práctica de investigaciones iniciadas hace más de diez años, ha sido llevada a cabo con adolescentes en medio escolar. Y tiene mucho sentido que así sea, porque lo esencial, la motivación última de este tipo de investigaciones, tiene que ver con la relación supuesta entre niveles de cortisol y “conducta antisocial”. De acuerdo con un estudio realizado por la Universidad de Chicago y encabezado por Keith McBurnett, psicólogo infantil, los niños que presentan conductas agresivas y antisociales tienen niveles más bajos de esa hormona producida en momentos de tensión y nerviosismo http://www.wpic.pitt.edu/research/famhist/pdf_articles/elsevier/bf17.pdf.

No hace mucho se nos informaba de que, según investigadores de la universidad de Sevilla, “un simple análisis de sangre ofrece datos fiables y objetivos de un posible maltrato” en mujeres, puesto que “los niveles de oxitocina y cortisol se alteran ante situaciones de intenso estrés prolongado, como el producido por la violencia de género” http://www.slideshare.net/SaludyMedicinas/anlisis-de-sangre-que-identifica-violencia-contra-la-mujer. Una vez más, lo destacable es que se trata de un supuesto test objetivo que permitiría obviar la disposición de la supuesta víctima a confesar el maltrato que estaría sufriendo a manos de su pareja.

Más allá de las sutilezas que sesudos investigadores pretendan introducir en el debate, de lo que se trata es de la pretensión de contar con pruebas diagnósticas y predictivas que, sin duda, reorganizarán las categorías clínico-administrativas mediante las cuales las burocracias avanzadas pretenden controlar a sus sujetos. Otra vuelta de tuerca en la biopolítica, término propuesto por Michel Foucault que, como planteaba Eric Laurent en 2012, tiende a equivaler hoy día a lo que llamamos política: “El Estado se centra en los detalles de la vida de una manera inédita. La manera es controlar la disciplina del cuerpo. La medicina define el curso de las cosas de acuerdo con el trastorno que padece el sujeto según el diseño de las clasificaciones imperantes. Pero eso era antes. Ahora podría decirse que la biopolítica es la política” http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-8480-2012-12-23.html.

Lo que hay en el horizonte es una utopía cientificista que, de momento tímidamente, pero acelerando ya el paso, acaricia la idea de ofrecerse como solución a males tan endémicos como la agresividad y la violencia en el hombre. Todo ello en una perspectiva de control social que sustituye progresivamente al “welfare state”, eso que ahora se desmonta con prisa en los pocos lugares donde débilmente llegó a existir.

No son pocos quienes sueñan con un día en que sucesos aterradores como los de Columbine, en EE.UU, u otros más recientes, en los que la violencia ha visitado las aulas de los colegios y los institutos, se podrán evitar mediante una simple instrucción: “Escupa, por favor” –muy lejos de aquel “prohibido escupir” que antaño nos sermoneaba en no pocos lugares públicos de España.

Se pretende así cerrar el debate, fundamental, sobre el malestar en la cultura y lo que Freud llamó la pulsión de muerte.

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  • Psicoanálisis y civilización

    «Pero lee sobre todo tu propio inconsciente, ese libro con una tirada de un solo ejemplar cuyo texto virtual llevas por todas partes contigo, y en el que está escrito el guión de tu vida, o al menos su rough draft»

    Jacques-Alain Miller, Cartas a la opinión ilustrada.

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